Capítulo 33
Un cuento para adultos
He despertado con Josh a mi lado, nuestros cuerpos todavía entrelazados tras las horas que pasamos juntos anoche, hasta que nos quedamos dormidos vencidos por ese cansancio dulce que deja el placer.
Y sí, lo he sentido de una manera completamente nueva.
Ahora entiendo a qué se referían mis amigas cuando decían que estar con alguien a quien amas y admiras te hace levitar.
Todo es más intenso, más especial. Cada caricia y cada roce han tenido un significado diferente.
Más allá de la pura atracción, la conexión que sellamos anoche es algo que jamás había experimentado con nadie.
Cuando abro los ojos y lo veo ahí, sumido en un sueño tranquilo, precioso y tan cerca de mí, noto que mi corazón se despereza con una energía distinta. Este amanecer me huele al principio de una etapa muy buena.
Me giro ligeramente hacia él, con cuidado de no desvelarlo, y me detengo unos segundos a contemplar el cuerpo que descansa sobre mi colchón.
Es innegablemente atractivo, de facciones viriles y marcadas, con una anatomía que refleja el esfuerzo de años de entrenamiento, constancia y disciplina en el mar.
Tiene una manga tatuada que le cubre por completo el brazo izquierdo; un diseño precioso que representa una onda con la paleta de colores del océano y las playas de Malibú.
Realmente ese hombre vive por y para el agua.
En el pecho, justo encima del corazón, lleva dibujado el pulso de un electrocardiograma que se une a una ola con la silueta de una aleta de tiburón.
Nunca me había fijado en el trazo exacto de ese tatuaje hasta ahora y, aunque me recorre un leve escalofrío al procesarlo, me parece increíble cómo ha sabido abrazar su propio trauma.
Ha integrado en su piel el origen de lo que estuvo a punto de alejarlo de lo que más ama: el surf.
Todo lo que ha vivido y la manera en que se ha recompuesto me resulta de una valentía inmensa.
Es tan inspirador que me cuesta mirarlo sin que me invada la admiración.
Ojalá tuviera yo la mitad de esa determinación.
Bajo la mirada y sonrío al recordar la complicidad de la noche, y entonces mis ojos se detienen en la zona que tanto le incomodaba mostrarme.
Su pierna izquierda termina justo por encima de la rodilla, protegida por la faja elástica que cuida las terminaciones de lo que quedó tras las cirugías que le practicó mi padre.
Intento ser completamente sincera con lo que siento al observarlo. No hay rastro de horror, ni rechazo, ni una lástima mal entendida. Solo respeto. Solo una atracción profunda.
Supongo que los años de carrera me han enseñado a mirar la fragilidad desde otra perspectiva, a entender las heridas físicas sin necesidad de disfrazarlas de compasión.
Al ver su cicatriz, me reconcilio por fin con mi profesión.
Mirar a Josh ahora, recordar lo que me dijo mi padre sobre su proceso y pensar en la rehabilitación me hace ver el futuro con otros ojos.
Quizá mi verdadera vocación nunca fue operar, sino ayudar a reconstruir y a devolver la movilidad, exactamente como hicieron con él.
Al observarlo a través de lo que siento, sé que soy incapaz de encasillarlo en esa fragilidad.
No quiero transmitirle dudas ni incomodidad, y mucho menos una compasión que él ya ha tenido que soportar de sobra.
Lo que necesita de mí es otra cosa; algo mucho más profundo.
Tal vez aquellos pacientes a los que sentí que no supe salvar en las prácticas tampoco requerían una versión mía cargada de temores, sino justo lo mismo que Josh: presencia, aceptación y seguridad.
—¿Te gusta lo que ves? —Su voz me llega envuelta en un aliento cálido que me roza la piel.
Levanto la mirada. Tengo su boca a escasos centímetros de la mía, y una sonrisa somnolienta, de esas que dejan memoria, me da la bienvenida.
—Mucho —respondo sin filtros.
—Es mutuo.
Se gira apenas, lo suficiente para rodearme la cintura con los brazos, y me deja un beso suave en la mejilla.
—Buenos días —susurra.
—Buenos días, cariño —le respondo en español, casi sin darme cuenta.
—¿Así me vas a llamar a partir de ahora? ¿ Cariño ?
Su pronunciación no es perfecta, pero se defiende con una soltura que me deja pasmada.
—No sabía que hablabas mi idioma —arqueo una ceja, gratamente sorprendida.
—Lo aprendí en la comuna. Éramos un grupo grande de gente de todas partes y el español se escuchaba muchísimo por la zona —me explica en un castellano bastante fluido.
—¿Y te lo tenías guardado hasta hoy? Vaya… ¿cuántos secretos más vas a revelarme?
—Si me das el tiempo suficiente, puedo sorprenderte cada día de tu vida.
Empieza a besarme la línea del cuello con lentitud. Cierro los ojos, embriagada por el tono grave de su voz, la calidez de sus manos y esa manera de acariciarme que ya parece conocerme de memoria.
—No me digas esas cosas… —gimo bajito, perdiendo el hilo de mis propios pensamientos.
—Mejor te las demuestro.
Y no añade nada más. Baja los labios por mi piel como un murmullo húmedo que me eriza entera.
Mi cuerpo se enciende en un instante, respondiendo al mismo ritmo que el suyo.
Cuando quiero darme cuenta, se ha colocado sobre mí, sujetándome con firmeza por la cintura mientras desciende con los besos hacia mi vientre con una parsimonia que me hace perder el norte.
No tengo tiempo de reaccionar; no me concede el menor margen para devolvérselo.
Me abre las piernas con una determinación suave y se pierde entre ellas.
Su boca, cálida y experta, encuentra mi centro y empieza a dibujar círculos con la lengua que me hacen jadear sin control.
Las palabras desaparecen, sustituidas por gemidos sordos que se me escapan como un ruego incontrolable.
Siento que floto.
Alcanzo el orgasmo en un suspiro y, antes de que pueda recuperarme del latido del placer que me acaba de regalar, Josh asciende de nuevo por mi cuerpo con la sonrisa más bonita del mundo.
Captura mis labios, dejándome saborear nuestra propia complicidad en un beso profundo.
Me muero por que se adentre en mí, por que mantenga esa intensidad que me está volviendo loca.
Siento la presión de su cuerpo entre mis piernas, nítida, cargada de una necesidad que compartimos al cien por cien.
Me arqueo instintivamente en busca de un contacto más íntimo y, en ese momento, él hace un amago de apartarse ligeramente hacia un lado.
Por puro reflejo, deslizo las manos hacia su cadera para retenerlo y atraerlo de nuevo hacia mí.
—Me dijiste que me sorprenderías cada día —le recuerdo, rodeándole el cuello con los brazos—. Ha empezado uno nuevo. Sorpréndeme.
Sus ojos verdes, de un cristalino casi irreal, se clavan en los míos. Lo veo tragar saliva con dificultad y comprendo que el amanecer ha traído de vuelta sus reticencias. Para aliviar la presión y demostrarle que estamos en el mismo barco, decido dar un paso al frente.
—¿Te puedo confesar algo? —me atrevo a proponer.
No tengo ni idea de dónde saco el valor, pero me lanzo a un océano que durante años estuvo plagado de mis propios fantasmas.
—Si crees que soy digno de tus secretos, soy todo oídos —responda él, suavizando el gesto.
—Eres digno de muchísimo más de lo que tú mismo te crees, Josh.
Y lo que voy a contarte tiene que ver precisamente con eso.
Durante mucho tiempo no me sentí cómoda con el cuerpo que habito.
Sé que puede sonar superficial, pero me avergüenza reconocerlo en voz alta.
Eres la primera persona a la que se lo confieso.
Él no aparta la mirada, escuchándome en absoluta paz mientras sus dedos me acarician el pelo con una ternura infinita. Trago saliva para deshacer el nudo que me aprieta la garganta antes de continuar:
—Siempre he sido muy insegura. Tengo veintiséis años, un título universitario, he estudiado anatomía animal de arriba abajo… y, aun así, a veces me siento como una adolescente atrapada en los complejos de una niña que se miraba al espejo con decepción.
—¿Qué es lo que no te gusta de ti? —murmura en un susurro.
—Tantas cosas… Para empezar, me siento débil.
No entreno como tú ni tengo tu disciplina.
La mayoría del tiempo me noto baja de forma.
Además, mis caderas siempre se desarrollaron más que las de mis amigas y siempre he sido…
de curvas muy anchas —bajo la mirada, sintiendo cómo las mejillas me arden por completo.
—Me encantan tus curvas. Me gustas muchísimo así —sonríe de medio lado.
Levanto la vista, fingiendo indignación por su interrupción.
—Ya, claro. Pues imagínate las risitas y los comentarios absurdos que he tenido que aguantar durante años en el instituto.
—Ya quisieran muchas tener tu silueta —responde, bajando la mano para acariciarme la cadera con firmeza. Me estrecha contra él y, al mismo tiempo, noto cómo la tensión entre nuestros cuerpos vuelve a ganar terreno.
Aprieto los labios para contener una sonrisa. De verdad que este hombre es único.
—Solo a ti se te ocurre suponer eso.
—Es la pura verdad. Venga, ¿qué más no te gusta? Porque empiezo a sospechar que vas a enumerar las partes que más me fascinan de ti.
—¿O sea, que estás conmigo por mi físico?
—El aprobado lo has puesto tú, Ali. Pero sí, tienes un cuerpo espectacular y me vuelve loco. Y no, no estoy contigo solo por eso… aunque ayuda bastante.
Esa sonrisa pícara que acompaña la frase le vale un leve azote juguetón en el hombro, que él recibe entre risas. Yo también acabo por sonreír, sobre todo al ver lo cómodo que se siente ya en mi habitación.
—Muy bien, sabelotodo. Pues tampoco me entusiasma la celulitis de los muslos. Como me digas que también te apasiona, voy a pensar que te estás quedando conmigo.
—Ni me había fijado, la verdad —admite, divirtiéndose—. Pero conozco unas rutinas de ejercicios estupendas para tonificar la zona. En un par de semanas estás rehabilitada. No olvides que soy un profesional de esto.