Rompiendo las olas Capítulo 32 #4
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Capítulo 32 #4

Con un movimiento fluido, deshago el nudo superior de mi bikini y dejo la prenda caer, quedando expuesta bajo la luz tenue de la lamparita de noche.

La penumbra dibuja sombras suaves sobre nosotros, pero me basta para admirar las facciones de su rostro, la línea limpia de su mandíbula y esos ojos que reflejan la calma del océano.

—¿Me ayudas con esto? —le pido en un susurro, guiando sus manos hacia los lazos de la braguita que aún me cubre.

No hace falta que lo repita. Se incorpora ligeramente y, en un juego de manos torpes y ansiosas, terminamos de despojarme de lo último que me cubre. Me quedo completamente desnuda ante él.

—Tú sí que eres preciosa —murmura, recorriéndome con una mirada cargada de devoción.

Siento el calor subirme por las mejillas de golpe, pero no es por timidez; es una corriente eléctrica y profunda que me atraviesa el pecho.

—Déjame hacer lo mismo contigo —le pido en un susurro, deslizando mis manos hacia el borde de su bañador.

Al empezar a bajárselo, noto cómo se le tensa la mandíbula y cómo su respiración se vuelve más errática.

Sé perfectamente que no es solo a causa del deseo; hay un punto de vulnerabilidad y de reparo en sus ojos que reconozco al instante.

Es increíble que un hombre como Josh, que desborda fuerza, seguridad y destreza en el mar, se sienta de pronto tan expuesto en la intimidad de un cuarto.

Lejos de causarme la más mínima distancia, lo único que despierta en mí es una admiración inmensa.

Durante mucho tiempo he lidiado con mis propios complejos, escondiendo inseguridades que ahora mismo me parecen ridículas comparadas con el paso tan gigante que él está dando conmigo. No quiero que albergue un solo rastro de duda cuando está a mi lado.

Deslizo la prenda con cuidado por sus piernas.

Él entorna los ojos justo cuando rebaso la línea de su cicatriz, tal vez por pudor o por miedo a lo que refleje mi cara, pero no le doy espacio para que se reconcoma.

Mi mirada se detiene en él, admirando la firmeza de su cuerpo, con un magnetismo y una atracción a los que ya no tengo ninguna intención de poner freno.

Cuando ya no queda ninguna barrera entre nosotros, me acomodo de nuevo a horcajadas sobre él, sintiendo el contacto directo de nuestra piel. Me muevo despacio, rozándolo con suavidad, y noto cómo su cuerpo responde al mío al instante, rindiéndose a la evidencia.

Sus manos ascienden firmes por mis costados hasta detenerse en mis pechos, acariciándome con una delicadeza extrema, como si le costara asimilar que este momento es real.

En cuanto nuestras bocas vuelven a encontrarse en un beso largo y profundo, el pasado, los traumas y las cicatrices se desvanecen por completo.

Solo quedamos nosotros y el deseo. Todo lo demás deja de existir.

—Espera —susurra Josh, reteniendo el movimiento justo cuando la tensión es ya insoportable.

—¿Te he hecho daño? —pregunto, deteniéndome de golpe.

—Si me haces daño, te lo diré, quédate tranquila. Igual que quiero que tú me lo avises a mí —asegura con una sonrisa breve pero con una franqueza que me hace asentir al instante.

Me muerdo el labio, dándome cuenta de que mis alertas profesionales me hacen ponerme demasiado protectora a veces.

—No te preocupes —añade él, divertido, adivinando mis pensamientos—. No soy ningún novato en esto, solo llevo un tiempo fuera de juego.

—Es un buen dato.

—El único problema… es que me he dejado la bolsa con la muda de ropa abajo en el coche, y las protecciones están allí. Solo me he traído para arriba la mochila con el cargador. ¿Tú tienes algo a mano en la mesilla?

—No —confieso, con una mueca de fastidio—. Y la verdad es que me da una pereza tremenda tener que romper el momento ahora para bajar a buscarla.

Entonces caigo en la cuenta del detalle y le lanzo una mirada pícara:

—O sea, que venías a mi casa preparado y con intenciones muy claras.

—Clarísimas desde el minuto uno —responde él sin pestañear, sosteniéndome el pulso.

—Me alegro —sonrío, aunque me quedo pensando un segundo antes de decidirme a dar el paso—.

Mira… yo tomo la píldora desde hace años por recomendación médica y no se me olvida jamás.

Además, estoy completamente sana. Tú me has dicho antes que no has estado con nadie desde que tuviste el accidente y, si eso es verdad…

—Es la verdad, te lo juro por lo que quieras. Jamás te mentiría con algo así, Alicia.

—Lo sé.

—¿Cómo estás tan segura? —pregunta, mirándome con sincera curiosidad.

—Porque acabas de quitarte tu mayor armadura delante de mí. No creo que exista una prueba de honestidad más grande que esa.

Él sonríe, una de esas sonrisas limpias que te dejan sin argumentos, y me sujeta la nuca con suavidad para pegarme a él.

—Te quiero, Ali.

—Y yo a ti, Josh.

Y así, entre susurros, el rumor lejano de la brisa de Malibú y una complicidad que ya no necesita palabras, nos entregamos el uno al otro.

Fue un encuentro pausado, hondo y de una belleza increíble, como si el reloj se hubiera detenido a las puertas de mi habitación para regalarnos ese instante perfecto.

Por primera vez en mucho tiempo, el miedo se quedó fuera. Solo existíamos nosotros.