Capítulo 32 #3
Me recuesto un poco sobre las almohadas, asimilando sus palabras. De repente, todas las piezas encajan en mi cabeza: su distancia intermitente, esa tensión acometida que yo confundía con simples dudas y que en realidad escondía algo muchísimo más profundo. Algo frágil.
—¿Es eso lo que te ha estado frenando todo este tiempo? —le susurro, acortando el espacio entre los dos.
Tarda unos segundos en responder y, cuando lo hace, su voz suena rota, desprovista de su habitual seguridad.
—Después del accidente… hubo un tiempo en el que era incapaz de mirarme al espejo.
Sentía que el tiburón se había llevado mucho más que mi pierna.
Me dolía el cuerpo, claro, pero lo peor era cómo me veía a mí mismo.
Sentía que ya no encajaba en ninguna parte.
Me aterraba la idea de volver a estar con una chica y que mi cuerpo fuera lo único en lo que ella pudiera pensar.
Y aunque es algo que tengo superado en mi día a día, todavía me cuesta horrores mostrarme así.
Sin filtros. Sin la prótesis que lo disimula.
Se me encoge el pecho, conmovida por todo lo que ha tenido que guardar en silencio durante estos meses, años.
—¿Pensabas que me daría rechazo? —pregunto con un nudo cerrándoseme en la garganta.
Josh no responde, pero la forma en que desvía la mirada lo dice todo.
Me muevo hacia él sin pensarlo dos veces. Me arrodillo a su lado en la cama y apoyo mi frente contra su pecho, justo donde su corazón late a un ritmo acelerado.
—Josh... no tienes que esconder nada conmigo. No quiero que te guardes el dolor, ni el de la pierna ni este.
Sus brazos me rodean de inmediato, estrechándome con una fuerza casi desesperada. Sé perfectamente lo muchísimo que le cuesta romper ese muro y exponerse de esta manera, y el hecho de que lo haga conmigo me rinde por completo.
—No soy perfecta —le digo, sin separarme de su cuello—, pero tengo clarísimo que me gustas exactamente tal y como eres. Y me encantaría ayudarte a que tú te veas de la misma manera.
Apoya la barbilla sobre mi cabeza y respira hondo, como si necesitara aferrarse a este abrazo para mantenerse a flote.
Sus dedos me acarician la espalda, dibujando círculos sobre la piel, y noto cómo esa armadura invisible que lo distanciaba del resto del mundo termina de desmoronarse entre mis sábanas.
—¿Quieres que me gire un momento para dejarte espacio? —le susurro.
Él niega con la cabeza, reteniendo mi cuerpo contra el suyo.
—No, no te vayas. Solo… dame un segundo.
Asiento en silencio. Me limito a acompañarlo, sosteniéndolo mientras él se inclina con cuidado hacia la mochila que ha dejado en el suelo, a los pies de la cama.
La abre y saca la batería rectangular del cargador y el cable.
Luego se sienta en el borde del colchón, con la vista fija en sus propios dedos.
Se queda completamente inmóvil un instante. Después, con un movimiento pausado, se lleva las manos a los anclajes de la pierna. No me muevo, ni aparto la mirada, ni pestañeo. Me quedo ahí, a su lado, ofreciéndole toda mi aceptación en silencio porque es lo único que necesita.
Cuando finalmente retira la prótesis, lo hace con la precisión de quien ha repetido ese ritual miles de veces.
Su respiración se vuelve más honda, pero sus manos no tiemblan.
Coloca la estructura metálica en el suelo, junto a la mesilla, y conecta el cable con un leve clic. Entonces, gira la cabeza para mirarme.
Y su mirada me dobla las rodillas.
—¿Me sigues viendo igual? —pregunta, en un hilo de voz donde se entremezcla la vulnerabilidad y la valentía.
—No —me acerco a él, acortando la distancia—. Te veo muchísimo mejor.
Frunce el ceño, confundido por mis palabras.
—Ahora te veo de verdad, Josh. Sin filtros, sin escudos. Y eres increíble.
Su expresión se relaja de golpe. No hay rastro de tristeza en sus ojos, solo un alivio inmenso, esa paz que aparece cuando por fin encuentras a alguien que te mira de frente, sin miedo, y entiendes que no necesitas esconderte.
Me muevo despacio y me coloco sobre sus muslos, sentándome a horcajadas con cuidado. Le acuno el rostro con las manos y le dejo un beso tierno en la frente.
—Gracias por confiar en mí de esta manera.
—Gracias a ti por querer quedarte —murmura, aferrándose a mi cintura como si fuera su único punto de agarre en el mundo.
Nos quedamos suspendidos en ese instante antes de que nuestras bocas vuelvan a encontrarse.
Esta vez el beso no tiene prisas, ni dudas, ni sombras de vergüenza; es puro deseo mezclado con una ternura infinita.
Nuestras pieles se buscan con una pausa necesaria, reconociéndose sin máscaras de por medio.
Lo recuesto con cuidado sobre el colchón y me acomodo a su lado, dejando que mis manos exploren su pecho, la línea de su cuello y la firmeza de su espalda.
Me entrego a su cuerpo por completo, fascinada por todo lo que transmite cuando se permite sentir sin frenos.
Él me responde con caricias pausadas que me erizan la piel a cada paso, recorriéndome como si cada milímetro de mi cuerpo fuera un tesoro.
—Te deseo tanto que me asusta —susurro, con la voz empañada por la necesidad.
—Y yo a ti, Ali. No te imaginas cuánto.
Me muevo con una determinación serena y vuelvo a colocarme a horcajadas sobre sus caderas. Él me mira con los ojos brillantes, fijos en los míos, completamente entregado a lo que estamos a punto de compartir.