Rompiendo las olas Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—¿Y si te confieso que me da un poco de envidia esa complicidad? ¿Te parezco un ridículo?

—Te voy a contestar con otra frase de la historia: la mejor manera de explicarlo es hacerlo.

Antes de que pueda replicar, le sujeto la nuca con la mano y le corto la distancia para pegar su boca a la mía.

Lo beso con una intensidad contenida, sin miedos, y él se entrega al instante.

El beso sube de temperatura a una velocidad de vértigo, transformándose en una caricia urgente donde las manos empiezan a hablar por nosotros.

No sé en qué momento exacto mi túnica acabó en el suelo, su camiseta desapareció y Josh nos impulsó a los dos hacia el interior de la piscina.

El contraste del agua contra mi piel me arranca un escalofrío, pero no me separo de él.

Me agarro a su cuello con ambos brazos mientras su boca me explora con una necesidad salvaje.

Enredo las piernas alrededor de su cintura, un reflejo que mi cuerpo ya reconoce de nuestras sesiones de terapia, y hundo los dedos en su pelo mojado.

Él me sujeta de la nuca con firmeza, reacio a romper el contacto, mientras me estrecha contra su cuerpo con una fuerza que me sacude.

El agua puede estar fresca, pero mi interior está ardiendo.

Por una vez, el agua no dispara mis fobias. Estar con él ha borrado el miedo al entorno, pero hay otras dudas que me asaltan y que necesito aclarar.

—¿Quieres que seamos solo amigos, Josh? —le pregunto, separando los labios lo justo para poder respirar.

Sus ojos brillan, y estoy segura de que tal como los míos de deseo y diversión.

—No lo sé… ¿tus amigos te besan de esta manera?

—No, desde luego que no. Entonces… ¿quieres que pasemos la noche juntos?

—Ahora mismo estoy de maravilla aquí contigo.

—Y si te invito a subir a mi habitación… ¿me vas a dejar seguir con esto?

Sé que estoy siendo muy directa, que quizás debería ser yo la que pidiera ir con pies de plomo, pero la atracción mutua es innegable y me muero por dar un paso más. Hace un rato, cuando estábamos arriba, él quería lo mismo.

—Si con «esto» te refieres a que quiero acostarme contigo, la respuesta es sí, claro que quiero —responde tras una pequeña pausa, mientras su mano sube a mi mejilla para acariciarme con delicadeza—.

Es lo normal, mírate. Pero la realidad es que no he estado con nadie desde el accidente.

Sigo soltero y… me apetece que la primera vez sea con alguien que signifique algo de verdad para mí.

Y tú vas camino de significar muchísimo, Alicia.

Solo que llevamos unas semanas conociéndonos.

¿Es que la gente ya no sale a tener citas primero?

—Acompaña la pregunta con esa ceja al zada tan suya, cargada de ironía romántica.

Me quedo muda, dándome cuenta de mi propia impaciencia. ¿Tan desconectada estaba del romance real que ya ni sabía reconocerlo cuando lo tenía delante?

—Quizá las mujeres de hoy necesitamos un manual para recordar que el cortejo todavía existe.

—¡Una relación romántica con todas las de la ley! Qué concepto tan arcaico —bromea, regalándome una sonrisa abierta—. ¿Es eso lo que quiere una mujer de veintiséis años? ¿Un noviazgo tradicional?

—No me he pasado los veintiséis años teniendo citas, precisamente. De hecho, apenas he estado con nadie en los últimos tiempos. Nada serio, para ser sincera.

—¿Y eso por qué? —pregunta, mostrando una curiosidad limpia.

—Estaba demasiado concentrada en intentar encontrar mi lugar con los estudios y en aclarar mi futuro como para centrarme en buscar al amor de mi vida.

—¿Y eso es lo que buscas ahora? ¿Al amor de tu vida?

La pregunta me pilla.

—Ahora mismo no sabría decirte qué es lo que busco a largo plazo. Lo único que tengo claro es que me gustas muchísimo y que me apetece estar contigo. Aquí y ahora.

—Volvemos al principio —concluye él, antes de darme un beso corto y tierno en los labios—. Te gusto, quieres estar conmigo… y sé de sobra que deseas que vayamos más allá en la cama.

—Puesto así suena un poco directo —pongo los ojos en blanco, divertida.

—Mi pregunta va por otro lado, Alicia: ¿hay algo más que quieras construir conmigo en el futuro?

Trago saliva, sintiendo el peso de la conversación. Me doy cuenta de que estamos rozando un terreno serio y maduro, y me da pánico dar un paso en falso sin saber lo que él espera realmente de mí.

—¿A qué te refieres exactamente?

Entiendo la pregunta, solo intento ganar algo de tiempo antes de responder.

—Créeme, Ali —su boca roza la mía de nuevo; su cercanía me envuelve por completo—, eres divertida, inteligente, atrayente. Me gustas muchísimo. Eres el tipo de mujer por la que rompería cualquiera de mis reglas .

—¿Tus reglas? —pregunto, descolocada pero divertida.

—Me pregunto si estás dispuesta a que llevemos esto a otro nivel. Ya sabes… algo real.

—¿Una relación de verdad? —sugiero.

—Justo eso.

Sostiene mi mirada mientras espera una respuesta. ¿Va a convertirse en el chico de la playa que besa increíble o en mi novio?

Claramente me gusta para lo segundo. Quiero estar con él a todas horas.

—¿Y qué prefieres tú? ¿Que seamos amigos que se besan de vez en cuando o…? —Esta vez soy yo la que se frena.

—¿O…? —repite él, sonriendo con esa expresión suya tan descarada—. ¿Una estrategia barata para verte sin ropa?

—¿Quieres verme sin ropa? —La temperatura del agua parece subir de golpe. O quizá son las revoluciones que se mueven dentro de mí.

—Eso no nos haría muy amigos, porque pienso en ti de esa manera más veces de las que admitiría en voz alta. ¿Eso me convierte en un peligro?

—No… —le aseguro, mientras sus manos en mi cintura me convencen de que en absoluto lo es.

Me besa con lentitud y se aparta apenas unos centímetros.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta.

—¿Cómo que ahora qué? —Me estoy mareando con tanto juego de palabras—. Nos estamos besando, amigo.

Lo provoco a propósito, desafiándolo.

—Al cuerno con lo de ser amigos. No quiero esa etiqueta contigo.

Me estrecha contra su cuerpo con una intensidad que no deja espacio a las dudas.

—¿Entonces en qué quedamos? —pregunto entre jadeos.

—Si cruzo esa puerta contigo y subo a tu habitación para pasar la noche a tu lado… quiero hacerlo como tu novio. ¿Te encaja?

Jamás nadie me había propuesto salir de una manera así. Suena directo, un poco clásico y tan rematadamente perfecto que no puedo evitar sonreír con todo lo que siento en el pecho.

—Me parece perfecto, novio.

Se adueña de mi boca con tanta entrega que no me deja margen para replicar. Acabamos de sellar un pacto silencioso, sin más testigos que la noche, y me siento flotar .

Salimos de la piscina sin separarnos, con los labios todavía enredados.

—Es de noche… y has estado completamente tranquila dentro del agua —comenta Josh mientras recoge una toalla de una de las tumbonas y me envuelve los hombros con ella. Me abraza por la espalda, sujetándome con firmeza, manteniéndome pegada a su pecho.

—¿Así que todo esto era una estrategia de fisioterapeuta para engañarme y hacerme superar el miedo a la piscina nocturna?

—Todo esto —me alza en brazos de golpe, acercando la boca a mi oído— era una estrategia para decirte lo mucho que me importas.

Ahogo un suspiro. Rodeo su cuello con los brazos y apoyo la frente en su clavícula, aspirando el olor salino de su piel. Él se limita a sostenerme, firme y seguro.

Cuando levanto la cabeza, me encuentro con sus ojos fijos en mí, cargados de una promesa que me acelera el pulso.

—¿Subimos? —le pido, impaciente.

—¿No deberíamos secarnos primero?

—Josh, ahora mismo me da exactamente igual que la casa se quede empapada. Por favor, solo llévame a mi habitación.

—A tus órdenes, Ali.

Sonrío como una boba, dejándome llevar mientras atravesamos las puertas acristaladas que dan acceso al interior. Las gotas de agua van marcando nuestro camino en el suelo, pero es lo último que me preocupa.

No tarda en llegar a mi cuarto. No hay nadie en la planta, así que me invade una calma absoluta cuando me deposita con cuidado sobre la cama.

Entonces, ocurre algo imprevisto. Por primera vez en mucho tiempo, me asaltan los nervios.

Josh y yo vamos a dar un paso crucial, y esta vez sé que va a significar un antes y un después para mí.

No soy una inexperta, pero esto se siente como un territorio completamente nuevo.

Lo bueno de empezar algo así es que es como una página en blanco que podemos escribir juntos.

Él se queda de pie frente a mí, pero de pronto noto un cambio sutil en su expresión, en la forma en que respira y en la tensión repentina de sus hombros. Se pasa una mano por el pelo, incómodo, como si algo lo retuviera y no supiera muy bien cómo continuar.

—¿Estás bien? —pregunto, incorporándome un poco en el colchón.

Él asiente, aunque no me resulta nada convincente .

—Sí… —responde, con la voz un punto más baja—. Es solo que… me molesta un poco la pierna.

Mi cuerpo reacciona por puro instinto profesional. Me pongo alerta enseguida.

—¿Te duele mucho? ¿Qué necesitas? ¿Quieres que te traiga algún analgésico? ¿Te has hecho daño en el agua?

—No, no, tranquila, no es eso —se apresura a calmarme, esbozando una sonrisa forzada—. No es nada grave, de verdad. Solo que... normalmente, cuando me voy a acostar, tengo que quitarme la prótesis y ponerla a cargar. Así descansa el muñón.

Lo dice rápido, restándole importancia, como si fuera un detalle técnico que preferiría no haber tenido que mencionar en voz alta delante de mí. Noto perfectamente que le incomoda la situación.

—¿Y no te la quieres quitar ahora porque estoy yo aquí? —le pregunto con la mayor suavidad de la que soy capaz.

Josh traga saliva. Desvía la mirada hacia el suelo un instante, como si le costara sostener el contacto visual.

—No sé... Nunca me he sentido cómodo del todo haciendo esto delante de alguien. Y menos... en un momento como este.