Rompiendo las olas Capítulo 32
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Capítulo 32

Alicia a través del espejo

El resto de la velada transcurre de maravilla.

Josh no tarda nada en integrarse demostrando cómo es en realidad: un chico de sonrisa fácil, empático y participativo.

Le cae bien a todo el mundo y, aunque intente disimularlo, me hace inmensamente feliz.

No es que necesite la aprobación de los demás, pero mis amigos son una parte fundamental de mi vida y me reconforta comprobar que el chico que me pone el mundo al revés encaja tan bien con ellos.

Josh se hace querer, y yo me doy cuenta de que cada día que pasa me cuesta más imaginarme sin él.

Engel cambia de registro por completo en cuanto nos ve bajar de la planta de arriba.

De pronto, vuelve a adoptar su actitud de siempre: juguetón, simpático y bromista.

Incluso se anima a chinchar a Josh con un relajado: «Eh, profesor», y Josh le responde con total naturalidad, como si la escena de la piscina jamás hubiera existido.

Sé que Josh lo hace por mí. Aunque todavía nos estamos descubriendo, me demuestra que es capaz de hacer un esfuerzo enorme por ser ese apoyo maduro que necesito.

Durante el resto de la velada no se separa de mí; mantiene un brazo sobre mis hombros, un gesto protector que marca sutilmente su territorio y que me transmite una seguridad increíble.

Aun así, la doble actitud de Engel me deja pensativa.

Me duele que nuestra amistad de toda la vida se haya enredado en este bucle de malentendidos, silencios y reproches.

Lo quiero muchísimo, nos hemos criado juntos, pero parece que la entrada en la vida adulta ha empezado a pasarnos factura, abriendo una brecha entre los dos.

Ahora somos dos personas que avanzamos a velocidades distintas.

Y creo que, en ese aspecto, a él todavía le cuesta aceptar que las cosas ya no son como antes.

Tampoco es que yo sea un ejemplo de madurez absoluta.

A veces soy impulsiva, cabezota y tiendo a encerrarme en mi propio punto de vista sin escuchar a los demás.

Sé que me queda un mundo por aprender, pero desde que Josh apareció en mi vida, siento unas ganas tremendas de mejorar, de romper mis propias barreras.

Volver a sentir esa ilusión y la certeza de que las cosas van a salir bien es algo que creía perdido para siempre.

—¿Estás segura de que no queda nada más por recoger, Alicia? —pregunta Delia, sacándome de mis pensamientos.

—Sí, chicas, de verdad, id tranquilas.

—La cocina ha quedado impecable —interviene Blair, echando un último vistazo—. Como mi madre llegue mañana de viaje y se encuentre un desastre, se nos acaba el chollo de las reuniones aquí.

—No os preocupéis. Si queda algún detalle suelto, mañana por la mañana le doy un repaso en un momento. No se me van a caer los anillos.

Blair me deja un beso rápido en la mejilla, seguida de Delia y Bethany.

—Muchísimas gracias por invitarme —se despide David con una sonrisa abierta.

—No hay de qué, David. Dale las gracias a Delia, que es la que nos ha traído tu compañía. Ya sabes dónde estamos, estás invitadísimo a repetir cuando quieras. Espero que lo hayas pasado bien.

—Ha sido un planazo, de verdad. Sois un grupo genial.

Delia, a mi lado, baja la mirada con una timidez encantadora, y él le toma la mano con naturalidad mientras se encamina hacia la salida.

—Bueno, nos marchamos ya —avisa Blair desde el porche, haciendo aspavientos para que el resto se espabile.

Josh se mantiene a mi lado, guardando una pequeña distancia cortés mientras se despide del resto. El último en acercarse a mí es Engel. Me habla en voz baja, en un tono que busca intimidad pero que resulta perfectamente audible para los que están cerca.

—Gracias por el tardeo, Ali —me rodea en un abrazo que decido no negarle. Se toma unos segundos más de la cuenta antes de soltarme y me planta un beso suave en la frente—. Cuídate mucho. Ya sabes que te esperamos el martes para la fiesta del té. En Surfrider Beach .

Esbozo una sonrisa leve. Acaba de lanzar una referencia directa a Alicia en el País de las Maravillas, y en el fondo me alivia recuperar por un instante ese lenguaje secreto que ha sido tan nuestro durante años.

—Siempre es la hora del té —le sigo el juego—, pero intentaré pasarme si puedo.

—Espero que no te tengan el tiempo demasiado ocupado, entonces.

Detrás de su tono ligero se esconde otra de sus típicas indirectas. Sé perfectamente que no va a arrojar la toalla tan rápido y que pretende seguir presionando a su manera.

—Si conocieras al Tiempo tan bien como yo —le devuelvo la pulla, usando la misma moneda de la historia—, no hablarías de perderlo.

A ver si así lo entiende de una vez.

Él suspira hondo y muestra esa sonrisa pícara de siempre, manteniendo las manos apoyadas en mis brazos.

—Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca. Imagina lo que pensaría cualquiera que nos escuchase.

Sabe perfectamente que nos están prestando atención, aunque nadie dice nada. Como en el cuento, parece que hay una línea muy delgada entre la cordura y el absurdo, y Engel lleva tiempo cruzándola sin billete de vuelta. Para zanjar la conversación de una vez por todas, le lanzo una última réplica:

—Loca tal vez... pero es que ya no puedo volver al ayer, porque entonces era una persona completamente diferente.

No pertenece estrictamente al pasaje del té, pero resume a la perfección lo que necesito que asimile: el pasado se ha quedado atrás.

—Es verdad —responde él, perdiendo un poco la sonrisa—. El tiempo dirá si este cambio tuyo es definitivo.

Noto cómo se me tensa la mandíbula. Estoy a punto de callarme para no alargar la escena, pero mi orgullo me impide concederle la última palabra.

—¿Y cuánto tiempo es para siempre? —le espeto.

—A veces, solo un segundo —contesta él, completando la cita.

Nuestros refugios de la infancia se han transformado en proyectiles verbales, y tengo la extraña sensación de estar jugando los últimos minutos de una competición absurda. Pero esta vez gano yo. Engel asiente en silencio, recupera la sonrisa y vuelve a besarme la frente antes de dar un paso atrás .

—Sueña bonito en tu país de las maravillas, Alicia. Buenas noches.

Trago saliva, intentando deshacer el nudo de la garganta.

—Buenas noches, Sombrerero.

En cuanto se da la vuelta para unirse al grupo, noto la mirada fija de Josh clavada en mi nuca. Seguramente el resto también se ha quedado con el detalle. Sin darnos cuenta, nos hemos marcado un drama literario en mitad del recibidor delante de todo el mundo.

«¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo era como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche». Esa es la frase del cuento que más me retumba en la cabeza ahora mismo.

Todos se van y me quedo a solas con Josh. Al cerrar la puerta principal, suelto un largo suspiro de alivio.

—¿Te apetece que subamos ya? —le pregunto, aunque todavía es pronto.

—¿Estás muy cansada?

—Un poco, sí. Pero no me apetece dormir todavía.

«Me apetece acostarme contigo, que es diferente» , el pensamiento me cruza la mente y me revoluciona los nervios. Qué manera de ponerme en evidencia a mí misma.

Josh se acerca despacio y me toma de la mano, entrelazando sus dedos con los míos.

—¿Salimos un rato al jardín? Hace una noche preciosa junto a la piscina.

Asiento sin dudarlo. Seguimos en bañador, aunque yo me he puesto una túnica fina por encima y él ha vuelto a enfundarse la camiseta.

Al salir, compruebo que no exageraba. La noche está espectacular; las luces subacuáticas de la piscina y la brisa suave de Malibú crean un reflejo hipnótico en la superficie.

Nos sentamos en el borde, dejando que las piernas cuelguen y metiendo los pies en el agua templada.

El silencio se instala entre nosotros, pero es un silencio reparador, de esos que solo consigues cuando la persona que tienes al lado te transmite una paz absoluta.

Después de tanto jaleo, este momento es perfecto.

—El tiempo es un ladrón que nos roba los momentos más preciosos —dice de pronto, en voz baja, mirando el agua.

El corazón me da un vuelco. Sé perfectamente por dónde va.

Ha pillado al vuelo el cruce de reproches que he tenido antes con Engel y está usando el mismo código de Alicia para entrar en mi terreno.

Lejos de parecerme un juego, me conmueve que se haya quedado con el detalle.

Decido dejar de lado los rodeos y abrirle el corazón con honestidad.

—No sé si el tiempo es un ladrón —le respondo, buscándole la mirada—, pero sé que cada minuto que paso contigo es valioso. Y me fastidiaría mucho que alguien viniera a robárnoslo.

Gira la cabeza y me sostiene la mirada con esos ojos tan serenos suyos.

—A veces hay que creer en cosas imposibles antes del desayuno —comenta, y esta vez dibuja esa sonrisa pícara que tanto me gusta.

—¿Y tú crees que lo que yo quiero que pase antes del desayuno es un imposible?

Vuelve a mirar el agua un segundo antes de regresar a mí.

—Lo que creo… es que es increíble todo lo que me estás haciendo sentir, Alicia.

Hasta hace nada mi vida se reducía a entrenar en el mar, cuidar de los míos y ayudar a los pacientes en sus rehabilitaciones.

Y ahora... —suspira, con una leve mueca de incredulidad— has llegado tú y me has puesto el mundo del revés.

—¿Significa que tú también has caído en mi madriguera? —le provoco, acortando la distancia.

Me rodea la cintura con un brazo y me atrae hacia él. Apoyo la cara en su hombro, disfrutando de su calor y de la cercanía de su boca, que queda a milímetros de la mía.

—Solo te diré que ha sido una caída libre. Y que ahora entiendo perfectamente por qué el Sombrerero está tan loco.

—¿Crees que está loco?

—Por ti, desde luego.

Me muerdo el labio, sopesando sus palabras. No quiero volver a meter a Engel en esta conversación ni darle más importancia de la que tiene, especialmente después de la escena que hemos montado en el recibidor.

—Es una tontería que viene de la infancia. Llevamos años picándonos con citas de libros y películas, no significa nada.