Capítulo 31 #4
—Te queda increíble ese bikini.
Siento las mejillas arder al instante.
—Ya…
—Aunque me encantaría quitártelo.
—Eso significa que prefieres no verlo puesto...
—Significa que prefiero sustituirlo por mis manos. Ahora mismo solo quiero recorrer cada centímetro de tu piel.
Cierro los ojos y dejo que la oleada de calor me invada por completo.
Me besa con una intensidad que me hace perder las coordenadas del cuarto.
Un ligero escalofrío me recorre la espina dorsal cuando sus manos descienden por mis costados, firmes y seguras, encendiendo un fuego eléctrico bajo mi piel.
Me abraza contra él, transmitiéndome una urgencia que coincide exactamente con la mía.
Me invade una necesidad imperiosa de tocarlo, de sentir su cercanía, borrando cualquier rastro del mundo exterior.
Deshace con agilidad los nudos del bikini y, en cuestión de segundos, la prenda desaparece.
Me quedo expuesta ante su mirada limpia, entregada, mientras su boca desciende por mi cuello dejando un reguero de besos húmedos que me erizan la piel.
Echo la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda, perdiéndome en la marea de sensaciones. Me recorre el pecho con las manos, acariciándome con una suavidad que me arranca un gemido sordo. Todo es tacto, respiración acelerada y una necesidad física que nos empuja al mismo compás.
Tiro con suavidad del borde de su camiseta, una invitación muda que él no necesita que repita. Se la quita de un tirón con un movimiento ágil, directo, sin apartar sus ojos de los míos ni un solo segundo.
Le rozo las piernas con los pies, explorando su cuerpo sin miedos, sin reservas mentales sobre lo que es suyo o la prótesis. En este instante no hay barreras, ni traumas, ni accidentes. Solo existimos nosotros dos en mitad de la habitación.
Entonces, me viene a la cabeza lo que me confesó la última vez que estuvimos a solas. Separando un poco la boca de la suya, le susurro al oído:
—¿Quieres que vayamos más despacio? ¿Prefieres que paremos?
—¿Por qué iba a querer parar ahora? —responde, mientras continúa dibujando senderos con los labios por mi clavícula.
Su voz me derrite por completo.
—El otro día dijiste que...
Me calla colocando el pulgar sobre mis labios con un gesto cargado de ternura.
—Sé perfectamente lo que dije, Alicia. Pero ahora también sé lo que quiero. Y te quiero a ti.
Sustituye el dedo por su boca, capturando mis labios de nuevo con un beso profundo y rotundo que disipa cualquier duda. Nos exploramos durante un rato más, perdiéndonos entre caricias y suspiros, hasta que la propia gravedad del momento nos advierte de que el tiempo corre.
—Espera… —susurro, intentando recuperar el aire.
Se detiene de inmediato, sosteniéndome la mirada con los ojos oscurecidos por la complicidad.
—¿Te quedas conmigo esta noche? —le pido.
—¿De verdad quieres que me quede?
Asiento sin el menor atisbo de duda.
—Entonces no me muevo de aquí.
Sonrío, aliviada, y él me imita antes de dejar caer la cabeza en la almohada, a mi lado.
—Están todos abajo esperándote —comenta con una risa suave, intentando recuperar el ritmo normal de su respiración—. Será mejor que bajemos antes de que suban a buscarnos. Podemos continuar más tarde, con calma. ¿Te parece ?
—Tienes razón —admito, aunque me cuesta separarme de su lado mientras me rodea con el brazo—. Aunque ahora mismo lo que piensen mis amigos es lo último en mi lista de prioridades.
—Ya, pero no quiero que hagamos las cosas deprisa ni escondidas. Quiero que lo disfrutemos bien.
Me guiña un ojo con picardía, logrando que me vuelva a subir el color a la cara.
Me besa en la frente y nos quedamos así un par de minutos, abrazados en silencio, dejando que las pulsaciones vuelvan a su sitio.
Pasamos unos diez minutos arreglándonos antes de decidirnos a salir de la habitación. Mientras bajamos las escaleras despacio, le miro de reojo:
—¿Seguro que no te importa quedarte a cenar con ellos? Sé que no entraba en tus planes.
—Para nada, de verdad. Si tú estás feliz, yo estoy encantado. Son tus amigos y quiero llevarme bien con ellos. No pretendo ser un extraño en tu entorno.
—No lo eres. Eres mi invitado estrella.
—¿Ah, sí? —me lanza una mirada cargada de ironía y diversión—. ¿En qué categoría entra eso?
Sacudo la cabeza divertidísima justo al alcanzar el último peldaño del vestíbulo.
—En una muy especial. Digamos que has pasado de ser mi entrenador a alguien con privilegios muy exclusivos.
—Vaya. Me gusta cómo suena eso. Me lo apunto.
—Ya hablaremos de los detalles más tarde —le guiño un ojo, abriendo la puerta que da al jardín.
Verlo caminar hacia mis amigos me llena el pecho de una calidez completamente nueva.
Sé de sobra que Josh es mucho más que un capítulo pasajero en mi verano.
Se ha ganado un espacio en mi rutina, en mis pensamientos y, de una manera que todavía me asusta admitir, en mi propio corazón.
Lo nuestro no es solo atracción; es un refugio que estamos construyendo paso a paso.
Y tengo claro que no quiero dejarlo escapar.