Rompiendo las olas Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Entonces, el problema real es que te aterra perderla.

Ella echa la cabeza hacia atrás, mirando al techo en un intento desesperado por frenar las lágrimas, aunque un par de ellas terminan resbalándole hacia las sienes.

—No sé qué hacer... De verdad que ya no sé qué hacer.

Cuando vuelve a bajar la mirada, agarra uno de los vasos que acaba de llenar de tequila puro y se lo bebe de un solo trago. Se me quema la garganta a mí de verlo. Hace una mueca de dolor, agarra de nuevo la botella y vuelve a rellenarlo.

—¿Le has dicho lo que sientes?

—¿Para qué? —pregunta, encogiéndose de hombros con una falsa indiferencia que no se cree ni ella—. ¿Para pedirle que se quede y cortarle las alas?

—No soy quién para decirte lo que tienes que hacer, Blair. Solo sé que, si fuera mi caso, necesitaría hablar las cosas con claridad.

—Es que no me ha dicho nada sobre nosotras —protesta, chasqueando la lengua—. Solo que se va y poco más. No sé qué pretende. Si piensa que vamos a mantener una relación a distancia, lo lleva claro. Paso de quedarme aquí pasándolo mal y comiéndome la cabeza.

Sus ojos siguen enrojecidos mientras remueve los cócteles con demasiada energía.

—No creo que los tiros vayan por ahí —le digo con suavidad—. Es cuestión de saber en qué punto estáis. Ella se marcha porque es su sueño, ¿no?

—Sí, eso dice. Quiere montar su propia galería de arte allí. Allá ella, me parece genial. Ya me gustaría a mí tener esa iniciativa.

Y ahí está el verdadero núcleo del problema.

—Blair..., ¿no crees que es el momento de replantearte lo que quieres hacer con tu vida? No te veo feliz, ni con el trabajo, ni contigo misma. Me preocupas.

Las lágrimas vuelven a asomar en sus ojos, brillando bajo la luz de la cocina.

—A mí tampoco me gusta cómo estoy, Alicia.

—Pues muévete. Quizá esto, en lugar de un final, sea la oportunidad que necesitabas.

—¿Y cómo se supone que va a serlo?

—¿La quieres? —le pregunto sin rodeos.

Asiente, muy seria.

—Entonces vete con ella.

—No me lo ha pedido.

—¿Y si no se ha atrevido por no presionarte? Si no hablas con ella con el corazón en la mano, no lo vas a saber nunca. Yo la veo coladita por ti, Blair. Siempre está pendiente de lo que haces.

—A lo mejor es una fachada y en el fondo le da igual dejarme aquí tirada, la muy bruja.

Me echo a reír por lo bajo. Blair nunca pierde su esencia, ni en los peores momentos.

—A ver, ¿qué es lo que de verdad quieres hacer con tu futuro?

—¿Y tú qué? ¿Qué vas a hacer con el tuyo?

—No vale, no me cambies de tema. Además, para tu información, ya estoy empezando a ver las cosas más claras con lo mío.

Me dedica una sonrisa sincera, de las que se guardan para las ocasiones especiales.

—Me alegro un montón por ti, Ali. Yo… de verdad que no lo sé.

—No quiero meterte pájaros en la cabeza, pero… ¿has pensado en montar tu propio taller de diseño? Nueva York es el lugar perfecto para eso.

—¿Me estás diciendo que lo deje todo y me mude allí, a lo loco? No sé...

Duda, y esa vacilación me basta. Sé que le da vértigo, igual que me pasaba a mí hasta hace nada, pero ella es brillante en lo suyo y tiene talento de sobra para comerse el mundo.

—Piénsatelo, Blair. Todo saldrá bien si te atreves a dar el paso.

—No lo sé… —sacude la cabeza despacio, asimilando la idea.

—No tienes que tener todas las respuestas esta tarde. Deja que las cosas fluyan, pero habla con ella. No te quedes con la espina de no haberlo intentado.

Poco a poco, termina por asentir y noto cómo la tensión abandona sus hombros. Yo también me relajo. Sentar las bases de lo que quiero para mí me ayuda a darle mejores consejos a ella.

Terminamos de preparar la bandeja de margaritas juntas, compartiendo el espacio en un silencio cómodo, hasta que me mira de reojo con una sonrisa pilla:

—¿Y tú y Josh? ¿Cómo vais?

—Pues… —me muerdo el labio— bien. Creo.

—¿Te mola?

—Me gusta la persona que soy cuando me mira. Cuando estoy con él, siento que puedo comerme el mundo. Sé que suena a frase de película, pero es la verdad.

—Para nada. Suena genial.

Se gira y me tiende una de las copas. La acepto, y ella alza la suya para brindar.

—Así me siento yo con Bethany —dice, sonriendo de verdad.

—Estamos listas las dos.

Brindamos y bebemos, saboreando el toque ácido del limón. Es increíble lo mucho que nos complicamos la vida a veces por miedo a decir lo que sentimos.

En ese momento, suena el timbre de la entrada.

—Ya voy yo —le digo, encaminándome hacia el intercomunicador del recibidor.

Es David. Durante un segundo absurdo me había guardado la esperanza de que fuera Josh.

Lo invité hace días, pero me dio una respuesta bastante vaga; dijo que pasaría si le daba tiempo con los entrenamientos.

No haber recibido ni un mensaje suyo me deja un regusto amargo que intento sacudirme de encima.

Abro el portón y me acerco a la puerta principal.

—Hola —saluda David con una sonrisa de oreja a oreja.

Nos saludamos con dos besos rápidos y un abrazo afectuoso.

—Me alegra mucho que hayas venido. Pasa.

Cruza el umbral y, como todo el que entra en esta casa por primera vez, se queda mirando los techos altos con asombro.

—Vaya, menudo sitio tienes aquí.

—Es de mi padre, aunque este fin de semana estoy sola. Estamos todos en la piscina, ven.

Le guío hacia el jardín trasero. Al vernos aparecer, Delia se levanta de la tumbona como un resorte.

La forma en que se le ilumina la cara la delata por completo: está loquísima por él.

David se acerca y, rompiendo toda la timidez de Delia, la rodea por la cintura y le planta un beso de película en los labios.

Desvío la mirada con una sonrisa gigante, feliz de verla así.

David se integra en el grupo en cuestión de segundos, charlando con Engel y Bethany con una naturalidad envidiable.

El ambiente se caldea y la fiesta sube de nivel cuando Blair aparece en el jardín con la bandeja de margaritas.

Todos la reciben entre aplausos. Lleva su mejor sonrisa, la barbilla alta y ni un rastro de las lágrimas de hace un momento.

Es una roca y sé que saldrá de esta tarde con las ideas mucho más claras.

La tarde se nos echa encima entre risas, chapuzones y música. Todo el mundo está en su salsa, bailando y disfrutando del verano. Todo parece estar en su sitio, tal y como a mí me gusta.

Sin embargo, no puedo evitar mirar la pantalla del móvil cada quince minutos. Ni una llamada, ni un maldito mensaje de Josh. Ese silencio empieza a pesarme demasiado y la esperanza del principio se me va apagando por momentos.

Al final, los chicos deciden pedir unas pizzas para cenar y, cuando el timbre vuelve a sonar, Delia y Bethany corren entusiasmadas a recogerlas.

Estoy sentada en el borde de la piscina, con los pies metidos en el agua, cuando noto que alguien se sienta a mi lado. Iba tan metida en mis pensamientos que ni siquiera me he percatado de que Engel se ha acercado.

—¿Estás bien, Alicia? Te veo muy callada.

—Sí. Todo bien —respondo, intentando mantener un tono neutro.

Durante unos segundos, nos quedamos en silencio, moviendo las piernas al ritmo del agua. Sé que las cosas entre nosotros han estado tensas últimamente, pero me cansa estar siempre a la defensiva.

—Sé que ahora mismo no soy la persona en la que más confías —comienza él, mirando al frente—, pero conozco a tu antiguo yo mejor que nadie.

—Eso es verdad.

—Y por lo que veo, esa Alicia va a costar que vuelva.

—Depende. ¿Qué Alicia te gustaría que regresara?

—La de siempre.

—¿Y si la de siempre ya no es quien quiero ser? ¿Seguirías estando ahí como amigo ?

—Claro que sí.

—Entonces, si te dijera que estoy empezando algo con otra persona y que eso me hace feliz… ¿te molestaría? ¿Podría seguir contándote mis cosas y mis dudas como antes?

Engel guarda silencio un instante, desviando la mirada hacia la casa.

—No estás siendo justa conmigo, Alicia.

—Engel, el que no fue justo fuiste tú al ocultarme lo que sentías y enfadarte por mis decisiones. Por mucho que nos empeñemos en que todo siga igual… las cosas han cambiado. Yo he cambiado.

—Solo quiero recuperar a mi amiga. Volver a hablar como antes, sin que me mires con desconfianza a cada minuto.

—Pues hablemos. Pero me molesta que tengas ese prejuicio constante contra Josh.

—Creo que ya aprendí la lección. Me lo dejaste bastante claro en mi cumpleaños y cuando dijiste que estabais saliendo. Me he hecho a un lado, ¿no te parece suficiente?

—Sí. ¿Y a ti? ¿Te basta con saber que soy feliz con él y que entre nosotros ahora solo puede haber una amistad? Porque tengo la sensación de que no lo aceptas.

Engel aprieta los dientes, visiblemente contrariado.

—No sabes lo que dices. Sigo siendo tu amigo, Alicia. Y créeme, estaré aquí para escucharte cuando lo vuestro se vaya a la mierda.

La cara se me desencaja por completo. Es la segunda vez que suelta una indirecta parecida y noto cómo la rabia me enciende la sangre.

—No tienes ni la más remota idea de cómo es mi relación con él.

—Lo que sé es que es un surfista, igual que todos los que se mueven por esta playa. Y tú ya sabes de sobra lo que pasa con ellos.

—Josh no se parece en nada al resto. No es como mi padre, Engel. Es un hombre atento, respetuoso y con una empatía increíble. Le encanta ayudar a la gente.

—Ya cambiarás de opinión.

—Te aseguro que no.

Me pongo en pie de golpe, dispuesta a dar por terminada la conversación, y al girarme el corazón se me detiene en el pecho.

Josh está de pie a menos de un metro de nosotros. Su expresión me parte en dos en un segundo .

Mierda. Lo ha escuchado todo.

Doy un paso hacia él, sintiéndome la persona más torpe del mundo.

—Has venido…

—Y está claro que ha sido un error —responda con una voz helada que me hiela los huesos—. Gracias por la invitación, Alicia, pero me marcho.

Se da la vuelta de inmediato. Camina con paso firme y rápido, conteniendo una rabia que se le nota en la tensión de la espalda.