Rompiendo las olas Capítulo 31
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Capítulo 31

Nuevos comienzos

—La próxima vez que salpiques a tu hermana, te ahogo yo misma —le suelta Bethany a Engel entre risas.

Él pone los ojos en blanco con dramatismo y, encogiéndose de hombros, se lanza de cabeza a la piscina justo delante de ellas. El tremendo chapuzón nos empapa a todos y provoca un coro de quejas y chillidos exagerados. No puedo evitar reírme.

Mi padre ha tenido que ausentarse este fin de semana por un congreso, y Josh ha estado desbordado entre las clases, su casa y sus hermanos, así que no nos hemos visto desde la tarde que pasamos juntos.

Eso sí, no hemos dejado de hablar por teléfono.

Siento un vuelco en el estómago cada vez que escucho su voz al otro lado de la línea.

Sin embargo, todavía no sé muy bien en qué punto estamos.

No hemos vuelto a tocar el tema de lo que sentimos, y me da la sensación de que a él le frena algo a la hora de dar un paso más allá de la amistad.

Sospecho que sus dudas y sus miedos son mucho más profundos que los míos, y no quiero presionarlo.

Por eso hoy he decidido distraerme un poco, ponerme un bikini bonito e invitar a mis amigos a pasar el día en la piscina, reviviendo esos veranos de siempre.

El ambiente está de lo más animado. Blair ha venido con Bethany, su novia.

Me ha encantado reencontrarme con ella porque es encantadora, aunque noto a Blair un poco más callada de lo habitual, como si tuviera la cabeza en otra parte.

Me preocupa que le pase algo y no se atreva a contárnoslo .

Delia también está rara desde que ha llegado. Apenas habla y no para de revisar el móvil cada dos minutos, lo que me llama bastante la atención.

—¿Te ocurre algo? —le pregunto en voz baja, acercándome a su tumbona—. Te noto un poco ausente.

—No, qué va —responde de inmediato, bloqueando la pantalla del teléfono a toda prisa, como si intentara disimular una timidez que no es propia de ella.

—Venga, Delia, nos conocemos de sobra. Si no te apetece hablar de ello ahora mismo lo respeto, pero no me digas que no pasa nada cuando estás que te subes por las paredes.

Ella suelta un largo suspiro. Delia siempre es la alegría del grupo, la que contagia buen rollo allá donde va, pero hoy está sumida en un manojo de nervios.

—Oye... —mira de reojo hacia donde están los demás y luego se vuelve hacia mí—. ¿Te importaría si invito a alguien?

—¿A quién? —esbozo una sonrisa, contagiada por su misterio—. Claro que no me importa, Delia, esta es tu casa. Puede venir quien tú quieras. ¿De quién se trata? —le pregunto con tono cómplice.

La curiosidad me puede.

—¿Te acuerdas de David?

—Espera... ahora mismo no caigo. ¿Qué David?

—El chico del curso de surf. El que se quedó charlando contigo en la orilla el primer día, ¿te acuerdas?

Me muerdo el labio inferior para contener una sonrisa burlona.

—Ah... ese David. Muy majo, desde luego —comento, ladeando la cabeza.

Y de repente, la magia ocurre. Delia se ruboriza por completo, tapando el tono bronceado de sus mejillas.

—Sí. Es muy majo, la verdad —murmura, mirando al suelo.

—Ya veo que te lo parece. Es más, diría que os habéis estado viendo bastante a menudo, ¿no? ¿Qué hay entre vosotros? —me animo a pincharla un poco, viendo que la timidez la delata.

—De momento no hay nada formal. Hemos salido a tomar algo un par de veces, nada más.

Abro los ojos de par en par, celebrando la noticia por ella.

—¿En serio? ¡Eso es genial! Dile que se venga ahora mismo, faltaría más. Es superbienvenido —Delia sonríe, roja hasta las cejas—. Y por cierto... tiene un par de razones muy buenas para gustarte. Es guapísimo. Gran elección.

Nos miramos un segundo y nos echamos a reír, rompiendo toda la tensión.

En ese momento, una música estridente y distorsionada empieza a atronar desde los altavoces del porche, invadiéndolo todo.

—¡Madre mía, Engel! ¿Qué demonios es ese ruido? —grita Blair, tapándose los oídos.

—No sabía que tuviéramos gustos musicales tan alternativos —añade Bethany entre risas.

Engel se encamina hacia nosotras con una sonrisa de oreja a oreja, chorreando agua por el pelo y empapando el suelo a cada paso.

—Me ofende lo mucho que me subestimas, cuñada.

—¿Te gusta el rock psicodélico? ¿Desde cuándo? —protesta Blair, frunciendo el ceño.

—Ah, ¿has dicho rock? Yo solo me había quedado con lo de la dedicatoria.

—Idiota —le lanza una toalla que Engel atrapa al vuelo sin el menor esfuerzo.

—Menuda sorpresa —comenta Bethany, divertida.

—Sorpresa la mía cuando me enteré de que te marchas a Nueva York —suelta Engel, mirándola de reojo mientras finge hablar solo con ella—.

Menudo cambio, ¿no? Ya me invitarás cuando estés instalada.

A mí me vendría de perlas un cambio de aires...

—Ahora me lanza una mirada rápida a mí—.

Las neoyorquinas tienen su punto. Igual me animo y todo.

—Pues mira qué bien —Blair se levanta de golpe, soltándose del agarre de Bethany con brusquedad—. Nos harías un favorzote. A ver si os vais los dos a la mierda de una vez.

La cara se me desencaja por completo. Y no soy la única. Delia, sentada a mi lado, también se queda pasmada ante semejante contestación.

Blair pasa por delante de nuestras tumbonas con paso firme y se detiene un segundo mirándome:

—Voy a preparar unas margaritas para pasar el trago. ¿Me ayudas?

Entiendo perfectamente que aquello no es una propuesta; es una señal de socorro en toda regla. Me levanto de inmediato.

—¿Quieres que os eche una mano? —se ofrece Delia, preocupada.

—No te preocupes —le responde Blair, tendiéndome el brazo para ayudarme a incorporarme—. Con Alicia me basta. Además, yo tengo mejor mano con el tequila que tú, mexicana.

—Y un cuerno —le responde Delia, aunque esta vez consigue arrancarle una sonrisa.

Parece una de nuestras bromas de siempre, ese pique tonto con el que solemos quitarle hierro a las cosas, pero sé de sobra que no lo es. La sigo hacia el interior de la casa.

En cuanto entramos en la cocina, Blair empieza a rebuscar entre los armarios abriendo y cerrando las puertas con demasiada fuerza. Cruza la estancia de lado a lado sin articular palabra, con la tensión rezumándole en cada movimiento.

Prefiero no presionarla. Me siento en uno de los taburetes de la isla y la observo en silencio, dándole su espacio.

Me coloca una tabla de madera y unos limones recién lavados delante.

—Córtalos en rodajas —ordena, con la voz rota.

—Sí, chef —respondo en un tono suave, intentando rebajar el ambiente con un saludo militar improvisado.

Me fulmina con la mirada, pero el amago de sonrisa que le asoma me confirma que voy por buen camino.

—A ver... —me decido a hablar, incapaz de quedarme de brazos cruzados—. Antes de que termines troceando la tabla... ¿qué es lo que pasa en realidad?

—No sé de qué me hablas.

Vaya par de amigas me han tocado hoy; a todas les ha dado por jugar al despiste.

—Hablo de que te ha sentado como una patada la pulla de Engel sobre el viaje de Bethany. ¿Quieres desahogarte?

Guarda silencio. Se aparta para coger los vasos de la vitrina y, al regresar, los deja sobre la superficie de la isla con tanta fuerza que temo seriamente por el cristal.

—Es una broma de mal gusto toda esta mierda —suelta por fin, clavando sus ojos en los míos.

Está respirando deprisa, furiosa y desbordada. Noto que está a punto de estallar, así que me limito a escuchar. Niega con la cabeza y vuelve a enredar con las botellas.

—Que se vayan los dos bien lejos. Ya tardan .

Sigo sin interrumpirla.

—Aunque parezca mentira, mi vida no gira en torno a ellos. Que les den.

—Hablas como si se hubieran confabulado a tus espaldas, Blair. Estoy segura de que tu hermano solo lo ha dicho por chincharte, ya sabes cómo es de oportunista.

—Sí, lo sé. Y, si te digo la verdad, ahora mismo lo que haga Engel me importa un comino.

Empieza a verter el tequila en los vasos con una generosidad alarmante.

—Eh... frena un poco, Blair. Son las cuatro de la tarde. Si sigues llenando los vasos a ese ritmo, vamos a salir ardiendo antes de que empiece a ponerse el sol.

Se detiene en seco. Se queda mirando la tabla con las rodajas de limón, baja la cabeza y suelta un largo y pesado suspiro. Toda la rigidez de su cuerpo parece concentrarse en sus manos.

—Déjate de cócteles y hablemos, anda. Se te nota a kilómetros que esto te está doliendo. ¿Qué ocurre con Bethany?

—Nada. Ese es el puñetero problema, Ali. Que no pasa nada.

—No te entiendo —sacudo la cabeza, confusa—. Os he visto juntas fuera y parecíais estar bien.

Levanta una ceja, regalándome una sonrisa cargada de amargura.

—Si por estar «bien» te refieres a que nos compenetramos de maravilla en la cama, sí, vamos de lujo. Mejor que nunca. Pero el caso es que se marcha.

Me fijo en sus dedos, que aferran el borde de la isla con tanta fuerza que se le han quedado los nudillos completamente blancos. El dolor que oculta detrás de su habitual fachada de chica dura es enorme.

—¿No te cuadra lo de su traslado a Nueva York?

—No es un traslado temporal, Alicia. Se muda definitivamente. —Los ojos se le empañan de golpe y el corazón me da un vuelco al verla así—. Me lo soltó anoche, sin anestesia. Se va allí a empezar de cero y yo me quedo aquí. Así de sencillo. Como quien te cuenta que va a comprar el pan.

Me siento desarmada, buscando las palabras adecuadas para consolarla sin meter la pata.

—¿Y por qué ha tomado esa decisión ahora?

—Porque, al contrario que yo... —dice, mientras una lágrima le resbala por la mejilla. Ver ese rastro de vulnerabilidad en ella termina de romperme por dentro—. Bethany sabe perfectamente lo que quiere de la vida. Es valiente, decidida y no teme a los cambios. Por eso la quiero tanto, ¿sabes?

Me quedo muda, asimilando el impacto. No, no lo sabía.

En todo este tiempo, jamás había visto a Blair tan entregada ni tan expuesta por nadie.

Siempre había sido un alma libre, huyendo de las ataduras y de los compromisos a largo plazo, pero ahora me doy cuenta de lo profundo que es lo que siente por ella.