Capítulo 30 #3
—La cirugía solo es el primer paso, Alicia. Josh fue un caso límite, pero el verdadero milagro de que vuelva a caminar y a surfear no ocurrió en mi quirófano, sino en las horas de fisioterapia y esfuerzo diario. Es una disciplina fundamental y, por desgracia, a veces muy infravalorada.
—Eso es lo que me interesa —admito, enderezándome en la silla—.
En la carrera estudiamos las bases de la fisioterapia y las prótesis biónicas para animales, pero siempre lo vi como algo secundario.
Ahora me doy cuenta de que ahí es donde puedo ser útil.
Quiero enfocar mis conocimientos hacia la rehabilitación veterinaria, hacia la ortopedia y la recuperación postraumática.
Mi padre me mira, sorprendido por la determinación que me nota en los ojos, y asiente.
—Es una especialidad maravillosa, Alicia.
No necesitas realizar cirugías invasivas para sanar.
Puedes devolverles la movilidad, diseñar prótesis, trabajar en la recuperación de fauna...
Es un campo precioso, con muchísimo futuro y donde tu sensibilidad sería una virtud, no un problema.
Lo importante es que trabajes en algo que disfrutes.
Esas palabras me descolocan por completo. Me doy cuenta de que el listón tan alto al que intentaba llegar solo existía en mi imaginación.
—Nunca pensé que lo verías así. Creía que si no era una cirujana de renombre, sentirías que había fracasado.
Él suspira, negando despacio con la cabeza.
—Jamás quise cargarte con esa presión. Te empujé hacia esta doctrina porque te veía capaz y creía que era tu vocación. Pero si tu lugar está en la rehabilitación, tendrás todo mi apoyo. Ambas ramas son medicina. No tienes que demostrarme nada.
Siento un alivio real y limpio ensanchándome el pecho. Por fin las riendas de mi futuro vuelven a estar en mis manos.
—Gracias, papá. De verdad.
—Solo quiero que encuentres tu motivación. Si pasa por ayudar a los animales a ponerse en pie, me parece un camino extraordinario.
Mi mente ya va a mil por hora, conectando mi profesión con el deseo de ayudar y, de manera inevitable, con el mundo de Josh.
—¿Conoces clínicas o centros especializados donde pueda empezar a moverme para la formación de posgrado? —pregunto, con una energía que no sentía desde hacía meses.
—Conozco a un par de colegas en el sector que te pueden orientar perfectamente. No te satures con los trámites todavía, ahora céntrate en explorar las opciones con calma.
Dejamos que la conversación continúe en un ambiente relajado, conversando entre comentarios ligeros.
Es el momento más pacífico que hemos compartido en años.
Sin embargo, una pequeña sombra me cruza la mente.
Sé que no puedo posponer lo que verdaderamente me quema por dentro.
Después de haber sido tan honestos el uno con el otro, resulta imposible seguir escondiéndome.
Respiro hondo, removiendo el fondo de la taza de café sin atreverme del todo a sostenerle la mirada.
—Papá, hay algo más de lo que quería hablarte...
—Dime, niña.
—Es sobre Jennifer.
La voz me sale un poco más insegura de lo que esperaba, pero me obligo a sostenerle la mirada.
—Sé que he sido muy dura con todo este tema y que mis reacciones no han sido las mejores. He estado pagando mis frustraciones con vuestra relación y no es justo. Si ella te hace feliz... eso es lo único que debería importarme.
Se hace el silencio en el aire. El cuerpo de mi padre, relajado hace un momento, vuelve a tensarse. Baja la vista hacia la taza y percibo cómo una sombra de incomodidad le cruza la expresión .
—Gracias —responde, con la voz un punto más baja.
—Lo digo en serio, papá. No voy a volver a cerrarme en banda. Si ella es importante para ti, quiero aprender a respetarlo.
Trago saliva, arrastrando un nudo ligero en la garganta. Sé que el proceso no va a ser inmediato y que todavía me cuesta digerirlo por completo, pero soy consciente de que él necesita este voto de confianza, y yo también necesito hacer las paces con esta parte de nuestra vida.
—Jennifer y yo... —carraspea, visiblemente incómodo, mientras da un pequeño sorbo al café— estamos dándonos un tiempo.
Parpadeo, descolocada por la noticia.
—¿Cómo que os estáis dando un tiempo?
—Es complicado, Alicia —responde, esquivando mi mirada. Detecto de inmediato cómo empieza a levantar sus habituales muros defensivos, arrepentido de haberlo soltado.
—¿Complicado por qué? —insisto, intentando que no se cierre del todo—. ¿Ha pasado algo entre vosotros?
—No, nada en particular. Son cosas nuestras, temas de horarios. He tenido demasiado trabajo estas últimas semanas y apenas coincidíamos. Es algo temporal.
Esa explicación no me convence en absoluto. Su forma tan vaga de echarle la culpa al trabajo me pone de inmediato en alerta. Sé de sobra que hay algo más de fondo que no me está contando, pero conozco a mi padre y sé que, cuando se encierra en sí mismo, resulta imposible sacarle una palabra más.
Decido no presionar. Al menos por ahora. Me quedo con una sensación extraña flotando en el pecho, convencida de que esa distancia esconde mucho más de lo que está dispuesto a admitir.