Capítulo 29
Buena tortura
Un latigazo de fuego me recorre entera en cuanto su boca me alcanza.
Me quedo sin tiempo para pensar, desprovista de una razón que se imponga al temblor que me sacude.
Me abandono sin remedio, con cada músculo cediendo el control, rendida al vaivén de su lengua y a ese ritmo exacto que me empuja hacia el límite.
Enredo los dedos en su pelo y lo atraigo con ansia, presa de la necesidad de tenerlo más cerca, buscando fundirme con él. Echo la cabeza hacia atrás, me olvido de quién soy o de quién he sido y me entrego; solo eso. Me entrego.
—Josh…
Tiro de su cabello con un gesto torpe, impulsivo, sin ninguna sutilidad. Necesito la certeza de que esto es real, de que no me lo invento, de que dista de ser un sueño cruel del que voy a despertar. Él me mira entonces, concentrado en mí, devorándome con los ojos. Y continúa.
Las manos me sujetan por la cadera con la firmeza de quien se niega a soltar, y en sus ojos no habita la duda; solo el deseo. Me tiene. Me tiene por completo y lo sabe.
Se me escapa un gemido sin permiso y tengo que taparme la boca con la mano para evitar que se enteren hasta en la planta baja de lo que me hace.
El cuerpo se me estremece sin tregua, la cabeza deja de ser un lugar seguro y, cuando todo estalla por dentro, me dejo llevar. Las piernas ya no responden.
Ignoro cómo acabamos en el suelo. Solo sé que él sigue ahí, con los labios húmedos, las pupilas encendidas y la respiración entrecortada.
Me cuelgo de su cuello desde el suelo, busco sus labios húmedos y, por un instante, todo lo demás desaparece. No hay ruido, ni deberes, ni miedos. Solo nosotros. Solo este momento. Siento una certeza clavárseme dentro: lo quiero. A él. A este hombre que ha sabido romper todas mis defensas.
Lo empujaría de vuelta a la cama ahora mismo de no ser por esa sombra que se cuela en su mirada. Algo cambia en sus facciones; todo su cuerpo se tensa.
—Esto ha sido… —empiezo, incapaz de encontrar palabras a la altura.
Él no me deja terminar. Me acaricia la mejilla con un susurro que me eriza la piel, y cierro los ojos para saborear el tacto, resuelta a quedarme justo ahí.
—Josh, quiero seguir. Te quiero ahora —digo, sin rodeos.
—Me alegra que lo hayas disfrutado, Ali. De verdad. Pero… tenemos que parar aquí.
—¿Parar?
—Sí. Mi intención era esta, darte placer. Con eso me basta.
—¿Y yo? —susurro—. Yo también quiero darte, quiero sentirte.
—Ya me has dado más de lo que imaginas.
—No me refiero a eso, Josh. Lo sabes.
—Por ahora, esto tiene que ser suficiente.
Se incorpora, busca su ropa con movimientos tranquilos y me ofrece la mano para ayudarme a levantar. Yo la tomo, arrastrando un nudo en el pecho que amenaza con dejarme sin aire.
—Nos esperan abajo para cenar. Tómate tu tiempo si quieres pegarte una ducha —dice, señalando el baño.
Se dispone a marchar. Me besa la mejilla y, cuando ya se ha girado, lo detengo al sujetarlo por el brazo con suavidad.
—¿Por qué siento que siempre te estás escapando?
—Ali, ya lo hemos hablado.
—No de esto. Acabas de… de ponerme el mundo al revés. Esto no puede no significar nada para ti, no tras ver cómo me has mirado, cómo me has tocado.
Lo rodeo con los brazos por la cintura, pego mi cuerpo al suyo y levanto el rostro. Él aparta con cuidado un mechón de cabello de mi hombro y lo deja caer por mi espalda. El roce de sus dedos resulta tan delicado que parece una caricia involuntaria.
—Precisamente por lo que acaba de pasar, es mejor que baje —murmura.
—No te entiendo. ¿Qué pasa? ¿No quieres seguir? ¿No te apetece estar conmigo?
—¿Tú qué crees? —responde con una media sonrisa cansada—. Acabo de volverme loco contigo de rodillas y aún me tiembla el cuerpo. Eres adictiva, Alicia. Si evito tumbarte ahora mismo y hacerte el amor hasta quedarnos sin fuerzas, es porque alguno de los dos debe saber cuándo parar.
—Y ese eres tú, ¿no? ¿Y si yo me niego?
Detecto al instante cómo se cierra, abrumado por la conversación, buscando protegerse de algo.
—Ali, te deseo. Te lo juro. Pero necesito tiempo.
Asimilo el golpe en silencio. Le falta espacio para dar el paso, para avanzar en una relación que ni siquiera hemos definido.
La forma en la que evita mirarme o verbalizar lo que realmente siente me arranca un suspiro frustrado.
Aun así, lo respeto. Quiero hacerlo. Resulta imposible presionarlo cuando se ha mostrado tan generoso y honesto conmigo.
Le debo esa comprensión, aunque escueza.
Asiento, le sonrío con ternura y le doy un beso fugaz. Él me devuelve el gesto con uno en la frente, más largo, más íntimo. Luego se aparta.
—Si necesitas algo, llámame al móvil —dice, recogiendo el teléfono de la cómoda antes de marcharse.
Me quedo sola. Desnuda. Excitada. Ansiosa. Siento una amarga impotencia reventándome por dentro. Suelto un bufido, me paso las manos por la cara y resoplo con fuerza. En un esfuerzo por evitar venirme abajo, recojo la ropa dispersa por el suelo y me encierro en el baño.
Un rato después, bajo las escaleras y me uno al bullicio del salón, ahora repleto de gente.
Nadie se sorprende de mi aparición. Al contrario, todos me saludan con su efusividad habitual, integrada ya como una más del grupo.
Me relajo. Vuelvo a sentirme en casa, exactamente como el primer día.
Podría acostumbrarme a esto. Podría… si él me dejara.
Recupero la realidad de golpe: Josh y yo habitamos en mundos distintos.
Me siento a su lado en la mesa, en la silla que él mismo me ofrece para tenerme cerca.
Me pasa un brazo por la cintura y me besa la mejilla.
El gesto no es tímido y no pasa desapercibido, especialmente para su hermano Luc.
Sé que busca marcar territorio y el detalle no me molesta; lo entiendo y me agrada.
Ignoro por completo cómo vamos a construir un proyecto con océanos de por medio. Él pertenece a este lugar, con su familia, su rutina, su taller de tablas y el mar en la puerta de casa. Y yo… yo tengo a mi madre, mis amigas y mi vida entera en Madrid.
Deseo quedarme a pesar de todo. Este entorno —esta gente, él— me ha calado tan hondo que me duele la simple idea de marcharme.
Me viene a la cabeza el recuerdo de sus brazos, su lengua y su mirada clavada en la mía.
La comida se me escurre del tenedor y cae con un ruido seco sobre el plato.
Levanto la cabeza, torpe, invadida por la vergüenza.
—Ay, Alicia, ¡qué graciosa eres! —dice una de sus hermanas entre risas.
Sonrío y me río un poco también, aunque me falten ganas reales. Continúo con la cena. A esto me refiero: aquí no existen protocolos ni etiquetas. Nadie espera que roces la perfección; solo que estés. Aquí hay amor, mucho amor, y pura vida.
El vacío me alcanza sin permiso, sacudiéndome con una verdad que me resisto a mirar de frente: en esta casa soy una invitada. Tarde o temprano sobrará mi silla, y lo nuestro, con todo su brillo, empieza a parecerme un espejismo de verano. Uno precioso, aunque fugaz.
Paso el resto de la velada con ese pensamiento manteniéndome al margen.
Apenas escucho, apenas respondo. Creo que Josh lo nota; me pregunta si estoy bien y le dedico una sonrisa leve que dista de convencerlo.
Aun así, evita insistir y se lo agradezco.
Me agrada que me dé espacio, pero lo odio cuando levanta demasiada distancia, justo cuando más necesito que se quede cerca.
Levanto la vista y me detengo un instante a observar el afecto que se respira entre ellos.
Reside en cada gesto, en cada cruce de miradas.
Resulta palpable, se nota en el aire, y me da un vuelco el corazón al admitir que esto es lo que siempre he querido.
Lo que más he anhelado en mi vida y lo que menos he tenido.
Lo que siento por Josh está inevitablemente vinculado a lo que experimento cuando estoy con él y con los suyos.
Me hace reflexionar: ¿qué es el amor, en realidad?
Siempre decimos que enamorarse es una locura, que nos «caemos» en el amor.
Fall in love. Qué curioso que en inglés se use justo esa palabra, porque la sensación es exactamente esa: una caída libre.
Nadie habla de subir o de escalar; se trata de lanzarse al vacío sin saber si hay red abajo.
Supongo que empezar algo —un viaje, una relación o mandar a la mierda la carrera— tiene el mismo punto de vértigo.
Te tiras y ya está, sin garantías. Lo sensato sería mantener el control y llevar las riendas, claro, pero ¿quién coño controla lo incontrolable?
A lo mejor estar cuerda consiste en eso: en aprender a soltarse y dejar que el golpe valga la pena.
Ayudo a Margo con los platos al terminar la cena y la noto agotada.
Su marido ya ha recogido la mesa y ahora ayuda a los pequeños a prepararse para dormir, mientras Luc se encarga de los demás.
Todo funciona con la precisión de una coreografía perfectamente ensayada.
Supongo que no les queda otra opción; es su día a día.
Me acerco a Josh en cuanto termino, justo cuando coloca las sillas. Le hago un gesto con la cabeza para que venga y él rodea la madera con calma.
—¿Todo bien? Enseguida subimos —dice, y aunque intente ocultarlo, en los ojos se le notan las ganas de estar a solas.
—La verdad... prefiero irme a casa.
Me gusta cómo me trata y cómo me mira; me niego a que eso cambie.
Pero si supiera lo que pasa por mi cabeza ahora mismo, tal vez dejaría de hacerlo.
No quiero que ponga un punto final antes de tiempo, cuando el desenlace ya parece inevitable.
Deseo alargar esto, lo que sea que tengamos, aunque de quedarme aquí dudo que fuera capaz.
Él necesita espacio, y yo aborrezco la distancia.
—Dijiste que te quedarías —me recuerda.
Es cierto. Quise complacerlo, pero ahora siento que me falta el aire.
—Ojalá pudiera hacerlo. Pero creo que yo también necesito un poco de espacio.
Él se muerde el labio inferior en un leve gesto y luego frunce el ceño, estudiándome con la mirada.
—¿Es por lo de antes?
—No, no —sacudo la cabeza de inmediato—. Es solo que, como tú dijiste, quiero ir con calma. Y si me quedo, nos va a costar mucho mantener las distancias —esbozo una sonrisa tímida y, al levantar la vista, su expresión se suaviza.
—Si decides quedarte, prometo portarme bien.
Con esa sonrisa traviesa y esos ojos de inocente me va a volver loca. Me siento la villana de una novela de dark romance , resuelta a corromper al protagonista con las peores intenciones .
—No es por eso. Es que mañana quiero estar en mi casa temprano para hablar con mi padre, y así evito tener que madrugar tanto —respondo, buscando sonar creíble.
Mentir nunca se me ha dado bien, pero parece que aprendo rápido.
—Bien, te llevo.
—No, no hace falta. Pediré un taxi.
—De eso nada. Te llevo yo.
—Josh, no —le agarro del brazo—. Lo digo en serio. Me niego a que salgas a estas horas solo para llevarme, luego me quedaré preocupada.
—Es tonto si te digo que me hace feliz que te preocupes por mí, aunque no lo necesite. Llevo cuidándome toda la vida, incluso antes de que llegaras tú.
«Y seguirás haciéndolo cuando yo ya no esté». Siento una punzada de amargura por dentro. Tomo el móvil y llamo al taxi de inmediato.
—No es tonto —le digo a la vez que marco—. Yo también me siento así cuando tú me cuidas. Siempre lo haces.
—Siempre te cuidaré.
«Joder, Josh. No hagas promesas que no sabes si podrás cumplir». Me resulta imposible evitar el estremecimiento. Quiero creerle, deseo que me cuide, pero no sé cómo vamos a lograrlo. Necesito irme, ponerle una pausa a todo esto y pensar.
El taxi no tarda en llegar. Me despido del resto y ya solo queda el último cruce entre nosotros.
—Gracias —le digo.
—¿Por qué exactamente?
—Por todo. Por traerme, por invitarme y por abrirme un poco más tu mundo.
—¿Solo por eso?
Suelto una risita.
—¿Serás capullo? Claro que no. Pero me niego a darte las gracias por el mejor orgasmo de mi vida.
—Distas de ser honesta.
—Eso tú lo ignoras —le lanzo un puchero.
—Lo ignoro, pero si depende de mí, puedo seguir con los intentos hasta que se convierta en una verdad.
Segundo asalto y caigo noqueada. Me voy antes de que llegue el tercero .
Me estiro para besarle. Cuando me aparto, él me sujeta por la cintura y me besa de nuevo. Un beso más profundo, hambriento, desprovisto de modestia. Su lengua explora mi boca con nítida necesidad y, justo cuando estoy a punto de ceder y decir que me quedo, me suelta. Como si lo supiera.
—¿He conseguido convencerte para que te quedes?
—Josh... —susurro, derrotada—. El taxi me espera.
—Claro... —se muerde los labios, pero la sonrisa evita llegar a sus ojos.
—Buenas noches. Te... —me muerdo la lengua justo a tiempo—. Te aviso cuando llegue.
—Eso espero. De lo contrario, te llamaré hasta que me dejes tranquilo.
—Prometido.
Se me encoge el corazón ante la idea de alejarme de él, pero lo hago.
Me muevo despacio, sintiendo que marcharme es, en sí mismo, una forma de quedarme.
Antes de subir, le dejo otro beso en los labios.
Josh abre la puerta trasera del taxi y me ayuda a entrar.
Obedezco en silencio. Habla con el conductor, le indica la dirección y le pide que tenga cuidado.
El hombre asiente a la vez que promete dejarme sana y salva en casa.
Me acomodo en el asiento con una duda enorme. Aunque me vaya con el cuerpo intacto, sé que una parte de mí permanece con él en esa acera.
Josh se aparta de la ventanilla justo cuando bajo el cristal. Apoya una mano en la carrocería, reacio a soltarme del todo.
—Avísame cuando llegues, ¿vale? De verdad. Me quedaré despierto. Buenas noches.
—Buenas noches. Evita preocuparte.
—Eso no es negociable.
—Me derrito cada vez que dices cosas así, ¿lo sabías?
—Yo me derrito más por ti. Solo con verte, con esa sonrisa que me enamora cada día un poco más.
Trago saliva. Y ya está. Tercer asalto y caigo KO.
Suelta la puerta en el segundo exacto en el que el taxi arranca. Alzo la mano para despedirme mientras giro el cuello en un esfuerzo por seguir su figura, que se reduce en la distancia.
El paisaje empieza a retroceder y, con él, todo lo que nos ha unido esta noche.
La estampa se desliza más allá del cristal y me deja una nostalgia que no entraba en mis planes.
El coche avanza al mismo ritmo que los latidos de mi pecho, y estoy segura de que ambos compiten por ver quién gana la carrera, una que no sé cómo frenar.