Capítulo 30
Calla más de lo que muerde
—¿Podemos hablar?
Levanto la mirada. Mi padre está sentado en el sofá del salón, con los codos apoyados en las rodillas y esa expresión que conozco de sobra: una mezcla de preocupación mal disimulada y rigidez paternal.
Respondía concentrada al teléfono y ni siquiera me había percatado de que estaba ahí. Acabo de enviarle un mensaje rápido a Josh: «Ya he llegado». No me quedan fuerzas para mucho más.
—¿Ocurre algo?
—Nada urgente. Me gustaría que habláramos sobre lo que mencionaste el otro día de tu carrera. Todavía no hemos podido sentarnos a comentarlo.
—¿Podemos dejarlo para mañana? Estoy agotada —pido, directa y sin rodeos, mientras dirijo mis pasos hacia las escaleras.
—¿Vas a evitar este tema eternamente, Alicia? Porque, sinceramente, no me apetece ver a mi hija de veintiséis años comportándose como una cría de trece.
Me detengo en seco. Inspiro hondo por la nariz y me giro despacio para sostenerle la mirada.
—No estoy evitando nada. ¿Se te ha ocurrido pensar que, simplemente, no es el momento?
—¿Y cuándo lo va a ser?
Trago saliva y me muerdo el interior de la mejilla. El reproche me quema, pero le guardo demasiado respeto como para cruzar ciertas líneas y empezar una discusión a gritos en mitad de la noche.
—Mañana, te lo prometo. De verdad que estoy muy cansada.
Él me observa un segundo, midiendo el cansancio en mis ojeras, y al final cede con un leve suspiro.
—Te espero para desayunar.
—De acuerdo. Buenas noches.
—Buenas noches.
Subo los peldaños con la extraña sensación de haber esquivado una bala, aunque sé que el impacto me espera al despertar.
Sin embargo, esta vez no quiero huir. Quiero afrontar esa conversación y explicarle lo que me pasa sin que me tiemble la voz.
Después de todo lo que Josh me ha confesado hoy, de las barreras que ha tenido que romper y de su capacidad para salir adelante, yo también tengo que ser capaz. Necesito serlo.
Ya en la habitación, me quito la ropa y me doy una ducha rápida, dejando que el agua templada me rebaje la tensión de los hombros.
Me pongo el pijama, me meto entre las sábanas y dejo que el silencio del cuarto me envuelva.
Pero es inútil; mi mente sigue atrapada en él.
En sus palabras, en la forma en que me miraba hace unas horas y en cómo se ha colado en mi vida con una fuerza que todavía me abruma.
Resulta casi ridículo. Después de años blindada, sin permitirme sentir nada por nadie, llega él.
El chico que al principio creí que jamás encajaría conmigo.
El mismo que ahora consigue revolucionarme con una sola mirada, ponerme nerviosa y, maldita sea, también enamorarme.
Ya no tiene sentido negarlo. Estoy enamorada hasta las trancas.
Aunque el miedo, siempre puntual, no tarda en asomar.
Hay algo en él que me inquieta, y es precisamente lo perfecto que parece.
A veces me da pánico estar proyectando un ideal, como si me hubiera construido un personaje a la medida de mis carencias y me hubiera encaprichado de mi propia fantasía.
Me aterra estrellarme contra la realidad y descubrir que ese Josh idílico solo existe en mi cabeza.
Y luego está su accidente. Su fuerza.
Doy vueltas en la cama, incapaz de sacarme su historia de la cabeza.
Sobrevivir al ataque de un tiburón y regresar al agua con esa determinación implacable es algo que me vuela la cabeza.
Josh no solo sobrevivió; se reconstruyó desde la nada.
Cada vez que miro su prótesis, algo en mi interior se tambalea.
Lo admiro tanto que duele y, en el fondo, me avergüenza admitir que también siento una punzada de envidia. Una envidia egoísta y real.
Él encontró la manera de mirar al monstruo a la cara y volver a ponerse en pie.
Yo, en cambio, sigo paralizada, incapaz de meter un pie en la orilla sin sentir que el océano me va a tragar.
Él rehízo su vida mientras yo continúo estancada en mis propios traumas.
Es contradictorio. Soy veterinaria, se supone que entiendo la naturaleza, y resulta que soy incapaz de lidiar con las criaturas que se cuelan en mis pesadillas.
Me siento diminuta a su lado, sintiendo mis crisis como una rabieta absurda comparada con la batalla que él ha ganado.
Pero verlo me obliga a mirarme al espejo. Me empuja a hacerme preguntas que nunca antes había tenido el valor de formular. ¿Y si yo también pudiera ser valiente? ¿Y si plantara cara a mis miedos con la mitad de su fuerza?
Durante mucho tiempo pensé que estudiar la carrera era una forma de tener el control, una manera de proteger a los que no podían defenderse.
Ahora empiezo a preguntarme si, en el fondo, no era más que una excusa.
Un escudo para no mirarme a mí misma. Su historia ha abierto una grieta en mi coraza, una que mantenía cerrada por puro pánico a lo que pudiera encontrar dentro.
¿Y si lo que realmente necesito no es salvar a otros, sino empezar a salvarme a mí?
Toca dejar de huir. Enfrentar mis miedos como lo hizo él. Josh perdió una pierna y, sin embargo, ganó una fuerza interior que me impresiona. Tal vez ha llegado el momento de empezar a construir la mía.
El cansancio empieza a ganarle la batalla al insomnio con el eco de sus palabras flotando en mi cabeza. Justo antes de cerrar los ojos y rendirme al sueño, me permito recordar el sabor de sus besos y la calidez de su piel.
Dios, es increíble.
◆◆ ◆
—Buenos días.
—Buenos días, mi niña. ¿Has podido descansar? —pregunta mi padre. Se acerca a mí con cierta vacilación, midiendo cada paso, antes de dejarme dos besos en la mejilla.
Nos sentamos en la mesa del jardín que ya está lista para el desayuno. Amanece despejado y la brisa del Pacífico llega limpia, refrescando la piel antes de que empiece a apretar el calor.
—Poco, la verdad —admito, sirviéndome un poco de café para evitar mantenerle la mirada fija.
—¿Y eso?
—Me ha costado conciliar el sueño. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
—¿Alguna que quieras compartir conmigo?
Lo observo unos segundos por encima del borde de la taza. Su tono es suave, pero noto la tensión en sus hombros.
—Sé lo que intentas hacer, papá, y ahora mismo no sé ni por dónde empezar.
Entre todos los pensamientos de anoche, él también estuvo presente. Sé que me he estado comportando de forma inmadura, pagando con el resto del mundo mis propias frustraciones. Y es hora de afrontar las cosas de una vez.
Él tamborilea con los dedos sobre la mesa, un gesto nervioso que rara vez le veo, y carraspea antes de hablar.
—A mí sí me gustaría compartir algunas cosas contigo, si me lo permites. El otro día mencionaste que no querías seguir con la carrera. ¿Es cierto?
—No lo sé —confieso, sintiendo que la honestidad me escuece en la garganta—. Estoy bloqueada.
—¿Desde cuándo te sientes así?
Frunzo los labios y niego despacio con la cabeza mientras dejo la taza sobre la mesa.
—Probablemente desde tercero, cuando empezaron las prácticas reales.
Él no me interrumpe. Me mira con la calma profesional que siempre lo ha caracterizado, aunque esta vez detecto una sombra de desconcierto en sus ojos.
—¿Y antes de eso? —pregunta, midiendo las palabras—. ¿Qué te empujó a matricularte?
—No sé... Quizá la idea de complacerte. Supongo que eso era lo que quería entonces: que estuvieras orgulloso de mí .
Nunca pensé que me atrevería a soltarlo en voz alta. Sin embargo, una vez cruzado el umbral, el peso empieza a aligerarse.
—¿De verdad crees que me complacería ver a mi hija atrapada en una profesión que la amarga solo por seguir mis pasos?
—La sorpresa y la incredulidad le tiñen la voz.
Por primera vez, no suena como el médico seguro de sí mismo, sino como un padre que acaba de darse cuenta de que ha fallado en algo básico.
—Para ser sincera, sí. Pensaba que era lo que esperabas de mí, aunque nunca lo dijeras. Y aquí estoy —esbozo una sonrisa triste—, completamente perdida, atrapada en un futuro que no sé si quiero y sin haber tenido el valor de decírtelo antes.
Ya está: lo he dicho. Siento de inmediato que algo se deshace dentro del pecho, liberada de un lastre que llevaba años arrastrando.
Mi padre se queda mudo, fijo en un punto de la mesa. Se pasa una mano por el rostro, cansado, y cuando vuelve a hablar, la voz le sale apenas como un hilo:
—Jamás quise que te sintieras así, Alicia. Me parte el alma saber que has cargado con esa presión tú sola durante tanto tiempo. Yo nunca te juzgaría por querer cambiar de rumbo.
—Lo siento. Supongo que me monté mi propia película en la cabeza —digo, notando una vulnerabilidad en él que jamás había presenciado.
—No, la culpa es mía. Pensé que teníamos la confianza para hablar de esto, pero es evidente que no he sabido darte el espacio ni la seguridad que necesitabas.
Lo miro, procesando sus palabras. Una pregunta me quema por dentro desde hace años:
—Papá..., si en mitad de la carrera te hubiera dicho que quería dejarlo, ¿de verdad me habrías apoyado?
Él abre la boca para responder con un «sí» automático, pero se detiene. Baja la mirada, asumiendo su propia rigidez, y suspira con franqueza.
—Te habría pedido que lo pensaras bien, no te voy a mentir.
Habría intentado convencerte de que terminaras lo que habías empezado, porque es mi forma defectuosa de protegerte.
Pero jamás te habría obligado, Alicia. Soy médico, sí, pero no un dictador.
Me ilusionaba la idea de que compartiéramos este mundo, pero siempre creí que te apasionaba.
Saber que lo hiciste por mí... eso me duele más que cualquier otra cosa.
—Es que no quería decepcionarte.
—Hija...
Se levanta, arrastra la silla para sentarse justo a mi lado y me toma las manos con firmeza. Sus palmas están templadas y me transmiten una seguridad que creía perdida.