Capítulo 28 #4
Me aferro a su cuerpo para esconderme entre sus brazos, convencida de que ahí nada puede dañarnos.
Me niego a frenar, me niego a pensar. Solo quiero sentir.
Le quito la camiseta con un tirón rápido, ansioso, y él levanta los brazos para facilitar el movimiento.
Deslizo los dedos por su pecho, disfrutando de la piel caliente bajo mis yemas.
Justo después me desnudo yo, sin meditarlo.
Y ahora noto como me mira con otros ojos, distintos a los de antes.
Su mirada recorre cada parte de mí, viéndome de una forma que ni yo misma reconozco.
Me siento expuesta, transparente, y entran ganas de entrecerrar los párpados. Hasta que lo escucho.
—Eres preciosa —susurra, con la boca a un milímetro de la mía.
Esas dos palabras me sostienen por dentro.
Le rodeo el cuello y lo beso con más fuerza, con más hambre.
Avanzamos a ciegas hasta terminar enredados; me acomodo a horcajadas sobre él, con su espalda apoyada en el cabecero.
Sus manos evitan los rodeos y exploran con firmeza.
Las mías también. La tensión entre ambos crece y cada roce roza el límite.
Siento su erección, firme, contenida solo por la ropa que nos queda encima. Resulta insuficiente. Nada basta.
Noto un temblor cuando sus dedos rozan mi clavícula.
Cierro los ojos, entregada a la caricia, y sigo el descenso lento de su mano hacia mi pecho.
Justo cuando va a tocarme, se detiene. Suspira.
Echa la cabeza hacia atrás, clava la vista en el techo y aprieta los párpados.
Respira hondo. Otra vez se está frenando.
—¿Por qué paras? —inquiero, más suplicante que enfadada.
Tarda en contestar.
—Lo quiero —musita, aún con los ojos cerrados—, pero me es imposible.
—¿Quieres pero te es imposible? ¿Qué significa eso? Dímelo, por favor.
Se queda callado.
—Josh, mírame —le sujeto la cara entre las manos, en un esfuerzo por que regrese a este momento—. Estoy aquí.
—¿Qué quieres que te diga? —Su voz suena rota.
—Que hables conmigo.
—¿Qué esperas de mí?
—A ti. Te quiero a ti, solo a ti. —Y ese «te quiero» implícito, ese que se cuela entre líneas, lo cambia todo.
—Creo que deberíamos parar antes de que esto se…
—Complique... —repetimos al mismo tiempo. Niego con la cabeza a la vez que una risa amarga me escapa de los labios—. Lo sabía.
—¿Ves? Soy predecible.
—No, Josh. Eres un idiota. Me lo has repetido tantas veces que empieza a parecer un cliché mal reciclado.
Se ríe con una tristeza desarmante.
—Lo sé.
—¿Y piensas hacer algo al respecto?
—Ahora no. Pero si quieres, bajamos a cenar. Luego hablamos.
Suelto el aire con frustración y echo la cabeza hacia atrás. Resulta tan complicado. Siento que lo empujo a algo que rechaza y la idea me arrasa. Me aparto, me levanto de la cama y busco mi camiseta con manos temblorosas.
—Mejor me voy.
Su reacción es inmediata. Se levanta, torpe, con las piernas acusando todavía las dudas.
—No quiero que te vayas. Yo no he dicho eso.
—No lo dijiste, Josh. Me lo hiciste sentir.
—Ali... —me agarra con suavidad, con los dedos presos de un temblor—. Solo necesito tiempo. Todo esto me descoloca.
—¿Hablas del sexo? ¿Es eso? Porque puedo esperar. Lo que me es imposible es seguir con la sensación de que te incomodo. —Respiro hondo—. ¿Sabes qué? No debería haber venido.
Intento apartarme, pero él lo impide.
—Alicia... —dice, con una gravedad nueva en la voz—. No hay nada que desee más que estar contigo. Lo juro. En cambio, la situación resulta rara para mí. Ignoro si estaré a la altura. Nunca he estado... con nadie tras el accidente.
El silencio se rompe dentro de mí igual que un cristal.
—¿Nunca?
Niega con la cabeza. De nuevo, me cuesta reconocer al terapeuta seguro, al hombre que guía a otros, desarmado de golpe delante de mí. Pero ahí está: humano y real. Como yo.
—Josh... no tenemos que hacer nada. Solo quiero estar contigo. Te lo prometo.
Me mira tan profundamente que intuyo su deseo de quedarse a vivir en mis ojos, buscando alguna certeza entre mis pestañas. Evita hablar; solo respira.
Levanta entonces el bajo de mi camiseta y me la quita con una lentitud que transmite pura confianza.
Luego, desabrocha mis vaqueros y se arrodilla; una rodilla real y una prótesis que ya dista de ser un obstáculo para convertirse en el símbolo de su fuerza.
Me desnuda con ternura. Me mira sin prisas.
Sin pudor. Me retira la ropa interior con los ojos fijos en mí y, cuando se inclina entre mis muslos, me tiemblan las piernas.
Siento una vulnerabilidad tan expuesta que me falta el oxígeno.
Todo es distinto. Ya no hay urgencia; solo habita esa quietud densa que te obliga a sentirlo todo.
Se desliza despacio, aún inseguro, y termina por esbozar una sonrisa que le tiembla en los labios.
La vergüenza me arde bajo la piel, pero tras escuchar su experiencia, resulta imposible soltarle ahora mis inseguridades, restándoles cualquier importancia.
Me las guardo, aunque pesen. Me obligo a callarlas y, solo por un instante, acepto la posibilidad —frágil y absurda— de que quizá Josh me vea como yo lo veo a él: alguien atractivo y perfecto.
Trago saliva. Dispongo la boca para articular palabra, pero sus labios me rozan en ese instante. Un gemido escapa de mi garganta sin permiso.
Sí. Es real. Josh permanece aquí. Su lengua me recorre con una devoción que se transforma en escalofríos y en oleadas de placer invadiéndome entera.