Rompiendo las olas Capítulo 28 #3
54%

Capítulo 28 #3

—Andábamos en esas cuando ocurrió el accidente.

Cuatro meses en coma. Casi un año de rehabilitación.

Al principio venía a verme, sí. Luego las visitas empezaron a espaciarse.

Lo supe. Sabía que algo se había roto y me vi incapaz de culparla.

Amaba su libertad, y me negué a atarla a una vida que no eligió.

A la mía. Esa noche lloré hasta quedarme dormido.

Me duele escucharlo así, con los hombros caídos, como si todavía llevara el peso a cuestas.

—Después pasó lo de Luc… y todo cobró sentido. No se fue con él por traición, aunque mi hermano aún lo crea. Se fue porque necesitaba saber qué se sentía al estar con alguien que no estuviera roto. Alguien entero. Y yo… yo ya distaba de ser eso.

Un escalofrío me atraviesa de arriba abajo. Siento el nudo en la garganta, esa presión que avisa que las lágrimas andan cerca y que, si evito parpadear pronto, no me van a traicionar.

—Y el día que volvió a buscarme… —baja la mirada—, la dejé marchar.

No porque quisiera. Porque sabía que terminaría por hacerlo ella si no me adelantaba yo.

Durante tres años y medio fingí otra historia.

Dije que fue ella quien me dejó. Me escondí detrás de esa versión para protegerme del resto, tal vez incluso de mí mismo.

Resultaba más fácil que asumir que fui yo quien se apartó, quien renunció; una forma cómoda de victimizarme un poco por lo ocurrido con mi hermano.

Mi familia nunca lo entendió, mis amigos tampoco.

Me decían que una discapacidad no te impide vivir, que aún podía tenerlo todo.

Lo que ignoraban era que me negaba a arrastrarla a una vida que no eligió.

Yo dependía de todos. Me sentía... menos.

Y aunque hice lo correcto, dolió igual. O tal vez más.

Hace una pausa y mira un punto perdido.

—Un día estaba sentado en una terraza y la vi pasar.

Iba cogida de la mano de una niña pequeña.

Su hija. Se detuvo, me saludó y hablamos diez minutos mal contados.

Me presentó a la pequeña con una sonrisa a medio camino entre la tristeza y la luminosidad.

Evité preguntar si estaba casada o si tenía otra familia.

Solo la miré. Y supe que no me equivoqué, ella logró seguir con su vida, con sus sueños.

Siento un nudo en la garganta. Su historia posee la delicadeza de una herida que se resiste a cerrar.

—¿Crees que fue lo correcto? —pregunto con la voz apenas audible.

—Solo sé que no me arrepiento.

Y con eso basta.

—¿Te habría gustado que todo fuera distinto?

—¿A qué te refieres?

—Si ahora pudieras tener esa vida que entonces quisiste darle a ella, ¿la aceptarías?

Se queda callado. Dudo que esperara la pregunta.

—Supongo que sí. De no haber sufrido el accidente, habría querido una vida de verdad. Una casa, una familia… hijos, tal vez.

—¿Y qué pasaría si te la ofrecieran hoy? ¿Si alguien estuviera dispuesto a compartirla contigo, tal como eres?

—No lo sé —responde. Y no miente.

—Ya no eres ese chico roto, Josh. No estás atado a una cama ni perdido en un centro de rehabilitación. Has cambiado.

—He cambiado, sí. Pero eso no significa que ahora sea lo que alguien necesita.

—¿Y por eso vas a renunciar a lo que podríamos ser? ¿Por pensar que no vales lo suficiente?

Detecto un chispazo en sus ojos justo cuando las lágrimas se me escapan sin permiso. Él cierra los párpados, asumiendo el golpe de la realidad.

—Alicia...

—Josh...

Me acaricia la mejilla a la vez que sacude la cabeza, sumido en un caos evidente.

—Quizá… a veces… el amor también consiste en saber cuándo soltar —susurra.

—Yo no soy ella. No puedes soltarme sin contar conmigo, fingiendo que eres el único con derecho a decidir.

Los labios le tiemblan antes de hablar:

—No me arrepiento de haberte conocido —responde—. Y aunque ignoro cómo demostrarlo, intento hacerlo bien. Solo quiero lo mejor para ti .

—Entonces deja que sea yo quien lo elija. Yo sé lo que siento. ¿Y tú?

—No quiero agarrarme a algo que solo existe en mi cabeza.

—¿Eso crees? ¿Que lo nuestro es una fantasía?

—Tú eres real —dice, a la vez que baja la voz—. Tan real que me asusta. Porque siento que no te merezco.

Me río. Qué triste resulta reírse cuando todo duele.

—Lo curioso es que yo pensaba eso de ti. Que tú eras el perfecto. Y mírame. Aquí estoy. La primera en caer, como una imbécil.

—No digas eso —me limpia las lágrimas con el pulgar; el peso de su ternura casi escuece.

—¿Cómo quieres que evite el comentario? No me das ni la oportunidad de intentarlo.

—Lo hago porque te quiero lejos de mi mierda. Me niego a ser otro lastre para ti. Ya cargas con bastante.

—Y tú careces de idea de lo que significa esto para mí. No me gustaban los surfistas, ¿sabes? Ni los tíos que sonríen con dientes perfectos. Y, aun así, me gustas. Y me jode. Mucho.

—Por eso creo que necesitamos mirar la situación desde otra perspectiva.

—Tú me debes esta oportunidad —susurro, sin encontrar otra manera de pedírselo.

—Te la estoy dando —responde—. La de rehacer tu vida, la de no encadenarte a mí.

—¿Te importa una mierda lo que yo quiera? ¿Alguien va a preguntármelo alguna vez? —Alzo la voz, desconociéndome en el grito. Es la frustración. El miedo. La rabia contenida que por fin descubre una fisura.

Él nota el impacto al instante:

—¿Y si estás confundida?

Le tomo la mano y la coloco justo sobre mi pecho, donde el corazón golpea tan fuerte que amenaza con romperse.

—¿Te parece este el latido de un corazón confundido?

Cruzamos las miradas un segundo. Otro más. El silencio pesa, limpio de palabras, marcando un punto de no retorno. Sucede entonces. Nos besamos, reconociéndonos en el choque.

La chispa nos recorre la piel y prende de inmediato.

Es deseo, sí, pero también una necesidad absoluta de sentirnos reales, vivos, cerca.

Busco su boca con una prisa torpe. Mis manos no se quedan atrás; se enredan en su pelo, presionan y acarician, urgentes por memorizarlo todo antes de que el instante se evapore.