Rompiendo las olas Capítulo 28 #2
53%

Capítulo 28 #2

—¿Ves? No pierde el tiempo —murmura, tenso.

—No seas así, Josh. Entiendo que lo tuyo ha dolido, de hecho, puedo imaginarlo. O mejor dicho, prefiero evitar el intento. No quiero juzgar a la ligera algo del que me faltan todos los datos, pero él, al menos, actuó desde un lugar que creía correcto, ¿no?

—Eso no justifica nada. No era su papel. Carecía del derecho a proceder así.

—Sí, te entiendo. No se parece en nada a tu historia, pero me ocurrió algo similar con Engel.

—¿Con Engel? —Su mandíbula se tensa. Puede que con Luc no fueran celos… pero con mi amigo, claramente sí.

—Cuando me confesó lo que sentía. O, mejor dicho, cuando lo supe por todo el mundo menos por él. Me dolió. Lo he visto como una traición. Durante años hemos sido inseparables y él lo sabía. Me ha acompañado en todo, siempre. Y yo, mientras tanto, sin enterarme de nada.

Josh me agarra por la cintura y me atrae hacia su pecho. La firmeza con la que lo hace me sobresalta.

—Mírame —susurra. Sus ojos, antes encendidos, se han suavizado—. Perdona mi actitud. Lo de tu amigo me removió. Y con Luc… bueno, también. Es complicado.

—¿Qué es lo complicado, Josh?

Él desvía la mirada y guarda silencio. Por primera vez, parece dudar.

—Nosotros, tal vez .

—¿Nosotros? No entiendo por qué iba a serlo. Yo no lo veo complicado.

—¿No? —suelta una risa amarga. Da unos golpecitos con los nudillos sobre su pierna ortopédica y trago saliva—. Mírame bien.

Lo miro, claro. Lo observo con toda la claridad posible, pero ignoro qué espera que descubra.

—Te estoy mirando. Lo que no entiendo es qué crees que debería ver.

Se muerde el labio inferior y me doy cuenta de que su cabeza está llena de fantasmas.

—¿No lo ves, Alicia? No soy como los demás. No soy bueno para ti —dice, con la voz apenas contenida.

Creo que mi rostro lo dice todo. Me quedo con expresión de poema roto.

—No digas eso —le suplico.

—Lo siento, Ali. No puedo protegerte como te mereces. Lo dijiste tú misma: ya no puedo protegerte de todo.

—Ojalá pudieras entender cómo te veo. Todo lo que descubro cuando te miro —las palabras me salen atropelladas.

—Seguro que sí —sonríe, aunque le tiembla la comisura. Baja la cabeza—. Recuerdo cómo me miraste el primer día. Y no fue precisamente agradable.

Su voz suena insegura y siento el golpe seco en el pecho. Me cuesta respirar.

—Te he pedido disculpas. Y no, no era eso lo que pensaba. Nunca te he mirado con lástima ni con rechazo. No tienes ni idea. Para mí eres… joder, eres perfecto. No entiendo cómo eres incapaz de verlo.

—¿Perfecto? —resopla—. Ali, eso está lejos de lo que soy.

Y la única que ignora lo que vale eres tú.

Te escondes, te avergüenzas de tu cuerpo —el puñetazo invisible me da de lleno en el estómago— y no te das cuenta de lo preciosa que eres.

De cada maldito detalle de tu piel —agacho la cabeza, con las mejillas envueltas en fuego—. Mírame.

Obedezco. Sus ojos buscan los míos con demasiada ternura para la que siento merecer en este momento.

—Eres increíble.

Nos acercamos. Rozamos las narices y sonrío de forma inconsciente.

—Estamos un poco jodidos —musito.

—Un poco, no te voy a mentir.

—¿Confías en mí?

—Sí —respondo sin pensar .

—Entonces créeme cuando te digo que me vuelves loco. Que me gustas exactamente como eres. Y que me jode cuando no te ves como yo te veo.

–¿Y tú? ¿Por qué eres incapaz de verte como yo te veo a ti?

Me besa la punta de la nariz y se aparta.

—No es lo mismo. Tú estás entera. Yo no.

—Empiezo a pensar que ser tu amiga es un reto. Sobre todo si me juzgas como a una bruja despiadada.

—¿Qué?

—Vamos, seguro que me crees cruel. ¿Quién dejaría a alguien como tú solo por no estar, según tus baremos, entero?

Él suelta una carcajada desprovista de gracia.

—Si tú supieras…

—Entonces dime. Porque sigo sin entender qué se supone que tengo que saber.

—Vale. Lo admito. He tenido mis días. Cuando era más joven me sentía invencible, y sí, dejé a más de una sin palabras. Pero eso perteneció al pasado.

—¿Antes del accidente? —intuyo.

—Sí. Y aunque muchos aseguren que el físico no importa, yo sé que sí. Me ha costado horrores aceptar mi cuerpo, y no he sido el único.

Callo. Evoco lo que me confesó sobre su ex. Fue él quien la dejó. Y si ya sabía lo que había ocurrido entre Luc y ella…

—¿La dejaste por lo que te hizo tu hermano?

—Ali, ¿de verdad quieres entrar en ese terreno?

—Sí. Porque me importas. Porque me gustas. Y porque me niego a quedarme con la mitad de la historia.

Suspira a la vez que se pasa una mano por el pelo.

—Pasó lo que tenía que pasar.

—Y una mierda. Me dijiste que ya no sentías nada por ella. ¿Es verdad?

—Es verdad. No siento nada por ella.

—¿Entonces? ¿La dejaste marchar sin pelear por despecho?

Sus hoyuelos bonitos se clavan en mí. Evita hablar, pero la falta de palabras resulta ensordecedora. Se siente igual que una ráfaga fría, idéntica a la lluvia helada en el rostro cuando te olvidas del paraguas y el impacto te recuerda que sigues viva.

—No fue solo por eso. Pero ¿de qué sirve remover los motivos ahora ?

—Lo que realmente importa es esto: ¿has perdonado la traición, Josh?

—¿Cómo dices?

—Te pregunto si has perdonado a tu prometida por haberse liado con tu hermano. O a tu hermano, en su defecto.

El silencio que se instala entre nosotros asusta.

Josh tarda en responder, y para mí la rapidez con la que alguien habla lo dice todo.

Encuentro la certeza en esa misma espera.

Lo sé antes de que abra la boca. La tensión pesa en el ambiente y cada segundo que pasa entre mi pregunta y su respuesta me confirma que ahí dentro algo duele.

—Fue una situación muy dura, Ali. Yo no me encontraba en mi mejor momento.

—No te juzgo —le recuerdo—. Igual que aquel primer día en la piscina, esto carece de reproches. Pretendo entenderte, descubrir por qué te alejas cuando lo único que deseo es acercarme.

—No quiero alejarte.

Lo dice con un temblor en la voz que me escuece más de lo que esperaba. Reconozco el miedo que asoma en su rostro; yo también lo he experimentado. Él lidia con sus propios tiburones. La diferencia es que, en su caso, los ha visto de cerca.

—Dices que no, pero te cuesta abrirte. Me pediste confianza y te la di. Ahora parece que el que desconfía eres tú.

—No es eso. Sí confío en ti.

—Entonces dime. ¿Qué pasó entre tú y…?

—Cherry. En realidad se llama Karen, pero todos la llaman Cherry desde adolescente porque llevaba el pelo rojo como las cerezas.

—Eso. ¿Quieres contármelo? Dijiste que algún día lo harías. Aunque si te duele, prefiero que no evites el intento. Me niego a causarte daño.

—Tú no me haces daño —susurra, a la vez que pega su frente a la mía—. Me haces bien.

—Y tú me haces bien a mí. No me hace falta una etiqueta. Solo pido que me dejes entrar en tu mundo, tal como yo te he permitido entrar en el mío.

Me da igual lo que seamos o cómo lo llamemos.

En este instante solo habita él: Josh. No a parches, como él cree, sino entero, tal y como lo siento en el pecho.

Y lo que experimento… es cariño, querer, quizá hasta amor.

Resulta innecesario verbalizarlo. Reside en cada latido, en su forma de mirarme, en el modo en que el silencio me abraza cuando él está cerca.

So lo espero que algún día se atreva a dejarme entrar.

Porque yo ya he dejado la puerta abierta para él.

Se mantiene callado un instante, luego respira hondo.

—Yo tenía dieciocho y ella, treinta y cinco —dice Josh, y hace una pausa breve.

La diferencia me sorprende, aunque intento no delatar el impacto. Me limito a escuchar, y lo hago como si su voz fuera lo único real sobre la tierra.

—Nos conocimos en una villa medieval. Solo hablamos cuatro días antes de empezar a salir.

Fue… inevitable. Nunca había estado con alguien como ella —confiesa, con la mirada un poco baja, delatando el peso de un lastre—.

Era artista, pintaba, esculpía. Le fascinaba la arquitectura romana y diseñaba su propia casa, con un patio interior, una fuente en el centro y columnas por todas partes.

Me hablaba de árboles, de botánica, de música, de materias que jamás pensé que pudieran interesarme hasta que ella las nombraba.

Ríe apenas, con esa mezcla de ternura y algo que se parece mucho a la nostalgia.

—Tocaba el chelo en un grupo de música clásica contemporánea. Tenía un estilo único, magnético. Cuando la veía en el escenario… no sé. Lograba embobarme por completo. Poseía ese poder.

Siento cómo se me enrojecen las mejillas.

Percibo el impacto no por pudor, sino por envidia.

Sufro ese dolorcito irracional de escuchar a la persona que quieres hablar con tanta admiración de otra mujer.

Me descubro ridícula por sentirlo; por entender, justo ahora, lo que él tal vez experimentó cuando me vio con Engel. O con Luc.

—Todo en ella resultaba... extraordinario.

Y yo era incapaz de comprender qué veía en mí.

¿Qué podía interesarle de un crío como yo?

Me tenía completamente hechizado. Ese año viajamos por todas partes: festivales, conciertos, iglesias antiguas con portones cerrados que parecían reliquias.

Se colaba en zonas prohibidas solo por ver un techo pintado.

O para provocarme. Siempre buscaba rincones ocultos, espacios con eco donde desafiar el peligro.

Mi corazón da un vuelco. Otro más.

—Vivimos una relación intensa, de las que marcan.

Le encantaban los niños; se le iluminaban los ojos cada vez que veía uno.

Una vez me preguntó si quería tener hijos.

Y sin pensarlo, le dije que con ella sí.

No me lo había planteado nunca, pero con ella...

todo resultaba fácil de imaginar. Estaba tan colado que le pedí matrimonio sin meditarlo demasiado, y ella, sorprendida, me dijo que sí.

Mi madre creyó que había perdido el juicio. Aun así, lo respetó.

Hace otra pausa. Esta vez más larga.