Rompiendo las olas Capítulo 28
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Capítulo 28

Corazón confundido

Entramos de nuevo en el salón, con Josh pegado a mí. La forma en que me coge de la mano no deja lugar a dudas: cualquiera diría que lo nuestro es algo más que una simple amistad. Incluso yo.

Luc limpia los restos de la mesa y, de repente, me siento un poco mal por no haberme quedado a ayudar. Aun así, opto por no abrir la boca; ya es tarde para ofrecerme.

—¿Te echo una mano? —le pregunta Josh, como si hubiera leído mi pensamiento.

—No, ya casi he acabado —responde su hermano, aunque su mirada se clava en nuestras manos unidas. Trago saliva.

Margo entra con una bandeja y se suma a la tarea de recoger. Los más pequeños ocupan la alfombra, frente a los sofás, concentrados en sus juegos.

—¿Qué tal los caballos? ¿Te han gustado? —me pregunta ella.

—Son una maravilla —respondo, sincera.

Josh se acerca a la mesa y me guía con él.

—Mamá, Alicia se va a quedar a dormir esta noche, ¿vale?

—Claro, eso ni se pregunta. Alicia, mi casa está siempre abierta para ti, siempre que quieras venir o quedarte.

—Gracias, Margo —digo, un poco avergonzada—. Sois muy generosos conmigo.

—Te haces querer, que lo sepas —añade con una sonrisa antes de desaparecer en la cocina con una fuente entre las manos.

Josh me lanza una de sus sonrisas tranquilizadoras y reconozco que, por extraño que parezca, el truco funciona. Me relaja. A pesar de todo, apenas nos estamos conociendo y supongo que este vaivén forma parte del proceso. Quizá a él le ocurra lo mismo; tal vez también desee saber más de mí.

Cuando desvío la mirada hacia la mesa, la expresión de Luc deja claro que no todos ven las cosas bajo el mismo prisma. Está serio. Molesto, incluso. Evita hablar, evita mirarnos. Solo recoge en silencio y se lleva los platos a la cocina sin decir una sola palabra.

—No creo que a Luc le haya hecho mucha gracia que me quede —digo en voz baja, casi en un pensamiento en voz alta.

—Me importa una mierda lo que piense Luc. Ven.

Su respuesta me desconcierta. Resulta evidente que, cuando se trata de su hermano, el tono cambia por completo. Y ese matiz también dice mucho.

Me coge de la mano con suavidad y me conduce a su habitación.

Al entrar, se descalza y guarda las zapatillas en un armario.

Me doy cuenta de lo ordenado que es con sus pertenencias y el rasgo me agrada; dista de ser lo habitual, al menos en los tíos que conocí durante la universidad.

La mayoría eran un desastre andante. Como Marc, un chico con el que salí unas semanas.

Nunca fue nada serio, pero el día que me llevó a su cuarto —que encima compartía con dos compañeros— me encontré con un panorama digno de una alerta sanitaria.

Todo estaba sucio. Asqueroso. Apenas se podía respirar allí dentro.

Me inventé una excusa cualquiera y salí corriendo antes de contagiarme de algo con solo inhalar el aire.

Hago una mueca ante el recuerdo y sacudo la cabeza.

—¿Estás bien? —Josh se fija en mi gesto—. Ponte cómoda. Si necesitas algo, solo dímelo.

—No he traído nada. Menos mal que siempre llevo un cepillo de dientes en el bolso, porque si no…

—Si no… —se acerca un poco más, con esa media sonrisa suya— te conseguiría uno. Aquí tenemos reservas de casi todo. Somos muchos.

—Me flipa tu familia.

—¿Eso es bueno o malo?

—Muy bueno. Me da un poco de envidia .

Josh me rodea la cintura y me acerca más a él.

—Me da la sensación de que tu relación con tu padre no es la mejor… ¿me equivoco?

Suelto un suspiro.

—Es complicado. He vivido en España toda mi vida, así que aquí solo venía en verano, en Navidad o en vacaciones puntuales. Y mi padre trabaja mucho; no siempre coincidíamos.

Es mi forma de simplificar un asunto mucho más complejo. Josh deposita un beso suave en mi frente.

—¿Y cómo te sientes con eso?

—¿La pregunta va en plan terapia o como amigo? —le cuestiono, a la vez que entrecierro los ojos en gesto de broma.

—Tómalo como prefieras —responde con una sonrisa—. Solo quiero saber de ti, cómo te sientes, cómo te afectan las cosas. Me niego a ser invasivo, solo deseo que compartas lo que te haga sentir cómoda.

Joder. ¿De dónde ha salido este hombre? Ah, sí, del útero fértil de Margo. Y aun así, sigo con la duda de cómo es capaz de ser tan malditamente perfecto.

—La relación con mi padre es compleja. Nos llevamos bien, pero existen demasiadas cosas que nos distancian. Creo que, desde que empecé a percatarme de que no quería seguir con la carrera, me he alejado más de él. Tal vez por miedo a decepcionarlo.

—¿Y por qué se sentiría decepcionado?

—Es simple, Josh. Mi padre es médico, como ya sabes.

Para él no existe profesión más prestigiosa ni más honorable.

—Mi voz arrastra un matiz de sarcasmo—. De algún modo, fue él quien me empujó a estudiar Veterinaria.

Yo nunca tuve claro qué quería hacer. Pero es como...

imagina que tu hermana te dice que le gustan los caballos y tú, sin más, le sugieres que debería ser jinete.

Aunque ella carezca de idea de lo que implica, si se lo repites lo suficiente y te admira, puede acabar por creérselo.

Eso fue lo que me ocurrió. Creo que seguí sus pasos solo porque él los marcó para mí.

—Quizá fue tu forma de estar más cerca de él. Es más común de lo que parece.

—Mirando atrás, estoy segura de que ha sido eso. Pero ya no quiero seguir sus pasos, quiero encontrar los míos.

—Es justo. Y los encontrarás. Solo dale tiempo al tiempo .

Asiento y lo abrazo. Nos quedamos así, en silencio, y experimento una paz absoluta a su lado. A gusto. Como si encajáramos.

—Ahora me toca a mí hacer las preguntas —digo sin soltarme. Mi mejilla sigue apoyada en su pecho, cálida y protegida. Josh es bastante más alto que yo; me saca una cabeza, por lo menos.

—Parémonos un momento y pongámonos cómodos. Ven —propone, a la vez que se separa lo justo para tenderme la mano y guiarme hacia la cama.

Me quito las zapatillas y me quedo solo en calcetines.

Josh ya ha colocado un cojín en el cabecero y se acomoda con la espalda apoyada en la madera.

Me invita a sentarme entre sus piernas; me recuesto en él y encajo con naturalidad.

Me rodea con los brazos y permanecemos quietos, con los ojos fijos en el frente.

Todo es tan simple con él… y, a la vez, tan intenso.

Me toma de la mano y empieza a acariciármela con suavidad. Cierro los ojos y me dejo llevar por la tranquilidad que me transmite. Podría quedarme dormida de esta manera.

—¿Qué querías preguntarme? —susurra a mi oído, en un tono que apenas se oye.

Abro los ojos y respiro hondo.

—No sé por qué, pero tengo la sensación de que existe un problema entre Luc y tú. ¿Puede ser? Te noto tenso cuando estás con él.

—Son cosas de hermanos, ya sabes cómo es eso —responde enseguida, sin pensarlo.

—No, Josh, no lo sé. No tengo hermanos.

Guarda silencio. Ignoro si sentirme decepcionada o aliviada.

Por un lado, me entristece que se niegue a abrirse del todo; por otro, agradezco que evite alejarse o levantar un muro.

Y, sin embargo, sigo sin saber si empujar la puerta o respetar el cerrojo.

Tal vez tenga razón y sean solo riñas de familia.

Lo he visto en Engel y Blair: como el perro y el gato, siempre a la gresca.

Aunque con ellos la vibración se siente distinta.

—Parece que tu cabeza no deja de darle vueltas al tema —dice con una media sonrisa.

Giro la cabeza para mirarlo, frunzo los labios y lo observo en busca de una grieta, una señal, algo que me aclare si puedo entrar o si aún no es el momento.

—Solo quiero entenderte, Josh. Conocerte de verdad y, de paso, saber cómo te sientes.

—Quiero mucho a mi hermano. A todos, en realidad. Pero con Luc… hay asuntos entre nosotros que nunca se han resuelto. Y eso pesa.

Parpadeo, sorprendida.

—¿Tiene que ver con el accidente? Luc me contó cómo te vio sufrir…

—¡No! —exclama con firmeza—. Es por otras cosas.

—¿Tiene que ver conmigo? —Sé que suena presuntuoso, pero tras ver cómo reacciona cuando Luc se acerca, empiezo a preguntarme si soy parte del problema.

—No directamente, pero me disgusta que se te acerque —responde, tenso.

—Oye —me aparto un poco para girarme hacia él y clavarle la mirada—, esos celos tuyos empiezan a preocuparme. Suenan un poco… posesivos, ¿no crees?

—No es eso. No son celos, te lo juro. Es rabia.

—¿Rabia? ¿Contra mí? ¿Contra tu hermano? ¿Cómo vas a estar cabreado con él por algo vinculado a mí, si me conoce desde hace dos días?

Lo noto incómodo. La conversación lo remueve y de golpe me doy cuenta de que quizá he cruzado una línea. Todavía es pronto para abrir ciertas compuertas. Me arrepiento de haber insistido. Sus dedos siguen con las caricias en mi mano y, tras unos segundos, se decide a hablar.

—Cuando estuve en el hospital, mi hermano y la que entonces era mi prometida… se liaron.

—¿Cómo? —alzo las cejas a la vez que se me escapa un gesto de asombro.

—Lo que oyes.

—¿Estás seguro de eso? ¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo él.

—No jodas.

Vaya. Pues sí, el dato lo cambia todo.

—Dios, Josh. Lo siento muchísimo.

—Si tu novia te pone los cuernos y tú lo ignoras, ¿realmente ha pasado? Pues Luc me ahorró la duda. Me lo soltó a la cara.

—¿Y qué coño se le pasaba por la cabeza para hacerte algo así?

—Según él, lo hizo para que viera cómo era la realidad. Que ella carecía de las virtudes que yo le atribuía.

—¿Quieres decir que se acostó con tu novia para demostrártelo? ¿De verdad?

—Así es Luc. Por eso me niego a que se te acerque.

Me quedo sin palabras. Hay un deje de miedo en su voz, uno que he sido incapaz de percibir antes porque me centraba demasiado en entender los míos.

—Lo entiendo. Es bonito que te preocupes por mí, pero entre él y yo no iba ni va a pasar nada.

—No me fío de sus intenciones. Luc arrastra ese complejo de salvador conmigo desde el accidente. Sé que se preocupa, pero lo que hizo no se lo perdono.

—Ya, aunque resulta evidente que te quiere y se siente culpable por muchas cosas —lo miro con cautela—. Me lo contó esta mañana, mientras te esperaba.