Rompiendo las olas Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

—Gracias, Luc. Creo que eso es lo más importante para mí ahora: descubrir qué me apasiona. Hay personas capaces de comprometerse con lo que quieren, cueste lo que cueste. Yo sé que soy una de ellas. Solo tengo que encontrar una meta.

—¿Y entonces? ¿Estás dispuesta a empezar de cero? ¿A renunciar a ciertas comodidades, a invertir en otra formación o a aceptar un sueldo más bajo al principio? —insiste él.

—El chico tiene razón —apunta Margo con su serenidad habitual—. Todo cambio implica un esfuerzo. La cuestión es cuál prefieres: el esfuerzo de seguir en una ocupación que no te llena o el de apostar por un proyecto nuevo que sí te motive. Ambos cuestan; tú decides con cuál te quedas.

—Que no puedas hacerlo ahora no significa que te sea imposible siempre —concluye Josh.

Siento una punzada en el estómago. Lo que acaban de decir los tres me cala más hondo que cualquier conversación que haya tenido en años.

Me obligan a mirar la realidad de frente, con absoluta claridad y honestidad.

Me dicen, sin adornos, que tengo que tragarme el orgullo y salir a por lo que quiero.

Así, sin más. De repente, dejo de ser la chica que entró en la casa preocupada por agradar y me transformo en alguien agradecida por las palabras que me han regalado.

Me ayudan, y lo consiguen. Me siento más fuerte. Más escuchada. Más yo.

Albergo un torbellino de emociones difícil de ordenar, pero me hace bien. Mientras sus palabras flotan en el aire, regresamos a la comida, a ese comedor lleno de paz, de calidez y de vida. Conocer a Josh y a su familia empieza a parecerme uno de esos sucesos que te cambian por dentro.

—Mamá, el postre —interrumpe Mary, aburrida ya de tanta charla de adultos.

—¿Y tú, Mary? —le pregunto con una sonrisa—. ¿Ya sabes a qué te gustaría dedicarte cuando seas mayor?

—Sí. Quiero ser jinete.

—¡Guau! Eso es precioso —le devuelvo el gesto—. ¿Ya conozco a tu caballo?

—No, todavía no. ¿Quieres que te lo enseñe? —Se levanta de un salto, entusiasmada.

—Yo sí. ¿Y tú quieres enseñármelo? Adoro los caballos.

—¡Claro! Ven, ven ahora.

—Mary, siéntate. Deja a Alicia comer tranquila, cansina —le regaña Luc sin levantar la voz.

—No pasa nada —intervengo, antes de que la niña se desanime—. Me encantaría. ¿Qué te parece si tomamos el postre y luego me lo presentas antes de mi marcha?

Mary asiente con una sonrisa radiante y la miro con ternura. Me apetece conocer a su animal; me apetece quedarme un rato más en un lugar donde, por fin, experimento paz.

Veo a Margo aparecer con una bandeja de dulces entre las manos.

—¡Genial! Te va a encantar. ¿Has montado alguno? —pregunta Mary, emocionada.

—Sí, menos veces de las que me hubiera gustado —respondo con sinceridad.

Terminamos de comer entre risas y conversaciones ligeras.

Cumplo lo prometido y me levanto para acompañarla a los establos, cuya existencia ni siquiera recordaba.

La niña camina radiante. Josh nos acompaña en silencio mientras Mary habla sin parar.

Me enseña cada rincón de ese pequeño mundo suyo, orgullosa de su caballo, de sus rutinas, de todo.

Cuando terminamos la visita, se despide con un abrazo y vuelve a casa a base de saltos de alegría. Ha sido un momento dulce. Y real.

—¿Has venido en coche? —pregunta Josh, todavía junto a mí.

—No. Me trajo Denver, el chófer de mi padre.

—Ah… —asiente—. Pues te llevo a casa.

—No hace falta. Llamo a un taxi.

Se crea un silencio extraño entre nosotros, casi incómodo, idéntico a si la atmósfera se hubiera enfriado.

Josh no insiste; solo asiente con la cabeza.

El desinterés me desconcierta. Saco el móvil, invadida por la decepción.

Siempre se ha mostrado atento, insistente incluso.

Supongo que la visita ha resultado larga, inesperada, y probablemente tenga tareas que atender.

Me resisto a interrumpir más su jornada, aunque me gustaría quedarme; aunque desearía quedarme mucho más.

Estoy a punto de marcar cuando me sujeta suavemente de la muñeca y frena mi gesto. Alzo la mirada.

—Espera —murmura.

—¿Qué pasa?

Lo noto de pronto nervioso. Se rasca la cabeza y desvía la vista.

—Yo… eh… quería preguntarte algo.

Levanto una ceja, divertida por su repentina inseguridad. Ese titubeo dista mucho de su estilo.

—¿Estás bien?

—Sí, claro —responde, a la vez que esboza una sonrisa forzada. Y para mi asombro, creo que se sonroja—. Iba a preguntarte si… te apetecería quedar.

—¿Quedar? —repito, desconcertada.

—Sí. O sea, no ahora. Bueno, sí. Pero… esta noche. Aquí. Quedarte conmigo.

Y ahí está: el tipo seguro, atractivo y decidido se encuentra de golpe con la trampa de hablar idéntico a un adolescente. Tengo que hacer un esfuerzo por contener la risa.

—Lo he pillado, Josh —respondo, a la vez que aprieto los labios para no soltar una carcajada.

Verlo así me enternece. Esa torpeza inesperada; esa forma de buscar las palabras que normalmente le brotan con tanta soltura. Me encanta. Me agrada más de lo que debería.

—Eso. Por si te apetece quedarte esta noche. Luego te llevo a casa, si quieres .

No respondo de inmediato. Alargo el silencio a propósito, solo para disfrutar un segundo más de su estado de nervios. En sus ojos asoma una sombra de ansiedad.

—Bueno… creo que podría quedarme —demoro la respuesta con toda la intención—. Sí, creo que sí. Me apetece quedarme contigo.

Suelta una bocanada de aire, aliviado. Su expresión se transforma por completo. Sonríe, se acerca, me toma el rostro con ambas manos y, tras mirar discretamente a su alrededor, me besa. Un beso lento. Cálido. Seductor. O, al menos, así lo experimento yo.