Capítulo 27 #2
Me esfuerzo por evitar los roces excesivos, consciente de que su familia ya está sentada a la mesa.
No se congregan todos, pero los pocos presentes bastan para parecer una multitud.
Jonathan y Brian pelean por unas patatas; son los más pequeños de la casa después de Helen, que come acomodada en su trona.
Luc se ubica a mi lado, un detalle que a Josh no le hace ninguna gracia.
Ha estado a un paso de exigirle que se cambiaran de sitio porque, al parecer, cada uno posee un lugar asignado en esta mesa.
Hoy me toca ocupar la silla de Robby que, aunque continúe en Australia, mantiene su hueco reservado hasta que regrese.
Mary también nos acompaña; tendrá unos doce años y es una niña preciosa y silenciosa.
Todos lo son, cada uno a su manera, distintos entre sí, idéntico a si no fueran solo hijos de padres diferentes, sino originarios de familias distintas.
Me agrada estar aquí con ellos. Me siento bien.
El ambiente se percibe cálido, lleno de vida.
—Pásame el cuenco de las zanahorias —le pide Luc a Josh.
Josh se lo pasa con mala cara. Existe un código extraño entre esos dos. Una animosidad rara, tensa.
—Josh, acércame la fuente de carne —insiste Luc.
—¿No tienes manos? —responde Josh, a la vez que enarca las cejas con descaro.
—Estás más cerca. Y, que yo sepa, es la pierna lo que tienes mal, no los brazos.
Josh se incorpora con brusquedad. Luc replica el movimiento, igual a si aquello fuera el inicio de una pelea de bar en mitad de la carretera.
—Y tanto. También tengo un buen puño listo para borrarte esa sonrisita postiza.
—Uy, ya tiemblo.
Se echan sobre la madera como dos gallos de pelea. Me quedo alucinada con el espectáculo, pero Margo los corta de raíz sin necesidad de subir el tono de voz:
—Se acabó. Sentaos los dos y dejad las tonterías.
Su calma es desconcertante, casi mística.
Y, sin embargo, ambos obedecen al instante.
Me pregunto cómo será criar a tantos hijos sin perder el control.
Ella parece habitar siempre en paz, pero ellos la respetan como si fuera sagrada.
Me impresiona. Debe de haber sido una tarea dura y, aun así, los ha educado muy bien.
Todos los miembros que conozco demuestran unos modales impecables: amables, atentos, poseedores de ese tipo de educación que no se aprende en las aulas.
—Disculpa a mis hijos, Alicia —me dice Margo, con una sonrisa serena.
Le devuelvo el gesto con la mano en un intento por restar importancia al asunto. Josh y Luc continúan con la comida sin levantar la vista del plato.
—Aunque tengan planta de adultos, a veces se me olvida que solo son adolescentes grandes con las hormonas disparadas.
Reprimo una carcajada. Me hace gracia comprobar cómo la miran, dolidos en su orgullo, aunque ninguno se atreve a replicar. Miro a Josh; su semblante se ha ensombrecido y soy incapaz de evitar el impulso de defenderlo.
—No sé cómo puedes llevarlo tan bien… lo de no tener una pierna —susurro, a la vez que siento cómo se me quiebra la voz—. Yo ni siquiera soy capaz de tomar decisiones sin convertirlo todo en un drama.
Josh me mira con serenidad. Y no es el único; todos en la mesa lo hacen.
—Ali —dice con calma—, es cierto que tuve que desaprender y volver a aprender conductas tan básicas como caminar.
También tuve que asumir la ausencia de algo que era parte de mí.
Pero tú… tú tienes que aprender a vivir con algo que sí tienes y no quieres.
Como tu carrera. La diferencia entre tú y yo es que yo ya he superado lo que he perdido.
Tú todavía necesitas superar lo que cargas.
Las palabras me golpean con la fuerza de una verdad que me había resistido a admitir. Siento cómo el calor me sube a las mejillas y traiciona mi empeño por mantener la compostura. Josh no se apresura a consolarme; solo me observa con una comprensión que va más allá de las palabras.
—Soy un puto desastre —digo, desprovista de filtro.
—¿Qué has estudiado, Alicia? —pregunta Margo.
Mantengo los ojos fijos en el trozo de carne pinchado en el tenedor. Carezco de hambre.
—Veterinaria.
—¿Y no te gusta?
Abro la boca, pero tardo en articular respuesta. Siempre que me lanzan esa pregunta me siento una hipócrita si digo que no, porque la realidad dista de eso. Es más bien que no me llena como pensé que lo haría. Y lo peor es carecer de una explicación clara. Incluso para mí misma .
—Es complicado. Me encantan los animales, los adoro, pero… la carrera no ha sido todo lo que esperaba.
—Mm —asiente despacio, a la vez que se lleva el vaso de agua a los labios—. Que ya no te llena y deseas emprender otra cosa. Como volver a empezar, ¿no?
Asiento, sorprendida por la rapidez con la que ha captado lo que apenas he sido capaz de verbalizar.
—Curioso —comenta, con una sonrisa tranquila que le he visto varias veces—.
Me ocurrió lo mismo a tu edad. Hace muchos años ya, parece otra vida —se ríe sola, evocando un recuerdo entrañable—.
A lo mejor experimentas el mismo proceso.
Llevas un tiempo metida en lo tuyo, en lo que has estudiado o para lo que te has preparado…
y te das cuenta de que ya no quieres seguir por ahí. O, simplemente, que te has equivocado.
—Sí. Algo así. ¿Tú también estudiaste algo que te disgustaba?
—Psicología. Pero cuando empecé a frecuentar la comuna, descubrí que lo que de verdad me apasionaba era cuidar de los niños. Estuve a punto de regresar a la universidad para estudiar magisterio o algo parecido, pero entonces me quedé embarazada de Elisabeth… y pasé directamente a las prácticas.
Nos reímos las dos a la vez.
—Guau. Se nota que tienes vocación para ambas cosas, desde luego. Pero es eso…. siento que ya no me llena.
—Que ya no te llena y quieres hacer otra cosa —repite con suavidad—. ¿Como volver a empezar?
—Eso está descartado —digo sin pensarlo.
—¿Por qué?
La respuesta es simple. Claro que podría hacerlo: elegir otro camino, formarme, buscar una alternativa. Pero la sola idea me abruma. Me parece una traición. Una burla.
—Porque hay mucho en juego. Todo lo que mis padres han invertido en mi carrera, los años que he pasado en las aulas… Y encima mi padre es médico —siento la mirada de Josh clavada en mí—. Pero lo difícil no es eso. Lo difícil es lo emocional.
—Es comprensible, Alicia. No creas que yo no he pasado por lo mismo. ¿Has pensado que, tal vez, tus padres te apoyarían si supieran cómo te sientes? ¿Has hablado con ellos ?
—Con mi madre. De hecho, por eso estoy aquí. Necesitaba aclarar ideas, encontrar una luz que me ayude a ver el camino. —Miro sin querer a Josh y le sonrío. Él me devuelve el gesto. He encontrado otra luz. No académica, pero igual me da miedo.
—¿Y tu padre? Has dicho que es médico. Tal vez, precisamente por eso, te entienda mejor.
—Es el que menos va a entender. Bueno… ahora ya no le queda otra. —Evoco la bomba que he soltado en el desayuno; seguro que aún sigue digiriéndola.
—Cuando se es padre, hay algo que pesa más que cualquier otra cosa: el amor que sentimos por nuestros hijos.
Andamos siempre con el deseo de que sean felices, incluso si eso implica verlos sufrir o enfrentarse a sus propios dilemas —Margo mira a Josh a la vez que le pasa una mano por el brazo—.
Lo único que quiere un padre es ver a su hijo feliz.
—No sé lo que piensa mi padre. No somos tan cercanos.
Y de pronto, me doy cuenta de que mantengo una sesión de terapia con Margo en mitad de una comida familiar.
El resto de los comensales continúa comiendo con total normalidad, como si nada.
Escuchan, sí, pero evitan invadir mi espacio.
Y ella… ella transmite una paz tan natural que hablar se vuelve fácil.
—Lo primero es lo primero, ¿no? —me guiña un ojo.
Vuelve a centrarse en su plato y yo, por fin, me llevo a la boca el trozo de carne con el que llevaba rato jugueteando.
—¿Sabes qué pienso, Alicia? —Josh rompe el silencio—. Cuando te planteas un cambio, el verdadero problema son las mil preguntas que te machacan la cabeza. ¿Qué harías si supieras exactamente qué buscas y no tuvieras miedo?
¿Miedo? Nunca lo había mirado así.
—Es difícil saberlo. Lo único seguro es que no soporto ver sufrir a los animales.
Siento que, cuando salen de la clínica, no siempre los hemos ayudado.
Dejan de ser esas criaturas alegres para convertirse en seres débiles, asustados, pendientes de que uno de nosotros decida terminar con su dolor —ahogo un suspiro al recordar las veces que me tocó asistir a una eutanasia—.
O quedan atrapados en una agonía que no tiene cura.
—Tu respuesta dice más de lo que crees —interviene Josh con calma—. Te marca el terreno. Y yo creo que lo que te paraliza… es el dolor. El dolor aj eno. ¿Te acuerdas de lo que te dije cuando nos conocimos?
Tengo aquella escena grabada a fuego. En la playa me explicó que mi pánico nacía de pensar que algo malo les pasaría a los demás, de que mis amigos sufrieran por mis fobias.
Pero ellos se lanzaron al agua, se rieron y disfrutaron, tal como él había dicho.
Y yo me quedé en la orilla, preocupada por desgracias que nunca ocurrieron.
—Sí, Josh. Me acuerdo. Y sabes de sobra que mis miedos no son fáciles de frenar.
—¿Y todavía dudas de qué te frena ahora? ¿De qué te impide ir a por lo que de verdad quieres? Cada uno tiene sus tiempos, Alicia. A lo mejor, solo con plantearte la pregunta ya te estás moviendo. O tal vez necesites un empujón. No pasa nada; nadie dice que avanzar sea fácil.
—Lo que Josh intenta decirte —añade Luc a mi lado, obligándome a reparar en él— es que lo importante es hacerte las preguntas adecuadas.
Cuando empiezas a responderlas, aunque sea a medias, ya estás en camino.
¿Qué te falta para romper el bloqueo? ¿Estudiar otra cosa, ahorrar, buscar apoyos?
Piénsalo, pero no te estanques hasta dar con la clave.