Capítulo 27
Placer innegable
Me acomodo sobre él, a horcajadas, y él se deja caer contra el sofá con un gemido sordo a la vez que sacude la cabeza, como si intentara frenar lo que se nos viene encima.
La erección que me presiona a través de la ropa no deja lugar a dudas: está tan excitado como yo.
Y ahora sí, puede preguntarme lo que le dé la gana.
Me resulta imposible no mirarlo. Su piel, dorada por el sol, parece absorber toda la luz del altillo.
Los músculos definidos, el abdomen firme; un cuerpo tallado a base de olas y pura resistencia.
El pelo le cae sobre la frente con ese desorden sexy que tanto me pierde.
Sus brazos, su porte… todo en él grita libertad y deseo.
Tiene una energía salvaje que se contagia.
Juega con mi cintura con una descarada familiaridad y en sus ojos verdes brilla la promesa de que perder el control es la mejor opción.
Su sonrisa... maldita sonrisa. Es un anzuelo y yo he mordido hasta el fondo.
No espero más. Lo beso con tanta hambre que le hago tambalear la cabeza. Me devora los labios antes de recorrerme el rostro con besos más suaves, porque igual que yo, necesita memorizar cada facción.
—Joder, Ali, joder…
Nunca lo había escuchado así, con la voz tan rota, y me arranca una sonrisa de pura satisfacción.
Me quito la camiseta en un movimiento rápido y me quedo en sujetador.
Él no necesita más incentivos. Me besa justo en el arco del pecho y, cuando aparta la tela con los dientes y envuelve mi pezón con la boca, tengo que echar la cabeza hacia atrás.
Gimo, alto. Me tapa la boca con la mano y el gesto me prende fuego por dentro.
Una oleada de placer me estalla directo en el vientre. Lo necesito. Lo quiero dentro, completo, ya. Me ardo por dentro.
—Josh…
Le agarro del pelo y lo guío de vuelta hasta mi boca.
Cuando suelta el pezón, el sonido húmedo me hace vibrar entre las piernas: un chasquido, que deja un escalofrío brutal.
Su boca regresa a la mía, urgente. Sus manos se aferran a mis nalgas y me empujan contra él.
Nos movemos con la ropa puesta, pero cada roce me consume. La fricción me vuelve loca.
Me acaricia los labios con las yemas de los dedos y luego atrapo su pulgar con mi boca. Lo chupo despacio. Él tiembla; yo también. Sus ojos, felinos, brillan oscuros bajo sus pestañas espesas. Su pulso se clava en el mío.
—Ali… esto —sacude la cabeza, jodido por las ganas—. Esto se está volviendo muy complicado…
—Lo sé…
—Y antes de que cometa una locura, necesito saber algo. Por favor, hablemos.
Otra vez insiste con la charla. Sonrío con suavidad, sin decir nada, y en sus ojos noto un anhelo distinto. No tiene nada que ver con las ganas de follar, sino con algo mucho más profundo. Aunque también asoma una sombra de preocupación. ¿Miedo? Me pongo en alerta de inmediato.
Intento apartarme un poco, pero sus manos se aferran a mi espalda y me pegan contra su pecho.
Con un gesto rápido, me desabrocha el sujetador y me lo quita.
Antes de que pueda protestar, apoya la frente entre mis pechos y se queda ahí, inmóvil.
Le acaricio el pelo, despacio, a la vez que dejo descansar la barbilla sobre su cabeza.
Puede que sea el momento más íntimo y emocionante que he vivido en años.
—Me vuelves loco —susurra, y su voz me vibra directo en la piel.
Luego alza la mirada.
—Es recíproco —respondo, con una sonrisa temblorosa.
Me observa los labios. Sus pupilas se mueven de un lado a otro en un viaje frenético.
—Yo soy el que rompe olas… y tú, sin embargo, no dejas de romperme los esquemas.
Joder. Acaba de soltar justo lo que necesito oír .
—Solo no me rompas el corazón.
Se humedece los labios antes de responder.
—Me gustaría no hacerlo.
—Entonces no lo hagas.
Guarda silencio unos segundos. La burbuja de calor se vuelve un poco más viva.
—Ali, quizá esto que voy a preguntarte te suene ridículo o fuera de lugar… No lo sé. Pero necesito saberlo.
—¿Qué pasa, Josh?
La ansiedad se le cuela en el tono y, con ella, se me instala también en el pecho. Baja la mirada un segundo y, cuando la vuelve a levantar, dispara:
—Hablemos de tu relación con Engel. ¿Hay algo entre vosotros?
Me quedo en blanco. Noto el impacto no por la pregunta en sí, sino por el momento exacto en que decide lanzarla. Tenía la cabeza llena de deseo, no de reproches.
—No. Engel y yo somos amigos. De siempre.
—Te creo. Y perdona por el interrogatorio, pero la otra vez os vi juntos… —hace una pausa— y pensé que…
—No, no, no —le sujeto la cara entre las manos con urgencia—. No, Josh. Lo entiendo, sé que lo de tu hermano puede dar lugar a dudas, pero con Engel no. Es como un hermano para mí.
—El problema es que él te mira de otra forma.
—Qué dices? Claro que no. Hemos sido amigos toda la vida: él, Blair, Delia, yo…
Quiero que me crea. Necesito que lo haga. Quizá porque yo también necesito autoconvencerme.
—Primero, Alicia —uf… empiezo a odiar cómo suena mi nombre completo en su boca—, soy hombre. Sé reconocer la mirada de otro tío cuando le gusta alguien. Y segundo… estuve en su fiesta de cumpleaños. Escuché lo que soltó sobre vosotros.
—¿Cómo? —El cuerpo entero me arde por un subidón de fiebre repentino. Algo me advierte que no quiero escuchar lo que viene a continuación.
—Desde ese día quiero preguntártelo, pero no me atreví.
No pretendía entrometerme ni romper nada.
No pensé que esto fuera a llegar tan lejos entre nosotros.
Y sí, puede que ahora pienses que soy un celoso de mierda, un capullo galáctico o un gilipollas con patas, pero me niego a ser el que estropee algo que ya existe.
Sé que hay química entre nosotros, Ali, pero si existe algo más con él… prefiero que lo dejemos aquí mismo.
No sé si reír o llorar.
—Lo mismo me pasa contigo —respondo—. No sé si vas a echarme un polvo o a soltarme un interrogatorio de tercer grado. Tampoco sé si hay alguien en tu vida. Sé que tuviste una novia…
—Prometida.
—Joder, gracias por la corrección.
—Ali, eso ocurrió hace mucho tiempo. Te lo aseguro, no hay nada de qué preocuparse.
No estoy con nadie ni tengo nada con nadie.
—Hace una pausa breve. Sus labios se tensan y me doy cuenta de que se muerde la mejilla por dentro—.
De hecho, no he estado con otra mujer desde que ella me dejó...
—traga saliva—, desde que nos separamos.
—Muy bien. Ya que ponemos las cartas sobre la mesa…
como te digo, entre Engel y yo no hay nada.
Nunca lo ha habido y nunca lo habrá. Me da exactamente igual lo que haya dicho, que prefiero ni saberlo porque me lo imagino, y me da igual lo que piense o lo que sienta.
—Evito mencionar que conozco la intensidad de sus sentimientos.
Sería un dato innecesario para Josh—. Porque no es recíproco.
Y nunca lo será. Engel es mi amigo y, si él quiere, lo seguirá siendo. Solo eso.
Sus ojos no se apartan de mí; se muestran atentos, abiertos, expectantes.
—Ahora que tú sacas el tema… —añado—, también me gustaría que fueras sincero conmigo. Esa relación de la que hablas… tengo la sensación de que aún os queda un cabo suelto. ¿Estás seguro de que lo has superado? ¿De que no existe nada más que deba saber?
—No siento nada por ella. O mejor dicho… sentí demasiadas cosas durante un tiempo, y ninguna era precisamente buena. Ahora… ya no queda nada.
—¿Y estás seguro de que todo está resuelto entre vosotros?
Josh se queda callado unos segundos.
—¿Alguna vez conociste a alguien que te dejara sin aliento? ¿Alguien que te hiciera pensar que habías encontrado al amor de tu vida, tu alma gemela, tu hilo rojo del destino?
Estoy a punto de decirle que sí. Porque tal vez él podría serlo. Pero no soy tan idiota como para suplicar amor ahora. Así que solo niego con la cabeza.
—Ella lo era todo para mí —se pasa una mano por la nuca—. Pero la mordida que me dio no fue como la del tiburón que me quitó la pierna. Ella me arrancó el corazón a pedazos.
Levanta la vista hacia el techo y suelta un suspiro largo.
Este chico está marcado. Lleva dentro un dolor que quema.
Y aunque asegure que ya es agua pasada, lo que ha vivido con ella ha dejado, al parecer, cicatrices tan profundas que ignoro si seré capaz de alcanzarlas.
No sé si me permitirá verlas. Y aunque experimento una punzada estúpida de incertidumbre e inseguridad —porque ella ocupó ese lugar, el de su gran amor—, también nace en mí una curiosidad feroz por conocer su historia.
Por entender qué ha vivido, qué lo rompió y qué lo moldeó para llegar a ser el hombre que tengo delante.
—¿Algún día me contarás tu historia? —pregunto, sin el menor amago de ocultar mi esperanza.
—A la gente le disgusta escuchar que aquí dentro —señala su pecho— se ha pasado mal. Prefiero tirar hacia delante.
—Pero seguir adelante no significa que finjas que nada importa. Recordar también forma parte del proceso de sanar. Es lo que da sentido al dolor. Tú mismo me enseñaste que, para poder superarlo, a veces resulta necesario volver. Revivirlo. Solo así se puede dejar atrás de verdad.
—Te equivocas. —Su voz se vuelve más baja, más dura—. En mi caso, la fórmula no ha ayudado en nada.
Inclina el torso hacia delante, recoge mi sujetador y me lo entrega sin añadir palabra. Me ayuda a vestirme con delicadeza. Comprendo el gesto: cierra la puerta. No solo clausura la conversación, sino que también liquida lo que acaba de suceder entre nosotros.
Me visto en silencio. Él hace lo propio. Ninguno menciona lo que flota en el aire; la atmósfera se ha congelado por completo. Justo entonces, llaman a la puerta.
Maldita sea. Siempre aparecen a tiempo. O demasiado tarde.
—Vamos. Mi madre nos espera para comer.
Me pongo en pie. Siento el frío en la piel, no por la temperatura de la estancia, sino porque lo que hace cinco minutos constituía puro fuego ahora es una tregua incómoda. Y no sé si va a romperse… o a enfriarse del todo .