Rompiendo las olas Capítulo 26
49%

Capítulo 26

No se puede negar

Me siento incómoda a más no poder. Y la expresión de Luc cuando nos ve entrar cogidos de la mano tampoco ayuda.

Intento soltarme, pero Josh me aprieta los dedos con fuerza.

Sé perfectamente lo que hace y lo detesto: marca territorio.

Me parece un impulso primitivo que no encaja con la imagen que conservaba de él.

¿Qué le pasa? ¿Dónde ha quedado ese hombre fuerte y calmado que parecía tener la situación bajo control?

De repente, lo tengo delante convertido en un nudo de inseguridad, celos y negación emocional. Mal vamos.

Suelto un gran chorro de aire cuando Margo aparece en el salón y me abraza con tanta fuerza que me deja sin aliento. Al menos la muestra de afecto me separa momentáneamente de Josh, aunque su madre no tarda en reparar en nuestras manos unidas.

—¿Qué ha pasado? —le pregunta a él a la vez que examina con atención mi vendaje.

—¿A mí me lo preguntas? —responde con total naturalidad—. Pregúntaselo a Luc, que parece haber olvidado los primeros auxilios. Igual debería repasar la teoría.

Luc le lanza una mirada fulminante y yo empiezo a entender que aquí subyace algo más que una simple discusión de hermanos. La tensión dista de ser normal. ¿Siempre han funcionado así?

—No ha sido nada —intervengo, en un amago por suavizar la atmósfera—. Solo un corte tonto. Ya está curado.

—Me alegro. ¿Te quedas a cenar ?

—Eh... no.

—Sí, se queda —responde Josh, que me agarra la mano otra vez.

Me dan ganas de gritar—. Pero antes, si me lo permitís —me rodea la cintura con el brazo y sonríe con una seguridad que ahora me irrita más de lo que me agrada—, me la llevo un momento.

Tengo que hablar con Alicia. ¿Necesitas algo de mí, mamá?

—No, tranquilo. Ya me ayuda tu hermano. Gracias por ir a buscar a los niños.

—A tu disposición.

Su madre le toma la cara entre las manos, le planta un beso ruidoso en la mejilla y le suelta un «mi niño» que lo mima por completo.

Ambos sonríen. Resulta bonito comprobar lo cercanos que son.

Luc parece más relajado de golpe, como si no hubiera ocurrido nada.

Me cuesta seguir el ritmo emocional de los Hamilton.

Josh me tira suavemente de la mano; murmuro un «hasta ahora» mientras me dejo arrastrar de nuevo por el pasillo.

Esta vez, en lugar de ir al baño, subimos por una escalera hacia el primer piso.

Luego recorremos otro tramo hasta alcanzar un altillo.

Al abrir la puerta, me sorprende un espacio amplio y acogedor, de techos inclinados y con luz cálida que se filtra por una claraboya.

Es idéntico a un pequeño apartamento escondido en lo alto de la casa: cuenta con una cama en una esquina, un sofá de tres plazas cubierto por una manta de lana y un escritorio junto a una pequeña ventana abierta que deja entrar la brisa.

En la pared opuesta, un televisor apagado descansa sobre un mueble bajo, rodeado de altavoces y vinilos antiguos.

Y en un rincón más apartado, destaca un banco de trabajo lleno de herramientas, resina, cinta adhesiva y cuchillas; a su lado, varias tablas de surf se apoyan en fila, como soldados que esperan su turno.

Una de ellas, inacabada, reposa sobre la mesa con las vetas de la madera aún sin pulir.

Recuerdo que él las fabrica. Que la estancia no es solo una habitación; es su refugio. Un lugar hecho a su medida donde cada objeto posee sentido y cada rincón habla de su identidad.

—¿Es tu habitación?

—Sí.

—¿Y haces vida aquí arriba? ¿No sería más fácil instalarte en la planta baja?

—Si lo dices por mi pierna, no supone un problema. Fui yo quien encargó reformar el espacio. Aquí tengo independencia. Y paz.

—Pues es precioso.

Josh se deja caer en el sofá y me hace un gesto para que me acomode a su lado. Obedezco. Se queda fijo en mí, en silencio. Le sostengo la mirada, sin la menor intención de ser yo quien rompa el momento.

—Alicia... —me llama por mi nombre completo y un escalofrío me recorre la espalda—. Quiero desnudarte despacio, besarte hasta que desaparezcan todos tus miedos, hacerte el amor hasta que me supliques que pare. Quiero memorizar cada rincón de tu cuerpo, me vuelve loco.

Me deja sin respiración. Sostiene la mirada fija en la mía mientras su voz, ronca y baja, me llega a modo de confesión prohibida.

—Pero hoy no —añade, a la vez que baja la vista—. Hoy tenemos cuentas pendientes.

Asiento sin saber si sentirme halagada, temblorosa o francamente frustrada.

—Quiero que me digas qué venías a hablar conmigo.

Recupero el motivo por el que he subido hasta aquí, pero ahora que lo tengo delante me cuesta encontrar las palabras. Todo lo ocurrido abajo ha alterado mis prioridades. Aun así, asumo que esta conversación no admite más aplazamientos.

—Me has mentido —suelto sin filtro.

No se inmuta. Me desconcierta su calma.

—¿Por qué piensas eso? ¿Y en qué?

—Josh, si vamos a hablar de verdad, necesito que dejes de lado el perfil de terapeuta.

—No voy de terapeuta, Ali. Es solo mi forma de razonar, de hablar. Quiero entenderte, nada más.

—Bien —respiro hondo—. Entonces empecemos desde el principio.

Se queda quieto, demasiado quieto. Me escucha con una atención que solo consigue ponerme más nerviosa.

—¿Qué pasó en tu accidente? ¿Puedes contármelo?

Él no reacciona. Transcurren unos segundos antes de que responda:

—Prefiero no hacerlo.

—¿Por qué?

—No me apetece airear ni remover algo que me ha costado años asumir. Bastante duro fue pasarlo como para encima repetirlo en voz alta .

—Yo compartí contigo mis miedos, mis fobias, mis traumas. ¿Y tú eres incapaz de contarme eso?

—Entiendo que lo sientas injusto...

—No —lo corto, incapaz de seguir con este nudo en la garganta—. Lo siento, pero esto no va de justicia. Yo también miento. Porque sé lo que te pasó. Sé lo del accidente. Y lo que me duele no es que lo ocultes, sino que nunca hayas tenido el valor de contármelo tú.

Él se remueve por primera vez.

—Ali...

—No me vengas con el «como terapeuta». Me da igual. En ese rol me parecería lógico, incluso correcto. Pero como alguien que… —Las palabras se me ahogan en la garganta.

—¿Como alguien qué?

Se acerca. Apoya un brazo en el respaldo del sofá, a un milímetro de mi mano. La retiro por puro reflejo. Él observa el movimiento. Luego me mira a los ojos.

—Como alguien que se transformaba en un amigo.

—¿Es así como me ves? —pregunta, con una voz tan suave que parece temblar.

—Es así como empezaba a verte, sí —murmuro, sin entender a qué viene la duda. Sabe perfectamente lo que hay entre nosotros. O lo que había, si es que alguna vez ha sido solo amistad.

—Me alegra —responde con calma—. Yo también valoro tu amistad. Quizá por eso preferí el silencio. No creí que saberlo te ayudara en absoluto.

—Ciertamente no. Aunque habría preferido escucharlo de ti.

—Bajo la mirada apenas unos segundos. Él no se mueve; tampoco añade nada—.

Sentí mucha rabia cuando lo supe —admito a la vez que trago saliva—.

Y más aún al descubrir que todos lo sabían menos yo.

Sinceramente, lo que piensen los demás me da igual.

Pero tú... —Se me quiebra la voz. Las lágrimas se acumulan en el borde de mis párpados.

—Ali, lo tuyo es un miedo que tu cabeza ha creado para protegerte del daño. Lo mío... lo mío fue real. No es un temor que invente, es una herida que ocurrió. Soy yo quien debe protegerse para no dejar que el recuerdo me venza. No quiero que me venza.

—No sé cómo puedes hacerlo.

—¿El qué ?

—Volver al agua, al surf, al peligro...

—¿Sabes cuál es la probabilidad de que te pase lo mismo dos veces?

—Joder, Josh, pues muchas. Tantas como veces te pongas en riesgo.

—Bueno, pues si vuelve a pasar, no deberías dudar ni un segundo de lo que soy capaz de hacer. El que se atreva a venir a por mí se va a quedar sin dientes. No olvides que ahora llevo una pierna de metal y espero que tenga buena puntería, porque si le da a la falsa, el que se va a lisiar es él.

Me quedo fija en él, entre perpleja y escandalizada, hasta que las comisuras de sus labios se curvan y las arrugas junto a sus ojos delatan el amago de risa. No tardo ni un segundo más en soltar la carcajada. Nos reímos los dos a la vez, sin remedio.

La madre que lo parió. ¿Cómo es capaz de hacer bromas sobre algo así?

¿Cómo posee esa capacidad para transformar el horror en ironía?

Hay un rasgo en él que me desconcierta y me admira al mismo tiempo: esa sangre fría, esa forma de ver la vida idéntica a quien convierte cada golpe en empuje.

Yo sería incapaz. Me niego incluso a imaginarlo; la simple mención del tema me revuelve las entrañas.

Cuando le miro la pierna, no veo solo una prótesis.

Veo el accidente. El miedo. El dolor. Y me cuesta soportarlo.

—No entiendo cómo puedes reírte de esto —susurro entre risas, aún con un nudo en el estómago.

—¿Qué otra alternativa me queda? Ya te lo dije, no siempre ha sido así.

Lo pasé fatal. Sentí rabia, terror, me hundí.

Toqué fondo, Ali. Y luego disfruté de una nueva oportunidad.

El surf me devolvió la vida. Es parte de lo que soy.

Aquello ya me arrancó bastante: una parte de mi cuerpo, de mi historia.

¿De verdad crees que voy a dejar que me quite también las ganas de vivir?

Si algún día tengo que perder algo más, que sea eso pero no las ganas.

Prefiero dejar de estar que vivir muerto en vida.

—Josh... —Su convicción, el modo en que lo dice, todo me deja sin palabras. Me sobrecoge; me deslumbra.

Es él quien se aproxima con una delicadeza inesperada. Me acaricia la mejilla con la palma abierta, resuelto a borrarme la tristeza. Con la intención clara de asegurarme que está aquí, que sigue de pie. Que eligió vivir.

—Sé que esto no es fácil para ti. Lo sé y lo entiendo.

Es demasiado que asimilar, y lo último que pretendía era impactarte aún más, avivar tus miedos o tus fobias.

Por eso te invité a participar en mi programa.

Trabajo con personas que han sufrido ataques de tiburón o que, por cualquier motivo vinculado al mar, arrastran secuelas: veteranos de guerra, pescadores, submarinistas, surfistas...

Quería transmitirles lo que el mar significa para mí, no solo mi pasión, sino también mi forma de no rendirme.

Y he sido honesto contigo. De nada habría servido contarte mi historia, habrías dicho que no sin pensarlo.

—Rotundo —admito.

—Por eso. He ayudado a muchas personas. Solo quería ayudarte también a ti.

—Es impresionante... A mí me fascinan los animales, y ni siquiera soy capaz de decidir qué carrera seguir ni comprometerme de verdad con ellos —bajo la mirada, invadida por la vergüenza—. Y tú no dejas de sorprenderme. ¿De dónde sacas esa fuerza? Ojalá pudiera poseer una sola chispa de la tuya.

Las lágrimas me nublan la vista y no hago el menor intento por retenerlas. Él acerca la boca a la mía con una lentitud que me deja sin aliento, pero se detiene justo antes del contacto.

—Quiero darte parte de esa fuerza. Y quiero besarte —susurra.

Joder. ¿Por qué tiene que ser tan correcto, tan bueno, tan... él? No me ayuda, me impresiona por completo.

—Y yo quiero que me beses —respondo.

Entonces lo hace. Me besa sin ninguna prisa, con un roce superleve al principio, y entiendo que está tanteando el terreno o asegurarse de que de verdad quiero esto.

Y joder, claro que quiero. Me dejo llevar por completo.

Siento su lengua entrar en mi boca y recorrerla con ese ritmo suyo, lento, concentrado, de quién sabe exactamente qué botón pulsar para volverme loca.

En este momento no existe nada más. Ni el pasado, ni el lío que tengo fuera. Solo estamos él, yo y este beso.

Sus manos me recorren la espalda mientras me muerde los labios con una suavidad tentadora.

Me sujeta fuerte de la cintura, pegándome a su cuerpo, y su calor me envuelve por completo.

Noto cómo la tensión me sube por las piernas y se me instala en el estómago en forma de un vuelco constante.

El pecho me tiembla y los pezones se me tensan, con una necesidad física que solo él consigue provocarme.

El deseo me pasa por encima y se convierte en algo urgente.

Su boca me arranca todo lo que he estado guardándome, lo que me he callado estos días, lo que ni siquiera sabía que me moría por sentir.

Y justo cuando siento que me desconecto del mundo y me hundo en él, se aparta.

De golpe. El vacío me deja completamente descolocada.

Lo miro, sin entender nada. Sigue ahí, pegado a mí, pero su cabeza ya está en otra parte.

—¿Qué pasa, Josh? —pregunto con la voz rota, presa todavía del temblor.

«Por favor, que no me rechace otra vez».

—Es mi turno de hacer preguntas.

—Tantas como quieras, pero déjame solo...

Le quito la camiseta con un gesto decidido y lo dejo aturdido ante mi iniciativa.