Capítulo 25 #2
Siento sus dedos deslizarse hacia la parte baja de la espalda, buscando el contorno de las caderas. Su gesto de morderse el labio me provoca un chispazo en el pecho. Tiemblo.
—¿Admites los celos hacia tu hermano?
—Sí.
Parpadeo, tragándome el golpe. El ambiente asimila la confesión, convirtiendo la charla en un terreno pantanoso y movido de verdades. ¿Celoso de su sangre? Resulta desproporcionado.
—¿Por qué? —susurro, incapaz de formular otra cosa. Exijo la verdad.
Josh humedece el labio superior, midiendo la gravedad de lo que va a verbalizar.
—Porque me mata pensar que él puede darte lo que yo no.
Enmudezco al instante.
—Eso no es verdad.
—Pero yo lo veo. Veo cómo lo miras. Y cómo te mira él a ti. Puede que apenas os conozcáis, pero si se presenta la oportunidad… sé perfectamente lo que puede pasar.
—¿Cómo lo miro?
—Como si quisieras perderte.
—¿Tú estás ciego o qué? ¿Además de cojo, estás ciego también?
La crueldad me sale del pecho como un tiro. Deseo recuperar las palabras en el acto, arrepentida del impacto. Josh clava la mirada, estupefacto. La bala ha dado en el blanco.
—Exacto. Soy cojo y ciego. Pero él no. Quédate con él si quieres.
—Que te jodan.
Lo empujo con fuerza para zafarme del agarre. Camino directo a la puerta, pero unas manos firmes se plantan sobre la madera y bloquean la salida.
—¿Qué haces? —espeto, jadeante.
—Pararte —responde, apoyando la frente en la parte posterior de mi cabeza.
Dejo caer la frente contra la puerta, vencida. Siento el cerco de sus brazos en la cintura y la invasión inmediata de su calor.
—Lo siento —susurra, ronco. El llanto se me desborda, imposible de frenar—. Joder, Alicia. Lo siento.
Permanecemos inmóviles unos segundos, encajados en un abrazo a medias; él me aferra por detrás y yo lloro, vaciando en cada sollozo lo que soy incapaz de verbalizar.
De pronto, me gira con suavidad hasta dejarme atrapada entre el pecho y la puerta.
Las manos no me sueltan; actúan como un ancla que me estrecha contra él.
Lo observo exhalar, tenso, con los ojos entrecerrados.
Se frena. No solo el llanto; se contiene por completo.
Por mí. Por el desastre. Por lo que ni siquiera sabemos nombrar.
Y la estampa me golpea el estómago. Noto el torso ajeno vibrar al compás de una respiración acelerada.
Por un instante todo desaparece: los reproches, los malentendidos, el miedo.
Solo quedan dos cuerpos desbordados por una realidad imposible de sostener.
Alzo la mano y la deslizo por el cuello. Lo acerco. Él no duda. Me besa aferrándose a mí como a una única certeza. El impacto contra la puerta suena sordo, un eco del deseo que estampa contra el mío.
La boca reclama la mía, ajena a cualquier pausa.
Me besa con hambre, con rencor, con ternura.
Me besa con dolor. Y me encanta. Me odio por rendirme, por ceder, pero el intento resulta inútil.
El contacto me desarma, me enciende. Los labios se vuelven más lentos, más posesivos, decididos a marcarme, a grabarse en la piel.
Me agarra por las nalgas y me alza con fuerza.
Mis piernas rodean su cintura por pura necesidad.
Me aprieta contra la madera, y sé que necesita fundirse conmigo para seguir respirando.
Lo siento entero. Su dureza contra mí. Su rabia, su deseo, su miedo.
Todo. Es incapaz de negarlo, aunque lo intente, aunque asegure lo contrario. Y yo tampoco puedo.
Siento su boca descender hacia el cuello.
No busca ternura; busca dejar huella. Lo hace con intención, con hambre, con un fuego que traspasa la piel.
La fricción entre los cuerpos, la respiración entrecortada, el temblor de los muslos apretados contra la cadera ajena...
Todo resulta salvaje y preciso, fruto de un deseo masticado durante semanas.
Lame la piel sin prisa, saboreando el peligro de la situación.
Gimo. Gimo sin pensar, sin filtros, asumiendo que el freno se ha roto.
Arrugo la camiseta entre los dedos, aferrándome a la tela a modo de asidero en mitad de un huracán. Nace la urgencia de quitarle la ropa. Sentirlo. Ahora. Aquí. Sobre el suelo frío de este maldito baño.
El deseo arrasa con todo, idéntico a un cortocircuito imposible de frenar. El recorrido de los labios y la lengua por el cuello me eriza la piel, difuminando el entorno. Con cada roce y el peso de la respiración ajena, estrecho el agarre en la prenda. Da igual. El control ya no existe.
Un golpe seco retumba en la madera. Uno. Dos. Tres.
El sonido me atraviesa la espalda. Nos congelamos en el acto. Josh clava la mirada en la mía, tuerce el gesto con una mueca pícara y se lleva el índice a los labios exigiendo un silencio absoluto. Ni respiramos.
—¿Josh? Tu hermano me ha dicho que Alicia está herida —la voz de Margo atraviesa la puerta, afilada.
Mierda. Aprieto los párpados. Mierda, mierda, mierda.
—Nada grave, mamá. Desinfecto el corte en este instante —responde él, divertido, con una sonrisa ladeada. Lo fulmino con la mirada.
—Déjame entrar, así te ayudo.
—No hace falta. Ya salimos. La cerradura se ha atascado —miente con una desfachatez pasmosa.
El silencio posterior se vuelve eterno.
—Está bien —cede Margo al fin.
Los pasos se alejan por el pasillo y Josh, sin perder un segundo, me busca la boca de nuevo con absoluto descaro.
—Para —giro la cabeza y esquivo el envite—. Josh, basta. Tu madre puede regresar. Bájame, anda. Déjame en el suelo.
—¿Lo quieres en el suelo? —pregunta, con una chispa de lujuria en los ojos que me hace arder de vergüenza.
—Hablo en serio —respondo en un amago por sonar firme.
Deposita mis pies en las baldosas con suavidad y le lanzo una mirada donde se mezclan el desconcierto, el enfado y algo más peligroso. Él, en cambio, me acaricia la mejilla con sus dedos, y una sonrisa traicionera se me escapa sin querer.
—Tenemos que hablar —musito—. Existen asuntos pendientes.
Se inclina para pegar la boca a mi oído y su aliento me roba el aire.
—Rezo para que tengas razón, Ali. Porque sí, nos queda mucho pendiente. Y me niego a dejar nada sin resolver.
Siento un escalofrío inevitable recorrerme el cuerpo.
Él me toma de la mano al segundo, une nuestros dedos con una naturalidad desarmante y abre la puerta.
Salimos del baño. El aire exterior me golpea de lleno y provoca que me estremezca; lo que está a punto de ocurrir fuera se advierte aún más incierto que lo que acaba de suceder aquí dentro.