Capítulo 25
Desentendido
La escena se despliega a modo de secuencia en cámara lenta.
Josh lanza una mirada a sus hermanos y, con un simple gesto, les indica que dejen sus pertenencias.
Los pequeños obedecen al instante; desaparecen por el pasillo.
Luego se acerca a nosotros con Helen en brazos y, sin molestarse en disimular el tono, le suelta a Luc:
—Cógela.
Su hermano la coge en brazos sin rechistar. Entonces Josh me mira. Directo. Intenso. Hay un brillo ahí, algo que ignoro cómo leer, pero que me tensa los músculos por completo. No anticipa nada bueno.
Me pongo en pie, sin saber muy bien cómo. Él baja la vista hacia mi mano. Antes de que pueda reaccionar, me sujeta la muñeca con firmeza y me levanta el brazo. Es entonces cuando me doy cuenta: el corte se ha vuelto a abrir. Sangro. He dejado un rastro de gotas por el suelo.
—Recoge este estropicio —le ordena a Luc, sin mirarlo.
Luc tampoco contesta. Me lanza una mirada rápida, a medio camino entre el hastío y la resignación, y se marcha. Josh no se detiene.
—Tú, ven conmigo —dice con voz más baja pero no menos firme.
Ya no me agarra la muñeca; ahora sostiene mi mano a la vez que aprieta con cuidado para contener la hemorragia. Me guía por un pasillo largo como un túnel hasta detenerse frente a una puerta, justo antes de unas escaleras. La abre y me hace pasar.
Un baño amplio, blanco y silencioso. Ahora entiendo por qué escuchaba el agua de la ducha de Luc desde el salón; las estancias se alzan muy cerca la una de la otra.
—Siéntate —indica, a la vez que señala la tapa del inodoro.
Obedezco. Él empieza a abrir armarios sin perder el tiempo, concentrado en su búsqueda. Su presencia llena el espacio y casi me priva del aire.
—Un momento —murmura, mientras saca un botiquín.
Lo observo moverse en su rapidez y concentración.
En la forma en la que sus dedos se mantienen firmes.
Todo contrasta con el caos que gobierna mi pecho.
El episodio entre Luc y yo se ha convertido en un nudo que ignoro cómo deshacer.
La tensión en sus hombros, la rigidez de su mandíbula...
Lo que sea que experimente en este instante, dista mucho de la indiferencia.
—¿Qué ha pasado?
Solo eso. Sin rodeos. Sin suavizar el golpe.
—He venido a verte, pero no estabas. Luc me abrió la puerta y me ofreció agua. No sé qué me pasó… Se me cayó el vaso. Quise recoger los trozos y… bueno, me corté. Tu hermano ha intentado detener la hemorragia.
—¿Metiéndote el dedo en la boca?
No suena como una pregunta, pero tampoco como una acusación abierta. Es algo peor. Es un juicio. Trago saliva mientras el baño parece encogerse.
—Fue un gesto impulsivo, nada más —murmuro, en un esfuerzo por parecer calmada.
—Mi hermano no hace nada por impulso. A ver si lo entiendes de una vez.
Noto la frialdad del tono clavárseme dentro.
Escuece más la forma de pronunciarlo que el propio mensaje; parece haberme encasillado en un perfil que rechazo por completo.
Me desagrada la actitud del reproche y el enfado que asoma en el discurso.
Desconozco si el enfado es conmigo o con el hermano, pero el ambiente se vuelve irrespirable.
—Entenderé lo que me dé la gana, ¿no? —le suelto, con un regusto amargo en la boca.
Josh asiente sin añadir palabra. Mantiene el ceño fruncido, concentrado en la desinfección de la herida a la vez que prepara un vendaje.
Sus manos se mueven con precisión, con delicadeza, pero su expresión continúa cargada de contención.
El silencio se instala entre nosotros; ninguno se atreve a romperlo .
—Ya está —anuncia por fin, mientras guarda los utensilios en el botiquín.
Exhalo todo el aire que he retenido desde que lo vi entrar por la puerta. Me invade una fugaz sensación de alivio, hasta que recuerdo el verdadero motivo de mi visita. Tomo aire y me armo de valor.
—¿Qué te pasa? —pregunto, resuelta a mantener la serenidad.
—¿A mí? Nada. ¿A ti? Tú dirás —responde sin mirarme, mientras encaja cada objeto en su sitio—. Llego a casa y me encuentro a mi hermano en pleno proceso de chuparte el dedo. Ya me dirás si el cuadro no invita a pensar lo que sea.
Sus palabras retumban en el baño. La dosis de sarcasmo y reproche me revuelve por dentro. Él continúa de espaldas, ocupado con la caja de primeros auxilios, a modo de quien resta importancia a lo que acaba de soltar.
—¿De verdad sufres un ataque de celos? —suelto sin pensarlo; necesito sacarlo fuera.
Josh me lanza una mirada fugaz antes de emitir una risa seca. Cierra la caja de un golpe y la guarda de un empujón, con una fuerza desmedida. Luego se apoya en el lavabo con los brazos cruzados.
—Te equivocas. Para eso tendría que importarme lo que hagas con él.
—Eso, claro, suponiendo que de verdad haya ocurrido algo —replico, resuelta a alimentar su paranoia—. Algo que, según veo, solo habita en tu cabeza.
Él ríe, desprovisto de pizca de humor.
—Muy buena. En mi cabeza, dice…
El uso de ese diminuto verbo en tercera persona es lo que termina por colmar el vaso.
—Pues eso… en tu cabeza —murmuro a la vez que me levanto del inodoro.
Camino hacia la puerta, decidida a abandonar el baño y esta conversación estéril. No obstante, justo cuando voy a girar el pomo, su mano me rodea la cintura. En un segundo me hace rotar sobre mis pies y me enfrenta a él. Un gemido ahogado escapa de mi garganta ante la sorpresa.
La cercanía me abruma. Siento su respiración agitada y el pecho, que sube y baja a pocos centímetros del mío.
Apoyo las manos en su torso en busca de una distancia que no termino de querer.
Josh me mira con una intensidad que me priva del aire.
Nada de sarcasmo. Nada de indiferencia. Solo algo crudo y profundo que me atraviesa sin que logre entenderlo del todo.
—¿Qué haces, Josh? —susurro.
No responde, pero su agarre se vuelve más firme, resuelto a no soltarme. La rabia se diluye y, en su lugar, se abre paso una emoción más densa, más visceral. Una que me inquieta… y me atrae.
—No lo sé —admite, y la sinceridad de su voz me desarma.
Yo tampoco lo sé, pero tengo claro que me es imposible seguir así.
—Será mejor que me vaya —digo, aunque ni yo me creo mis palabras.
Baja la mirada. Cuando vuelve a levantarla, paso la lengua por los labios de forma inconsciente. Lo noto tensarse. Sus ojos se oscurecen, su mandíbula se marca con fuerza y aparta la vista idéntico a quien necesita escapar de algo que lo desborda.
—Dijiste que habías venido a hablar —murmura, aún sin mirarme—. ¿Qué era tan importante?
Podría decirle que el día es precioso o inventar una excusa verisímil. Solo que no; ya he decidido que no voy a edulcorar la realidad.
—No voy a necesitar más sesiones —suelto de golpe—. He venido a decírtelo. Vengo... vengo a despedirme. Debería haberte llamado antes, pero no fui capaz. Lo siento.
Josh gira el rostro despacio. Sus dedos se aferran más fuerte a mi cintura. No me causa daño, pero me impide el movimiento. La sorpresa le cruza la cara antes de que logre articular palabra.
—Si te refieres a lo de la piscina, estoy seguro de que existen formas más suaves de intentarlo contigo.
Su constancia me deja sin palabras; de verdad que la admiro.
—Pues lo siento si te decepciona, pero no veo otra salida —respondo, en un esfuerzo por que mi voz suene firme—. De hecho, debería haber...
Me detengo al ver su expresión: la boca entreabierta, los ojos clavados en mí, como si no pudiera dar crédito a lo que acaba de oír. Ni siquiera sé por qué sigo hablando. Nada de esto era lo que venía a decir. Improviso y suelto palabras al azar solo para llenar el vacío.
«Mierda, ¿por qué tiene que resultar todo tan jodidamente complicado?»
Josh no aparta la mirada y este silencio ya me está matando. Me doy cuenta de que hiperventilo. Intento recuperar el control, pero la presión en el pecho crece. Las ganas de llorar, de gritar, de huir, de quedarme, de abrazarlo…
Cierro los ojos. Joder. Lo quiero.
Ignoro qué me pasa. Es como si todo se desbordara por dentro, como si el corazón me latiera tan fuerte que no cupiera en el pecho.
Siento que ni siquiera puedo hablar con claridad; las palabras se atascan en la garganta porque ninguna logra expresar lo que realmente deseo. Nunca me había ocurrido esto. No así.
Fingimos que no importa, que no pasa nada, que el sentimiento no existe.
Basta coincidir en el mismo espacio para que la temperatura caiga en picado, armada con una hostilidad silenciosa.
No es rabia. No es solo deseo. Es miedo.
Del auténtico. Del que aparece cuando sabes que el impacto superará tus fuerzas.
Existen miradas que desnudan el alma. En la suya…
descarrilo. Sufro un vértigo inmediato. Adivino en él la misma caída; cada vez que me observa con los ojos cargados de pánico, se enfrenta a sus propios demonios.
Y el fondo está oscuro.
—¿Has venido hasta aquí solo para decirme eso? —plantea en un susurro gélido, con las facciones tensas por un cabreo monumental que intenta camuflar.
—Era lo mínimo, ¿no? Quería decírtelo en persona.
—Ajá. Eso y cruzarte con mi hermano —suelta con una hostilidad que me agota la paciencia.
Maldigo entre dientes. Intento romper la inmovilidad, pero la sujeción gana firmeza. Descargo un puñetazo en mitad del torso en un arranque de rabia.
—Déjame en paz, estás completamente loco.
—Puede que sí… seguramente —concluye, exhibiendo un desprecio que me revuelve por dentro.
—No sé, Josh… —Las lágrimas sabotean la mirada—. Vengo a despedirme y tú te inventas una historia con tu hermano. Apenas lo conozco, lo he visto dos veces y no hay nada entre nosotros. Haces el ridículo.
—Solo te he hecho una pregunta —dice con un hilo de voz, delatando el desconcierto y el daño.
Bloqueo el análisis de la situación; no hay tiempo para pensar .
—Pues lo siento, pero imaginas problemas donde no los hay. No entiendo el interés por saber si me gusta o no Luc. Actúas como un capullo celoso.
—Lo sé. Y lo admito —susurra.