Capítulo 24 #3
Su mirada, parece llevar una expectación ambigua, me obliga a tragar saliva. Carezco de una respuesta sencilla, pero conozco la línea que debo mantener.
—No. En absoluto.
Y es cierto. No existe nada definido entre nosotros; solo besos suspendidos, silencios y pensamientos que me privan de la paz.
Luc sonríe. Es un gesto tranquilo, aunque arrastra un deje de satisfacción que me incomoda.
Actúa idéntico a si mi negativa abriera una compuerta que hasta hace un momento permanecía sellada.
—Durante un rato lo he pensado. Después de la fiesta, por cómo os vi en el pajar —añade, con aire distraído.
Me esfuerzo por no reaccionar. Mantener la calma es lo único que me queda.
—Josh y yo hemos conectado. Me ayuda con algunos asuntos —digo, resuelta a no entrar en detalles. Manifestar en voz alta que trabaja para que encare mis fobias me suena ridículo incluso a mí.
—Ya… Josh es un profesional increíble —asiente—. Ha pasado por lo suyo. Lo de la pierna fue devastador; hubo un tiempo en que creí que no volvería a levantar cabeza. Y luego, lo de Cherry…
El desprecio en su voz se vuelve palpable.
—Hija de puta —escupe. De inmediato frunce el ceño y me mira—. Perdona.
—No pasa nada —respondo, a la vez que dibujo una sonrisa en un intento por suavizar la tensión—. Por curiosidad, ¿quién es Cherry?
—Ah. La ex de Josh.
Trago saliva de nuevo.
—¿Estuvieron mucho tiempo juntos?
La curiosidad me puede y soy incapaz de disimularlo.
—No, pero iban a casarse.
—¿Tan jóvenes?
—Aquí no resulta tan raro —responde, y se encoge de hombros con una risa breve.
Evoco lo que Josh me confió en su momento sobre el estilo de vida de su comunidad, la aparente libertad con la que se mueven en el plano afectivo.
Imagino a Josh con Cherry, adolescentes empeñados en un futuro que nunca llegó a materializarse.
Y aunque intento ignorar el pensamiento, noto un pinchazo agudo.
Celos, tal vez. O una variante muy cercana.
Luc regresa sus ojos a los míos. Guarda silencio, a pesar de que experimento la certeza de que me lee por dentro sin el menor esfuerzo.
—Ha sido duro para Josh. No solo por la pierna; lo que vino después resultó casi peor. Pero es fuerte. En el fondo, siempre ha sabido que saldría adelante —sentencia Luc.
Asiento a la vez que asimilo todo lo que acabo de escuchar.
La imagen que conservaba de Josh empieza a tambalearse para reconstruirse desde un lugar más crudo.
No es solo el chico valiente que me empuja a encarar el miedo; también ha vivido el suyo, lo ha mirado de frente…
y ha decidido volver al agua. De pronto, necesito saber más.
No por curiosidad, sino por pura necesidad.
—Gracias por contármelo, Luc —digo al fin—. No pretendía entrometerme, solo… conocerlo un poco mejor.
Él me dedica una sonrisa distinta. Cálida, sin segundas intenciones.
—No te preocupes. A veces hablar ayuda, incluso cuando ignoras que lo necesitas.
Devuelvo el gesto. Por un momento, el peso de tantas preguntas se aligera. Pero sé que todavía carezco de lo que he venido a buscar.
—¿Te traigo más agua? —pregunta, como si deseara prolongar el respiro.
Me levanto con el vaso vacío entre las manos.
—No, gracias. Creo que lo mejor será que vuelva en otro momento. No sé cuánto tardará Josh y…
La voz me tiembla al final. Me detesto por flaquear justo ahora, por dar un paso atrás. Luc también se pone en pie. Da un paso hacia mí y acorta la distancia.
—Puedes quedarte. Me agrada hablar contigo —dice en un tono suave, demasiado suave.
Ese cambio en su voz me desconcierta. La cercanía y su forma de mirarme me tensan. El vaso se me escurre de los dedos y estalla contra el suelo.
—¡Mierda! Lo siento, lo siento mucho —balbuceo mientras me agacho de inmediato.
Intento recoger los trozos, pero uno me corta. El pinchazo es seco y la sangre brota al instante.
—¡Ay! —me quejo al observar la herida en el dedo.
Luc se agacha enseguida y, sin mediar palabra, me toma la mano.
—Hay que parar la hemorragia —dice. Antes de que pueda reaccionar, se lleva mi dedo a la boca.
Me quedo quieta. Congelada. No hay nada sexual en el gesto, pero sí una intimidad que no espero.
Una confianza que no comparto. ¿Cómo es capaz de actuar así sin dudar?
Quizá aquí lo perciban como algo normal, una forma práctica de proceder.
Sin vueltas. Sin miedo al contacto. Aun así, me cuesta procesarlo.
Y justo entonces, escucho la puerta.
Ambos giramos la cabeza. Josh acaba de entrar con Helen en brazos.
Le siguen los hermanitos pequeños y la escena se vuelve irreal: él permanece allí parado, me mira con el ceño fruncido mientras yo sigo en el suelo, rodeada de cristales rotos y con el dedo en la boca de su hermano.
Su expresión oscila entre la sorpresa y el desconcierto.
—¿Qué… qué está pasando aquí? —pregunta, con la mirada en un viaje de ida y vuelta entre Luc y yo.
Luc retira mi mano con suavidad y se incorpora. Yo permanezco donde estoy, sin saber qué decir. Me arden las mejillas y soy incapaz de fingir que no me invade la culpa.