Capítulo 24 #2
Asiento para ocultar la decepción. Había imaginado este encuentro de otra forma, más directa y sin preámbulos.
—No importa, puedo esperar.
Él asiente también, en silencio. Me dedica una sonrisa leve, como si descifrara que cargo con más peso del que confieso. Para no quedar atrapados en la incomodidad, le lanzo una pregunta casual sobre su familia. Tal vez así logre acercarme a las respuestas que busco.
—Josh me habló de tu hermano mellizo, Robby. Me dijo que también es surfista.
Luc levanta la mirada y, por un segundo, sus ojos brillan con orgullo.
—Sí, Robby es buenísimo. Ahora está en Australia, en plena competición. Vive para el surf, igual que Josh.
—¿Y tú? ¿También surfeas? —pregunto con curiosidad genuina.
La respuesta llega sin un solo titubeo:
—A veces. Lo cierto es que ya lo aborrezco.
Me descoloca la firmeza de su voz, aunque soy incapaz de evitar una leve sonrisa. Lo comprendo demasiado bien.
—Pues en eso coincidimos. Yo también lo odio —digo, en un intento por suavizar la atmósfera.
Luc me observa un momento y luego asiente despacio.
—Desde el accidente, ya no soy capaz de verlo igual. Antes íbamos juntos al mar…, para nosotros lo era todo. Pero después de lo que ocurrió… cada ola me recordaba lo cerca que estuvo Josh de morir.
Sus palabras se clavan en mí. Siento que el estómago se me encoge al recrear la escena. El pánico. La sangre. La impotencia.
—Lo entiendo —susurro, aunque en realidad ignoro si lo hago del todo.
Luc se recuesta un poco en el respaldo y, por primera vez, lo descubro más vulnerable que relajado.
—Cada uno lidia con el miedo a su manera —añade, con el volumen bajo.
El silencio que se instala entre nosotros no resulta incómodo, pero pesa. Me invade la certeza de que rozo algo importante, un suceso que ha marcado a todos los habitantes de la casa. Nadie salió ileso de aquella jornada, a pesar de que Josh fuera el único herido físico.
—¿Cómo ha sido? —No debería preguntárselo a él y a la vez no me apetece desperdiciar la oportunidad que me brinda al traer el tema a colación—. Perdona si saco un tema delicado, no quiero incomodarte. Solo busco entenderlo. A Josh. Comprender lo que ha vivido.
Luc me clava los ojos. Se le nota la lucha interna, el conflicto entre proteger la intimidad de su hermano y liberarse de un recuerdo que todavía escuece.
—No pasa nada, Alicia. Es solo que... cuesta hablar de ello.
Josh ha encontrado la forma de seguir adelante; yo no.
Yo lo vi. Vi cómo el tiburón lo arrastraba.
Vi la sangre. Estaba en la playa, inmóvil en la arena, sin capacidad para hacer nada.
—Hace una pausa. Se pasa la mano por el pelo, tenso, como si el recuerdo habitara fresco en su piel—.
—No pude salvarlo. Solo grité. Solo recé para que alguien llegara a tiempo.
Me encoge el alma imaginar la secuencia. Su voz se ha vuelto más grave, más rota. Siento la angustia de su pecho como si ardiera en el mío.
—Pero al final alguien llegó... —murmuro con suavidad, intentando ofrecerle algo de consuelo—. Conseguisteis sacarlo.
—Llegaron los socorristas, sí. Se lanzaron al agua y lo sacaron entre varios.
Pero cuando lo trajeron a la orilla, ya estaba muy mal.
Había perdido demasiada sangre… —Luc sacude la cabeza, resuelto a desprenderse de la imagen—.
Y aun así, después de todo eso, Josh continúa surfeando.
No lo entiendo. ¿Cómo es capaz de volver a entrar al mar?
Lo miro sin saber qué decir. Josh ha atravesado un infierno y, de algún modo, ha reunido el valor para regresar a lo que ama. Aunque la decisión no significa que el resto de su entorno haya hecho las paces con lo ocurrido. Luc, desde luego, se resiste a conseguirlo.
—Debe de ser muy duro para ti —murmuro—. No sé cómo lo llevaría en tu lugar.
Mentira. Lo sé. Solo recrearlo en mi mente me paraliza. Luc me lanza una sonrisa apagada.
—Josh siempre ha sido el valiente. El que se lanzaba sin pensar.
Para él, el surf lo es todo… cree que lo mantiene cuerdo.
Vivo. —Hace una pausa—. Pero yo soy incapaz de contemplarlo igual.
Cada vez que pienso en surfear, solo veo sangre.
Veo a mi hermano en el agua, en una batalla por no morir.
Muy pocas veces salgo a hacerlo, para serte sincero.
Un nudo se me forma en el pecho. Me invade una mezcla confusa de admiración y rabia, de empatía hacia Luc y una punzada de dolor hacia Josh. Cada uno arrastra sus propias heridas, su estrategia de supervivencia. Josh volvió al mar; Luc, lo evita. Y yo permanezco atrapada entre los dos sentimientos.
—Siento que tengas que cargar con eso —digo al fin, desprovista de fingimiento—. No quería remover el pasado. Solo... intento entenderlo.
Luc asiente, algo más tranquilo .
—Lo sé. Es normal que quieras saber. Solo te digo una cosa: ten cuidado. Josh parece fuerte, pero mantiene esa herida abierta. A veces pienso que no surfea porque lo haya superado, sino porque ignora cómo vivir sin huir de sí mismo.
Me impacta su confesión. Me obliga a mirar atrás, a recordar lo que Josh me dijo aquella vez en la playa: que el miedo no nacía tanto de lo que podía ocurrirme a mí, sino de lo que podía pasarles a otros.
En su momento creí que solo buscaba consolarme, hacerme ver las cosas desde otra perspectiva.
Pero ahora lo comprendo. Luc estuvo en ese mismo lugar: paralizado por el temor a perder a alguien, con un motivo más que válido.
Él presenció el horror; yo solo imaginaba el mío.
Y, sin embargo, el horror ha dejado de ser ajeno.
De pronto, mis pesadillas tienen rostro, sangre y nombre.
Me recorre un escalofrío. El miedo ya no es una idea lejana; es real, y lo más devastador es saber que siempre lo ha sido.
Solo que ahora ya no puedo negarlo. Luc convive con esa verdad desde hace años; Josh, también. Yo apenas empiezo a rozarla.
Y quizás, por primera vez, no me siento cobarde. Me siento humana.
Levanto la mirada hacia Luc y, por un instante, experimento un vínculo que nos une.
No es solo el recuerdo del pánico, sino su permanencia.
Josh me enseña a enfrentarlo, sí, a sostenerle la mirada.
Pero Luc me muestra algo distinto: que a veces resulta imposible mirar sin ver también el peligro real.
Y tal vez ahí reside lo humano. En temer por quienes queremos.
En llevar dentro cicatrices que no nos pertenecen.
La voz de Luc me saca de mis pensamientos. Estoy en el sofá de su casa, en el corazón de una familia que ha visto más de lo que yo podría imaginar. Sé que tengo que hablar con Josh, pero también sé que me es imposible hacerlo desde el reproche. No ahora.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Solo si te apetece responder —propone Luc, con un tono que no termino de descifrar.
—Claro —respondo, sin un solo titubeo.
—¿Hay algo entre mi hermano y tú?