Rompiendo las olas Capítulo 24
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Capítulo 24

Lo que más temía me sobrevino

No encuentro paz. No hay descanso posible en esta habitación. Solo doy vueltas y más vueltas a las palabras de Engel que resuenan en mi cabeza. Puede que se sienta dolido por cómo rechacé sus sentimientos, pero dudo que invente algo así por despecho. No, él nunca ha sido esa clase de persona.

Aunque, si soy sincera… tampoco sé muy bien quién es ahora. No como lo conocía antes. Ya no.

La curiosidad me arde por dentro. Me resulta imposible seguir aquí, quieta, a la espera de que alguien se decida a contarme la verdad.

Lo lógico sería preguntárselo a Josh, claro.

Pero después de lo que pasó entre nosotros, dudo que pretenda hablar.

Mi padre, que fue quien lo atendió, tampoco ha mencionado nada.

¿Confidencialidad médica? ¿O algo más? Aún recuerdo su expresión durante el desayuno, idéntica a la de quien arrastra un recuerdo que preferiría no tener que revivir.

Y las insinuaciones de Engel… todo el conjunto me mantiene con la mosca detrás de la oreja.

Enciendo el ordenador. La pantalla en blanco me devuelve el reflejo de una decisión que ya está tomada.

Recuerdo la tarjeta que Josh me dio el primer día, con su nombre y su número.

Me levanto, la busco en el bolso, la saco y me quedo fija en ella, como si pudiera ofrecerme las respuestas por sí sola.

Josh Hamilton.

Tomo aire y empiezo a escribir en el buscador: «accidente», «Josh Hamilton», «California». Al principio no aparece nada relevante; solo redes sociales, páginas de surf y entrevistas de hace años. Sigo con la búsqueda. Y entonces empiezan a brotar. Una tras otra. Noticias. Titulares. Imágenes.

Cada clic es una sacudida.

«Joven surfista casi pierde la vida en un ataque de tiburón».

«Josh Callinan Hamilton, promesa del surf, lucha por su vida tras un brutal ataque en aguas de California».

«Sobrevive a un encuentro letal: el milagro de Josh Callinan H.».

Así que ese era el truco. En el entorno del surf no utiliza el Hamilton; usa otro apellido, uno que, al parecer, le dio fama... y me impidió encontrarlo antes.

Cada palabra me golpea a modo de ola directa al estómago.

Ataque. Brutal. Milagro. Me arde la garganta y el corazón se me dispara.

Casi puedo visualizar el escenario: un día soleado, las olas, la tabla, el rugido del mar…

y el horror. Sigo con la lectura, aunque ignoro por qué me inflijo este castigo.

Los artículos describen las heridas, las cirugías, los días en coma y la pierna destrozada.

Su cuerpo, su carrera y su vida pendieron de un hilo.

Y yo no tenía la menor idea. Yo, que hablo de mis miedos como si fueran únicos.

Todo encaja: su pierna biónica, las miradas de mi padre, las advertencias de Engel. Todos lo sabían. Todos menos yo.

Cierro los ojos. Me arde el pecho. Josh no es solo el chico que me entrena.

Él también ha estado allí, en ese mismo infierno que soy incapaz de nombrar sin temblar, y ha salido adelante.

De pronto lo comprendo todo. Por qué a veces se calla, por qué habla con esa calma.

Por qué me mira con la certeza de quien ya sabe lo que significa ahogarse en el pánico y regresar a la superficie.

Las lágrimas caen sin ruido. No brotan solo por él; brotan por mí.

Por no haber visto más allá de lo evidente, por no haber intuido el dolor que él esconde con tanta destreza.

Ahora lo sé. Al menos una parte. Detrás de esa voz segura habita alguien que se enfrentó a lo mismo que yo temo y, aun así, continúa ahí, resuelto a ayudarme.

Me seco las mejillas y cierro el portátil. Albergo mil preguntas todavía, pero ya poseo un suelo firme al que aferrarme: una verdad. Y, sin embargo, la rabia me muerde por dentro. No por lo que ocurrió, sino por lo que ocultó bajo el silencio.

¿Cómo tuvo el valor de exigirme que confiara en él? ¿Cómo puede animarme a nadar, a encarar mis temores, consciente de que estuvo a punto de morir por los mismos? ¿Qué clase de juego es este? ¿Qué derecho tiene a reservarse algo así mientras me empuja a enfrentar lo que a él casi le cuesta la vida?

No sé si estoy enfadada con él, con todo el mundo o conmigo misma. Lo único que sé es que necesito hablar con Josh. Y esta vez, no pienso conformarme con evasivas.

Me siento traicionada, engañada. Todas esas ocasiones en que su voz suave me pedía que respirara, que confiara en él...

¿cómo pudo decirme eso con la certeza de lo que significa enfrentarse a un tiburón?

¿Cómo es capaz de volver a entrar al agua como si nada?

No tiene sentido. La admiración que sentía se mezcla ahora con rabia y una decepción que me estruja por dentro.

¿Cómo se supone que voy a confiar en alguien que me ocultó un suceso tan importante?

Tengo la cabeza hecha un lío. Ignoro si debería estar furiosa o impresionada. Fascinada por su valentía o indignada por su silencio. Lo único que tengo claro es que me resulta imposible continuar así, con un torrente de preguntas que me queman por dentro.

Sin pensarlo, salgo de casa y cruzo el jardín en dirección al garaje. Afuera encuentro a Denver, concentrado en la limpieza de su moto. Es mi única opción.

—Denver, necesito un favor —digo, casi sin aliento.

Él se gira con el ceño fruncido, sorprendido por mi urgencia.

—¿Qué pasa, niña?

—Llévame a ver a Josh. Es urgente.

Le muestro la dirección en el móvil. Él lee la pantalla y vuelve a mirarme, desconcertado.

—¿El de las clases? ¿Pasa algo?

—Es complicado —respondo, resuelta a evitar los detalles—. Pero necesito hacerlo. Por favor.

Me observa en silencio unos segundos. Luego asiente sin formular más preguntas. Denver está casado con Rosemary, es el padre de Blair y Engel, y conoce cada rincón de mi vida.

—Súbete.

Me pasa el casco. Me lo coloco y subo detrás de él.

El rugido del motor estalla a la vez que salimos del camino, y el viento me golpea la cara a modo de sacudida.

Me aferro con fuerza a su espalda. No tengo un plan; no sé qué le voy a decir exactamente.

Solo sé que necesito verlo. Necesito respuestas que no puedo seguir aplazando.

Las imágenes de los titulares regresan a mi cabeza como fogonazos: «Joven surfista sobrevive a un brutal ataque de tiburón».

¿Cómo puede empujarme a encarar mis temores si él mismo vivió mi peor pesadilla en carne propia?

¿Qué clase de cicatrices arrastra por dentro?

¿Por qué me lo ocultó? Ni siquiera he sido capaz de leer todos los detalles.

He sentido miedo. Temor de imaginarlo allí, solo, herido en mitad del mar.

Cuando llegamos a la granja, Denver aparca justo frente a la casa. Me bajo, le devuelvo el casco e inspiro hondo en un intento por calmar el vértigo que me sube por el pecho.

—Te espero aquí —dice, con tono firme.

—No hace falta. Prefiero volver en taxi —responde, a la vez que fuerzo una sonrisa.

Él duda un segundo, pero al final asiente y arranca la moto.

—Llámame si necesitas algo.

—Lo haré. Gracias.

Lo veo desaparecer por el camino de tierra. Me giro y contemplo la fachada. Las ventanas están abiertas; una cortina se mueve con la brisa. Me arde el estómago. Ignoro qué me voy a encontrar ahí dentro, pero ya no hay vuelta atrás.

Presiono el timbre y espero. Luc abre la puerta casi al instante.

Oculto el impacto de encontrarlo aquí. Gana planta por días; luce un tipazo increíble en vaqueros desgastados y con el torso al descubierto, todavía húmedo por el ejercicio bajo el sol.

Esboza una sonrisa, con su habitual ligereza, revelando la sorpresa en la mirada.

—¡Alicia! —exclama, a la vez que abre la puerta de par en par—. No esperaba verte por aquí. ¿Todo bien?

—Hola, Luc. ¿Está Josh en casa? —pregunto, resuelta a mantener la voz firme.

Él niega con la cabeza mientras se pasa una mano por el pelo húmedo.

—No, ha salido hace un rato. Pero pasa, por favor.

Duda un segundo, pero finalmente se aparta para franquearme el paso. Lo hago, invadida por una extraña sensación de descolocación al quedar a solas con él.

Dentro, la casa se percibe cálida y acogedora, aunque mi cabeza permanece en otra parte. Luc cierra la puerta y se gira con esa sonrisa fácil que parece no costarle nunca.

—Perdona por la pinta. Venía de llevar el tractor y no estoy muy presentable para recibir visitas —dice, a la vez que señala su pecho sudado.

Me encojo de hombros en un amago por no parecer afectada.

—No te preocupes, Luc. Solo quería ver a Josh. Si no está, vuelvo en otro momento.

—No, mujer. Espera un segundo, me doy una ducha rápida y ahora estoy contigo —anuncia mientras indica el pasillo con un gesto—. Ponte cómoda, ¿vale?

Asiento a la vez que observo cómo se aleja. Su espalda musculosa desaparece al fondo y me deja sola en el salón. Me acomodo en el sofá con el corazón todavía agitado, atrapada entre la frustración de no haberlo encontrado y el torbellino de preguntas que me trajo hasta aquí.

¿Dónde está? ¿Por qué no se encuentra aquí justo hoy?

Miro alrededor, pero me resulta imposible concentrarme.

El sonido distante del agua de la ducha me acompaña mientras juego con los dedos, inquieta.

Tal vez Luc también posea respuestas; tal vez no deba desaprovechar la oportunidad.

Aunque ahora mismo lo único que puedo hacer es esperar...

y preparar las preguntas que no pienso permitir que Josh esquive.

Al cabo de unos minutos, oigo pasos. Lo veo regresar, esta vez con una camiseta blanca y el pelo todavía húmedo. Huele a limpio, una mezcla de cítricos y madera que me llega antes que él.

—Perdona la espera —dice a la vez que se pasa la toalla por el cabello—. ¿Te apetece algo? ¿Agua, té?

—Agua, gracias.

Luc desaparece unos segundos y vuelve con un vaso. Me lo entrega antes de sentarse en el sofá, a un par de pasos de mí.

—Josh salió hace un rato. Fue a recoger a nuestros hermanos pequeños de casa de mi tía. Mamá tenía recados en la ciudad y no podía encargarse —explica con tono tranquilo.