Capítulo 23 #2
—Sí. Pero una cosa es espacio y otra muy distinta es desaparecer. Ni un mensaje, ni un «¿cómo estás?». Nada. Y entiendo que eras tú quien necesitaba alejarse más que yo. —Baja la vista. Por primera vez, se muestra más dolido que enfadado.
—Puede ser.
Asiento sin matices. Me quedo callada mientras la mierda pesa entre los dos. Luego, sin saber si actúo bien, inspiro hondo y suelto:
—Mira, Engel, borrón y cuenta nueva. Quiero estar bien contigo.
Pero hazme un favor... —Me detengo, indecisa sobre si volcar lo que pienso, aunque al final las palabras se escapan—.
No te metas en mi vida. Y mucho menos en lo que tenga que ver con Josh.
Por lo demás, amigos, como antes. Haré lo posible para que funcione.
—Por mí, perfecto —responde, sin alterarse.
Tiene la elegancia de no añadir nada más.
Solo asiente con la cabeza, como quien acepta un trato sin condiciones.
Y el gesto me desmonta un poco más. Me cuesta hablar; las frases me salen como jirones.
La tensión me oprime el pecho y lo que más me duele es confirmar que, por mucho que lo intentemos, nada volverá a ser como antes.
La grieta que nos separa ya es demasiado honda.
Entonces, Engel retoma la palabra con un hilo de voz apenas audible:
—¿Puedo hacerte solo una pregunta?
—Dime —respondo, con la taza vacía en la mano, sin saber muy bien qué hacer con ella.
—¿Pasa algo entre Josh y tú? Ayer lo vi salir de aquí por la noche.
Me quedo helada. ¿De verdad acaba de soltarlo así, tan directo? La rabia me sube de golpe.
—¿Qué pasa, Engel? ¿Ahora me espías? —escupo, libre de filtros.
¿Quién se cree que es para interrogarme como si tuviera algún derecho? La indignación me recorre de arriba abajo y noto el calor en las mejillas.
—A ver, Alicia, déjate de películas. Vine a buscar a mi madre, como siempre, y lo vi de casualidad. No vigilo a nadie.
Exhalo en un esfuerzo por obligarme a no saltar. Sé que tiene razón; me he puesto a la defensiva demasiado rápido.
—Ha venido a darme la clase aquí. Me resulta más fácil trabajar en casa —aclaro más calmada, aunque mi tono aún arrastra un deje tenso.
Engel me observa durante unos segundos. Asiente, pero no parece convencido del todo.
—Vale, lo entiendo. Solo… ten cuidado, ¿vale? Con todo este asunto. No quiero verte jodida .
Su voz suena diferente. No hay juicio en sus palabras, sino una preocupación genuina que me desmonta un poco.
—No hace falta que te preocupes por mí. Sé cuidarme sola —respondo, con más seguridad de la que realmente poseo.
Él asiente de nuevo y da otro mordisco a la manzana. Mastica despacio y, cuando traga, suelta:
—Solo quiero asegurarme de que estés bien. Y... —hace una pausa, como si lo que viene le pesara—, no estoy seguro de que Josh sea la persona adecuada para esto.
Se me eriza la piel.
—¿Y qué se supone que significa eso? —espeto a la vez que doy un paso hacia él—. ¿Insinúas que no es un buen profesional? También es tu profesor, ¿no?
Engel se encoge de hombros por quitarle importancia con el cuerpo, aunque su mandíbula continúa rígida.
—No es eso. Solo... hay detalles que deberías saber. Pero no me corresponde contarlos.
—Ya estamos. ¿No hemos dicho que íbamos a estar bien? Si vuelves a las andadas con estas mierdas raras, pues resulta difícil, Engel. Joder, ¿por qué no me dices las cosas claras de una puta vez?
—Porque no me corresponde a mí contarlas. Soy chismoso, pero no tanto.
Arqueo una ceja, incapaz de creérmelo. Como si no lo conociera. Si le atrae un cotilleo más que a un tonto un lápiz.
—Si sabes algo sobre él, deberías decírmelo.
—No quiero meterme ni contigo ni con él —dice, en un hilo de voz—. Solo que... su accidente no ocurrió como te han contado, ¿vale? Si es que te han contado algo, porque pareces alienada.
«¿Alienada?».
Se pasa una mano por el pelo, visiblemente incómodo.
Y yo empiezo a estarlo más. Más todavía porque a mí nadie me ha contado nada; ni Josh ha mencionado el asunto, ni tampoco el resto de su entorno.
Yo tampoco he preguntado hasta ahora, pero la curiosidad ya inicia su transformación en necesidad.
Si existe un detalle capaz de ayudarme a comprender mejor a Josh, quiero conocerlo. Deseo saberlo todo de él.
—¿Qué estás diciendo? —susurro, a la vez que noto cómo algo dentro de mí se quiebra.
—No puedo añadir más. Pregúntale tú. De verdad.
Lo miro, incrédula. ¿Otra vez la misma estrategia? ¿Otro secreto?
—Esto es absurdo —murmuro, ante una frustración que se me clava en la garganta—. ¿Qué pasa con el accidente de Josh? ¿Por qué todo el mundo actúa como si fuera un misterio?
Engel me sostiene la mirada, pero su expresión cambia. Registro su lucha interna: desea hablar, pero un freno invisible se lo impide. Finalmente, niega con la cabeza.
—No puedo contártelo, Ali. No soy la persona indicada.
Y ahí está de nuevo la misma constante: habitar rodeada de gente que cree que necesita protegerme de la realidad. Estoy harta. Harta de medias verdades, de silencios y de sentirme siempre a medias.
—No haberlo dicho de primeras, joder.
Deposito la taza sobre la isla con más fuerza de la necesaria y doy un paso para encender el hervidor de agua. Regreso de inmediato frente a él.
—¿No vas a soltar prenda, verdad? —Vuelvo a arquear una ceja a la vez que mi pie golpea el suelo como una metralleta.
Él se limita a encogerse de hombros y a apretar los labios.
—Muy bien. Le preguntaré a él —sentencio, con una calma que apenas sostengo.
Engel esboza una media sonrisa.
—Supongo que ahora te sientes un poco como Alicia en su caída por la madriguera del conejo.
Me quedo inmóvil. Por primera vez en días, ignoro si tengo ganas de seguir adelante o de salir corriendo. La respuesta, tan críptica como gratuita, me obliga a contestar en el mismo idioma:
—¿Qué te pasa? ¿Te ha dado por hablar como en Matrix? «Es algo que no te puedo contar, tienes que verlo»… En serio, Engel.
—Al contrario —dice, a la vez que se encoge de hombros otra vez con esa falsa indiferencia que usa cuando en realidad desea volcarlo todo—.
Cada uno tiene que comprobarlo con sus propios ojos.
Solo digo que preguntes rápido… antes de que tu vida se convierta de verdad en una simulación. Estás en un punto sin retorno.
—Perfecto —replico con los brazos cruzados—. Pues quédate con esta: «Abróchate el cinturón, Engel, porque vamos hacia Oz» .
—Has estado viviendo en un mundo de sueños, Alicia… —recita él, y sus palabras me golpean más de lo que espero.
Durante unos segundos parecemos dos idiotas en plena competición por ver quién cita mejor una película, algo que solíamos hacer todo el tiempo en nuestra infancia. De hecho, es algo muy nuestro. Hasta que suelta una última frase. Y no es una cualquiera:
—Si él es el Elegido, tendrá que pasar un milagro para que detenga lo que viene.
Sin darme margen a añadir nada más, se da la vuelta y abandona la estancia a la vez que silba una melodía reconocible de la banda sonora. Me quedo inmóvil, con la taza en la mano, como si acabáramos de representar una escena escrita por alguien con delirios de grandeza. O tal vez solo por nosotros.
Mientras el sonido de sus pasos se apaga en el pasillo, comprendo que, por mucho que lo intente, nada volverá a ser igual.
Todo ha cambiado: las personas, las circunstancias…
incluso nosotros. Los sentimientos ya no se reparten en blanco o negro, y los nuevos personajes que han aparecido en mi vida han venido a desmontar mis esquemas.
No me encuentro en una simulación como en Matrix, tampoco en un cuento de hadas, ni yo soy Alicia en el País de las Maravillas.
De hecho, maravillas es todo lo que no he encontrado al venir a este país; pero si de verdad deseo recuperar el control, voy a tener que dejar de fingir que ignoro lo que se alza justo delante de mí.
Y, sobre todo, plantear las preguntas que llevo demasiado tiempo evitando.
Una frase se me instala en la cabeza, una que recitábamos Engel y yo hasta el hastío. Nuestra favorita:
«No intentes doblar la cuchara. Eso es imposible. En vez de eso, intenta entender la verdad. Si lo haces, verás que no es la cuchara la que se dobla, sino tú».
Puede que él tenga razón. Puede que haya estado forzando una realidad que ya no encaja. Pero si voy a doblarme, que sea por elección propia. No por las mentiras de nadie. Y, desde luego, no sin luchar antes por la verdad.