Capítulo 23
Verdades que dan miedo
La noche se vuelve interminable. Me revuelvo entre las sábanas, incapaz de encontrar una postura que me dé tregua.
Cierro los ojos, dispuesta a vaciar la mente, pero cada intento resulta inútil.
Las imágenes regresan una y otra vez, a modo de marea implacable.
Tiburones que se deslizan bajo el agua, sombras acechantes que cortan la calma con su amenaza muda.
La angustia me sacude el cuerpo como una descarga.
Me despierto de golpe, empapada en sudor, con el corazón en un puño.
Son las dos de la madrugada.
Suspiro, me giro hacia el otro lado y me obligo a pensar en otra cosa.
En su sonrisa, en la forma en que se le iluminan los ojos cuando me mira, en ese instante perfecto en que sus labios tocaron los míos y el mundo pareció detenerse.
Poco a poco, los tiburones se disuelven.
Ceden espacio al calor de su cuerpo, a sus manos y a ese deseo suave que lo envolvía todo.
Busco el calor de las sábanas, aferrándome a la tela para ignorar la falta de su cuerpo. El sentimiento me desborda. Hay un dolor físico en el pecho; la falta de aire es real y el cuerpo se resiente. Cuesta asumir que se pueda extrañar así a un extraño.
Analizo la situación sin éxito, persigo una brizna de coherencia en el caos, pero es imposible. Me atraviesan imágenes nítidas: el roce de la mano en la mejilla, el sonido de la voz susurrando mi nombre, el segundo en el que el universo se redujo a los dos.
Lo necesito aquí. Ya. Añoro sus brazos, la promesa de que todo saldrá bien, el fin de los peligros, las fronteras y las excusas .
Me cubro la cara para ahogar el llanto; esconderse no silencia la vibración de la piel.
Admito que carece de sentido. Sé que no es sano necesitarlo a este nivel.
Da igual. Esto supera el deseo; es una verdad descarnada.
Un ancla bajo la piel. Nace la urgencia de entrega absoluta, de desnudar la mente.
Con los temores, el conflicto interno y el pasado sangrando.
Exijo que se quede, a pesar de la distancia que él mismo marca con cada paso.
Me concentro en el recuerdo del contacto nada más entornar los ojos.
Siento la respiración en el oído. Escucho el tono firme que me ponía a salvo.
Constituye una tortura deliciosa. Estoy enamorándome de él.
No, ya ha ocurrido. Estoy irremediable y estúpidamente enamorada de Josh.
Y la certeza me aterra tanto como me emociona.
Intento catalogar esto como un arrebato temporal, una consecuencia del subidón emocional.
Repaso mentalmente la risa ajena, el instinto de protección en sus ojos al mirarme, y comprendo que el sentimiento ha llegado para quedarse.
Exijo volver a tenerlo enfrente. Lo quiero cerca, asumiendo el daño y el caos que arrastra.
Noto el cansancio en un suspiro, rendida a otra noche en vela. Siento la humedad en la almohada, perdiendo la frontera entre el temor y el afecto. Convivo con la mezcla. Un veneno que me tiene atrapada entre la cordura y la piel.
Amanezco con los ojos hinchados y la cabeza embotada. Me observo en el espejo del baño y suelto una carcajada seca. Parezco una loca. Y puede que lo esté. Lo único que tengo claro es que Josh se ha colado en mi mente, en mi pecho y en cada parte de mí, y no sé cómo sacarlo. Ni si quiero hacerlo.
Al bajar, la realidad me golpea de inmediato.
—Buenos días —dice Jennifer desde el umbral del salón, tan alegre que me entran ganas de arrancarme los tímpanos.
Imagino que intenta ser simpática, pero no se lo pongo fácil.
No tengo nada personal en su contra, la verdad; el problema es que mi padre la quiere en su vida y eso la convierte de forma automática en un obstáculo.
Es una actitud infantil, sí; caprichosa, también, pero me resulta imposible evitar lo que experimento.
Ese futuro matrimonio me parece una absurda estrategia de evasión.
Mi padre no está enamorado. Yo sé cómo se ve alguien enamorado: lo descubría en sus ojos cada vez que hablaba de mi madre, y ese brillo dista mucho de lo que comparte con Jennifer .
—Buenos días, Alicia —añade él en ese momento.
—Buenos días. Tomaré el desayuno en la cocina —digo, sin el menor amago por disimular el hastío.
—Preferiría que desayunaras con nosotros —invita, como si fuera la petición más lógica del mundo—. Me gustaría que te sentaras conmigo. Con Jennifer.
Les dedico una sonrisa falsa y vacía, de las que se clavan en los dientes por dentro.
—De acuerdo.
Salimos al jardín y nos acomodamos en la mesa exterior, en un intento por emular una escena familiar perfectamente normal.
—Entonces, Alicia —dice mi padre con tono casual, demasiado casual—, ¿qué hacía Josh anoche en la piscina?
Levanto la vista de la taza y lo miro directamente a los ojos, sin apartarme ni un milímetro. No pienso esquivar la pregunta.
—Josh es mi rehabilitador, papá. Te hablé de él el otro día, ¿te acuerdas?
Mi padre se queda pensativo, con el ceño fruncido, concentrado en encajar piezas que no terminan de cuadrar en su esquema.
—¿Es él quien te ayuda con las fobias? —interroga, utilizando el tono ambiguo que le sirve para maquillar una crítica inevitable.
—Sí. Él mismo —sostengo la réplica, más entera de lo habitual ante su mirada.
Se reclina en la silla y cruza los brazos. Su gesto me pone a la defensiva; intuyo que está a punto de emitir un juicio que ya ha decidido de antemano.
—No sé, Ali... Me parece un poco extraño, si consideramos su accidente —dice al fin, y deja la frase suspendida entre nosotros con una falsa delicadeza que me revuelve el estómago.
—¿Por su pierna? —lo corto, a la vez que noto cómo la rabia me sube a la garganta—. Papá, eso no le impide hacer su trabajo. Josh es brillante. Sabe lo que hace, me entiende, me guía. Es la persona perfecta para esto. Y sí, me ayuda. Mucho.
Me sorprende lo visceral de mi reacción. El pulso me tiembla.
Él me observa en silencio y registra la intensidad con la que defiendo a Josh. Evita añadir nada más, aunque sé que alberga preguntas que se negará a formular ahora. Jennifer, en cambio, decide que es un buen momento para intervenir.
—Bueno, a mí me parece un oficio precioso —dice con su sonrisa de catálogo—. Ayudar a los demás a superar sus miedos… Qué vocación tan bonita. Por cierto, Ali, tu padre me contó que eres veterinaria. ¿Cómo va todo con eso?
Respiro hondo. Lo intento. Sin embargo, el comentario me atraviesa y desata el peso que arrastro desde hace semanas.
—Pues mira, no va. No quiero seguir con la carrera —suelto, sin adornos.
El silencio que sigue es brutal.
Veo cómo a mi padre se le borra la expresión.
Transita del desconcierto a la incredulidad en cuestión de segundos.
Sé que no es el momento ni el lugar, pero ya está hecho.
Jennifer se remueve en la silla, incómoda.
Y mi padre... él simplemente se queda mudo.
No suele perder la palabra; hoy lo he conseguido.
—Alicia... —empieza, pero la frase muere ahí.
La culpa me roe un poco, sí. Pero también experimento un alivio cruel. Como si por fin hubiera liberado un secreto que guardaba desde hacía demasiado tiempo. Jennifer abre la boca, tal vez para mediar, tal vez para cambiar de tema. Levanto la mano y freno su ademán.
—No, de verdad. No ahora. Solo quería ser clara. Ya hablaremos. —Miro a mi padre—. Pero no quiero seguir con este oficio. No es lo que pensaba. Y me niego a fingir que sí.
Me levanto antes de que nadie reaccione. Noto sus miradas en la espalda, cargadas de sorpresa, desconcierto y decepción. No me importa. No ahora. La rabia me empuja y sé que, si me quedo un minuto más, acabaré por decir algo peor.
Entro en mi habitación y cierro la puerta con un portazo.
Me dejo caer sobre la cama, jadeo como si acabara de correr un maratón.
Siento el pulso acelerado, las emociones revueltas a modo de tormenta bajo la piel.
Y solo puedo pensar en él. En Josh. En cómo desearía que estuviera aquí, ahora mismo, para abrazarme, para decirme que no pasa nada y recordarme que no navego sola.
◆◆ ◆
Es tarde. El sol empieza a colarse por las ventanas a la vez que alarga las sombras sobre el suelo.
Bajo a la cocina en busca de algo que me calme: una infusión, una excusa, cualquier estímulo que me saque de los pensamientos que giran en bucle dentro de mi cabeza.
Abro la puerta… y encuentro a Engel de pie junto a la encimera; muerde una manzana con total parsimonia.
Su presencia me golpea en seco. Me recuerda todo lo que omitimos, todo lo que permanece en el aire, sin resolver.
—Hola —digo, en un intento por sonar casual mientras me acerco al armario a por una taza.
—Hola, Alicia —responde con la boca medio llena. Traga el bocado y se limpia con el dorso de la mano—. ¿Cómo estás?
No contesto. El reloj de la pared parece marcar los segundos con más fuerza de lo normal. Al final, es él quien rompe el silencio con una pregunta que me congela la sangre.
—Y… ¿cómo van las clases con Josh?
Me giro de forma lenta. Cruzo los brazos. La pregunta suena inocente, pero me pincha por dentro. Hay un matiz en su tono y en su mirada que despierta mis sospechas.
—No voy a hablar contigo sobre Josh —sentencio, más fría de lo que pretendo.
Engel levanta las manos en un gesto de tregua, aunque sus facciones se tensan.
—Vale, no quería meterme donde no me llaman. Solo... —Hace una pausa y baja el volumen—. No quiero que te comas la cabeza por lo que pasó entre nosotros. No seré yo quien interfiera en tu relación, por mucho que me gustes, Alicia.
Su confesión me atraviesa. Me incomoda. Me pesa. Y, sin embargo, soy incapaz de moverme. Él continúa con su discurso, como si le resultara imposible callarse más.
—Llevas días sin decirme una palabra. ¿Es eso lo único que quieres preguntarme?
—Te he dado espacio. Era lo que pedías.