Rompiendo las olas Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

—¿Mi madre? —repito, como si acabara de escuchar un disparate—. Ni de lejos. Ni es mi madre, ni ocupará jamás ese lugar. Ni será nada si depende de mí.

Las palabras me salen sin filtro. La rabia, el bochorno y todo lo que me quema por dentro se me escapa por la boca antes de poder pensarlo dos veces. Josh no dice nada; su expresión se vuelve completamente ilegible.

Me doy cuenta de que he soltado más de lo que pretendo, y el silencio que sigue se vuelve espeso, incómodo. Un nudo se me forma en la garganta, arrepentida de haber sido tan impulsiva.

—Perdona... no debería haberlo dicho así —murmuro, a la vez que bajo la mirada—. Es un tema complicado. No quiero involucrarte en mis líos familiares. Y lo de mi padre... ha sido surrealista. No sabía que él te había atendido aquel día.

Josh guarda silencio unos segundos, hasta que exhala un suspiro y acorta un poco la distancia.

—No te preocupes, Ali. Todos arrastramos lo nuestro. Y lo de tu padre... supongo que hay coincidencias que pasan por algo.

Su tono es tranquilo. Cuando levanto la vista, encuentro una empatía absoluta en su mirada. No lástima, tampoco juicio. Solo comprensión.

—A veces siento que todo se me va de las manos —admito—. Y cuando aparece con Jennifer, como si todo fuera normal, es como si intentara tapar el pasado. Como si eso bastara.

Josh asiente, consciente de la gravedad de cada palabra.

—No tienes que cargar con eso tú sola —dice, y hay tanta ternura en su voz que me cuesta no venirme abajo—. Puedes contar conmigo, de verdad. Puedes desahogarte…

Curioso que hable en ello, porque hace nada sentí que me ahogaba en esa piscina, en su boca, en su rechazo.

—No quiero molestar.

—No me molesta.

—Ya… me molesta a mí.

—Si necesitas hablar… estoy aquí.

Aquella confesión me alivia más de lo que preveía, aunque en el fondo escuece. Hace nada ha dejado claro que lo nuestro se limita a lo estrictamente profesional. El discurso suena bien, resulta bonito… pero dudo de su sinceridad. Quizá la amabilidad es solo parte del trabajo.

—Siento lo de antes, por mi padre —insisto.

—Tranquila, no sabía que era… él —comenta, en un esfuerzo por sonar casual.

—Me alegra que estuviera allí para ayudarte… —empiezo, aunque no llego a terminar la frase.

—Sí, ya… —me corta, a la vez que se pasa una mano por el pelo—. Solo que... no me agrada regresar a ese día. No es fácil. Me alegra saber que fue él quien me ayudó, sí, pero... sigue siendo raro.

Nos quedamos callados. Las palabras que omitimos pesan más que las que pronunciamos.

Quiero acercarme, preguntarle más, entender lo que oculta detrás de sus silencios.

Sin embargo, su cuerpo ya se ha cerrado.

Josh da un paso atrás; lo percibo al instante y solo queda la sensación de que el aire entre nosotros se ha enfriado.

—Ali, creo que debería irme.

Evita mi mirada.

—¿Estamos bien? —pregunto, con el pecho a punto de estallar—. Porque yo...

Me falta el aire. Cada palabra me cuesta un mundo.

—Sí. Estamos bien —responde, desprovisto de convicción—. Es mejor dejarlo aquí.

—¿Por qué? —insisto, para evitar que se me quiebre la voz. Y entonces me lanzo, libre de filtros—. No quiero que esto acabe así. No después de lo que ha pasado entre nosotros.

Él parpadea despacio, incapaz de disimular la debilidad que lo atenaza. Cuando me sostiene la mirada de nuevo, delata un rastro herido. Un destello que lucha por mantenerse entero.

—No quiero causarte más daño del que ya arrastras. No por mi culpa. Me niego a convertir tu vida en algo aún más enredado.

Hace una pausa. Y aunque intenta defender su postura, sé que está a punto de derrumbarse. Lo que experimenta va por otro camino, y eso es justo lo que más me duele. Si el supiera lo que el corazón enreda .

—Josh… —susurro al dar un paso hacia él—. No eres tú quien complica mi vida. Al contrario... la haces más fácil de sobrellevar.

Contrae las facciones al cerrar los ojos, decidido a ignorar el impacto de la confesión.

—Ali, esto… lo nuestro… —su voz tiembla—. No sé si es lo mejor. Para ti. Para mí.

El nudo de mi garganta se aprieta. Deseo abrazarlo, retenerlo, impedir que se aleje, pero una barrera invisible se alza entre nosotros y no me atrevo a cruzarla.

—¿Y qué se supone que haga entonces? —pregunto, en mitad de una batalla por mantener la voz estable—. ¿Hacer como si nada de esto hubiera ocurrido? ¿Como si lo que siento fuera mentira?

Por un instante creo que va a rendirse, que vendrá a por mí. Pero en lugar de eso, niega con la cabeza, en un probable intento por ordenar su caos interior. No sé si lo siente igual que yo lo siento.

—No. No quiero que finjas. Solo… —inhala hondo—. Solo necesito tiempo. Tiempo para entender qué es lo correcto. No quiero que esto se convierta en algo de lo que te lamentes.

Sus palabras me desgarran. Sé que intenta protegernos, aunque la decisión signifique romperme en el proceso. Trago saliva y asiento despacio, a pesar de que todo mi ser protesta.

—Está bien —murmuro, con la voz hecha añicos—. Si eso es lo que necesitas...

Josh da un paso adelante y me toma de la mano con un tacto firme, cálido, contradictorio con su resolución.

—No es lo que quiero —susurra, a la vez que aprieta mis dedos—. Pero es lo que creo que debo hacer.

Nos quedamos así, anclados en un silencio que lo dice todo. Al final, soy yo quien rompe el contacto y retrocede. La distancia física entre nosotros es mínima, pero se siente como si nos separara un océano.

—Cuídate, Josh —acierto a decir, y me doy la vuelta sin mirarlo. Sé que si lo hago, no seré capaz de dejarlo marchar.

Camino hacia el interior de la casa. Cada paso pesa más que el anterior.

Al llegar a la puerta, me detengo; me obligo a mirar atrás.

Josh sigue allí, de pie, recortado por la luz de un anochecer.

La tristeza de su expresión es un espejo de la mía.

No es un adiós definitivo y, sin embargo, lo percibo como una pérdida irreparable.

—Voy a cambiarme de ropa. Bajo enseguida para llevarte al coche —digo con un tono más práctico del que siento, en un intento por disimular el temblor que me sube por la garganta.

—No hace falta. Ya sé salir. Solo ábreme el portón —responde con voz hueca, apagada. Ni rastro del chico que hace un rato me besaba con el alma.

Asiento sin añadir nada más.

Recoge las pertenencias sin prisa tras secarse con movimientos lentos, con la clara intención de ganar tiempo. Sale de la estancia sin cambiarse y sin pronunciar una sola palabra. Permanezco en el umbral, sintiendo el hielo de la despedida clavado bajo la piel.

Presiono el botón del mando para abrir el portón. El zumbido mecánico me resulta insoportable, así que busco el panel de control. La pantalla muestra la silueta de Josh de camino al coche, pixelada en blanco y negro. Las luces del vehículo parpadean. Sube, cierra la puerta y arranca.

Se aleja. Sin mirar atrás.

Me quedo frente al monitor, inmóvil, fija en el trayecto de su coche por el camino de entrada. La cámara lo sigue hasta que los pilotos traseros desaparecen más allá del portón. Y, con ellos, se apaga algo dentro de mí. No sé exactamente qué porción es, solo sé que ya no está.

La casa entera parece contener la respiración. El silencio me envuelve a modo de manta helada. No aparto la vista de la pantalla; me aferro a la imagen vacía como si pudiera revertir el tiempo, como si él fuera a aparecer de nuevo en mitad de una marcha atrás.

Pero no lo hace. No va a hacerlo.

Cierro los ojos. El hueco físico de la estancia se clava en el centro del pecho, espeso, calcado al vacío de la pantalla.

—Con él se ha ido algo más que un beso —murmuro—. Joder…

Caigo en la silla más cercana. Las lágrimas reprimidas terminan por desbordarse, silenciosas, lentas, calientes, inevitables.

Podría inventar mil razones para maquillar el escenario.

Podría repetir que Josh solo busca protección, que la honestidad manda, que es lo correcto. Pero ninguna lógica amortigua la caída.

Se ha ido. La brecha ya está abierta y la casa se me cae encima.