Capítulo 22 #2
Lo beso de nuevo, por puro instinto. Él acepta el contacto sin un solo titubeo.
Me acerco más, empujada por una necesidad visceral, y el encuentro se vuelve profundo, urgente.
Su respiración se agita contra la mía mientras le busco la nuca para enredar los dedos en el pelo húmedo.
Josh responde al instante; sus manos se tensan en mi espalda para presionarme contra su cuerpo.
El deseo se condensa entre los dos, real y eléctrico.
Noto su reacción, firme, clara, y un escalofrío me sacude entera.
Pero de pronto, se aparta. Rompe el contacto con la respiración descompasada. Me mira con los labios entreabiertos y los ojos cargados de una necesidad evidente… aunque asoma un matiz distinto en su mirada. Una sombra que me descoloca.
—Ali…, tenemos que parar.
Parpadear es lo único que logro hacer. Mi mente continúa atrapada en el calor de su piel, en el roce de sus labios. Todavía lo siento tan cerca. Tan mío.
—¿Parar? —pregunto, apenas en un hilo de voz. La palabra me atraviesa y me deja abierta en canal.
Josh asiente, pero sus manos no se retiran de mi cintura. La distancia física es mínima; la otra… inmensa.
—Sí. Parar —repite, como si a él también mi postura le costara convencerlo—. No quiero que la situación se nos vaya de las manos.
—¿Y qué sería eso exactamente? ¿Un error? —sueno más herida de lo que me gustaría.
—No es por ti, créeme. —Suspira con las cejas fruncidas y los labios apretados—. Es por todo. Por cómo empezó la tarde, por lo que acabas de revivir. Porque si seguimos… no estoy seguro de poder frenar. Y me niego a complicarlo más o a hacerte daño.
Quiero gritar que no me hace daño. Que lo que me destroza es que se aleje justo ahora.
—Tú no necesitas esto. Y yo... tampoco debería desearlo tanto —añade en voz baja.
Sus palabras duelen porque lo quiero justo así: con la intensidad de quien se excede. Intento soltarme de su abrazo. No porque lo desee, sino porque mi orgullo lo exige; aun así, sus palmas permanecen en mis caderas y yo tardo demasiado en retirar las mías de sus hombros.
—Vale —logro articular, en un amago de entereza que no poseo—. Lo entiendo.
Mentira. No entiendo nada. Y mientras salimos del agua con los cuerpos calientes y el alma encogida, me invade una tristeza sorda. Una punzada asentada justo en el centro del pecho.
Me toma la mano. Sus dedos se entrelazan con los míos con naturalidad, como si el gesto bastara para sostener lo que ha quedado suspendido entre nosotros. Pero no es suficiente para acallar la pregunta que me quema por dentro: ¿por qué se detiene si se sentía tan real?
—Ali, sé que lo de hoy ha sido duro, pero forma parte del proceso. No quiero que te cierres ahora.
«¿Proceso? Me da igual el tratamiento. Lo único que percibo es este vacío en el pecho que antes no estaba». El pánico a los tiburones es algo con lo que convivo desde hace años; el miedo a este rechazo recién nacido… ese sí que me rompe en dos.
—No sé si tiene sentido seguir con las sesiones —susurro. La voz se me quiebra antes de terminar—. Ya has visto lo que me pasa. No puedes hacer nada.
Y, sin embargo, lo que pretendo transmitir en realidad es que no sé si podré continuar a su lado sin recordarlo todo. Sin evocar cómo me hizo sentir y cómo se retiró justo cuando más lo necesitaba.
Me coge el rostro con delicadeza, resuelto a obligarme a mirarlo. No obstante, aparto la vista, incapaz de sostener su mirada en un instante así.
—Mírame —me pide con voz suave.
No puedo. Las lágrimas caen sin avisar, calientes y silenciosas.
Sus pulgares enmarcan mis facciones en un intento por retenerlas, pero la mayoría se escapan y resbalan entre sus dedos.
Limpia algunas con torpeza mientras otras se pierden sin remedio.
Ninguno añade nada. El silencio pesa y el vacío se vuelve más hondo.
—Ali, por favor, mírame —insiste. Esta vez su voz suena más urgente, casi como una súplica.
Al final, rindo las defensas. Levanto la cabeza, derrotada, y me encuentro con sus ojos.
Jadeo con los labios temblorosos, incapaz de ocultar lo que experimento.
Veo la pena y la preocupación en su rostro.
Por un segundo, me convenzo de que se arrepiente de haberse apartado.
Algo en su expresión me grita que comparte mi tormento, que lucha contra su propio deseo solo por hacer lo correcto.
Porque busca protegerme. Quiero creer eso: que lo hace por cuidarme y no por falta de interés.
Aunque una parte de mí se resiste a las dudas.
¿Y si simplemente no siente lo mismo? ¿Y si todo ha sido un espejismo, una ilusión fruto de mi necesidad?
El pensamiento me atraviesa como un puñal .
—Josh… —mi voz sale rota—. No entiendo.
Él cierra los ojos, víctima de un dolor limpio.
Parece buscar el modo de explicarse sin destrozar lo que nos queda.
Y yo, empapada y vulnerable en el borde de la piscina, solo puedo esperar.
Aguardar una palabra que me saque de la incertidumbre, una certeza de que no peleo sola en este desastre.
Abre la boca, a punto de hablar... Pero unos pasos quiebran la intimidad.
Doy un paso atrás a la vez que me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, en un intento por borrar el rastro de lo ocurrido.
Demasiado tarde. La figura de mi padre aparece a unos metros, sonriente, ajeno a la tensión que flota en el aire. Y no viene solo.
—¡Alicia! —saluda con alegría, sin rastro de la incomodidad de nuestra última charla—. ¡Ah, veo que estás bien acompañada!
El estómago se me hunde al confirmar la identidad de su acompañante: Jennifer.
Su novia, prometida o lo que sea, que no debe de tener ni diez años más que yo.
Luce un cabello perfectamente peinado y una sonrisa blanca de catálogo; se planta a su lado como si formara parte de la escena, convencida de tener algún derecho a estar aquí.
—Hola, Alicia —dice con ese tono dulce que tanto me exaspera—. ¡Qué sorpresa veros por aquí!
Fuerzo una sonrisa que me cuesta incluso dibujar en la cara. Miro a mi padre a la espera de que capte lo incómodo de la situación, pero él continúa como si nada. Como si no me hubiera interrumpido en el peor momento posible.
—Papá. Jennifer —saludo, con más frialdad de la que pretendo—. ¿Qué hacéis aquí?
—Pasábamos cerca y pensé en darte una sorpresa —responde él con una ligereza que me crispa los nervios—. Pero veo que no estás sola. —Sus ojos viajan de Josh a mí. Por un instante juraría que se le ensombrece la expresión, pero el destello desaparece tan rápido que no puedo asegurarlo.
—No queremos molestar —interviene Jennifer, tan encantada de conocerse como siempre—. Solo queríamos saludar. ¡Y ver qué bien os lo pasáis!
—No estábamos haciendo nada —respondo demasiado deprisa, en un esfuerzo por convencerme a mí misma más que a ellos.
—Claro, claro —dice mi padre, con una risa que suena un poco forzada. Se queda ahí, dubitativo, como si una frase le quemara la lengua y no supiera si soltarla o tragársela.
Asiento sin saber muy bien qué responder. Josh permanece en silencio a mi lado, con la mirada clavada en el suelo. La aparición de mi padre y Jennifer lo ha cambiado todo; rompe la burbuja que compartíamos y trae de golpe la realidad más cruda .
Josh se incorpora, como si recordara de pronto los modales, y se acerca a ellos con una sonrisa educada.
—Hola, soy Josh Hamilton —dice, a la vez que tiende la mano primero a Jennifer, que responde con su saludo de anuncio, y luego a mi padre—. Un placer conoceros.
Mi padre estrecha su mano, pero no lo suelta de inmediato. Lo observa con atención, concentrado en ubicarlo. Después baja la mirada hacia su pierna. La extremidad que Josh arrastra un poco al caminar.
—Espera un momento... —murmura, y frunce el ceño mientras fija los ojos en él—. Te conozco. Tu cara me suena mucho.
Josh parpadea, desconcertado, y se ríe con cierta incomodidad.
—Puede que nos hayamos cruzado por aquí, pero no lo recuerdo, lo siento.
Su voz es amable, pero noto cómo se le tensa el cuerpo por completo.
—No, no es eso —insiste mi padre, con un leve movimiento de cabeza—. Fue hace unos años… Ya me acuerdo. —Me mira a mí y luego regresa a Josh—. Yo te atendí el día del accidente. Soy médico de urgencias. Estabas muy mal, muchacho. Me alegra ver que te recuperaste.
La atmósfera se congela de inmediato. Josh no cambia el gesto, pero sé que el comentario le ha tocado una fibra sensible. Su rostro se endurece apenas, a pesar de que intenta mantener la neutralidad.
—No recuerdo mucho de ese día —responde, esta vez con un volumen más bajo—. Fue bastante confuso.
Jennifer observa en silencio. No parece preocupada, solo interesada. Mi padre asiente despacio, como si descifrara el silencio de Josh mejor que sus palabras.
—Sí… claro. Yo no lo he olvidado. Pero entiendo que, en tu estado, todo resultara borroso. Me alegro de verte bien.
Josh inclina ligeramente la cabeza a modo de agradecimiento, pero evita añadir nada más. Puedo ver en sus ojos que algo se ha removido con fuerza, y yo, de pie a su lado, no sé cómo alcanzarlo.
—Bueno, no os molestamos más —dice por fin mi padre, resuelto a romper la tensión—. Luego hablamos, ¿vale, cariño? Ya estoy de vuelta. Ah, y Jennifer se queda esta noche conmigo. Buenas noches, Josh. Fue un placer volver a verte.
Asentimos sin responder y los vemos alejarse en silencio.
Josh continúa con la vista fija en el suelo y los hombros ligeramente encogidos.
Cuando por fin desaparecen de nuestra vista, me vuelvo hacia él, dispuesta a decir algo que rompa la incomodidad que lo envuelve.
Sin embargo, se me adelanta. Levanta la cabeza y me dedica una sonrisa débil .
—Lo siento por esta interrupción. No lo esperaba —comento, a la vez que libero la amargura en cada palabra—. Pensaba que mi padre estaba de viaje. No sabía que viniera con esa… mujer.
Josh alza una ceja. Ha captado el tono al vuelo.
—¿Es tu madre?