Capítulo 22
El agua se calienta
Hay heridas que no se ven hasta que alguien las roza con los dedos. Hasta que te sumerges tan profundo que el aire deja de ser suficiente. Y entonces lo recuerdas todo. Lo que intentaste enterrar. Lo que te enseñó a tener miedo.
—Quiero que te relajes. Estás bien, todo está bien. Estás en un lugar seguro de tu mente —dice Josh a la vez que su voz me suena más lejana que antes, como si me llegara a través de un túnel.
Mi corazón late desbocado. El miedo se apodera de mis manos y mis pies; paraliza mis piernas hasta volverlas dos bloques de hormigón.
Siento el pánico en la sangre, convertido en un río de fuego que arde con cada latido.
Busco respirar, me resisto a la sensación, pero las imágenes regresan una y otra vez, implacables.
De pronto, aparecen tiburones. Al principio solo uno, que nada a lo lejos con su silueta siniestra recortada contra la luz que se filtra en la piscina.
Luego se suman más y más, en círculos lentos y perfectos a mi alrededor.
La visión resulta tan vívida que me congela.
Siento la presión del agua que me envuelve, helada y densa.
Mis pulmones se contraen. El aire no llega.
Me esfuerzo por recordar las palabras de Josh, por aferrarme a su voz.
—Eres tú, Ali, quien controla la situación. Mantente tranquila.
Pero ya no me encuentro en su voz. Abro los ojos y solo veo agua por todas partes.
Floto sin tierra a la vista. La corriente tira de mí desde abajo y me arrastra hacia lo desconocido.
Las sombras de los tiburones nadan cada vez más cerca; sus aletas cortan la superficie como cuchillas.
El cuerpo reacciona antes que la mente: el pánico toma forma, se hace físico, tangible.
Empiezo a respirar con violencia, en una lucha desesperada por un oxígeno que se niega a entrar.
El agua me cubre por completo. Estoy sola. Completamente sola.
El miedo se transforma en algo sólido que me oprime el pecho y me nubla los pensamientos. Las imágenes son tan reales que casi experimento la piel áspera de un escualo al rozar la mía. No hay salida. No hay refugio. Solo el océano inmenso y oscuro. Y yo, a su merced.
—Ali, por favor, mantén la calma. Estás bien.
El pánico se desborda como una ola gigante que me arrastra sin remedio.
Un grito se escapa de mi garganta, áspero, roto, irreconocible incluso para mí.
Grito una y otra vez, hasta que la voz se me deshace en un hilo, desgarrada por el terror.
Estoy perdida en mitad del océano, rodeada de sombras que giran.
El agua me envuelve a modo de cárcel líquida.
Entonces, unos brazos fuertes me atrapan y me arrastran hacia la superficie.
Es Josh. Percibo su presencia antes incluso de verlo.
Sólida. Protectora. Me rodea y me atrae contra él.
Mi cuerpo, descompuesto por el temblor, se aferra al suyo con desesperación.
Mis dedos se clavan en sus hombros, convertidos en mi único ancla en un mundo que se desmorona.
—Ali, estás a salvo. Todo está bien. Estoy aquí contigo. Respira... solo respira —susurra Josh con una voz firme, pero suave, resuelto a abrirse paso entre el caos de mi mente.
El agua sigue rugiendo en mis oídos, pero su abrazo y el calor de su cuerpo contra el mío me devuelven a la realidad.
Aún no soy capaz de abrir los ojos; me niego a enfrentarme a la imagen del océano infinito o a las siluetas de los tiburones.
Me escondo en su cuello, asimilo su olor y busco refugio en el latido constante de su corazón.
Josh me sujeta con fuerza. Sus brazos me envuelven como un escudo.
Poco a poco, su voz consigue atravesar la niebla espesa del pánico.
Repite mi nombre una y otra vez, como una promesa.
Siento sus manos en mi espalda a la vez que dibujan círculos lentos.
Cada caricia es una ola de calma que lucha por apagar el incendio que me arde dentro.
—Estoy aquí, Ali. No voy a soltarte. Estás a salvo. Respira conmigo. Inhala... exhala... así, despacio. Estoy aquí.
Apenas puedo pensar, incapaz de sentir otra cosa que no sea ese miedo que me atraviesa las venas, pero me obligo a seguir su ritmo.
Inhalo, a pesar de que la respiración todavía me tiembla.
Exhalo y experimento un pequeño alivio. Me aferro a Josh como si fuera mi faro en mitad de la tormenta.
Como si solo sus brazos pudieran impedir que me hunda.
Y funciona.
Poco a poco, el mundo empieza a disolverse.
Las imágenes de los tiburones y el rugido del agua se desvanecen ante la presencia constante y firme de Josh.
Su voz me apacigua. Su calor me devuelve el cuerpo.
Y aunque el miedo permanece ahí, agazapado bajo la piel, me doy cuenta de que ya no estoy sola. Estoy con él.
Mi corazón empieza a calmarse a la vez que se acompasa con el suyo.
Todavía noto el agua alrededor, pero ya no me amenaza.
Floto, sostenida por sus brazos, y de algún modo, eso basta.
Abro los ojos muy despacio. Me encuentro con los suyos, tan cerca que podría contar cada tono de verde que los compone.
Me mira con una intensidad que me enciende las mejillas, incluso en mitad del caos.
—¿Mejor? —pregunta. Su voz es suave, aunque en ella resuena una preocupación que no había percibido antes.
Asiento, sin atreverme a romper el contacto visual. Sigo abrazada a su cuello. Nuestras piernas están enredadas bajo la superficie. No me suelto. Me niego a soltarme.
—Me has asustado de verdad —susurra Josh, con una sonrisa leve que no logra borrar la seriedad de sus ojos.
—Lo siento —murmuro, atrapada entre la vergüenza y algo más. Algo nuevo. Algo que hace que mi pulso se acelere de nuevo.
—No lo sientas —responde, con un leve movimiento de cabeza. Sus dedos me rozan la mejilla y un escalofrío me recorre la piel—. Solo que no quiero verte así. No soporto verte con miedo.
Su toque es tan delicado y tan íntimo que todo lo demás desaparece. Cierro los ojos un segundo para dejarme llevar por la sensación. Sus dedos bajan por mi mejilla hasta la mandíbula, y luego descienden por el cuello. Me estremezco.
—Josh... —susurro, al volver a mirarlo.
—Ali... —admite con voz ronca, acortando el espacio entre los dos—. Deja de pelear contra todo por un momento. Puedes apoyarte en mí.
Me dejo arrastrar por sus palabras, un canto de sirena irresistible. Me inclino hacia él sin dudar. La distancia se reduce a nada; noto su respiración mezclada con la mía. El tiempo se detiene en ese milímetro de separación.
—Josh... —vuelvo a susurrar, con un leve temblor.
—Estoy aquí, Ali. Siempre voy a estar aquí —murmura, con una sinceridad que me atraviesa.
Las promesas me arropan. Me acerco un poco más, hasta que nuestros labios se rozan y una intensa corriente eléctrica me sacude entera. Justo antes del beso, Josh sonríe con picardía, decidido a restar gravedad al momento.
—No nos vamos a besar ahora, ¿verdad? —pregunta, con el tono ligero que utiliza cuando quiere romper mis defensas sin que se note.
—¿Y si lo hiciéramos? —respondo, incapaz de ocultar la sonrisa.
—Bueno… podríamos… —Baja la mirada al agua que nos rodea y frunce los labios, en un gesto de fingida evaluación—. O esperar a estar en un sitio menos... mojado.
La risa estalla entre los dos, fácil, suave, y por un instante el peso desaparece.
Seguimos tan cerca como antes; reír parece solo una estrategia para no dejarnos arrastrar por el impulso.
Los brazos continúan a mi alrededor y las manos descansan en la nuca; me niego a desprenderme de la tregua que me ofrece el cuerpo.
—¿Y si no quiero esperar más? —me atrevo a decir, consciente de que el rubor ya me delata.
Josh alza una ceja, encantado con mi osadía. La sonrisa que dibuja ahora es más lenta, más segura, y juro que noto cómo se me encoge el corazón.
—¿De verdad? —su voz baja un tono, más grave, casi como un reto—. Entonces, dime… ¿qué vas a hacer tú con eso?
La mirada que me echa me arrastra. No sé si es la seguridad con la que me sostiene o el calor que me enciende la piel, pero el impulso se impone. Me acerco. El cuerpo conoce el camino mejor que la cabeza. Los labios quedan a un suspiro de distancia.
—Creo que esto... —murmuro, antes de borrar el espacio y buscar el beso.
Empiezo despacio, a fin de tantear el terreno y saborear el instante.
Josh responde con fuerza, con unas ganas contenidas que ahora se desbordan.
El abrazo se vuelve más firme; la boca, más urgente.
Todo se reduce a la presión de los labios y al modo en que su anatomía se acomoda a la mía, empapada, cálida, real.
Su lengua me encuentra y el temblor de su deseo me hace estremecer. Me muerde el labio inferior con delicadeza, pero con clara intención, y mi respiración se agita. No existe pensamiento capaz de frenar esto. Solo ganas.
Cuando nos separamos, ambos jadeamos, con los labios todavía húmedos y la piel de gallina.
—Pues... —consigue articular, con una sonrisa que le inunda los ojos—, eso ha sido algo.
—¿Algo bien o algo regular? —pregunto, en un amago de indiferencia, a pesar de que no podría estar más expuesta.
Josh suelta una carcajada, baja y envolvente, y me aprieta de nuevo.
—Algo brutal, Ali. Sin duda.
Y mientras me sostiene, a la vez que el agua nos mece y su mirada se clava en la mía como si aún estuviéramos enredados en el beso, lo sé: esto no es solo algo. Es todo. Y, por primera vez en años, empiezo a creer que el mar no tiene por qué tragarme entera si alguien sabe cómo mantenerme a flote.