Capítulo 21 #3
Escucho sus palabras, pero no resulta sencillo trasladarme a ese lugar. ¿Mi pensamiento más feliz? Tardo varios segundos en dar con algo, en buscar entre los recuerdos sin saber muy bien por dónde empezar.
—Espera —susurro.
—Tómate el tiempo que necesites. Cuando estés ahí, en ese sitio que te produzca felicidad, bienestar y tranquilidad… me lo dices.
Cojo otra bocanada de aire y vuelvo a sumergirme en mi mente.
Busco algo que me resuene de verdad. Hago un esfuerzo…
pero nada aparece con claridad. ¿Un momento feliz?
A ver… quizás… no, eso no. El día que aprobé todos los exámenes fue eufórico, sí, pero no necesariamente feliz.
¿Mi décimo cumpleaños? Lo recuerdo como un día genial, con una fiesta perfecta…
aunque no estaban todos los que quería, así que también lo descarto.
Qué complicado es esto. Pero claro, ahora lo entiendo: nadie sabe que está viviendo el momento más feliz de su vida mientras lo está viviendo.
Vale, lo tengo.
El día que fuimos con el colegio a la granja escuela.
Sin duda, uno de los más felices. Sentí que mi amor por los animales era incondicional; fue entonces cuando empecé a soñar con una vida donde siempre estuvieran presentes.
Lo recuerdo perfectamente. Resultó difícil sacarme de allí.
Hicimos de todo: aprendimos a elaborar queso casero con la leche que ordeñamos de las vacas, dimos de comer a los animales y fuimos a buscar huevos a los gallineros… muertos de miedo por si nos picaban.
No puedo evitar una sonrisa al evocar la cara de Anabel, aquella chica tan engreída de nuestra clase que decidió llevar un vestido de tul a la excursión… y acabó con la malla completamente cubierta de caca de pájaros, la pobre. Por poco suelto una carcajada al recordarlo.
—Veo que has llegado a tu sitio.
—Sí.
—Quiero que tomes conciencia de las emociones que te traen esos recuerdos. Dímelas en voz alta.
—Nostalgia, tal vez… —pienso en lo que experimento—. Algo de diversión… y quizá entusiasmo. Sí, evocar a los animales me sienta bien.
—Muy bien, Ali, lo haces genial. Ahora voy a soltarte un momento, pero no te preocupes. Todo está bien. Estás flotando, y tú sola puedes mantenerte a flote.
Siento cómo su mano se desliza con suavidad a la vez que se aleja de mi espalda. Y tal como me ha anunciado, permanezco en el mismo lugar, suspendida sobre el agua. Con los ojos cerrados, me envuelve una sensación de tranquilidad absoluta.
—Lleva la atención a tu respiración —me guía—. Primero inspiras profundamente y sueltas el aire de forma que alargues la exhalación. Y así, poco a poco, comienzas a conectar contigo.
Logro relajarme por completo. Pierdo la noción de mi propio cuerpo; más que flotar me siento sobrevolar.
—El oxígeno que entra en tu organismo se extiende por todas tus células —continúa—. Sigue respirando a tu ritmo. Tu mente comprende que estás en un lugar seguro, donde cuidas de ti y donde no hay nada que temer. Te sientes bien. Te sientes en paz.
Y es cierto, sucede justo como lo describe.
—Voy a contar hasta tres, y cuando llegue a tres, te sentirás aún más relajada. Uno... dos... tres.
Tras unos segundos, el estrés se desvanece. Me inunda un estado de profundo bienestar. Mis emociones se vuelven perfectamente manejables; puedo ver y sentir la calma que habita en mi interior. Me gusta esta sensación.
—Ahora… —la voz de Josh se vuelve más grave, más íntima—, vamos a adentrarnos en lo más profundo de tu ser, donde están almacenados todos esos archivos de información que, hasta hoy, determinan cómo experimentas las cosas.
Imagina tu mente dividida en diferentes capas.
La más superficial contiene los datos que recuerdas sin esfuerzo.
Por ejemplo, la última vez que te asustaste al pensar en el animal con el que vamos a trabajar.
Por primera vez en toda la sesión, noto un atisbo de tensión.
—Después hay más estratos y, a medida que profundizamos, la información se vuelve menos accesible.
Así que vamos a ir quitándolos, uno por uno, hasta llegar al núcleo.
Voy a contar del uno al diez y, cuando llegue a diez, habremos alcanzado la capa más profunda de tu mente.
La más inconsciente. Uno... primera capa...
visualiza cómo se despliega... sientes más espacio en tu mente...
dos... segunda capa, una menos... tres...
tercera capa, vas descendiendo... cuatro...
cuarta capa, más profundo... cinco... quinta capa, tu mente está muy tranquila...
seis... sexta capa... siete... séptima capa...
ocho... octava capa, te sientes serena y receptiva...
nueve... novena capa, entras en un trance profundo...
y diez... última capa. Tu inconsciente se abre.
Ahora tienes acceso a todo el contenido de tu mente.
A toda la información que necesitas conocer en este momento.
Deja que venga a ti el instante y el lugar donde tu fobia a ese animal se desencadenó.
Mi mente se sumerge en esa oscuridad tranquila, guiada por la voz de Josh. Poco a poco, las barreras desaparecen, una tras otra, hasta que todo queda en silencio.
Y entonces, una imagen empieza a formarse.
Borrosa al principio, pero cada vez más nítida.
Es un día soleado; percibo el calor del sol sobre la piel.
Tengo unos siete años, quizá menos. Estoy en la playa.
Siento la arena caliente bajo mis pies desnudos.
El sonido constante de las olas al romper en la orilla me envuelve.
Mi padre está conmigo. Lo veo con su tabla de surf bajo el brazo, ríe con el pelo alborotado por el viento.
Me anima a entrar en el agua para disfrutar de las olas pequeñas mientras él se prepara para surfear.
Me adentro en el mar y noto cómo el agua me cubre primero los tobillos y luego las rodillas.
Me siento valiente. Quiero ser como él. Quiero sentir la libertad del océano.
De repente, una ola más fuerte me sorprende.
Pierdo el equilibrio. El agua me cubre por completo y el mundo se convierte en un torbellino de espuma y sal.
Intento mantener la calma, pero el pánico se instala en mi pecho.
No puedo respirar. No puedo ver. Doy vueltas y vueltas; me siento pequeña, frágil e insignificante en medio de esa inmensidad.
Es entonces cuando lo veo: un destello gris bajo el agua.
Una sombra que se mueve rápida y sigilosa cerca de mí.
El corazón se me dispara y noto un nudo en el estómago.
Mi mente infantil no puede procesarlo, pero sé que es algo grande.
Algo peligroso. Intento gritar, pero el agua me llena la boca y me ahogo en el silencio.
La imagen se vuelve borrosa de nuevo. El brazo fuerte de mi padre me arrastra hacia la superficie a la vez que me saca del agua. Toso. Respiro a trompicones. Pero estoy a salvo. Estoy en sus brazos.
Miro el océano desde la orilla. Lo veo inmenso, amenazante.
Esa sombra gris sigue ahí, en alguna parte, a la espera.
Siento cómo la calma regresa lentamente mientras me aferro al recuerdo de mi padre y a su sonrisa tranquilizadora.
Sin embargo, el miedo permanece implantado como una semilla en lo más profundo de mi ser.
Una semilla que ha ido creciendo con cada susurro de las olas.
Ese fue el día en que todo empezó. El día en que el océano dejó de ser un lugar de juegos y se convirtió en un escenario de amenazas invisibles.
Tengo la respiración entrecortada. Las imágenes se disuelven, pero el miedo, ese temor primitivo, sigue palpitando en mi pecho. Ahora sé de dónde viene. Ahora entiendo por qué.