Capítulo 21 #2
—¿Qué es ser normal y corriente? —le cuestiono—.
Quizá lo diga porque yo tampoco comulgo demasiado con el concepto.
Hoy en día somos de todo: neurotípicos, neuróticos, discapacitados, superdotados...
Un catálogo de etiquetas que, aunque resulten necesarias, al final solo nos reducen a rótulos en una estantería.
Si algo he aprendido de los animales es que, dentro de sus especies, simplemente son lo que son.
Magullados, dañados, vivos, enteros o a trozos. Pero solo eso: animales. Como nosotros.
Josh me escucha con una atención absoluta. Lo leo en sus ojos.
—Entiendo lo que quieres decir —responde con serenidad—. Es cierto que los humanos nos pasamos la vida en un intento por comprender el entorno, y los nombres nos ayudan a poner los puntos sobre las íes. Aunque lo que debería suponer un progreso a veces se convierte en la pesadilla de muchos.
—Ya... Si te sirve de consuelo, creo que te has adaptado a tu realidad con una valentía enorme. Desde que te conocí, no te percibo a través de tus limitaciones físicas. De hecho, muchas veces ni me fijo en ellas.
—Pero es inevitable que en algún momento lo hagas —comenta, con un deje de tristeza—. Es un rasgo disociable de nuestra naturaleza. Siempre me verán como a alguien con una discapacidad, da igual lo que logre.
—¿Discapacidad? ¿Por ser diferente? Yo no te veo así.
Te veo como alguien con una increíble capacidad de superación.
Has podido sostenerme en el agua durante más de una hora cuando yo, con mis dos piernas intactas, no era capaz ni de mantenerme a flote.
Eso no te vuelve a ti el limitado; al contrario, me convierte a mí en alguien bastante inhabilitada.
—Gracias por tus palabras. Imagino que, con tu mentalidad de veterinaria, analizas las cosas desde otro prisma y se agradece. Pero no todo el mundo piensa como tú, Ali.
—Josh, te veo dentro de unos años con una vida plena, aunque ninguno sepamos muy bien qué significa eso.
Viviendo, con una pareja, una familia, hijos o lo que desees.
No te considero limitado. Tienes el cielo por techo, y hasta el océano.
Posees una carrera, eres brillante en el surf, enseñas y ayudas a otros. ¿Eso no cuenta?
Sus ojos brillan con intensidad.
—Yo lo siento así, Ali. No voy a mentirte: no siempre he tenido ganas de salir adelante.
Y puede que haya metas que ya no crea posibles, como esas que acabas de mencionar.
Algunas no dependen de mí; entiendo que nadie quiera compartir su vida con alguien en mi situación si puede elegir a una persona cuyas dificultades no resulten tan evidentes.
Su confesión me entristece más de lo que esperaba.
—¿Tú te sientes limitado? —Me cuesta oírlo hablar con tanta dureza de sí mismo.
Este Josh dista del que conocí; percibo su pérdida, pero todavía más el nudo que le aprieta el alma—.
Porque yo no te veo así, Josh. Ya te lo he dicho, ejecutas maniobras que yo ni me atrevo a intentar.
Eres joven, atractivo, tienes un cuerpo de infarto, dominas el mar y guías a otros a superar sus miedos. Chico... ¡eres perfecto!
Me callo de golpe. He soltado todo el flujo de mis pensamientos sin filtro. Y por cómo me mira, con una mezcla de sorpresa y esa sonrisa torcida, sé que me he excedido en claridad. Básicamente, le acabo de confesar el impacto que me causa. Sospecho que tengo las mejillas como tomates.
—No soy perfecto, Ali. Es que tú me miras con buenos ojos. Es muy bonito que pienses eso de mí y, créeme, me acabas de regalar un subidón enorme porque dudo que nadie me haya halagado así jamás... Pero no es del todo cierto.
Trago saliva.
—Ninguno lo somos. Pero, entre tú y yo, uno está más cerca de conseguirlo. Y no soy yo —lo digo con total sinceridad.
—Parece que los dos tenemos asuntos en los que trabajar. Y, si te parece, dejemos de hablar de mí para centrarnos en lo que necesitas.
La vulnerabilidad del instante me lleva a pensar que Josh nunca podrá cubrir mis necesidades, porque las tengo instaladas en zonas de mi cuerpo que ni arrancarían mis propios miedos si intentara confesarlas.
Acaba de mostrar su lado más frágil y humano; para mí, en cambio, el gesto solo demuestra la fortaleza que posee, lo buena persona que es.
El descubrimiento me deja anonadada. Josh me parece una de esas personas que ya no existen, y antes muerta que admitir que este chico tiene todas las papeletas para que me enamore de él. Es demasiado fácil quererlo.
Resulta imposible negar su atractivo. Su forma de hablar, pausada y siempre respetuosa; su manera de atender a los demás de forma genuina y generosa; su cuerpo, que destila salud y magnetismo.
¡Por Dios! Este chico no puede ser real.
Aunque sea solo una parte de su cuerpo la que está mecanizada, quiero creer que es un diseño programado para resultar idílico.
Se lanza al agua y luego se acerca al borde para tomarme en brazos. Me dejo hacer sin rechistar. Hoy se ha ganado mi confianza y mis ganas de permitir que dirija todo el proceso. Si consigue conmigo la mitad de lo que ha logrado consigo mismo, me doy por satisfecha.
—Vamos a empezar con unos ejercicios de relajación y distensión.
—De acuerdo. Tú me guías.
—Sí. Siempre.
Pasamos más de hora y media concentrados en los ejercicios.
Me encanta cuando me ayuda con la relajación, una especie de meditación que me desconecta por completo del entorno.
Da igual el agua o el escenario: me relaja tanto que siento que el método funciona de verdad.
Cuando terminamos, ya casi son las dos horas de sesión.
Josh se disculpa; debe regresar a casa para atender asuntos familiares.
Le pido que los salude de mi parte y le agradezco la acogida del otro día.
Quedamos en vernos en cuarenta y ocho horas para la siguiente cita.
◆◆ ◆
Durante esa semana, noto un cambio evidente en mi estado de ánimo.
Me siento mucho más tranquila y las tardes con Josh me sientan de maravilla.
No he vuelto a ver a mi padre. Según Rosemary, tuvo que ausentarse unos días por motivos laborales —cirugías, guardias, la rutina de siempre—.
Tampoco me ha llamado, así que imagino que el enfado por nuestra discusión persiste.
Mi madre me llama casi a diario; hablamos de todo, menos de él.
Mientras tanto, mis amigos de España han convertido el chat grupal en un programa titulado La vida de Alicia , donde despliegan toda clase de teorías sobre mi día a día en Malibú.
Tampoco he vuelto a ver a Engel. No se ha dignado a llamarme ni ha aparecido en ninguna de las ocasiones en las que he quedado con Delia y Blair. Sé que me evita. Y yo a él. Aunque, para ser justa, fui yo quien pidió espacio, y debo admitir que me concede justo eso.
Llega el viernes. Hoy tengo sesión con Josh. Aparece puntual, como siempre, y arrancamos con los ejercicios. Sin embargo, esta vez cambia la dinámica. Lo que sugiere me incomoda más de lo habitual.
—Ali, sé que esto va a resultar más duro para ti, pero una de las formas de superar tu fobia consiste en encarar el miedo directamente.
—¿Cómo? ¿Vas a soltar un tiburón en la piscina?
Mi pánico es tan irracional que, de inmediato, escaneo el agua con la mirada, como si de verdad pudiera haber una criatura ahí dentro. Josh me observa en silencio. Con atención. Como siempre.
—¿Confías en mí?
—Sí… —siseo, algo aprensiva.
—Cierra los ojos y déjate llevar. Quiero que te concentres en lo que voy a decirte. Esta sesión tiene un componente de hipnosis, pero quiero que sepas que estaré a tu lado en todo momento.
Asiento con la cabeza, a la vez que mi respiración se vuelve más pesada.
Lentamente, con una sensación de opresión en el pecho, cierro los ojos.
Estamos en una zona de la piscina donde el agua apenas nos llega al pecho.
Siento las manos de Josh bajo la superficie; me sujeta por la cintura y me inclina hasta dejarme flotar.
Una de sus palmas se queda fija bajo mi espalda para mantener el equilibrio.
Entonces oigo su voz, muy cerca de mi oído.
—Relájate. Todo está bien. Cierra los ojos y espira por completo por la boca. Inspira despacio por la nariz hasta la cuenta de cuatro. Aguanta la respiración hasta siete. Y, por último, expulsa el aire lentamente por la boca hasta ocho.
Hago exactamente lo que me indica, concentrada como si estuviéramos en una clase de yoga .
—Muy bien, lo haces genial. Ahora quiero que te centres en tu cuerpo. Siente cómo todo fluye en tu interior.
Me esfuerzo por seguir sus pautas. Mi corazón, todavía fuera de ritmo, late con una irregularidad que me resulta casi familiar, pero mi respiración empieza a calmarse.
—Eso es. Respira. Libera toda la tensión. Inspira profunda y lentamente por la nariz, siente cómo tu abdomen se expande con cada inhalación… y cómo se contrae con cada exhalación. Concéntrate en el flujo de tu respiración. Alárgala. Déjala fluir.
Lo hago. Busco respirar con tranquilidad y noto cómo mi cuerpo se adapta poco a poco a ese estado de relajación.
—Mientras respiras —continúa Josh en un susurro—, imagina que inhalas tranquilidad… y exhalas todo el estrés. Puedes visualizar un paisaje sereno o una imagen que te transmita calma. Esta combinación de respiración y visualización te ayudará a conectar con tu estado interior de paz.
Confieso que meditar nunca ha sido lo mío. Me cuesta desconectar esta mente inquieta que no para ni un segundo. Aun así, quiero probar. Josh está conmigo, y su presencia, su voz y su forma de guiarme me infunden ganas de intentarlo. Me da seguridad.
—Cuando tenemos un problema recurrente, un patrón de pensamiento negativo o un bloqueo… suele estar programado a nivel inconsciente, Ali. Así que, ahora, quiero que viajes dentro de tu cabeza al pensamiento más feliz que puedas recordar.