Rompiendo las olas Capítulo 21
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Capítulo 21

Regreso al pasado

Me he levantado con buen pie, a pesar de todo lo ocurrido ayer. Bajo a desayunar y me cruzo con Rosemary en el pasillo.

—Menos mal que te has despertado temprano, porque acabo de hacer café fresquito. ¿Por qué no te lo tomas en la terraza?

Hago una mueca. Por lo general, prefiero desayunar en la cocina, como la gente que no habita en la burbuja de privilegios de mi padre. Y a propósito de él...

—¿Y mi padre? —pregunto.

—Salió temprano, ni siquiera desayunó.

Mejor. Lo último que necesito es toparme con él. No estoy preparada para más malas caras ni reproches sin sentido.

—Venga, me animo a salir fuera. ¿Te ayudo?

—¡Qué va! Ve y siéntate, que ahora mismo te llevo el desayuno.

Me acerco a ella y la abrazo con fuerza; la acción la pilla por sorpresa y se le escapa un «oh» entre risas.

—¿Te he dicho ya que, después de mi madre, eres mi persona favorita del mundo?

—Ay, mi niña... ¿Y tu padre qué?

—Después de ti —ella frunce los labios—. No me mires así. Con lo de ayer, ya veremos en qué puesto lo dejo.

—No seas así con él, Alicia —me regaña con cariño.

—Si no soy yo, ¿quién? Ya sabes que a él nadie le para los pies. Venga, me voy a la terraza.

Camino hacia el exterior. La terraza es espaciosa y, en realidad, un lugar precioso, con la piscina infinita delante y vistas despejadas al mar.

Cualquiera lo consideraría un privilegio.

Yo, en cambio, llevo tanto tiempo en la casa que he terminado por darlo todo por sentado.

Como cualquier hábito que se instala sin que una se percate.

Rosemary no tarda en traerme todo lo que sabe que me gusta.

Me mima, me cuida y la quiero con locura.

El lugar no sería el mismo sin ella. De hecho, me atrevo a decir que, si no fuera por su presencia y la de Blair y Engel, ni pisaría Malibú.

Mi padre siempre está fuera, ya sea en la consulta o de guardia.

La casa permanece vacía casi todo el tiempo.

Y cuando hay visitas, suelen ser sus amigos y colegas: gente estirada y pesada a la que no soporto.

Yo tampoco conservo tantas amistades aquí como para invitar a nadie.

Rose me deja una taza de café recién hecho, tal como ha prometido, y el aroma me devuelve la vida.

Mientras lo bebo, contemplo el agua que refleja el amanecer, con tonos turquesa y azul que tiñen las baldosas del fondo.

Entonces se me ocurre una idea. Empieza a fraguarse en mi cabeza y llego a la conclusión de que es factible… si él acepta.

Saco el móvil del bolsillo y miro la hora. Son las doce. Hora más que razonable para estar despierto. Lo llamo sin pensarlo dos veces.

—¿Sí, hola?

—Buenos días, Josh. Perdona si llamo demasiado temprano, pero quería comentarte una cosa.

—Buenos días, Ali —sonrío al oír cómo me llama. No tiene voz soñolienta, así que me tranquilizo—. Llevo despierto desde las seis, como siempre. No molestas. ¿Qué necesitas?

Madrugador. No sé por qué no me sorprende. A juzgar por su aspecto, parece uno de esos tíos que viven en perfecto acuerdo con el universo: amantes del yoga y de las caminatas descalzos por la arena al amanecer. Aunque no lo conozco lo suficiente para afirmarlo.

—Verás, estaba pensando en lo que pasó la última vez que tuvimos la sesión. Creo que la profundidad de la piscina de tu centro pudo influir en lo incómoda que me sentí.

«Eso… y otros asuntos de los que prefiero no hablar».

—Te entiendo. Puede ser un poco abrumador, es verdad. Es cuestión de hábito.

—Claro. Por eso se me ocurrió que, ya que estamos en los inicios y me encantaría sentirme más a gusto, podríamos trasladar la próxima sesión a mi casa.

Guarda silencio. No sé si reflexiona o si, directamente, considera que acabo de decir una tontería. Me inclino por lo segundo.

—¿En tu casa ?

—Sí. Tengo una piscina enorme —miro el agua frente a mí y dejo escapar una risita, en un esfuerzo por no sonar repelente—. Me siento más familiarizada con el entorno. Por eso pensé que podría ser una buena idea. Si te parece bien y te cuadra, claro.

—Eh... —titubea—. Poder, se puede. No me lo había planteado, pero podemos probar si eso te hace sentir más cómoda. Lo importante es que estés bien y vayas superándote poco a poco. Aún estamos en fase de ambientación, así que no creo que haya inconveniente por hacerlo así.

La sonrisa que se me escapa me tira de las mejillas.

—¡Genial! —No escondo mi entusiasmo—. Entonces te espero a las siete. O, si prefieres venir antes, lo que tú digas. Ta envío la dirección.

—No hace falta que me mandes la ubicación. Me acuerdo de la zona. Mándame solo el número de la casa, por si acaso. Creo recordar que no había muchas construcciones por allí.

Tiene buena memoria. Está claro que la que se había bebido hasta el agua de los floreros aquella noche fui yo. Él no.

—Sí, te paso la dirección completa por mensaje, por si acaso. Y si tienes dificultad para llegar, me llamas y te oriento.

—Muy bien, quedamos así. Nos vemos esta tarde. Te dejo, que tengo unos recados pendientes.

—Claro, disculpa. Nos vemos.

Cuelgo y suelto todo el aire que llevo retenido en el pecho.

Estoy contenta de que haya aceptado, aunque también nerviosa.

Acabo de invitar a Josh a mi territorio.

Un espacio más íntimo donde solo estaremos los dos.

Cuanto más lo pienso, más me pregunto si no habré actuado por un impulso ciego.

La incertidumbre me invade. No tengo claro qué pasa entre nosotros y esto puede complicarlo todo. Ya veremos.

◆◆◆

Son las seis y media y estoy que trino. Llevo tanto rato de paseo junto a la piscina que podría excavar una trinchera.

Hoy me he armado de valor y me he puesto mi bañador más bonito.

Ni loca me plantaba un biquini para dejar a la vista mis mayores inseguridades; la pieza entera me recoge el cuerpo mucho mejor y me aporta seguridad.

Me recojo el pelo en un moño alto, porque ya casi me roza la mitad de la espalda y necesito un corte antes de parecer Rapunzel.

Algo que, si lo pienso, hasta encaja con mis circunstancias.

Más de una vez me he sentido atrapada en esta torre de marfil, y no habría estado mal disponer de una cuerda hecha de trenzas para escapar.

El móvil vibra y la ansiedad crece al mismo ritmo. Es Josh.

—¿Todo bien? —pregunto al contestar.

—Sí, sí. Acabo de aparcar en tu puerta. ¿Vienes o me abres?

«Mierda. La entrada».

—Espera. Introduce el coche en el recinto. Te abro el portón, aparca más cerca de la casa y salgo a por ti.

—De acuerdo.

Cuelgo, corro hacia el interior y le permito el acceso desde el monitor.

Salgo a la zona de estacionamiento y, en menos de treinta segundos, lo veo avanzar.

Le indico dónde colocarse y le ayudo a maniobrar.

Cuando apaga el motor y baja, noto que le cuesta un poco; es un detalle en el que no había reparado antes. Me acerco y le ofrezco la mano.

—¿Te ayudo?

—Tranquila, ya estoy acostumbrado.

—Lo sé, pero si hoy puedo facilitarte las cosas, te resultará más fácil.

Me mira, ya con ambas piernas fuera del habitáculo, y me sostiene la mano. Le ayudo a incorporarse.

—¿Ves? Trabajo en equipo —comento en un esfuerzo por aligerar el momento con una sonrisa.

Él me la devuelve con la misma calidez y mi corazón se tranquiliza un poco.

—Muy bien, equipo. Vamos allá.

Saca la bolsa de deporte del maletero, cierra el vehículo y entramos en la vivienda.

Me percato de que no repara en los lujos como hace otra gente.

Le señalo una habitación para cambiarse: un cuarto con ducha, pensado para evitar que el agua lo empape todo al salir de la piscina.

Rosemary nos mataría si lo hiciéramos. Todo está planificado al detalle en esta mansión.

Josh asiente y se mete a cambiar. Yo lo espero fuera, junto a la piscina.

Admito que me noto incluso más nerviosa que la primera vez.

Él no tarda en salir. Lleva bañador y chanclas.

Bueno, la chancla; en la otra pierna destaca la prótesis de última generación.

Cuando levanto la vista, me sorprende comprobar que me pilla in fraganti , justo cuando me he quedado fija en su estructura de metal y carbono .

—Sé que provoca mucha curiosidad. Y rechazo, a veces —dice de pronto.

—No, rechazo no —me apresuro a matizar, incómoda—. Curiosidad, sí. Pero nada de rechazo, de verdad. —Niego con firmeza.

—¿Quieres tocarla?

La vibración que me provoca su pregunta me recorre la espalda. Hago un gran esfuerzo por mantener los pensamientos en orden.

—Si no te importa...

—No me importa —responde con una sonrisa—. Ven.

Me toma de la mano y experimento una descarga que me viaja desde el brazo hasta el pecho. Nos quitamos el calzado y nos sentamos al borde de la piscina, como la última vez. Él apoya el eje de la prótesis sobre la tarima y la coloca frente a mí para permitirme el acceso.

Deslizo los dedos con cuidado sobre lo que debería ser su tibia.

El tacto resulta más suave de lo que imaginaba; la superficie está pulida, casi orgánica, con una textura elástica y firme.

Hay algo vulnerable y profundo en el gesto.

La pieza se extiende brillante hacia los músculos marcados de su fémur, que sí es suyo, aunque la rodilla también ha sido sustituida por un mecanismo de precisión.

—Es raro, ¿no? —pregunta con tono ligero.

—Es distinto, pero no raro —respondo con delicadeza—. Un poco como tú.

Levanto la mirada y, por su expresión, sé que la réplica le ha calado hondo.

—Por mucho que intente sentirme una persona normal, nunca consigo esa sensación.