Rompiendo las olas Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Josh, que mantenía esa expresión neutra que tan bien domina, frunce el ceño y levanta una ceja.

—Me dijiste que no habría más sesiones.

—Sí, lo hice. —Trago saliva—. Tenía asuntos que resolver, pero ya puedo. Si tienes hueco, me gustaría retomar.

«Estos cambios de rumbo me van a obligar a volver a terapia de verdad».

No contesta enseguida. Mira a Engel y luego vuelve a centrarse en mí. Mi amigo continúa con esa sonrisa suya que parece de escaparate.

—No llevo la agenda encima, pero puedo mirártelo.

—Cuando me digas. Escríbeme luego, ¿vale ?

—Sí. Bueno... sí.

«Vamos, Josh, respalda mi coartada».

—Perfecto. Quedo a la espera.

Asiente, sonríe apenas y se despide de Engel con el mismo gesto de antes para luego alejarse.

—Me alegro de verte, profesor —suelta Engel a su espalda.

Se sienta otra vez y, cuando me mira, lo hace con su típica calma forzada y una sorna que empieza a ponerme de los nervios.

—¿En serio? —pregunto, atónita.

—¿Qué? ¿Vamos a pedir algo de comer? Tengo hambre.

Y ya está. Zanja el tema como si nada. La madre que lo parió.

Nuestra surrealista conversación termina con nosotros frente a unos sándwiches club a la vez que hablamos de tonterías, como en los viejos tiempos.

Hago un esfuerzo titánico por no dejarme arrastrar por lo ocurrido.

Engel prácticamente lo ha admitido todo: le gusto desde hace mucho más de lo que pretende reconocer y me ha mantenido en el papel de idiota durante meses.

También es verdad que su intención era no estropear la amistad; se le notaba en la cara.

No sé cuán profundos son sus sentimientos ni si esto es un capricho pasajero o algo serio.

El problema es que no quiero averiguarlo. No pienso involucrarme más.

Quedamos en que voy a fingir que no he escuchado nada y él tendrá que lidiar con su situación, porque no es recíproco y me niego a perder a mi amigo.

Es una mierda; lo último que quiero es que Engel sufra por mi culpa.

Solo espero que lo que siente tenga marcha atrás.

Ojalá. No quiero ser la chica que le rompa el corazón y lo deje peor que Amanda.

Tal vez ya lo hice esta mañana, al pasarme de brusca, y lo siento.

Me duele y me enfada a partes iguales. Todo marchaba bien, y ahora esto.

Quiero ser egoísta y pensar que nada de lo que dijimos me conviene; me gustaría regresar al punto en el que estábamos antes, aunque sé que ya resulta imposible.

Lo mismo ocurre con Josh. Haberme visto con Engel lo ha dejado descolocado.

Y no es que yo le haya dicho que comparto mi vida con alguien, tampoco tenía motivos para pensarlo.

Yo tampoco sé si él sale con alguien, si extraña a una persona del pasado, si le rompieron el corazón o si fue él quien tomó la decisión de marcharse.

¿Por qué se me encoge el pecho al pensarlo?

¿Por qué me afecta tanto lo que pueda deducir al vernos juntos?

Si es que no hay nada entre nosotros. Y ese nada ya es demasiado, porque la confianza que empezábamos a construir casi se va al traste por los mismos motivos que Engel ha soltado esta mañana.

Quizá lo mejor sea mantener las distancias.

Pensará que soy una tía de cuidado, de las que juegan a varias bandas.

No. Él también se acercó a mí; lo recuerdo perfectamente en la piscina y en la granja.

Fue él quien dio el primer paso. Que no me venga con cuentos, no le soy indiferente.

¿A qué nivel? Ni idea. Pero tengo que fijar límites y mantener la situación en su sitio.

Nuestra relación tiene que ser estrictamente profesional.

Eso es. Exactamente eso.

Por eso llevo una hora fija en la pantalla del móvil, con revisiones cada dos segundos a la espera de que escriba.

Me dejo caer sobre la almohada y ahogo un grito en la tela blanda.

Niego con la cabeza y casi me entran ganas de dejar que este cojín me asfixie.

Mejor eso que un chico que me deja sin aliento cada vez que lo veo.

Suena el timbre de una notificación. Levanto la cabeza a la velocidad de la luz, cojo el teléfono y abro el mensaje. Es Josh.

«Hola, Alicia. Espero que estés bien. He estado consultando mi agenda. Tenía pensado reservar una hora mañana, pero prefiero preguntarte primero. Tenemos la opción de mañana a las siete de la tarde o el día siguiente a las ocho. Ya me dices qué te viene mejor. Un abrazo».

¿Un abrazo? ¿Un puto abrazo? Suelto un bufido de agobio. ¿Y qué esperabas, Alicia? ¿Un beso? ¿Un «te echo de menos»? Venga, deja de hacer el ridículo.

Le contesto de inmediato:

«Hola. Gracias por encontrarme hueco. Mañana me viene estupendo; por mí bien a las siete. ¿Nos vemos en el mismo sitio?».

No tarda en responder:

«Sí, en el mismo sitio. Hasta mañana. Que tengas buena noche».

¡Vaya! Qué formalito. No añado nada más.

Apago el móvil, lo dejo en la mesilla y me dispongo a dormir.

Lo cierto es que todo lo ocurrido desde mi careo con mi padre hasta el almuerzo con Engel, sumado al inesperado encuentro con Josh, me ha drenado por completo.

Cierro los ojos y no tardo en quedarme frita.