Rompiendo las olas Capítulo 20
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Capítulo 20

Amistades peligrosas

Camino hacia la terraza con pasos medidos.

Engel está sentado frente al mar con un cigarrillo entre los dedos.

Sobre la mesa reposa un vaso de cerveza a medio terminar y un cenicero a rebosar.

Al verme, da una calada rápida y apaga la ascua a medias antes de levantarse con los brazos abiertos para recibirme.

En otro momento me habría lanzado sin pensarlo, libre de filtros.

Hoy no tengo cuerpo para abrazos, ni para tocarlo siquiera.

Aun así, le correspondo. Me estrecha contra sus brazos largos con un afán de protección absoluto, como si tratara de custodiar un objeto valioso que solo le perteneciera a él.

Tarda más de lo normal en soltarme y algo dentro de mí se remueve.

¿Siempre ha sido así, o es que ahora lo percibo todo distinto?

—¡Qué ganas tenía de verte! —exclama.

Esbozo una sonrisa que apenas se sostiene.

—Ya somos dos —miento, o al menos ya no sé si es verdad.

—He pedido una cerveza —dice, a la vez que arrastra mi silla para pegarla a la suya—. Siéntate conmigo. Te quiero cerca.

Mi incomodidad es evidente, aunque intento disimularla. Dudo que no se dé cuenta.

—¿Qué te apetece tomar?

—Un té frío —respondo tras un segundo de duda.

Hace un gesto al camarero, sonriente, como si nada pasara. Debería ser yo quien ponga las cartas sobre la mesa. Sin embargo, me callo. Le dejo hablar. Como siempre, llena el silencio con temas vacíos y anécdotas sin peso. Diez minutos después, casi parece que todo sigue igual entre nosotros. Casi .

—¿Y cómo van las clases de surf? —pregunto—. Nunca imaginé que te verías sobre una tabla.

—Fue idea de Blair, ya la conoces. Yo tampoco pensé que me engancharía, pero... mira tú. Me encanta, es una pasada.

—Dicen que el mar habla en susurros —murmuro— y que solo quien sabe escuchar, entiende.

—Serán las sirenitas —responde con media sonrisa fija en mi boca—. Las que me cantan al oído.

Su lenguaje corporal cambia y lo noto al instante.

—Todavía te quedan esas en la lista de conquistas.

—No. Me falta una —dice—. Tú. Y parece que has comprado entradas para el espectáculo, aunque todos sabemos que no te van los surfistas.

La frase se clava. Directa. Demasiado.

—Joder, Engel…

Miro al mar con el corazón desbocado. No sé qué decir, ni si quiero añadir nada.

—No apartes la mirada —susurra—. Puedes mirarme.

—¿Seguro?

—Por supuesto. Puedes hacer conmigo lo que quieras.

—No, Engel. Ya no puedo. Antes, tal vez. Ahora... ahora las cosas están cambiando.

—Cuéntamelo —responde con esa sonrisa ladeada que empieza a irritarme más que a seducirme.

Mi expresión se vuelve seria. No hay vuelta atrás.

—Te estás pasando de la raya —le espeto.

La tozudez que asoma a su rostro me revuelve el estómago. Esa obstinación que tanto detesto. Lo que temía está a punto de estallar entre nosotros, y ocurre más rápido de lo que pensaba.

—O la mejor opción es decir que no —murmura—. Creo que voy a abordar esto de frente.

—¿Y qué es ese «esto»? —enarco una ceja.

—Lo sabes. Igual que yo.

—Ahí es donde me pierdo. No tengo ni puñetera idea de qué te pasa y parece que solo tú manejas el guion —miento, claro. Lo sabe todo el mundo menos yo—. Empiezo a pensar que tiene que ver conmigo.

Detesto las conversaciones en clave, los mensajes disfrazados y los juegos de sombras. No quiero transitar ese camino, aunque sé que ya no hay marcha atrás. Este momento es un punto de no retorno.

Engel se apoya en el brazo de mi silla y estira el cuello hasta quedar a escasos centímetros de mi cara .

—No puedo creer que no te hayas dado cuenta.

«Todo este tiempo», pienso. Y lo dice en serio. Su expresión confirma cada una de mis sospechas.

Está tan cerca que su aliento me roza la piel.

No puedo negar que es atractivo, ni que siempre ha sido el centro de atención.

Creía que seguía atrapado en el recuerdo de Amanda, que todavía arrastraba esa herida.

Estuvieron años juntos y ella lo destrozó: lo engañó, lo usó y lo aplastó como la niña malcriada que es.

Pensaba que él, igual que yo, había perdido la fe.

Pero estaba equivocada.

—No me lo puedo creer —murmuro, dando un paso atrás para recuperar el aire que me falta—. ¿Sentías algo por mí y no dijiste nada? ¿Te parece divertido jugar así? ¡Me dijiste que aún sentías cosas por Amanda!

—Alicia, espera. No es lo que piensas…

—¿No es lo que pienso? —lo corto—. No me tomes por tonta. Siempre has estado ahí como mi mejor amigo y ¿ahora resulta que todo era una fachada? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Me siento como una idiota.

—No quería hacerte daño. No sabía cómo decírtelo.

Alarga la mano para tocarme, pero me aparto de golpe.

—¡Pues haberlo pensado antes! Porque lo único que has conseguido es que me sienta traicionada. ¿De verdad creías que nunca me enteraría? ¿Qué clase de amigo actúa así?

—Déjame explicártelo, por favor…

—Lo que más me duele no es que sientas algo por mí —lo miro sin filtro, con esa rabia de decepción y dolor que juré no traer a esta mesa—. Es que no tuviste el valor de decirlo desde el principio. Construiste esta amistad sobre una mentira y eso… eso no puedo perdonarlo.

—No quería perderte, Alicia —su voz tiembla, desesperado—. Pensé que si lo decía, todo cambiaría.

—Y así ha sido —respondo, con los brazos cruzados y un tono desprovisto de calidez—. Lo ha cambiado todo. Y ahora no sé si podemos volver atrás.

—¿Qué pasa, amor mío? —sueltan sus labios con una ironía que me hiela la sangre—. No puedes ni plantearte que haya algo entre nosotros, pero con ese surfista que tanto dices odiar, con él sí. Con Josh, sí. Conmigo, que he estado a tu lado todo este tiempo, eso no te sirve de nada.

Me arde el pecho y las lágrimas me nublan la vista. No tiene derecho.

—Te aseguro que no pasa nada entre Josh y yo. Y aunque pasara, soy libre. No tengo que darte explicaciones de con quién estoy. Entre nosotros había una amistad… y la has destrozado.

—¿Por qué? ¿Porque no puedes aceptar que me gustas o que me atraes? —su voz sube de tono—. Eso no pone fin a lo nuestro. Escúchate, Alicia. ¿Quién es el hipócrita ahora?

—No hagas esto, Engel. Así vamos a acabar mal.

—No tiene por qué.

Veo la furia asomar en sus ojos y dentro de mí se desata una tormenta de emociones que ya no consigo frenar.

Un grupo de surfistas se acerca al chiringuito a la vez que arrastran las tablas con aire despreocupado, todavía mojados por el mar.

Miro de nuevo a Engel. Me coge la cara entre las manos; su tacto me sorprende tanto que dejo escapar un par de lágrimas. Él se humedece los labios.

—Solo quiero que sepas que no quiero perder lo que hay entre nosotros. Valoro esto más que un polvo, más que admitir que me molas. No quiero arriesgar lo que tenemos por eso.

—¿Y qué tenemos? —lo miro de frente, sin filtros—. Ya no lo sé. Actúas distinto. No sé si puedo ser lo que necesitas. Engel, te quiero... pero como un amigo. Y tú lo sabes.

Baja la mirada y respira hondo. Apoya la frente en la mía y me acaricia las mejillas con los pulgares. Me doy cuenta de que me muerdo el labio inferior sin parar; lo suelto, dolida.

—Volvamos a ser amigos, como antes.

—No sé si será posible, pero necesito tiempo.

Estoy agotada. Me duele la cabeza, los ojos, el pecho. Me abraza con fuerza e hunde la cara en mi cuello. Lo rodeo también con los brazos porque necesito recuperar al Engel de siempre. No pienso destruir una hermandad por un maldito impulso.

Se regresa un poco y me da un beso en la mejilla.

—Te quiero —dice, sin más.

Le sonrío, y en ese gesto le entrego toda la amistad que aún conservo. No quiero perderlo. No así. Es como un hermano para mí y la situación es una mierda.

Al alzar la vista, el mundo se congela. De pie frente a nuestra mesa, en absoluto silencio, Josh nos observa. Lleva el traje de neopreno bajado hasta la cintura, la tabla apoyada contra la pierna y el torso todavía húmedo. Sus ojos están clavados en nosotros.

—Siento interrumpir. Pasaba con mi grupo y pensé en saludar… pero ya me voy.

Engel se pone en pie con agilidad y le da un golpecito en el bíceps a modo de saludo masculino de camaradería. Cambia de registro como si nada. Hace un instante hablaba desde los celos y ahora actúa como si Josh fuese su colega de toda la vida.

Yo me siento atrapada. Pillada. Desde fuera, esta escena admite muchas interpretaciones y ninguna me gusta. No es así como quiero que Josh presencie lo que ocurre con Engel. De hecho, no quiero que vea nada.

—Hola, Josh —saludo, en un esfuerzo por contenerme.

—Hola, Alicia.

Y entonces lo noto. Toda la sangre se me va a los pies. No me ha llamado Ali, ni ha recurrido a ninguno de sus cariñosos motes. Me ha dicho Alicia. Cuando hace eso, va en serio. Y aunque lo disimule bien, le ha dolido.

Lo sé. Me ha mirado como si esto le hubiera caído encima como un cubo de agua fría. Y a mí también. Si bien no hay nada entre nosotros, tengo la sensación de que, si empezaba a asomar algún interés, se acaba de desvanecer. Y no por mi parte.

—Siéntate con nosotros. Hemos quedado para tomar algo —le invita Engel.

—No, gracias. —Niega con la cabeza y sonríe, aunque sus ojos no—. Acabamos de salir del agua y he quedado con ellos —señala a sus amigos al fondo de la terraza—. Os dejo a lo vuestro.

«Os dejo a lo vuestro suena como el puto culo», pienso mientras permanezco en silencio.

Me observa unos segundos; lo justo para que la decepción de su mirada me cale hondo.

O eso quiero creer. Igual estoy montándome una película entera sin guion.

Según Engel, no veo tres en un burro, y puede que tenga razón.

Josh se da media vuelta, listo para marcharse. Entonces lo llamo, a la vez que alzo la voz más de lo que pretendo. Todos se giran hacia nosotros. Y cuando digo todos, hablo del chiringuito entero. Suelto una risa nerviosa. Me pongo de pie y me entrelazo las manos en un intento por mantenerme firme.

—Necesito saber cuándo es la próxima sesión.