Capítulo 19
Revelaciones
La mañana siguiente es un torbellino. No logro concentrarme en nada hasta que una invitación de Engel me saca de mi bucle mental.
Me propone salir a comer y lo considero la oportunidad perfecta para tener la conversación que llevo tiempo necesitando.
La ansiedad de sentir que todo se me escapa de las manos me revuelve el estómago.
Antes de salir, me cruzo con Rosemary en la cocina.
—¿Qué tal ayer? —pregunta, con la atención fija en lo que prepara.
—Muy bien. Me lo pasé genial.
—Ah, me alegro mucho, mi niña. —Se detiene y me observa—. ¿Y con tu padre, cómo vais?
—No vamos.
—¿Y eso?
—Nada. Ya le dije que haga lo que quiera con su vida, pero que no me meta en el ajo.
—Alicia, mi amor… —Conozco ese tono. Rosemary pretende convencerme de algo que no quiero afrontar, pero esta vez me mantengo firme—. Dale una oportunidad a tu padre, anda. Últimamente lo noto cabizbajo. Te quiere mucho, ¿sabes?
—Intentamos hablar, pero enseguida salto y él se pone a la defensiva. Así que prefiero dejarlo estar. Ya tengo suficientes cosas en la cabeza como para seguir discutiendo con él.
—Ojalá pudieras verlo desde otra perspectiva. Tu padre está diferente.
—¿Diferente en qué? No he percibido ningún cambio en él en años.
No porque haya reservado unos días para estar en casa se va a convertir en el padre del año.
Ni siquiera entiendo por qué quiere casarse otra vez.
Para acabar destrozando a otra persona, como hizo con mi madre…
—Me muerdo la lengua. He dicho demasiado.
Rosemary me mira con sorpresa.
—Siento decirte esto, Alicia, pero estás siendo injusta. Tu madre fue quien lo dejó destrozado. Él no quería que se marchara. Y menos contigo. No lo deseaba para vosotras, pero respetó su decisión.
Sus palabras me golpean. Sé que fue mi madre quien se marchó y que el proceso resultó complejo, pero me cuesta escuchar una versión distinta de la historia.
—Para alguien que quedó tan hecho polvo por la pérdida de su mujer y su hija, poco hizo por recuperarnos.
Nos dejó ir, Rose —digo, con la rabia a flor de piel—.
No ha ido a buscar a mi madre. Ni siquiera se planteó dejar esta maravillosa vida —abro los brazos a la vez que señalo todo a mi alrededor— para mudarse con nosotras a España.
Le importó una mierda que se fuera. No sabe ni la mitad de lo que le hizo.
No, Rose. Lo siento, pero no me trago que él sea la víctima.
Rosemary calla y traga saliva con dificultad. La atmósfera de la cocina se vuelve opresiva. Me giro... y entonces lo veo.
Mierda.
Mi padre está en la puerta. Nos ha escuchado. La palidez de su rostro me confirma que ha oído hasta la última palabra.
La he cagado. Otra vez.
Intento salir del paso con un tono más ligero:
—No me creo que a tu edad te haya dado por escuchar detrás de las puertas —le digo en un esfuerzo por forzar una sonrisa.
No se inmuta. No mueve ni un músculo y su mirada me atraviesa. Yo solo deseo desaparecer.
Doy un paso hacia la salida, pero me detiene con suavidad al sujetarme del brazo. Me siento atrapada. Lo miro a la espera de un estallido de reproches.
—Que la versión de tu madre te haya resultado más cómoda todos estos años no te da derecho a juzgarme sin conocer los hechos.
—¿No? —replico, a la vez que alzo la voz sin pensarlo.
—No.
—No creo que vayas a convencerme, ni aunque me cuentes mil historias, papá. Fui yo quien he vivido esa infancia. Esa adolescencia. Fui yo quien he crecido sin ti. ¿Dónde te deja eso?
No responde. Me suelto con decisión y me dispongo a marcharme.
Entonces, él rompe el silencio:
—Me deja aquí. Exactamente donde ella —remarca el pronombre con fuerza— me dijo que debía quedarme.
Eso no te lo contó, ¿verdad? No fui yo quien se quedó a la espera de que decidiera enviarte cada seis meses, con suerte.
Ha sido tu madre —de nuevo enfatiza las palabras— quien no quiso que estuviera presente.
Siempre he preferido mirar hacia otro lado.
Todas las veces que he venido a Malibú a lo largo de los años, he optado por el silencio; mi padre apenas pasaba tiempo en casa debido a las exigencias de su trabajo y yo me negaba a dinamitar los pocos días que compartíamos con reproches o tensiones.
En realidad, nunca he querido alejarlo; mi intención inicial era buscar un acercamiento, arañar unas horas de calidad a su lado y disfrutar de su presencia.
Sin embargo, el cómputo general de nuestra relación se resume en una ausencia constante y en una colección de momentos idílicos pero artificiales.
Ahora he crecido y ya no soy capaz de ver las cosas bajo ese prisma inocente.
La venda se ha caído. O quizás, simplemente, arrastro la saturación de quien ya no desea seguir sus pasos profesionales, acatar sus consejos ni amoldarse a una vida que no me pertenece.
—Muy bien. Pues mi madre —defiendo en el mismo tono— hizo lo que tenía que hacer para no seguir con un hombre que eligió a su profesión antes que a ella. Y mira qué curioso… Ahora haces justo lo contrario. Ahora sí vas a elegir a Jennifer por encima de todos.
—Qué equivocada estás, hija mía —su voz se tensa, envuelta en una severidad que me atraviesa.
La discusión ya es inevitable, así que prefiero que hoy se revelen las verdades. La rabia me empuja a ir a por todas; qué más da destrozarlo todo de una vez. Le devuelvo una mirada severa de arriba abajo. Es incapaz de admitir que la cagó con mi madre.
—Lo único que sé es que ella lo dejó todo por ti para convertirse en la típica chica de un surfista que solo pensaba en sí mismo. Y cuando se quedó embarazada, apenas moviste un dedo. La dejaste sola. Y cuando se marchó… la dejaste ir.
—¡Fue tu madre quien me dejó, joder!
—¡Y tú no hiciste nada para impedirlo!
Se me acerca con la mandíbula tan rígida y los dientes tan apretados que, por un instante, temo que vaya a levantar la mano. Nunca lo ha hecho, lo sé; aun así, no bajo la cabeza. Al contrario, sostengo el desafío. Sin embargo, cuando se detiene a escasos centímetros, el alma se me cae a los pies.
Tiene los ojos nublados por las lágrimas.
—Alicia… Yo amaba a tu madre por encima de todo. Solo supe que se había ido una semana después, porque me encontraba en mitad de un ca mpeonato. No me advirtió de nada. Cuando volví, cogí un avión directo a Madrid, pero ella no quiso escuchar. Ni hablarlo. Ni intentarlo.
El reproche me deja sin palabras. Esta realidad me golpea como un cubo de agua helada. Hay una parte de la historia que jamás me contaron. Alguien ha mentido, o ha preferido callar demasiado.
—¿De verdad lo intentaste?
Me sostiene la mirada. Se encoge de hombros a la vez que su voz se quiebra:
—Hasta el último minuto.
—¿Y qué fue lo que te convenció tan rápido para rendirte? Porque, que yo sepa, tú estás aquí y ella allá.
—Pregúntaselo a tu madre.
Genial. Con esa evasiva no me vale.
—¡Que conveniente!
—Por favor, Alicia. No quiero hablar de esto ahora. Dejémoslo para otro momento.
Intenta irse, pero esta vez soy yo quien lo agarra del brazo.
—¿Por qué no me lo dices? ¿Porque no me va a gustar? ¿Porque sabes que tengo razón?
Cierra los ojos, exhala con fuerza y se pasa la mano por el pelo, visiblemente agitado.
—No me corresponde a mí contártelo.
—¿Qué mierda de respuesta es esa?
Ni se inmuta.
—Es lo que hay.
—¿No vas a decirme nada más?
Vuelve a suspirar y niega con la cabeza.
—Muy bien —respondo con una carcajada amarga—. Muy en tu línea. Esquivar siempre lo incómodo. ¿Al menos puedes decirme algo que sí quiero saber? Algo. Lo que sea.
No hace falta que responda. Sé que no quiere hablar conmigo de esto; lo ha dejado claro. Aun así, no pienso rendirme. Hay una verdad atrapada entre sus silencios y, si no la arranco ahora, no podré seguir adelante ni comprenderlos nunca.
—¿Puedo o no? —inquiero.
—Dime.
—Has dicho que amabas a mi madre. ¿De verdad lo sentías?
Asiente sin dudar.
—¿Seguro que era amor? ¿O confundiste un calentón adolescente con algo más grande ?
Sé que soy cruel. Incluso atrevida; es mi padre, al fin y al cabo. Sin embargo, hace tiempo que el filtro se me fue al garete y ahora solo dejo que la rabia hable por mí. Lo percibo en su cara: mis palabras le duelen.
—Lo mío con tu madre no fue un capricho de juventud, Alicia. Ha sido algo muy especial. Intenso.
—Especial e intenso, qué original —replico con una ironía afilada—. Me lo imagino. Justo lo mismo que sientes por Jennifer, ¿no? Porque si vas a casarte con ella, algo que ni con mi madre fuiste capaz de hacer, es porque debe de ser mucho más especial. Y mucho más intenso.
Su rostro se ensombrece de golpe.
—No me hables así cuando no tienes ni la menor idea de lo que siento.
—Puede que tengas razón. Quizá ese sea el problema: no sé lo que sientes. Nunca lo he sabido, y por eso me cuesta tanto tragarme tus excusas.
Me noto como un disco rayado, estancada en el mismo reproche una y otra vez.
—No lo entiendes —su voz suena cargada de un agotamiento profundo—. Ni siquiera has intentado hacerlo.
—¡Claro que lo intento! —alzo la voz, incapaz de contenerme—. Pero acéptalo de una puta vez: la cagaste con mi madre. Y punto.
Me agarra de ambos brazos y me acerca tanto que noto su respiración en mi cara.
—Escúchame bien, Alicia. A tu madre la quise.
La quiero. Y no va a haber otra mujer en este mundo a la que quiera más que a ella.
¿Te ha quedado claro? —Me sacude ligeramente, sin fuerza.
No me asusta, pero el impacto me congela—.
Fue ella quien dejó de quererme. Y no pienso quedarme a la espera toda la vida. ¿Lo entiendes?
Asiento despacio, con los ojos anegados. No me sale ninguna palabra. Mi padre me suelta y se marcha de la cocina sin volver la vista atrás.
Me quedo ahí, paralizada. El silencio pesa como una losa. Cuando por fin consigo reaccionar, encuentro a Rosemary todavía con la boca entreabierta, igual de bloqueada que yo.
—Mi niña… —murmura al cabo de un rato.
—¿Has oído lo que ha dicho, Rose? —pregunto sin despegar los ojos de la pared.
—Sí, mi niña.
—Miente. Si de verdad la quisiera, no la habría dejado —la voz se me rompe sin remedio.
—Alicia… Creo que deberías hablar con tu madre. Puede que no te haya contado todo .
Giro la cabeza en seco y entorno los ojos. Qué bien. Ahora resulta que los dos se ponen misteriosos. Me importa un rábano quién tenga razón; lo que me jode es estar aquí, en mitad de una historia a medio contar, sin que nadie tenga el valor de incluirme en mi propia vida.
Mi padre sigue enamorado de mi madre. Mi madre, claramente, sigue enamorada de él.
Entonces, ¿qué coño ha pasado? ¿Por qué continúo yo atrapada entre lo que sienten y lo que no se atreven a verbalizar?
Veintisiete años de mierda acumulada son demasiados para cualquiera.
Para mí, más todavía. Odio haber terminado la discusión así y detesto aún más las cosas sin resolver.
Miro a Rosemary una última vez y abandono la estancia sin añadir nada más. Me muero de ganas de gritar, de soltarlo todo hasta que el eco se escuche en toda la costa.
—Me tengo que ir —es lo único que consigo articular.
Arranco el coche y me dirijo al chiringuito de la playa donde he quedado con Engel.
En Malibú no abundan los locales situados directamente sobre la arena; las regulaciones ambientales lo impiden.
No es como en España, donde resulta habitual comer con los pies descalzos en contacto con el mar.
Aquí, ese entorno es un lujo reservado a unos pocos.
El Paradise Cove Beach Café es uno de esos raros oasis: una cala encantadora, de ambiente relajado y casi familiar.
Justo lo que necesito para lo que está por venir.
Me alegra que haya sido él quien eligió el sitio.
Camino hacia el establecimiento a la vez que el mar se extiende ante mí como un espejo azul que resplandece bajo el sol.
A pocos metros de la orilla, los surfistas bailan sobre las olas; sus siluetas se recortan contra el horizonte con una elegancia casi coreografiada.
la energía del océano vibra en el aire y el ritmo fluido de los cuerpos sobre el agua añade una sensación de libertad que me hipnotiza.
Avanzo por la arena envuelta en esa magia.
Pienso en mi padre y en cómo su recuerdo alimenta mi rechazo hacia los surfistas. Luego me viene Josh a la cabeza, tan distinto… o eso quiero creer. En realidad, no lo conozco lo suficiente para sacar conclusiones. ¿Será también un alma libre, incapaz de echar raíces, como todos ellos?
Lo único que tengo claro es que prefiero quedarme al margen. En la orilla. Porque esas olas de deseo que él me provoca tienen la fuerza suficiente para arrastrarme y ahogarme más que mis propios miedos.