Capítulo 18 #2
—Espero que estos dos no te hayan dado mucha lata —comenta, con una mirada de advertencia a Josh y Luc—. Y disculpa el desorden. En esta casa, el amor y la creatividad no entienden de límites... ni de organización.
Josh pone los ojos en blanco, se deja caer en una silla y me hace un gesto para que me siente a su lado.
Veo que su madre lo observa de reojo, con la atención de quien lleva toda la vida pendiente de sus reacciones.
Es el instinto que se agudiza tras enfrentarte al miedo de perder a un hijo; supongo que, desde el accidente, ese temor jamás la ha abandonado del todo.
Después de una charla amena y tranquila sobre la organización del cumpleaños, ella los expulsa con dulzura de la cocina.
—Andando, id a molestar a otro lado —dice, a la vez que blande el trapo como si fuera una espada mágica .
Josh y Luc se marchan entre empujones y risas, como dos críos a los que han echado del recreo. Ya a solas, Margo se gira hacia mí con una expresión más serena y nos quedamos a solas en la estancia. Su expresión se vuelve más serena y me contempla con una calidez genuina.
—Me alegra mucho que hayas venido, Alicia. Mi hija me habló de ti, de cómo os conocisteis en el restaurante. Es un verdadero gusto tenerte en casa.
«¡Estoy tan feliz de lo bien que me han recibido!». Quisiera decírselo así, sin filtros, pero me contengo en el último segundo.
—Gracias, Margo. Para mí es un placer. Josh y Sarah han sido increíblemente acogedores.
—¿Y qué tal con mi hijo? —pregunta con un tono informal, aunque su interés queda claro.
Me sorprende la pregunta, pero no me incomoda.
—Josh es un amigo reciente, pero me ayuda mucho a sobrellevar algunas cosas.
No quiero entrar en detalles. Margo asiente con un gesto comprensivo; su rostro refleja la preocupación instintiva de una madre que no necesita demasiadas palabras para leer entre líneas.
—Solo te pediré una cosa, Alicia —su tono baja, ahora más íntimo—. Cuida del corazón de mi hijo. Aunque parezca fuerte, Josh es frágil. Ha pasado por mucho. A veces, lo que menos se espera... es lo que más duele.
Siento el peso de sus palabras. No encierran una amenaza ni un juicio, solo un amor incondicional.
Sé que intenta protegerlo, incluso mientras me da la bienvenida como alguien que podría convertirse en alguien especial para él.
Y no seré yo quien le diga que aquí no hay nada, o que su corazón está a salvo conmigo.
—Lo tendré en cuenta, Margo. Gracias por confiarme algo así —respondo con una sonrisa suave, consciente de la responsabilidad que implican sus palabras.
Ella me devuelve la mirada con complicidad, como si acabáramos de sellar un acuerdo silencioso. Un pacto de respeto mutuo.
La fiesta sigue en pleno auge y con cada instante me siento más parte de este entorno vibrante. Personas de todas las edades llenan la casa entre risas, música y anécdotas que se cruzan de un rincón a otro con una energía tan contagiosa que mis reservas iniciales se desvanecen.
Conozco a Elizabeth, la hermana mayor de Josh, en medio de un torbellino de carcajadas y pasos de baile.
Tiene una dulzura que se refleja en su mirada, una paciencia y una alegría que parecen infalibles, incluso con tres pequeños a cuestas que la siguen en fila como patitos.
Al verlos en acción, con mi mentalidad de veterinaria a flor de piel, no puedo evitar pensar que la fertilidad en esta familia es casi un rasgo genético.
Me río para mis adentros con la ocurrencia cuando un hombre alto, de piel morena y complexión imponente, se acerca a nosotras. Abraza a Margo con fuerza y ella le responde con una entrega amorosa, reservada a sus seres más queridos.
—Alicia, te presento a Larry, otro de mis chicos —anuncia Margo, y sus ojos brillan con orgullo.
—Encantada, Larry —le tiendo la mano, impresionada por su estatura y por la calidez de su sonrisa.
—El placer es mío, Alicia.
Recuerdo que Josh me dijo que eran doce hermanos. Mientras hago cuentas mentales, noto que algo no encaja. Larry no parece su hijo; más bien podrían ser coetáneos.
—¿Has dicho tu chico? —pregunto, desconcertada.
Ambos estallan en carcajadas y yo me quedo perpleja.
—Es una broma —aclara Margo, aún entre risas—. Larry es mi pareja.
—Ah —suelto, con un alivio inmediato.
—Aunque a veces se comporta como un hijo más —añade ella, a la vez que le da un golpecito en el brazo con ternura.
Y entonces todo cobra sentido. De ahí viene la soltura de Josh; de ese humor y de esa complicidad espontánea.
Larry enmarca el rostro de Margo entre sus manos y le planta un beso sin importarle la presencia de testigos.
Me sonrojo, un poco avergonzada por presenciar un gesto tan natural y, al mismo tiempo, tan bonito.
—Es mi mujer, mi madre, mi amante y el amor de mi vida —declara Larry, y sus palabras me enternecen. Qué privilegio poder contemplar un afecto así, desprovisto de filtros.
Empiezo a entender por qué esta familia me resulta tan acogedora. No se trata solo de su amabilidad, sino de cómo se quieren y de cómo lo celebran. Esta fiesta no es una simple reunión: es una declaración de amor colectivo; y yo tengo la suerte de que me incluyan.
Cuando cae la noche y el bullicio se disuelve poco a poco bajo un cielo plagado de estrellas, Josh se acerca a mí. Su expresión es algo más seria, pero la mirada sigue intacta: cercana, atenta.
—¿Estás bien? ¿Quieres irte? —pregunta, con una preocupación sincera que se desliza en su voz.
La pregunta me pilla desprevenida.
—¿Quieres que me vaya? —respondo, incapaz de disimular el temblor que se cuela en mi garganta .
Josh me lanza una mirada cargada de reproche, pero no responde. Se limita a tomarme de la mano y echa a andar a la vez que me guía con una firmeza que me recuerda a su reacción cuando vio a Luc junto a mí. Esa expresión no se me ha olvidado.
Avanzamos en silencio y la curiosidad me empuja a romper el hielo.
—¿Siempre sois así tú y tu hermano?
Deja escapar un suspiro breve.
—Sí. Aunque nos queremos con locura, también nos sacamos de quicio. Nos llevamos solo un año.
Su respuesta me provoca una punzada extraña. Nostalgia, tal vez. Yo no tengo hermanos ni primos cercanos; nunca he experimentado esa clase de vínculo.
—Tu padre parece simpático —comento para aligerar el tono.
Josh se detiene y su voz se quiebra al corregirme:
—Larry no es mi padre, Alicia. El mío falleció hace poco.
Me quedo paralizada, sin saber qué decir.
—Lo siento... No lo sabía —susurro, incómoda por mi propia torpeza.
Josh busca aliviar la situación con una sonrisa triste.
—Mi familia es algo distinta, ya te habrás dado cuenta. Es poco convencional.
Nos sentamos bajo un árbol, lejos del epicentro de la fiesta. A lo lejos, la música y las risas flotan en el aire, pero aquí el tiempo se ha detenido. Me atrevo a profundizar.
—¿Qué quieres decir con eso? Es una historia compleja, ¿verdad?
—Lo es —murmura—. Puede que no estés preparada para entenderla.
Sus palabras me duelen. No es la primera vez hoy que alguien insinúa que no puedo comprender lo diferente.
—Perdona, pero intento comprenderte —digo con la mayor calma que consigo—. ¿Crees que vivo en una burbuja y que soy incapaz de entender la realidad?
Se queda callado un segundo, sorprendido por mi reacción. Luego asiente, despacio.
—Puede que haya sacado conclusiones demasiado pronto. No pretendía ofenderte, Alicia.
—Te aseguro que no me conoces en absoluto.
Su silencio dura apenas unos instantes.
—Tienes razón. Me gustaría hacerlo. Y lo siento, de verdad.
Algo se desbloquea entre nosotros en este momento. Un roce de vulnerabilidad compartida nos acerca más que cualquier paseo por la granja o charla amable. Josh suspira, resuelto a sincerarse del todo .
—Verás, mis hermanos y yo somos hijos de padres diferentes —empieza con tono sereno—. Sé que añade una capa más de complejidad a todo lo que creías saber de mí, pero déjame que te explique.
—Ante nada, como te he dicho, siento mucho lo de tu padre, Josh. Tiene que ser duro perderlo —añado con sinceridad para demostrarle que estoy aquí y que me importa—. Entonces, ¿algunos de tus hermanos son hijos de tu padre y otros de Larry?
Josh baja la mirada y entrelaza las manos sobre las rodillas.
—Gracias por tus palabras. Sí, algo así. La historia de mis padres es un enredo.
Intento animarlo con una sonrisa cálida.
—Me encanta desenterrar misterios. Saqué buenas notas en la carrera, ¿sabes? Seguro que puedo seguirte el hilo. ¿Te refieres al rollo bohemio? Me parece fascinante, la verdad.
Josh frunce ligeramente los labios, divertido.
—Cada vez me sorprendes más, Alicia.