Rompiendo las olas Capítulo 18
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Capítulo 18

La granja

—Esto es una pasada, me encanta —mi voz delata el entusiasmo.

Mientras recorremos la pequeña granja de su familia, llegamos a una zona donde un grupo de conejos recién nacidos se acurruca en un rincón del corral. Mi primer impulso es acercar la mano para acariciar a esos pequeños bultos de pelo, pero Josh me detiene con delicadeza.

—Mejor no los toques, Alicia. Podrías hacer que la madre los rechace.

Sonrío, divertida por su advertencia, a la vez que agradezco la oportunidad de compartir un poco de lo que sé.

—En realidad, eso es más un mito que otra cosa —explico, con los brazos cruzados—. Es cierto que no conviene manipularlos demasiado porque son frágiles y vulnerables a infecciones, pero los conejos no rechazan a sus crías solo por oler a humanos.

Josh me observa, sorprendido.

—Vaya, se nota que sabes del tema. ¿Has tenido conejos?

Aprovecho su interés para hablarle de mí.

—No, estudié Veterinaria. Siempre me apasionaron los animales. Cuidarlos, entenderlos... era lo que más me motivaba. Bueno, lo ha sido durante mucho tiempo. Ahora ya no lo tengo tan claro.

Su expresión se suaviza; hay algo en su mirada que me invita a continuar.

—Aunque a veces lo dude, los animales siguen siendo parte de mí. Supongo que, en el fondo, no sé ser yo sin ellos.

—Me parece admirable, Alicia. Se nota que tienes una conexión especial con ellos. Estás disfrutando esto como una cría en una feria.

—Justo eso he pensado yo. Si me traes aquí, me tienes entretenida todo el día.

—No sabía eso de ti.

—Nunca hemos tenido la ocasión de conocernos de verdad.

Nos sentamos en un banco alto hecho con pacas de paja, rodeados por el aire fresco del atardecer.

A nuestro alrededor, el bullicio de la fiesta va apagándose.

Hablamos de animales, de mi carrera, hasta que el silencio se instala entre nosotros.

No es incómodo, sino espeso. Al mirarnos, todo se detiene, como si lo que nos rodea perdiera relevancia durante unos segundos.

Su mirada verde se clava en la mía con una intensidad inesperada.

Josh carraspea y el momento se rompe como una pompa de jabón.

—Antes dijiste que ya no sientes lo mismo por la veterinaria —murmura—. ¿Qué ha cambiado?

Su interés sincero me sorprende. Y me afloja por dentro.

—Llevo tiempo dándole vueltas —respondo, resuelta a elegir bien cada palabra—.

Siempre creí que la clínica general era mi vocación, pero tras las prácticas en la facultad, la realidad me dio de bruces.

Me costaba muchísimo comprobar cómo sufrían los animales en el hospital sin poder remediarlo.

Sentía que el trabajo se volvía mecánico y dejé de sentirme útil.

Los adoro, pero la práctica clínica diaria no encaja conmigo. No lo sé…

Hago una pausa para medir su reacción.

—De hecho, es una de las razones por las que vine a Malibú. Necesitaba que me diera el aire, quería respirar y comprobar si aún hay un lugar para mí en la profesión… o si debo encontrar otro.

Josh asiente, con la mirada fija en la mía, concentrado en procesar cada palabra.

—Debe de ser duro enfrentarte a esa duda, sobre todo cuando has invertido tanto en una carrera —dice con un tono empático, sincero.

—Lo es.

Y tengo que admitir que me siento mejor después de contárselo. Parece de verdad interesado en entenderme, a pesar de que apenas nos conocemos.

El silencio se instala de nuevo, pero esta vez resulta reconfortante. Es un paréntesis compartido, un espacio reflexivo que nos permite absorber lo que acabamos de decirnos. Me doy cuenta de que esto —alguien que escuche también los silencios— es lo que llevaba tiempo buscando sin saberlo.

—Curioso que te gusten tanto los animales y tengas fobia a los tiburones.

—Ya ves —suelto una risita .

—Bueno, eso tiene arreglo. Si algún día te apetece retomar las sesiones, creo que mis conocimientos podrían servirte.

—No puedes protegerme siempre, Josh.

—Oye, eso ha dolido —responde, con una pizca de falsa indignación.

—Lo siento. Por muy duro que suene, no eres ningún superhéroe.

—¡Vaya! —se muerde el labio inferior, y el gesto despierta en mí una sensación tan intensa que me cuesta disimularla—. Me estás destrozando el ego.

—Si no lo tuvieras, no podría hacerlo.

No sé cómo, pero de pronto nuestros rostros quedan tan cerca que puedo sentir su aliento, cálido, en mi mejilla. Se inclina, despacio, hasta dejar su boca a escasos milímetros de mi oído.

—¿Quieres que deje de hacerlo?

Aprieto las piernas. Su voz, profunda y áspera, me atraviesa la piel. Ya no hay duda: Josh me atrae. Muchísimo.

—¿Dejar de hacer qué? —murmuro, sin apenas voz.

—Salvarte —susurra.

Jadeo, incapaz de ocultarlo. Su boca se desliza hacia la comisura de mis labios, pero no llega a tocarme. Se me eriza la piel. Soy incapaz de articular palabra.

—Mmm... —ronronea—. Lo que pasa es que me dijiste que no era un superhéroe. Quizás no pueda salvarte después de todo.

Giro el rostro y lo miro directamente a los ojos.

—Tal vez no, aunque me gusta que lo intentes.

Esboza una pequeña sonrisa y se pasa la lengua por los labios.

Me muerdo la mejilla por dentro a la vez que me aferro a la paca de paja.

Una oleada de calor me recorre entera. Josh me aparta un mechón de la cara y juega con él entre los dedos, despacio, con una ternura que me deja embobada, antes de colocárselo detrás de la oreja.

Solo ese gesto, el leve roce de su piel contra la mía, me enciende por dentro.

—Ali —susurra con una voz ronca que me atraviesa.

Escuchar mi apodo en sus labios me desconcierta y, al mismo tiempo, me provoca una alegría absurda. Su dulzura parece no tener límites. Este hombre no puede ser real.

—Josh... —suspiro y entorno los ojos, sin saber si suplicarle que pare o que se rinda de una vez. Necesito frenar este hormigueo, el deseo ciego que empieza a consumirme.

Ahí está él, con la mirada fija en mí, limpia y directa. No pide permiso para acortar la distancia; simplemente inclina la frente hasta rozar la mía. El contacto me agita el pulso .

—¿Sabes qué? —susurra, con los labios a un suspiro de los míos.

—¿Qué? —acierto a articular, mientras nuestras miradas se enredan en una tensión insoportable.

—Me gustaría intentar salvarte una vez más. Y, quizá, un par de veces más…

El mensaje subtextual es tan claro que la respiración se me corta. Es inevitable que me asalten estas ideas cada vez que lo tengo cerca. Definitivamente, es él quien me vuelve loca.

—Creo que a mí también me gustaría... —respondo con una sonrisa suave.

Lo veo estudiar mi gesto, concentrado en memorizarlo. Suelto un pequeño jadeo al sentir su mano en mi cintura; sus dedos aprietan mi costado con una delicadeza que me estremece.

«Bésame, por favor», suplico en silencio. Si no toma la iniciativa él, temo perder el control y que terminemos con la paja esparcida por todas partes.

—Aquí estáis. La fiesta es al otro lado —una voz irrumpe como un trueno.

Ambos damos un respingo y nos giramos al instante, con la culpabilidad de quienes han sido atrapados en pleno renuncio. Y estoy convencida de que, de no ser por la interrupción, habríamos caído.

—Joder, Luc, ¿qué quieres? —Es la primera vez que oigo a Josh realmente enfadado.

No lo culpo. Su hermano ha destrozado el momento con la sutileza de un claxon. Josh exhala un suspiro, se levanta del banco improvisado y yo lo sigo a la vez que me sacudo los restos de maleza de la ropa.

—Ven, que mamá quiere que le ayudes con la tarta —dice Luc, muerto de risa.

Esa carcajada solo consigue que Josh apriete la mandíbula. Luc me tiende la mano.

—Alicia, acompáñame. Mi hermano no está muy bien de la cabeza... Traerte aquí, en medio del picadero... Vaya idea.

—¡Vete a la mierda, gilipollas! —Josh estalla, lo que me deja boquiabierta.

Luc se parte de risa. El desconcierto me dura hasta que veo a Josh negar con la cabeza mientras recupera su media sonrisa de siempre. Respiro aliviada; es solo el código rudo de dos hermanos.

Salimos del pajar los tres. Luc me lleva de la mano a mi izquierda y noto que Josh lanza una mirada rápida hacia nuestros dedos entrelazados.

Hay un destello de celos en su gesto que me sorprende.

Me cuesta contener la risa. No es un rasgo propio de él, pero debo reconocer que ese matiz posesivo me resulta halagador.

Es ridículo por mi parte, lo sé, y no quiero justificar actitudes controladoras, pero esa chispa me confirma lo obvio: empiezo a sentir cosas intensas por Josh.

Nada más entrar en la casa, el ambiente cambia por completo.

Un aroma cálido, mezcla de incienso y pasteles recién horneados, flota en el aire.

En mitad de la cocina está su madre. Luce un vestido largo de flores, el pelo suelto salpicado de mechones plateados y decenas de pulseras que tintinean en sus muñecas.

Desprende una energía inequívocamente bohemia.

A pesar de rondar los cincuenta, conserva una enorme juventud en la sonrisa y en el brillo de los ojos.

—Oh, Josh, ¡mi dulce niño! —exclama, a la vez que lo rodea en un abrazo que transmite tanto cariño como protección.

En ese instante, la preocupación asoma a los ojos de ella al fijarse en la prótesis de su hijo. Me sorprende el detalle porque yo ya lo había olvidado por completo; se mueve con una soltura tan natural que resulta invisible.

—Mamá, está todo bien —le asegura él, con una paciencia teñida de afecto.

Aun así, ella le acaricia la espalda y le acomoda la camisa en un ademán puramente maternal, resuelta a protegerlo del mundo entero.

—Oh, y tú debes de ser Alicia —dice al volverse hacia mí. Su sonrisa ilumina la estancia. Posee un magnetismo que reconforta al instante—. Es un placer conocerte.

Me envuelve en un abrazo cálido, diferente al que le ha dado a su hijo. El mío encierra una curiosidad afectuosa, libre de tensiones. Cuando me suelta, experimento una extraña sensación de aceptación. Me siento a gusto.