Capítulo 17
Familia feliz
—Madre mía, ¿ha pasado un tornado por aquí o qué? —dice mi padre al abrir la puerta de mi habitación.
El desorden es monumental, fruto de dos horas de pruebas fallidas.
Ropa por el suelo, prendas descartadas una y otra vez.
Nada me convence. Lo que traje ya no me gusta y lo que hay en el armario no me vale.
No tengo la menor idea de qué ponerme para el cumpleaños de Sarah.
He buscado la dirección que me mandó Josh y, por lo que parece, es una casa aislada en las afueras, tipo granja o finca rural.
Dudo que sea una fiesta formal, aunque tampoco quiero parecer una dominguera.
Y Josh no ayudó mucho: el día de nuestro encuentro en el restaurante se limitó a enviarme la ubicación con un seco «Aquí tienes la dirección».
Le pregunté a qué hora empezaba y solo respondió: «Ven cuando quieras, supongo que a partir de la hora de comer esto se animará».
—No sé qué ponerme —me lamento, a la vez que doy vueltas por el cuarto como un alma en pena y tropiezo con el caos que yo misma he montado.
—Pues vete a comprarte algo decente —sugiere, como si fuera tan fácil.
—No tengo tiempo, papá. Ayer estuve buscando el regalo para la chica y se me fue el santo al cielo.
Se apoya en el marco de la puerta y me observa con los brazos cruzados.
—¿De quién dices que es el cumpleaños?
—No los conoces. Es la hermana de… mi terapeuta.
—¿Terapeuta? —Levanta una ceja.
Trago saliva. «Bien, Alicia, qué lista».
—No exactamente terapeuta. Es más bien… un rehabilitador físico .
—¿Rehabilitación? ¿Pero qué te pasa?
Y cada vez me hundo un poco más.
—Ay, papá, no es para mí, o sea… —Me detengo e intento enfocarme—. Son solo unas clases en el agua. Para superar mi fobia a los tiburones.
—No jodas —alzo las cejas por la palabrota, justo cuando él se echa a reír.
Me cruzo de brazos, molesta.
—Para alguien que trabaja en salud, te tomas bastante a la ligera lo que acabo de decir. ¿No crees en la terapia de exposición progresiva?
Repito, casi palabra por palabra, la etiqueta que me grabó Josh en la piscina. Me aferro al término solo para demostrarle que no es una tontería.
—Ay, hija mía —chasquea la lengua, y su actitud me crispa—. Cada día nos topamos con conceptos de autoayuda. Algunos sirven, otros no. Depende de cómo los encares. Está bien que quieras probar cosas nuevas, aunque el auxilio externo no siempre funciona.
Médico consagrado. Escéptico por naturaleza. Para él, lo que hace Josh suena a culto extraño o a terapia alternativa de corte hippie. Me arde por dentro.
—Pues que sepas que sí me ayuda —digo, aunque ni yo misma me lo creo del todo. Su tono me empuja a mentir.
—No digo lo contrario. A veces uno encuentra respuestas donde menos lo espera.
Otra puñalada disfrazada de comprensión. Así son nuestras conversaciones. Lo quiero, lo adoro; sin embargo, cuando cree tener la razón absoluta, me agota.
—Me tengo que dar prisa. Llego tarde —zanjo, sin ganas de discutir.
—Sobre lo del otro día… —Su voz baja, un poco avergonzada—. Quería disculparme. Debería haberte avisado.
Desvío la mirada, dudo… y al final lo miro de frente.
—Tranquilo. Lo que vi aún no me ha dejado tan traumatizada como para necesitar terapia. Y mucho menos alternativa.
Se nota que capta el sarcasmo. No lo oculta.
—Sé que todo esto te cuesta. Solo me gustaría que le dieras una oportunidad a Jenn…
—Papá —lo corto—. Lo que hagas con tu vida es asunto tuyo. No me metas en ella. Si quieres casarte, hazlo. Solo que no esperes que me entusiasme.
—Si al menos pudieras…
—No quiero hablar de esto. Dame tiempo.
Lo veo tragar saliva. Baja la mirada y asiente. Cuando vuelve a alzarla, sonríe, aunque la tristeza le empaña los ojos. Por un instante me siento culpable. Sé que soy fría con él. Sé que duele. Pero no tengo las respuestas que busca.
—Pásatelo bien en la fiesta. ¿Quieres que te acerque?
—No, gracias. Cogeré el coche.
—Por favor, no bebas.
—¿Desde cuándo bebo yo?
—Llámame si necesitas algo. Que pases buena tarde. Te quiero —dice, resignado, al cerrar la puerta.
Susurro un «te quiero» tan bajo que ni el aire lo oye. En cuanto se va, el silencio deja un vacío enorme en mi pecho. Me arde, me pesa. Siento ganas de llorar, pero no hay tiempo para eso. Sacudo la cabeza. Me centro. Tengo que seguir adelante.
◆◆◆
El GPS insiste en que he llegado, a pesar de que lo único que veo es una finca aislada, como si el resto del mundo hubiese desaparecido sin avisar. Nada más bajar del coche, el paisaje parece sacado de una postal rústica. Sin embargo... ¿esto va en serio?
La prenda blanca que escogí, con su aire bohemio pensado para integrarse en el entorno, ya empieza a arrepentirse de haber venido.
El primer paso me hunde en una mezcla barrosa que se ceba con mis zapatillas; en segundos, el polvo se adueña de ellas.
«Genial». Me aliso la falda con la esperanza de no parecer una turista extraviada en mitad de un safari.
Busco limpiar un poco las suelas, pero solo consigo mancharme las manos. La situación no mejora.
Camino con cautela a la vez que esquivo piedras y socavones, convencida de haberme equivocado, hasta que un chico aparece de la nada. Guapo, sí. De los que parecen salidos de un anuncio de perfume: sonrisa letal, mirada limpia y pinta de no haber roto nunca un plato.
—¿Perdida? —pregunta con cierto humor y aparente curiosidad.
—Un poco —admito, y suelto una risa nerviosa.
—¿Has venido al cumpleaños, cierto?
—Eso es.
Sonrío .
—Estás en el sitio correcto, aunque no lo parezca. Soy Luc, hermano de Sarah. —Tiende la mano, pero al ver las mías llenas de barro, opto por un gesto con la cabeza que espero parezca amistoso y no una especie de tic facial.
—Alicia. Gracias. Ya pensaba que este lugar era un portal a otra dimensión.
Se ríe y señala un sendero oculto tras unos arbustos. De fondo, la música confirma que, efectivamente, no he perdido la cabeza.
—Ven, te acompaño. Aunque con ese calzado, prepárate para una odisea.
Asiento, resignada, y lo sigo. Si ya estoy metida en una escena de película, que al menos tenga banda sonora.
Luc me guía por una senda rodeada de luces tenues, como sacadas de un festival indie.
A medida que nos acercamos a la casa, el ambiente cambia por completo.
Es como entrar en una cápsula del tiempo: una comuna hippie de los setenta vestida de gala.
Tapices coloridos, lámparas de papel que flotan como si respiraran y una música alternativa que suena a vinilo viejo y polvo de nostalgia.
Perros y gatos se pasean entre los invitados, que van en chanclas, con atuendos vaporosos y actitud zen. La escena es un asalto visual, caótica y encantadora.
Llegamos al jardín trasero, que se abre ante nosotros como el escenario de una obra al aire libre. Una mesa alargada de madera, digna de un banquete medieval, se extiende de punta a punta. Está repleta de platos, copas, frutas y flores. Todo invita a quedarse.
Y justo entonces, aparece Josh.
Camisa blanca semiabierta, pantalones de lino y ese pelo alborotado por el salitre que enmarca sus facciones. Parece salido de una editorial de moda veraniega. Su piel bronceada resalta bajo la ropa clara. Vamos conjuntados, de alguna manera; y no sé si eso me incomoda... o me encanta.
Luc sonríe, divertido, y anuncia mi llegada.
—Aquí la tienes, la chica guapa de la que Sarah no ha parado de hablar. Diría que la descripción fue bastante acertada, ¿no crees?
Josh frunce el ceño al oírlo. Su expresión se tensa por un segundo, hasta que da un paso rápido entre su hermano y yo con una sonrisa algo forzada.
—Lo siento, Alicia. No esperaba… Bueno, me alegro de que hayas venido —dice, en un esfuerzo por mantener la compostura.
Y ahí estoy, en mitad de un festín de estímulos mientras asimilo tanto la escena como esta bienvenida inesperada.
—Gracias. ¿Y tu hermana? —pregunto, forzando una naturalidad que no siento. Solo conozco a Josh, y eso me hace sentir fuera de lugar .
Él asiente con un gesto algo distante. Parece más reservado, como si prefiriese levantar cierta barrera. En cambio, Luc me pasa un brazo por los hombros con toda la soltura del mundo.
—Vamos, Alicia, te presento al resto. ¿Qué te apetece beber?
—Eh… una cerveza está bien —respondo sin pensar demasiado. «Papá, sé lo que dije. Es solo una para no desentonar», me repito mentalmente.
—Luc —interviene Josh, a la vez que posa una mano sobre su pecho y lo aparta con una suavidad cargada de firmeza—. Trae tú la cerveza. Yo me encargo de las presentaciones.
Se miran durante un instante, como si midieran fuerzas.
Luc acaba por ceder con una sonrisa resignada y se aleja, aunque antes le da un empujón amistoso al pasar.
Lo sigo con la mirada. Su pelo negro contrasta con el de Josh, y esos ojos castaños destacan sobre la piel dorada.
Tiene la mandíbula marcada y una complexión robusta.
Intuyo que no se llevan muchos años. Vamos, que sus padres no se tomaron ni un descanso.
—No le hagas demasiado caso. Está como una cabra —dice Josh entre dientes.
—¿Eso significa que la terapia no funcionó? —le sigo el juego.
Él baja la mirada y, cuando vuelve a alzarla, le asoma un hoyuelo en la mejilla.
—Créeme, si existiera tratamiento para lo suyo, recaería siempre.
—¿Estamos ante un trastorno grave?
—¿Ser un ligón incorregible cuenta?
Contengo una carcajada y me llevo la mano a la boca. Josh sonríe con más amplitud.
—Ven, te presento a la familia.
Lo que sigue es un desfile ininterrumpido de nombres, abrazos y saludos. Gente por todas partes. Todos son hermanos, primos o algo parecido, y yo ya no sé quién es quién.
—Josh, perdona la indiscreción, pero… ¿cuántos sois?
—Doce —responde, y su risa al ver mi cara de asombro me contagia.
—¿Doce? —la voz se me escapa tan alto que varias personas se giran—. ¡Hostia! ¡Me cago en la puta! —me cubro la boca al instante—. Perdón.
Josh estalla en carcajadas. Y menos mal, porque yo no sabría dónde meterme.
—No te preocupes. Suele pasar. Y ni siquiera están todos. Más tarde llegará mi hermana mayor con sus hijos y Robby, el gemelo de Luc está en Australia.
—Ah… —balbuceo, aún en pleno proceso de digestión—. ¿Y tú qué número haces ?
—El segundo. Después vienen los gemelos. Luego Mary, Kate y Ryan, que también son mellizos. Sarah, a la que ya conoces. Jonathan y Brian, que andan por ahí. Helen, de cinco años. Y la pequeña Sophie, que todavía está con mi madre.
—Guau… Me dejas sin palabras. Nunca había conocido a una familia tan numerosa. Sois más que un equipo de fútbol.
—Y no nos gusta el fútbol.
—Eso sí que no me lo esperaba.
Los dos nos reímos.
Me relajo al notar que Josh se muestra más cercano. Apoya la mano en la parte baja de mi espalda para guiarme entre la gente, y ese simple roce logra integrarme sin esfuerzo. Poco a poco me dejo llevar por el ambiente.
Sarah aparece enseguida y me acerco para saludarla.
Le entrego el regalo, que abre de inmediato con una expresión de sorpresa encantadora.
Al ver el contenido, sus ojos se iluminan.
Me abraza con entusiasmo, y ese gesto tan espontáneo me conmueve.
Nadie había agradecido así un detalle mío. Me hace sentir especial.
El ambiente es alegre, acogedor. Todo el mundo parece hablar con todo el mundo, sin filtros ni tensiones.
Esta casa llena de vida contrasta tanto con mis cumpleaños de niña, donde solo venían mi madre, mi padre y mis dos mejores amigos.
El esfuerzo de mis padres era enorme y lo pasábamos bien, pero la falta de hermanos me dejaba un vacío que intentaba llenar con Engel y Blair cada vez que estaba con mi padre.
Eran mi familia elegida. Pensar en Engel me revuelve un poco el estómago.
Sé que necesito aclarar lo nuestro antes de que los sentimientos lo estropeen todo.
—¿Ya estás aburrida? —me pregunta Josh, lo que me saca de mis pensamientos. Estamos sentados en un rincón, algo apartados del bullicio.
—Para nada. Solo estaba admirando lo increíble que es todo esto.
—¿Te refieres al caos? Es agradable, sí. Aunque vivirlo a diario no tiene tanta gracia —comenta, con una sonrisa.
Lo observo. No hay reproche en su voz, solo cierto anhelo.
Esa familia numerosa no los ha vuelto distantes; al contrario, parecen más unidos que muchos con vínculos más pequeños.
Le devuelvo la sonrisa. Entonces, su mirada se desliza hacia mis labios.
No digo nada, finjo que no me doy cuenta, aunque yo también lo examino.
—¿Te apetece dar una vuelta? Te enseño dónde tenemos los animales.
—¿Animales?
—Tranquila, ninguno con aletas. Son de granja. Los cuidan mis padres.
Le doy un codazo, divertida.
—Ja, ja. Qué gracioso .
Él suelta una carcajada. Me encanta su humor. Me levanto sin dudar. Y no mentía: hay caballos, gallinas, conejos y toda una colección de criaturas de campo. Me fascinan. Pasear entre ellos me devuelve a la infancia. Él lo ha notado. Y me ha traído justo al único lugar donde sabía que iba a sonreír.