Rompiendo las olas Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Supongo que lo que quieres decir es que no rechazaría una oportunidad si se la pusiera fácil, aunque no lo creo. Josh no es de esos. No va por ahí con el rollo de «aquí te pillo, aquí te mato». ¿Y si tiene novia o está casado? ¿Te has planteado eso?

—¿Casado? Qué va, es joven.

—¿Y qué? Hay gente joven que se casa.

—Es surfista. No lleva anillo y lo único a lo que parece atado es a su tabla.

—Eso seguro —nos echamos a reír—. Y, por favor, no me hables de bodas.

Me froto las sienes con los dedos.

—¿Qué ha pasado?

—Anoche pillé a mi padre en la cocina, comiéndose a besos con su supuesta prometida .

—¿Cómooo? ¿Tu padre se va a casar? ¡Me estás vacilando!

—Estoy que echo humo. Por cierto, ¿te apetece que comamos juntas o estás liada?

—Claro que sí. Salgo del curro a la una. Te paso la ubicación y nos vemos por el centro. Damos una vuelta y así te desahogas.

—Perfecto, porque como no hable, reviento.

Paso la mañana trasteando por internet para buscar opciones de máster o posgrado.

Le doy vueltas a la idea de especializarme en rehabilitación animal, decidida a encontrar una vía que devuelva el sentido a mi carrera tras la desilusión de las prácticas de la facultad .

Necesito algo más que ese título carísimo que ahora mismo no sé si me va a servir ni de posavasos.

◆◆◆

Blair llega al restaurante a las dos, puntual. Me levanto para saludarla con dos besos.

—Una doble bien fresquita, por favor —le dice al camarero que justo pasa por nuestro lado, antes de sentarse.

—¿No te parece pronto para una doble? —pregunto, con un suspiro.

—Al contrario. Ya llego tarde. Debería haberme tomado una con el desayuno. Si tú tuvieras que aguantar a mi jefe, también empezarías el día brindando.

—¿Está bueno, al menos?

—¿Qué dices? —Blair frunce el ceño—. Podría ser mi padre. Y encima es un tirano. Estoy convencida de que alguno de sus ancestros juró lealtad a Julio César —resopla— solo le falta el cetro. La calva ya la tiene.

Me echo a reír.

—Parece que eso de la diferencia de edad no impide ciertas bodas —comento, y recupero la seriedad—. Que se lo digan a Jennifer, la aspirante a convertirse en mi madrastra. Solo de pronunciar la palabra me entran escalofríos.

—Es verdad, tía —Blair se inclina hacia mí con aire de sabionda—. Vaya tela lo de tu padre. Aunque también te digo... lleva años solo.

—¿Solo? Ni de coña. Mi padre no es ningún monje. No sabes ni la mitad de lo que ha hecho .

—No seas tan dura. A lo mejor esta vez va en serio. Puede que esté enamorado.

—¿Enamorado? Por favor. La conoce desde hace meses. Eso no es amor, es delirio.

—Hay gente que se enamora al instante. ¿No crees en el flechazo?

—Ni en cuentos de hadas ni en empalagos de película. Una cosa es un polvo fugaz… otra, casarse. El amor, si es de verdad, necesita tiempo. Como el buen vino. Y mi padre está convirtiendo todo esto en vinagre.

—Vaya, qué entusiasmo. Quizá si la conocieras entenderías por qué le ha dado por ahí.

Blair me lanza una sonrisa cínica y bebe de su copa, a la vez que limpia de su labio superior un cerco de espuma con un gesto provocador.

—No me trago esa historia de enamoramiento exprés con luz de neón y música de tardeo. Mi padre huye de algo, y lo sabes.

Blair arquea una ceja.

—¿Huyendo de qué? ¿O de quién?

—De lo que siente por mi madre.

—Estás fatal. Tus padres se separaron cuando tenías dos años. Me hace ilusión que aún creas que pueden volver, aunque me inquieta un poco. Suena a trauma sin resolver.

—Blair, no lo digas así —le ruego—. No se trata de traumas. Tengo razones para pensar que todavía sienten algo el uno por el otro.

—Pues eso ya suena más a culebrón turco que a drama serio.

—Llámalo como quieras. A mí me jode igual.

—¿Pedimos vino? —propone, como si habláramos del menú.

—¡Joder…! —me quedo mirando su vaso vacío, atónita—. ¿Te has bebido la doble de un trago? Como sigas así, te saco en volandas del restaurante.

—Relájate, no tengo planes esta tarde. Me apetece desconectar.

—Ya, ya veo. Modérate un poco, ¿eh? Que a este ritmo acabas como la Amy Winehouse local.

—Hablando de wine … —hace una señal al camarero, que se acerca enseguida—. Tráenos un vino decente para acompañar la comida, por fa . Que se note que no venimos todos los días, pero tenemos buen gusto.

Blair habla con el empleado con una soltura digna de una sumiller. Me desconecto de la conversación. Dejo que la vista vague por el comedor… hasta que se cruza con él.

Josh.

Está sentado a unas mesas de distancia, justo enfrente, completamente ajeno a que lo observo.

Conversa con una chica mientras corta el contenido de su plato y sonríe de vez en cuando.

No puedo evitar fijarme en la manera en que le dirige la palabra, en cómo inclina un poco la cabeza al escucharla.

¿Será su novia? ¿Su mujer? ¿Una cita? Mi mente se activa, inquieta, y dispara teorías sin freno.

Él no me ha visto. Desde mi posición puedo observar sin ser descubierta; y, aun así, siento que invado un espacio que no me corresponde.

—Alicia… Alicia —la voz de Blair me devuelve a la realidad de golpe. Sacudo la cabeza y me giro hacia ella. Tiene los ojos como platos—. ¿Qué te pasa? Llevo rato hablándote. ¿Qué estás mirando?

Intenta volverse, pero le suelto un chillido ahogado que hace que varios comensales de las mesas cercanas se nos queden mirando.

—¡Sí, sí, que traiga la botella! —improviso a voz en grito, como si celebráramos algo.

Blair se queda quieta, alucinada. Me observa como si pensara que estoy al borde del colapso y, sinceramente, no va muy desencaminada. «Definitivamente se me está yendo la olla».

—Así se habla. Brindemos por la boda de tu padre —suelta, divertida .

—No empieces con eso —resoplo.

—Todo pasa por algo, ya lo sabes.

—Cambiemos de tema, ¿vale? He venido a desahogarme, no a organizar un banquete nupcial. Si dependiera de mí, no habría ni pastel.

—No me digas que vas a ser de esas que sabotean bodas como en las películas.

—Si hace falta, me apunto al género. Esta noche me veo un maratón de comedias románticas para sacar ideas.

Mis ojos, a pesar de la conversación, siguen pegados a Josh.

—Tu padre llega a su propia versión del nirvana y quiere sentar cabeza —añade Blair—. Si tú tuvieras las ideas igual de claras, no estarías tan alterada.

Me lanza un guiño burlón. Se lo pasa en grande a mi costa; para ella esto es un juego, pero para mí no tiene ni puñetera gracia . Puede que mi actitud suene infantil, incluso caprichosa, pero me niego a quedarme de brazos cruzados mientras mi padre vuelve a equivocarse .

El empleado regresa con el vino justo antes de que sirvan la comida.

—¡Por el amor incondicional! —exclama Blair, alzando su copa.

—Tú no bebes más, que estás como una cuba —me río.

Lo bueno de Blair es que siempre consigue arrancarme una carcajada; hablar con ella es como un chute de energía, aunque a veces me deje sin palabras.

—¡Por la libertad condicional, entonces! —se corrige alzando las cejas con intención—. ¿Qué? Como sigas a este ritmo, esto va a acabar en un thriller. Y si hay un colapso estructural en tu vida, te recuerdo que soy arquitecta: sé exactamente cómo diseñar una ruta de escape.

Le lanzo una sonrisa sarcástica, apuro el vino y levanto mi copa para secundarla.

—¡Por las rutas de escape! —brinda de nuevo.

Blair se dejó la piel en la carrera de Arquitectura y ahora trabaja en un estudio que odia, haciendo renders interminables para clientes engreídos. Estoy segura de que ella tampoco está contenta con sus decisiones profesionales, pero jamás lo admite de forma expresa; por eso evito sacar el tema.

Conforme el vino y la comida se asientan, las preocupaciones comienzan a diluirse .

Entre risas y confidencias, empiezo a disfrutar del momento.

Mi madre siempre decía: «El alcohol suelta la lengua, y quien mucho habla, mucho yerra».

Saber callar es de sabios, solía repetir.

Y aquí estoy: totalmente desinhibida… y peligrosamente mosqueada.

Durante todo la comida no he dejado de lanzar miradas a la mesa de Josh, atenta a que Blair no se diera cuenta.

Cada sonrisa que le dedicaba a la chica que lo acompañaba me crispaba más.

Ojalá pudiera verle bien la cara. Seguro que posee esa simetría perfecta de catálogo, espigada y con ese aire de seguridad que a mí me falta.

No sé por qué me afecta tanto, pero me tiene entre rabiosa y dolida.

Blair sigue con el monólogo de su trabajo y yo asiento sin prestar demasiada atención.

Me siento mal por ignorarla; y más al saber que lo hago por un chico al que apenas conozco.

Termino lo que queda en la copa de un trago.

Ya van dos botellas. El vino blanco entra solo, muy frío, demasiado traicionero.

Me entran ganas de cometer una estupidez. Y la cometo.

—Voy al baño, espérame aquí —le digo, a la vez que me levanto.

Me mira con los ojos entrecerrados, perpleja.

—¿Y a dónde más iba a ir?

—Eso. Espérame —repito, aunque ni yo misma entiendo el motivo.

Camino entre las mesas con un objetivo claro: pasar junto a Josh en una casualidad perfectamente coreografiada.

Sin embargo, cuando estoy a punto de alcanzar su posición, tropiezo con mi propio pie.

Milagrosamente no termino en el suelo, aunque parezco una muñeca ebria en su peor desfile de pasarela.

Varios comensales me observan. Él también.

Josh se levanta de golpe con la intención de socorrerme. Alzo la mano con gesto solemne y asiento para fingir un control que no tengo. Me recompongo y continúo; busco aparentar seguridad a medida que me acerco a su mesa.

Cuando llego, me recibe con una expresión tensa, a medio camino entre la preocupación y la seriedad. Prefiero no imaginar el cuadro que estoy dando; sería para morirse de vergüenza. Así que opto por lo único digno: morir de pie.

—Josh, qué sorpresa verte aquí —digo, y el tono suena tan forzado que desearía tragármelo al instante.