Capítulo 16
Al mal vino, buena cara
Después de un día como este, conciliar el sueño resulta casi imposible.
Contengo la respiración, cuento hasta diez y trato de dormir, sola en la cama.
Sé que me asustan los cambios; supongo que por eso vivo atrapada en un dilema constante, tanto en lo profesional como en lo personal.
Lo más sensato sería hacer la maleta y coger el primer vuelo a Madrid.
Sin embargo, aquí estoy, dando vueltas entre las sábanas, mientras revivo cada momento en la piscina.
Miro el reloj de la mesilla: la una y diez. Sin encontrar descanso, me incorporo, me calzo las chanclas y bajo a la cocina en busca de un té que me calme. Puede parecer absurdo, pero no consigo sacarme a ese chico de la cabeza.
Camino bajo la tenue luz de los apliques de la pared que marcan el trayecto. Al abrir la puerta, me asomo... y me topo con dos personas casi tumbadas sobre la isla. Ninguno se percata de mi presencia. Mi padre está completamente concentrado: besa a una mujer morena y atractiva.
Una voz dentro de mí me empuja a interrumpirlos, a echar a la mujer que, a mis ojos, traiciona los sentimientos de mi madre. Sin embargo, me repito que no tengo derecho. Así que, en lugar de montar una escena, enciendo la luz general y carraspeo.
Mi padre se sobresalta. La mujer se queda paralizada, como un ciervo atrapado en los faros de un coche.
—Perdonad la intromisión. Solo venía a por un té —anuncio a la vez que retrocedo.
—No, espera —dice él cuando intento desaparecer de allí.
Le lanzo una mirada llena de reproche, con una ceja arqueada. No pretendo disimular el enfado.
—Disculpa, hija —empieza, visiblemente incómodo—. Fuimos al teatro, luego entramos a tomar algo y…
Su voz se desvanece a causa de la vergüenza.
Levanto una mano en un gesto que pretende ser conciliador, con la intención de zanjar el asunto, aunque la ironía se me escapa.
—No te preocupes. Solo venía a calmar mis fantasmas... pero parece que aquí he encontrado alguno más.
La mujer, que hasta ese momento no ha hecho más que arreglarse la ropa y el pelo, se acerca con una sonrisa amable y me tiende la mano.
—Hola, soy Jennifer. Tu padre me ha hablado mucho de ti.
La observo con detenimiento, de arriba abajo.
Su piel morena sugiere raíces afroamericanas y desprende un aire exótico que la hace aún más llamativa.
Es evidente que se conserva muy bien. Tiene las piernas largas, esbeltas, envueltas en un vestido negro que le queda impecable.
Podría ser modelo, sin exagerar. Es justo el tipo de mujer que le gusta a mi padre: elegante, delgada, sofisticada.
Y aunque encaja a la perfección en su perfil, no puedo evitar preguntarme qué la hace tan irresistible como para que él quiera casarse con ella. La verdad, sigo sin comprenderlo.
—Me alegro entonces. Eso significa que no hay nada más que añadir. Buenas noches.
Doy media vuelta y abandono la cocina. Soy consciente de mi falta de educación, pero después de lo que he vivido hoy, me siento incapaz de quedarme allí a fingir cordialidad a la una de la mañana. Si lo hiciera, acabaría por ahogarme en otra estructura tan oscura y asfixiante como la anterior.
Al entrar en la habitación, cierro la puerta con firmeza, como si de ese modo pudiera clausurar fuera todo lo que me pesa.
Me acerco a la ventana. A estas horas el cristal solo devuelve el reflejo del jardín y, al fondo, una mancha densa que sé que es el mar.
De día es azul; ahora, parece tinta negra.
Sé que mi padre intentará hablar conmigo por la mañana. No tengo ninguna gana de escucharlo. Ya no sé hacia dónde escapar. Cada vez que busco un lugar seguro, aparece otro motivo para huir. Y lo peor es que no me estoy topando con sorpresas agradables. Ni una sola.
Sacudo la cabeza, agotada, y me tumbo de nuevo. Cierro los ojos con fuerza y me obligo a dormir. En algún momento debo de haberlo conseguido, porque cuando suena el despertador por la mañana, el cansancio sigue ahí, adherido al cuerpo como una sombra que se niega a desaparecer.
Aún me estoy vistiendo cuando Blair me llama .
—¿Qué tal la sesión con Josh ayer? —pregunta con su voz cantarina, impaciente por cotillear.
—Buenos días para ti también —respondo, a sabiendas de que va directa al grano.
—Eso de buenos días está por verse. Primero me lo cuentas todo con pelos y señales y luego ya decidiremos si lo son.
—Si no hay más remedio… —suspiro, y preparo el maquillaje.
Entonces lo recuerdo. La historia de Engel. Lo que Blair me ha ocultado. El enfado me sube al estómago antes incluso de haber desayunado.
—Alicia, hace siglos que no nos vemos. No seas así conmigo.
—Sí que nos hemos visto.
—Por videollamada. Eso no cuenta.
—¿Qué quieres saber? —corto por lo sano. No tengo paciencia para rodeos.
—Todo. Estoy… merodeando a distancia vuestra relación. ¿Puedo?
—¿Qué relación, Blair? Josh y yo no tenemos ninguna relación. —Primera mentira del día. Técnicamente, sí la tenemos: de amistad. Eso habíamos acordado.
—Tenéis más que un vínculo profesional y es justo ese el que me interesa. Así que dime: ¿cómo fue la sesión? ¿Te ha gustado?
—Gustar no es la palabra. Ha sido un horror.
—Guau, eso ha sido lo más siniestro que te he oído decir. ¿Qué pasó? ¿Había tiburones en la piscina o qué?
Tiburones, no. Fibroso como un animal salvaje, eso sí. Ni un gramo de grasa en todo el cuerpo.
—Entré en pánico. Me di cuenta de lo que estaba ocurriendo y no supe reaccionar. Así que, como puedes imaginar, resultó bastante desagradable.
—Hostias, perdona. Pensé que hablabas en sentido figurado.
—Ya… Y si preguntas por Josh, se portó como un profesional de diez. Hizo un trabajo impecable. Pena que yo no supiera aprovecharlo. El trabajo, digo —carraspeo. Ha sonado fatal.
—Y… —Sé lo que viene y ojalá no pregunte—, ¿cuándo es la próxima sesión?
—No sé si habrá otra. Dudo que repita.
—¿Por qué?
—Porque lo pasé fatal. No tiene sentido seguir.
—Vale, Alicia, está bien. Tómatelo por el lado fácil.
—¿Cómo dices? —Dejo de aplicarme la máscara de pestañas. Su comentario me ha tocado una fibra sensible; y quiero escucharla sin terminar con cara de panda .
—No puedes elegir siempre el camino cómodo, Alicia —dice ella, con sincera preocupación .— ¿Cómo vas a saber lo que pasará si te rindes en cuanto algo se complica? Ya sabías que esto no sería sencillo.
—Lo importante es intentarlo, ¿no? Y yo lo hice. Me agobié. No quiero repetir el trago una y otra vez. No vine hasta aquí para estar peor de lo que ya estaba.
—Te ha quedado de lujo la frase, joder. Pero el chaval solo intenta ayudarte a superar tus movidas.
—Precisamente. Son mis movidas, Blair. Ya me las gestiono yo.
—No digo lo contrario. Quédate con lo tuyo. Aunque me da pena por Josh. Parecía creer de verdad que podía ayudarte .
Ese comentario me encoge el estómago. ¿Celos? ¿Culpa? ¿Alivio? No sé qué es, pero algo me remueve por dentro.
—Vaya, parece que le tienes bastante aprecio. ¿No será que te gusta?
—Ese chico está buenísimo y no le haría ningún asco, desde luego —suelta una carcajada y niego con la cabeza, aunque no puedo evitar sonreír. Está completamente loca—. Pero no, no me gusta.
Su respuesta me deja una sensación extraña, semejante a quitarme un peso de encima. Absurdo. No debería importarme lo que haga Josh con su vida. Ni con quién se acueste Blair.
—Ah, sí, ya me lo dijiste. Aunque contigo es difícil seguir el ritmo sentimental. Y a todo esto... ¿qué le pasa a tu hermano últimamente? Está rarísimo desde que regresé.
Aprovecho para sacar el tema que lleva días en mi cabeza.
—¿A Engel? Que yo sepa, nada. —Su tono suena demasiado relajado. Sospechoso.
—¿Entonces no sale con nadie en serio?
—¿Qué pasa? ¿Te interesa?
No pienso caer en la trampa.
—Para nada —respondo de inmediato—. Es simple curiosidad.
—No, lleva tiempo sin nadie estable. Como te dije, solo busca aventuras de una noche.
—Sí, eso me contaste. ¿Y sabes si hay alguien que le atraiga de verdad?
—¿Por qué no se lo preguntas tú? Ya conoces a mi hermano. Cuando se le mete algo en la cabeza…
Exacto. Y ahora mismo me muero por saber qué demonios se le ha metido.
Espero con todas mis fuerzas no ser yo. Lo que iba a ser una escapada tranquila se ha convertido en un laberinto de secretos, atracciones absurdas y, cómo no, surf.
Exhalo con fuerza. Quiero respuestas, aunque tampoco pretendo meter a Blair en un compromiso con su hermano.
Supongo que tendré que hablar con Engel directamente, si es que tiene el valor de confesarme lo que sea que le ocurra.
No me apetece nada, pero no me queda otra salida.
—¿Estás ahí? —La voz de Blair me arranca del bucle.
—Sí, terminaba con el maquillaje.
—Vale. Oye, tengo una curiosidad. ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Desde cuándo necesitas permiso para soltar lo que sea.
—Desde que te noto rígida cada vez que saco el tema.
—Uf. Eso suena a bomba… —me río. La conozco bien; si no lo suelta, revienta.
—¿Qué tal es Josh?
—¿En qué sentido? —me repaso el pelo frente al espejo del tocador.
—Como persona. ¿Qué impresión te ha dado?
—Es inteligente, divertido. Y paciente. Creo que debe de ser un gran profesor. Tú lo conoces mejor, también te da clases.
—¿Y te parece atractivo? —pregunta tras una pausa.
Podría ser una charla tonta entre amigas, pero sé que no lo es. No me apetece compartir lo que pienso sobre Josh; ni siquiera tengo claro qué siento cuando estoy con él, ni entiendo sus intenciones.
—Sí, me parece atractivo —admito al final.
—¿Te lo tirarías? —Va directa, como siempre.
—No lo sé. Quizá sí, quizá no.
Guarda silencio. Mala señal.
—Si fuera tú, lo tendría claro. Él no dudaría.
—¿Te has vuelto loca?
—Vamos, Alicia. Pregúntale a Delia. Lo hemos visto. Te mira como si quisiera arrancarte la ropa desde el primer día .
¿Desde el primer día? Ni de coña.