Capítulo 15 #2
—No vuelvas a decir eso —su respuesta es tan tajante que me hiela la sangre.
—No es eso, Josh. Es que si seguimos con esto, vamos a vivir experiencias que no nos benefician a ninguno de los dos.
Tengo el corazón hecho trizas. Me muero de ganas de llorar, pero me obligo a contener más llanto delante de él.
—Ali, tienes que dejar de pensar por mí —replica, y me busca con la mirada—.
Sé perfectamente lo que hago. También sé que tu reacción de hoy es completamente normal, así que no te machaques.
Tienes que aprender a relajarte, a dejar de darle tantas vueltas a todo.
Estoy aquí porque quiero, y seguiré viniendo si así lo decides tú.
—Es muy amable de tu parte.
—No es amabilidad, Ali. Te lo dije, intento ayudar a una amiga. ¿Puedo llamarte así ya… o todavía te niegas a verme como tal?
Me acaricia las mejillas con ambas manos y el calor se extiende por todo mi rostro.
—Bueno, supongo que podemos ser amigos.
Él se echa a reír, visiblemente aliviado, y aparta las manos de mi cara. El gesto —mínimo, casi natural— me deja con una sensación extraña, semejante a un pequeño abandono.
—Entonces, querida nueva amiga, creo que es hora de irnos a casa. Vamos, te enseño los vestuarios para que puedas ducharte y cambiarte. Nos vemos a la salida.
Asiento. Siento alivio inmediato ante su orientación. Me acompaña hasta la entrada y me concede espacio para prepararme a solas.
El agua caliente cae sobre mi cuerpo y me envuelve en una cortina cálida que debería reconfortarme.
El vapor llena el reducido espacio de la ducha, pero mi mente no se disuelve con la misma facilidad.
Cierro los ojos. Intento que el chorro arrastre la tensión de los músculos; sin embargo, mis pensamientos se aferran a cada imagen, a cada roce.
Vuelven a mí el peso de Josh contra mi cuerpo, la firmeza de sus manos y el calor de su pecho sobre el mío.
Nunca había estado tan cerca de alguien de esa forma.
Tan… conectada . Algo nuevo me atraviesa: una ola de ansiedad combinada con una pulsión que prefiero no descifrar ahora mismo.
Es como si su presencia se hubiera quedado impregnada en mi piel y fuera incapaz de escapar de ella.
Me doy cuenta, con un escalofrío, de que empiezo a mirarlo de una forma distinta .
Una forma que me asusta. Josh es atractivo, claro que lo es.
Y hay algo en él —su empeño en protegerme, su presencia firme— que despierta un resorte en mi interior.
Algo que no debería estar ahí. No quiero que esté, porque Josh es surfista.
Y todo lo que representa es precisamente lo que más detesto: el mar, las olas, lo desconocido que acecha bajo la superficie .
Él, con su tabla y su vida en el agua, personifica mis peores miedos.
Y, sin embargo…
Siento que me arrastra una montaña rusa emocional que no sé cómo frenar.
El agua sigue cayendo, pero no diluye nada.
Las sensaciones persisten, incontrolables.
Quiero ignorarlas, enterrarlas bajo la lógica y el miedo.
No deberían existir. ¿Cómo puede alguien que encarna todo lo que temo despertar un anhelo tan distinto?
Apoyo la frente contra la pared para buscar una salida a este caos. No puedo permitirme sentir esto por él. No debo. Sin embargo, cuanto más intento negarlo, más fuerte se vuelve la punzada; ese tirón inexplicable hacia alguien que no debería significar nada.
El agua sigue cayendo. Continúo atrapada entre lo que sé que es correcto y lo que mi cuerpo empieza a susurrarme.
Una parte de mí quiere salir corriendo, alejarse de Josh y de todo lo que arrastra consigo.
La otra… empieza a preguntarse qué pasaría si dejara de luchar.
¿Qué pasaría si, por una vez, dejara de resistirme?
«Basta ya, Alicia. No seas idiota. El chico solo hace su trabajo.
Le da igual cómo te comportas o lo que sientes», me repito con la intención de frenar la espiral.
Me obligo a recordar cada uno de sus gestos, cada movimiento; y no, no hay nada que indique que pudiera sentir algo por mí. Ni lo más mínimo.
Es solo mi mente, que me juega una mala pasada al imaginar cosas que no existen. Lo mejor que puedo hacer es mantenerme al margen de estas sensaciones e ignorarlas, porque claramente solo suceden en mi interior. No tiene sentido analizar algo que, para él, probablemente carece de importancia.
Salgo de la ducha, termino de secarme, me visto y me arreglo. Al asomarme al pasillo, lo veo apoyado contra la pared, concentrado en su móvil con una pierna doblada.
—Ya estoy lista —anuncio para que note mi presencia.
Josh levanta la mirada, apaga el teléfono de inmediato y lo guarda en el bolsillo de sus vaqueros.
Es la primera vez que lo veo con ropa de calle, sin el neopreno ni la indumentaria de surf, y me sorprende lo diferente que luce.
Lleva una camiseta negra que se le ajusta a la perfección al torso; así, vestido, parece incluso más imponente que dentro del agua.
—¿Has venido en coche o te acerco? —pregunta.
—He traído el mío, sí, gracias. Bueno… —me limpio las manos sudorosas en los pantalones anchos a pesar de que acabo de salir de la ducha, en un intento por mantener la compostura—. Ya te diré algo, entonces.
—¿Vas a seguir viniendo a las sesiones? —suena genuinamente curioso.
—No lo sé —respondo con una apatía calculada, resuelta a ocultar lo mucho que me afecta la situación.
—Entonces, cuando lo sepas, tienes mi número. ¿Vamos? Te acompaño.
Asiento y caminamos en silencio hasta la zona de aparcamiento.
Nos despedimos de forma cordial, con dos besos reglamentarios en las mejillas, y me subo al coche rumbo a casa.
Lo que hace unos momentos era una necesidad urgente de huir de allí, de repente, me parece una ridiculez.
Me entran ganas de dar marcha atrás, correr detrás de él y decirle que sí, que quiero seguir intentándolo.
Es solo que… sé que no lo haré.