Rompiendo las olas Capítulo 15
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Capítulo 15

Ahogando las necesidades

De súbito, abro los ojos, atrapada por la idea de que él quiera exponerme a algo para lo que no estoy preparada.

Y maldita la hora en que lo hago. Lo único que veo es el cielo, ya completamente oscuro.

La noche ha caído sobre nosotros; la negrura me envuelve como el peor de mis miedos y el pánico me atenaza.

La sensación de estar en el agua, rodeada por esa masa espesa, me obliga a incorporarme de inmediato. En un gesto torpe, desesperado, me impulso hacia Josh y lo agarro por el cuello sin que lo espere. El peso de mi cuerpo lo arrastra y su cabeza se hunde bajo la superficie.

El pánico me consume. El corazón me late desbocado.

La oscuridad del agua y de todo lo que me rodea me asfixia; soy incapaz de pensar con claridad y solo quiero salir de ahí.

Intento asirme a Josh, pero mis movimientos son erráticos, descoordinados, puros espasmos de terror.

Me aferro a él con fuerza, ciega al hecho de que lo estoy arrastrando conmigo.

Solo siento miedo. Un miedo visceral que me nubla la razón y me hace perder el control.

De pronto, la situación cambia. El brazo de Josh se cruza por mi espalda, firme, para anclarme a su pecho.

No puedo mover los brazos hacia él; estoy inmovilizada, como si una red me hubiera envuelto.

La presión de su antebrazo contra mi esternón es contundente, segura.

Me sujeta con la presa clásica de un socorrista y entonces lo entiendo: evita que nos hundamos.

—Alicia, escúchame —su voz me alcanza, profunda y serena, pegada a mi oído. Está agitado, lo noto en su respiración, aunque se esfuerza por sonar tranquilo—. Es normal que reacciones así. Pero tienes que tranquilizarte. No te muevas. Yo te tengo .

Su voz es un ancla en mitad del caos. Intento concentrarme, aunque el pánico todavía araña mi mente. Me entran ganas de gritar, de patalear, de escapar a toda prisa de este pozo de agua.

—Alicia, por favor, no te muevas —repite con firmeza y calma—. Lo que haces podría habernos ahogado a los dos. Solo relájate. Estoy aquí, no te voy a soltar.

Escucho sus palabras a través de la niebla. Mi respiración es errática, pero me obligo a centrarme en él. Cierro los ojos. Trato de seguir el ritmo de su voz, de aferrarme a la solidez con la que me sostiene. Dejo de oponer resistencia. Tal vez… tal vez él realmente tiene el control.

Las lágrimas brotan libres y se confunden con el agua que ya me empapa el rostro. Lloro por el miedo, por la vergüenza, por la frustración de no poder gobernar mi mente. Me siento tan pequeña. Tan vulnerable. Las palabras salen atropelladas, rotas por los sollozos.

—Te lo dije… Te dije que no puedo controlarlo —balbuceo, presa de los temblores—. Todo esto es una estupidez… No debería estar aquí. No puedo… No quiero seguir.

Sigo hablando en un torrente desordenado, casi inaudible entre los sollozos. No sé si me entiende; solo sé que necesito vaciar el pánico. Las lágrimas no paran y tengo la certeza de que me estoy desmoronando.

Entonces, Josh me gira con suavidad y me coloca de nuevo frente a él. Mis piernas rodean su cintura. Me siento aún más expuesta, más indefensa, y, sin embargo, me rindo a la firmeza de sus movimientos. Me sujeta con fuerza, pero con delicadeza, como si temiera que me rompiera del todo.

—Déjate sujetar, Alicia —pide él. Esa calma implacable, más poderosa que mil gritos, consigue que mi llanto titubee por primera vez.

Me abraza dentro del agua, con su pecho firme contra el mío. Siento cómo su presencia me envuelve como un escudo, capaz de protegerme de mis propios demonios.

Levanto la mirada. Mis ojos, hinchados por el llanto, encuentran los suyos.

Por un momento, el mundo parece desvanecerse.

Las luces tenues del complejo proyectan sombras sobre la superficie y perfilan su rostro con una quietud que contrasta con mi caos interno.

Me siento desnuda bajo su escrutinio; no obstante, también empiezo a notar algo distinto: una paz extraña que se cuela por las grietas de mi propio miedo.

—Tranquila, Ali —me susurra con un tono que me llega directo al pecho—. Estoy aquí contigo. No tienes que hacerlo sola.

Hay una serenidad en su mirada que apenas comprendo, pero el peso de lo que dice aplaca la tormenta que llevo dentro.

Me aferro a él. Los brazos que me sostienen son lo único real y es justo ahí, bajo las luces cálidas del recinto y con la noche a las puertas, cuando el pánico cede.

Al menos un poco. Confío, aunque no lo entienda del todo, en que sabrá guiarme de vuelta a la superficie.

—Sácame de aquí, por favor… por favor —le pido, con la voz rota.

—¿Recuerdas lo que te dije al principio? Sal de ti misma.

Sacudo la cabeza, confundida.

—¿Qué quieres decir?

—Sal de la cabeza. Lo único que puedes controlar está aquí y ahora. No te rindas, no ahora.

—Josh… —mi voz sigue temblando, al borde del colapso—.

De verdad te agradezco todo esto —bajo la mirada, incapaz de sostener la suya.

Cuando vuelvo a alzarla, el llanto me nubla la vista otra vez—.

Pero no me siento preparada. Hay demasiadas cosas en mi cabeza, en mi vida…

Pensé que esto sería un paso positivo, pero no lo es. Lo siento.

—Lo que acabas de decir solo refuerza lo que pienso, Ali.

—¿Y qué piensas, si se puede saber?

—Que eres una chica frágil, con miedos profundos. Y, aun así, eres increíblemente valiosa; mucho más de lo que tú misma asumes. No puedes rendirte si quieres sanar.

—Necesito mucho más que un terapeuta, Josh.

Silencio.

Los labios de él permanecen sellados; tiene la mandíbula tensa.

La expresión se le desencaja apenas, pero esa mirada me atraviesa, capaz de desnudarme por completo.

Una lágrima se desliza por mi mejilla; él la sigue con la vista, atento a cada movimiento.

Solo quiero marcharme. Desaparecer bajo las sábanas de mi cama y alejarme de la piscina.

No tiene sentido seguir fingiendo que ha sido una buena idea. No lo ha sido. Me queda la certeza de haber hecho el ridículo, otra vez, delante de él y la vergüenza me quema por dentro.

—Me gustaría irme a casa. Por favor.

Josh parece encontrar en mi súplica la fuerza necesaria para responder.

—La sesión ha terminado por hoy —dice al fin, con voz quebrada. No me mira. Evita mis ojos como si el contacto visual pudiera romperlo .

Nos desplaza a través del agua hasta la escalera.

Cierro los ojos; no quiero ver más. Él me ayuda a subir los peldaños y sale justo detrás.

Corro hacia una de las tumbonas, cojo la toalla y me la enrosco al cuerpo.

Aunque el aire es cálido, tiemblo. No es por el frío; es la descarga de la tensión y la adrenalina.

Josh pasa a mi lado y agarra su propia toalla para secarse el rostro.

Soy incapaz de evitar que mis ojos se deslicen por su torso tonificado hasta detenerse en su pierna.

El entrelazado de la fibra de carbono está salpicado de gotas.

Me ha mantenido a salvo todo este tiempo a pesar de sus propias dificultades , y yo he estado a punto de ahogarlo.

—Lo siento —digo a toda prisa—. Me siento fatal por haberte hecho pasar por esto.

Él sigue frotándose la cara con la tela, sin prestarme demasiada atención. Cuando termina, deja la toalla sobre la tumbona y baja la mirada, con el rostro más serio que nunca. Trago saliva, incómoda por la barrera de hielo que acaba de instalarse entre nosotros.

—Sé que no soy una buena paciente —admito, con la voz baja—. Creo que no estoy preparada para enfrentarme a esto ahora mismo, pero te agradezco mucho que lo hayas intentado. Es evidente que eres valiente, que eres capaz de superarte y de…

Me detengo. Él levanta la cabeza y sus ojos me atraviesan como un rayo.

—Y que… seguramente estarás pensando que soy una inmadura con una fobia ridícula, alguien que no merece que pierdas el tiempo…

—Ali, ¿puedes parar ya? —me interrumpe. Su tono incisivo corta mis palabras de raíz.

—Sí… claro —titubeo, abochornada. No dejo lugar a dudas de cómo me siento ahora mismo.

Guardamos silencio unos segundos. Nos miramos y, de repente, da un paso hacia mí. Me tenso al instante.

—¿Por qué insistes en imaginarte cómo me siento respecto a las cosas? Solo tienes que preguntarme. Es más fácil.

Asimilo sus palabras y asiento. Aunque me reconviene, hay una dulzura en su voz que, ahora mismo, desmonta todos mis esquemas.

—Tienes razón. Lo siento —murmuro, y bajo la mirada de nuevo.

Josh se acerca un poco más. Desliza un solo dedo bajo mi barbilla para levantarla y me obliga a mirarlo.

La distancia entre nosotros resulta íntima, demasiado íntima.

Su pelo largo y mojado sigue goteando sobre su pecho; el agua resbala por su frente y brilla en su piel.

Sus pectorales se hinchan y se vacían con cada respiración, definiendo unos abdominales que, por un segundo, no puedo evitar imaginar bajo mis manos.

Se pasa los dedos por el cabello y los bíceps se le tensan.

Me mira. Cuando habla, lo hace tan despacio que casi puedo percibir cómo cada palabra se moldea en su boca.

—Ali, tienes que dejar de pedirme disculpas por todo y por nada. Estás bien. Yo estoy bien. Todo está en orden.

—Dudo que, después de lo que ha pasado hoy, puedas seguir diciendo que todo está bien. Casi te ahogo…

—Lo que ocurrió ahí dentro —señala la piscina con la mirada— no cambia nada de lo que pienso. Ni de lo que siento.

—¿Y qué es lo que sientes?

—Que estamos exactamente donde teníamos que estar. Y que todo ha pasado como tenía que pasar.

Lo miro, sorprendida.

—¿Estás diciendo que ya sabías que iba a perder los papeles y a hacer el ridículo?

Josh me toma el rostro entre las manos antes de que pueda reaccionar. El gesto es tan rápido como íntimo.

—Supongo que ambos estamos de acuerdo en que esto era necesario. Para eso viniste, ¿no? Te dije que hoy no ibas a vencer tus miedos, solo a familiarizarte con ellos.

—Sí… Es solo que siento que me comporté de forma estúpida.