Rompiendo las olas Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Lo más estúpido de todo esto es que, con solo escuchar sus palabras, siento un nudo en la garganta y unas ganas inmensas de romper a llorar.

A moco tendido. Josh es guapo, amable, atento.

Inteligente, divertido. Y empiezo a pensar que finge.

Es terapeuta; tiene que actuar así para conseguir lo que se propone con sus pacientes.

Si no, parece demasiado perfecto para ser real.

Después de esa frase, guardamos silencio durante un buen rato. Me dejo llevar por la quietud del agua, por sus manos que me guían en el largo de la piscina y por la sensación de relajación que, por fin, me invade. Me siento en calma. En paz. Tal como él me ha prometido.

—¿Cuánto pesa tu cuerpo ahora mismo? —pregunta con voz serena.

Salgo de mi casi meditación, extrañada. Me pregunto si quiere saberlo para bromear sobre mi comentario anterior.

—Mejor no te lo digo. Así mañana no sabrás por qué te duelen los brazos.

Abro un ojo en rendija para verlo.

—Qué graciosa. —Su tono jocoso me tranquiliza; se le nota relajado—. Me tienta adivinar. ¿Puedo?

—¿El qué? ¿Adivinar mi peso? —me río—. Venga, inténtalo, a ver si aciertas.

No lo va a adivinar, pienso.

—Diría que pesas unos sesenta y cinco kilos.

Trago saliva. Joder. ¿Tiene una báscula oculta? La última vez que me pesé marcaba sesenta y seis, repartidos en mi metro setenta. No es que fuera un reparto ideal: la mayoría va directa a las caderas, al culo… y a esa tripita que aparece cada dos por tres.

—Casi das en el clavo. No has estado mal.

—Estás muy bien. Y ahora quiero que pienses en lo que me dijiste hace un rato.

—¿Qué dije?

—Sobre que yo sostengo tu peso.

No sé si hay algo vulnerable en su voz o soy yo, que estoy sensible. En cualquier caso, mantengo la mente abierta.

—¿Y qué quieres que piense?

—Hace un momento te preocupaba eso. He usado tu peso como ejemplo, pero no me molesta en absoluto. No pesas nada.

—Entonces… sesenta y seis kilos de nada.

—El peso absoluto no importa, lo que cuenta es el percibido.

Todo depende de cuánto tiempo lo sostenga: si lo hago un minuto, no hay problema.

Si lo sostengo una hora, el brazo empieza a doler.

Si lo mantengo un día entero, se entumece, se paraliza.

Tu peso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado y difícil de soportar se vuelve.

—Lo siento —murmuro, incómoda ante su reflexión.

—Las preocupaciones funcionan igual que tu peso en mis brazos. Si piensas en ellas un rato, no pasa nada. Si les das vueltas durante más tiempo, empiezan a doler. Y si no las sueltas en todo el día, te dejan paralizada, sin capacidad de reacción. Tienes que aprender a soltar la carga.

—En ese caso, tú eres quien carga con el problema. Eso es lo que me preocupa.

—Nunca ha sido un problema para mí. Estás cargando con algo que no te pertenece. De hecho, con dos cosas que no son una preocupación real: cómo me siento yo con tu peso y cómo te sientes tú por no saberlo. Las dos son irrelevantes.

—Las dos son una carga —respondo, entregada al debate.

—En tu mente, sí. En mis brazos, no. Igual que tus miedos; solo existen ahí dentro, en tu cabeza.

—Puede ser, pero mi cabeza vive en mí. No puedo separarla.

—A veces, las preocupaciones se enquistan.

Se repiten, se estancan y entonces nos impiden centrarnos en las soluciones, en lo que realmente podemos hacer.

Preocuparnos sin parar nos agota, nos drena y nos deja sin fuerzas para actuar.

—Hace una pausa—. Es importante ser conscientes de los problemas, claro.

Tener en cuenta las dificultades, los riesgos.

Pero si llenas tu mente de preocupaciones durante demasiado tiempo, te saturas.

Quiero que aprendas a soltarlas a tiempo.

Su voz, grave y pausada, debería tranquilizarme.

Sé que intenta ayudar. He pasado por suficientes sesiones de psicoterapia tras mis peores crisis como para entender el esquema de lo que hace.

Y aun así… aquí llega el momento de la verdad.

Sabía que me pasaría esto: mi boca acaba por rebelarse contra las órdenes del cerebro.

Las palabras se quedan en la punta de la lengua mientras la determinación se me desmorona como un castillo de naipes.

Me siento expuesta. Vulnerable. Impotente.

—Mucho más fácil la teoría que la práctica, ya te lo digo.

—Lo que experimentas, Ali, es un pico de fobia intensa —explica él, con calma—.

Viene con despersonalización, seguramente provocada por un subidón de adrenalina y un desequilibrio químico importante.

Sé que ponerle una etiqueta no alivia, pero es mi forma de asegurarte que todo lo que has sentido tiene una explicación física.

Es comprensible. —Hace una breve pausa—.

Ahora quiero que me digas qué sensaciones reales, qué situaciones concretas, provocan la reacción en ti.

¿A qué reacción se refiere? ¿A la que me recorre ahora mismo por dentro y que no sé cómo explicar? ¿Habla de sus manos? ¿Del efecto de sus palabras en mi cabeza?

—¿Qué es exactamente lo que necesitas que te diga? ¿Me lo puedes repetir? —pregunto, como una alumna que no presta atención en clase.

—Quiero que me digas qué sientes cuando piensas en entrar al agua. Qué pensamientos te vienen a la cabeza. Todo.

«¡Ah! Claro, al grano. Que para eso estamos aquí», pienso. Sacudo la cabeza para despejarla de sensaciones que no vienen al caso.

—No lo sé… es extraño. Es una mezcla de miedo y desamparo.

Me pasa a menudo, no solo cerca del mar.

Una fila de dientes puede recordarme la boca de un tiburón; ver de lejos a un surfista me hace asociar la tabla con una aleta.

Si algo se mueve rápido entre las olas, se me dispara el pánico.

Soy incapaz de meterme al agua sin que vuelva el horror: el miedo, los gritos.

Y si algo me rozara la pierna… entonces sería el fin.

—Lo que describes se llama selacofobia, ¿lo sabías?

Asiento.

—Es normal tener cierto temor a los tiburones. Es una respuesta adaptativa de protección; el instinto que nos dice si debemos huir o luchar. El problema surge cuando el miedo se vuelve irracional y excesivo, hasta el punto de impedirte acercarte a la orilla. Ahí es cuando se transforma en fobia.

—Definitivamente no es bueno. Casi me ahogo cuatro veces por esto. Una de ellas… pensé que no salía .

—Y ahí es cuando empiezas a condicionar tu vida, ¿verdad? Dejas de ir a la playa con tu familia o con tus amigos. Te aterra que el animal pueda aparecer y haceros daño, y el mar entero se convierte en una amenaza.

—No puedo evitarlo, Josh. Es más fuerte que yo.

—Lo sé —su voz sigue tranquila. Yo continúo flotando de espaldas, sujeta por sus manos, mientras mis piernas todavía rodean su cintura—. Eso es justo lo que vamos a trabajar aquí.

—No sé cómo. He intentado superarlo con lógica porque soy una persona racional, pero esto… me supera.

—Ahí está la clave: cambiar las ideas que desencadenan los síntomas. El pánico ante los tiburones nace de una premisa: que el peligro es inminente. No es el animal en sí; es lo que representa para ti.

—¿Y cómo voy a cambiar eso si te acabo de decir que no puedo controlarlo?

—Una vez que modificas la idea y empiezas a ver el riesgo de forma más realista, podemos pasar a la acción.

La respuesta típica en una fobia es la evitación.

¿Cómo dejas de esquivar lo que te aterra?

Con exposición progresiva. Tendrás que enfrentarte a las situaciones que te provocan miedo, pero lo harás siempre acompañada, de forma gradual y con apoyo.

Todas las fobias pueden vencerse con el tratamiento adecuado.

Lo que realmente está en riesgo no es tu vida por el ataque de un tiburón, sino tu salud mental.

—¿Exposición? No, no, no. No quiero eso.

Quizá no sea el mar lo que más miedo me da, sino todo lo que he evitado sentir mientras huía de él.