Rompiendo las olas Capítulo 14
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Capítulo 14

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Me aferro a su cuello con fuerza mientras mis piernas lo rodean.

Siento cómo Josh sostiene nuestro peso en el agua sin el menor esfuerzo.

Nunca habría imaginado que, a pocas semanas de llegar a Malibú, acabaría abrazada al cuello de un surfista increíblemente guapo…

y que, además, está tremendo. Eso que no tenía intención de ir más allá de un simple intercambio profesional, aunque, ahora mismo, mi postura dice todo lo contrario.

Josh echa la cabeza hacia atrás porque, sin darme cuenta, lo aprieto demasiado. Mi oreja queda pegada a la suya. Ni siquiera sé por qué lo sujeto así; al fin y al cabo, solo estamos en una piscina.

—Te tengo —me susurra—. Todo está bien, relájate.

—Lo sé… Lo siento… Lo sé —mi respiración es errática y sigo con los ojos cerrados.

—Sal de tu cabeza, Ali —me dice con delicadeza.

Y justo eso es lo que necesito: salir de mi cabeza. El runrún del pánico no cesa y empieza a ahogarme en saliva.

—Mírame —me pide.

Lentamente aparto la cabeza de su hombro, aunque seguimos tan cerca que, al hacerlo, su boca queda a apenas dos centímetros de la mía.

Nuestros ojos se encuentran. Su mirada es un dardo directo al pecho.

Si el hombre es un dios… Si los ojos son ventanas al alma…

¡Malditas ventanas! ¿Serviría de algo tapiarlas?

Me pregunto por qué soy incapaz de apartar la vista.

Dicen que el deseo no se filtra: nace de golpe, en una sola mirada.

La pasión puede tamizarse; el deseo, no.

Ahora mismo no soy capaz de filtrar nada.

Siento cómo el morbo desciende desde el alma y se planta en m i centro de placer, arrasándolo todo.

Este chico me atrae, y eso no es nada bueno.

—Estamos bien. Mira, es solo una piscina. El agua está perfecta, tú estás bien, yo estoy bien. Relájate —su voz suena como un mantra.

Mis ojos siguen el movimiento de sus labios. Como si lo adivinara, se pasa la lengua por ellos. Es un gesto casi intencionado, quizá para que deje de mirarlos, aunque solo consigue que reprima un gemido que amenaza con salir.

—No lo entiendes, ¿verdad? Es ridículo. No sé cómo explicártelo, pero es algo que no puedo controlar. El miedo… —las palabras se me atascan en la garganta.

Siento el movimiento de sus piernas bajo el agua para mantenernos a flote.

Sigo aferrada a su pecho, pegada a su piel desnuda.

Menos mal que he traído este bañador, porque si sintiera más centímetros de su cuerpo…

todo se complicaría. Ahora mismo no sé qué me da más miedo: si los tiburones, la piscina o él.

Puede que Josh sea un nuevo miedo desbloqueado.

—Te entiendo mejor de lo que crees —entrecierra los ojos—. Sé que esta primera sesión no va a curarte. Sin embargo, este es un sitio donde puedes encontrar paz. Confía en mí.

—Confío —mi labio tiembla al decirlo.

—Eso está bien —levanta una ceja y la comisura de sus labios se curva en una sonrisa pícara que me descoloca.

Es como una corriente de locura directa al pecho—.

Vamos —añade—, el agua está calentita, reconfortante.

La idea es que te acostumbres, que encuentres ese lugar de tranquilidad. ¿De acuerdo? Relaja el cuerpo.

Su voz tiene algo hipnótico y obedezco sin pensar.

Aflojo los brazos que aún cuelgan de su cuello y dejo el torso más suelto.

Él no me suelta; solo modifica el agarre y ahora me sostiene por debajo de los brazos.

Siento su fuerza para sujetarme con facilidad, incluso en el agua, y el descubrimiento me hace sonrojar.

—Lo siento, no soy precisamente ligera y estás aguantando todo mi peso —intento separarme, pero sus manos bajo mis axilas me atraen aún más y me dejan desconcertada. Otra vez, nuestras bocas casi se rozan.

—No pesas nada, si es eso lo que te preocupa —su tono se vuelve serio, lo que solo consigue que me sienta aún más avergonzada.

—Bueno, eso no es del todo cierto, aunque agradezco el gesto.

—Ali, no es un gesto. No estoy siendo amable. No pesas nada para mí y no me importa en absoluto. Puedo sujetarte todo el tiempo que haga falta. Además, en el agua pesas lo mismo que una nube de algodón de feria.

—Eso es porque el agua y otros fluidos ejercen una fuerza hacia arriba sobre todo cuerpo sumergido.

Se llama empuje o fuerza de flotación —trago saliva al ver que abre los ojos como si acabara de soltar la mayor frikada del siglo, y me apresuro a explicar—: Lo estudié en ciencias y me parece superinteresante.

—¿Te gusta la ciencia? —sigue sujeto a mis brazos, mientras deja que mi cuerpo se balancee suavemente en el agua.

Ni que decir tiene que utilizo toda esta conversación para distraerlo de mi nerviosismo.

—Ajá —asiento levemente y miro a los lados al notar cómo nos desplazamos más hacia el interior de la piscina.

Se da cuenta de que intento evitar mirar hacia abajo.

—Interesante. Parece que a los dos nos gusta la ciencia. Un gusto afín. —Me busca con la mirada—. Ali —dice, y al oír mi nombre, lo miro—, mientras estemos aquí, me gustaría que me miraras todo el tiempo.

Eso es justo lo que estoy tentada de no hacer. Si me pierdo en sus ojos, voy a cruzar un umbral peligroso del que no estoy segura de poder volver.

—Lo intentaré —respondo con sinceridad.

—Muy bien, voy a inclinarte un poco hacia atrás. No te preocupes, déjate llevar. No te asustes, estaré sujetándote todo el tiempo. ¿Preparada?

—Creo que sí.

—Perfecto.

Sus manos me empujan suavemente hasta que me separo de su pecho y la espalda empieza a flotar sobre el agua. Mis piernas siguen enredadas a su cintura; me siento como un pulpo aferrado a una roca. Mantengo el cuello tan tenso para no apartar la mirada de él que empieza a dolerme.

—Ali, tienes que relajar el cuello —dice él, adivinando mi mente—. Estás demasiado tensa. Relaja la cabeza y déjate llevar. Mis manos van a sujetarte, y mi cuerpo también. No pasa nada. Solo relájate. Deja que el agua te sostenga.

—Me dijiste que te mirara —replico en un intento de ocultar lo rígida que estoy y lo mucho que la situación me supera.

—Es verdad —ríe con suavidad—, pero ahora quiero que cierres los ojos por un momento.

Sus ojos verdes permanecen fijos en los míos, capaces de leerme por dentro. Nota mi confusión; lo sé. Y parece disfrutarlo, como si me estuviera invitando a entrar en su cama. Sacudo la cabeza para espantar el pensamiento y cierro los ojos.

Sus manos se deslizan de mis axilas a los omóplatos para crear una especie de red de seguridad que me permite recostarme sobre el agua. Me mantiene a flote a pesar de que mis piernas siguen enredadas en él; debe de estar haciendo un esfuerzo considerable para sostenerme así.

—¿Suelto las piernas?

—No, aún no. Quédate así. Solo relaja los hombros y la cabeza.

Le hago caso.

—Abre los brazos —me indica.

Obedezco. Ahora los tengo extendidos, como si fuera una versión veraniega y acuática de Cristo crucificado.

Pasan unos segundos de silencio. Entreabro los ojos para orientarme y lo único que veo es el cielo, que se oscurece poco a poco en este atardecer de verano.

La luz del día se escurre sin que me haya dado cuenta.

Ya debe de haber pasado más de una hora.

Serán cerca de las nueve; llegué sobre las ocho y en cualquier momento anochecerá.

—Cierra los ojos, tramposa. No vale mirar —dice con una sonrisa en la voz.

Los aprieto como una niña a la que acaban de pillar.

Esbozo una sonrisa y vuelvo a intentar relajarme.

Durante un instante, Josh me parece un escudo, como si me protegiera de todo.

La sensación me reconforta, aunque no puedo evitar pensar que, en realidad, es casi un desconocido.

Debería estar atenta; no sé cuáles son sus verdaderas intenciones al querer ayudarme de esta manera.

—No te olvides de cobrarme por tus servicios —digo, al recordar que no hemos hablado de su tarifa.

—Con todo respeto… acabas de hacerme sentir como un mercenario. O algo más vulgar todavía —responde.

Su tono serio me toma por sorpresa. Abro los ojos de inmediato e intento incorporarme para mirarlo, pero la posición me exige un esfuerzo considerable. Antes de lograrlo, Josh tira de mí con suavidad por la espalda y me devuelve a la posición inicial con una destreza sorprendente.

—Tranquila, no te levantes. Sé lo que querías decir. Relájate. Aunque, sinceramente, no tengo ninguna gana de hablar de dinero ahora. No te he cobrado nada.

—Sí, pero lo harás.

—Te preocupas demasiado por cosas que no importan —replica. Su voz contiene un matiz inédito: un toque de frustración.

—No creo que el dinero sea algo irrelevante. Tu tiempo tiene un valor.

—Demasiado superficial para mí.

—No me tomaré tu comentario como una ofensa. Solo quiero que las cosas estén claras. No hemos hablado de esto y necesito que sepas que voy a pagar por tus clases. Así que no te preocupes.

—No te preocupes tú. Ni te he cobrado ni voy a hacerlo. Esto es algo que quise hacer porque me nació. Tómatelo como un gesto de amistad.

Siento el corazón acelerarse en una mezcla rara de incomodidad… y algo más que soy incapaz de nombrar.

—Tú y yo no somos amigos.

—Eso ha dolido.

Sus palabras me alcanzan de lleno, aunque tenga los oídos medio hundidos en el agua. Su voz vibra dentro de mí con un significado que no termino de entender.

—Qué sensible eres. ¡No vayas a llorar! —bromeo. Busco un tono ligero que rompa el hielo, pero sé de sobra que la tensión sigue intacta entre los dos.

—No me hagas llorar, entonces —responde Josh con una risa suave. Pero hay algo más en su tono; un deje que hace que se me erice la piel.

—No me hagas llorar tú a mí. Tal como estamos, lo más probable es que sea yo la que acabe llorando.

—Mientras estés conmigo, nada podrá pasarte. Y espero no ser yo quien te haga llorar.