Rompiendo las olas Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

A pesar de no tener ningún problema físico, en este momento siento que los músculos no me responden. Me cuesta sentarme con naturalidad; me muevo torpe, intentando disimular ciertos ángulos de mi anatomía. Es absurdo, lo sé, pero no consigo evitarlo.

El agua está tibia y lo agradezco. Balanceo las piernas con cierta inquietud, sin saber muy bien qué hacer.

Él también apoya las palmas sobre el borde de la piscina y mueve los pies al mismo ritmo.

Bajo el agua, observo una de sus extremidades.

El entrelazado oscuro de la fibra de carbono absorbe la luz, devolviendo un destello embozado bajo el reflejo del sol.

—¿Hace mucho que haces surf? —intento iniciar la conversación para aliviar la incomodidad que me rodea.

—Desde los diez años —responde.

—Guau, empezaste muy joven —comento, y vuelvo la cabeza hacia él.

—Sí, y tenía claro mi objetivo desde entonces... quería ser campeón.

Su mirada directa me atraviesa. Siento la necesidad de desviar los ojos hacia el agua; su intensidad me intimida.

—Y eso ha sido antes del accidente, supongo —digo, sin pensarlo demasiado.

—Sí, mucho antes. Tuve el accidente a los veinte. Ahora tengo veintiocho.

Tenemos apenas un año de diferencia, porque me queda nada para los veintisiete, pero nuestras vidas han tomado caminos radicalmente distintos.

Mientras yo sigo un recorrido más o menos predecible y seguro, lo suyo ha sido una montaña rusa de decisiones arriesgadas y, al parecer, giros inesperados.

Compartimos generación, sí, aunque las huellas que llevamos encima son tan diferentes como las estrellas del cielo.

—Debió de ser muy duro.

—Creo que mi mente ha borrado gran parte. Los traumas quedan en el cuerpo, y volver al deporte me ha ayudado a sanar. Ha sido la clave de mi recuperación.

—¿Te duele? —mi voz suena más ronca de lo que esperaba.

Su expresión cambia; pasa de la calma a una diversión inesperada.

—No, para nada. A veces aún la siento, eso sí.

—¿La pierna? —Me doy cuenta de que mi curiosidad puede rozar lo invasivo, aunque la pasión que tengo por la medicina y por todo lo que implica me empuja a seguir preguntando.

—Sí. A veces el cerebro se lía. Los médicos me dijeron que es normal.

—¿Y cómo se siente? —Dirijo una mirada rápida hacia su pierna bajo el agua, pero levanto la vista enseguida—. Perdona, no quiero incomodarte. Imagino que todo el mundo te hace las mismas preguntas.

—No te creas —niega con la cabeza—. A la mayoría le da bastante igual lo que hay detrás de una historia. Es más fácil especular que preguntarme cómo estoy.

Trago saliva y bajo la mirada.

—La que lo siente soy yo. Puede que yo también lo hiciera sin darme cuenta.

—No soy quién para juzgarte. Probablemente habría hecho lo mismo en tu lugar. Las cosas como son.

—Ya, aunque... —Me pesa haberlo pensado; más aún al saber que he estudiado para comprender el funcionamiento de estos mecanismos, aunque él lo ignore.

—Tranquila —dice, y apoya una mano sobre mi muñeca—.

No te agobies. Preguntabas cómo se siente.

Mira, tuvieron que amputarme la pierna por encima de la rodilla.

Gracias a la tecnología neuroprotésica, la estructura se ha integrado tan bien que a veces siento que es mía.

No te voy a engañar, ha sido un proceso largo.

Requiere tiempo, adaptación y, a veces, valor.

Sonríe al decirlo y me contagia el gesto.

—Desde luego, coraje no te ha faltado.

—Lo mejor es que ya no necesito concentrarme para caminar. Solo tengo que mirar hacia delante y dar un paso. No tengo que vigilar la extremidad todo el tiempo para evitar las caídas —añade.

Josh se echa a reír. Su risa es tan expansiva que me sorprende. Me entran ganas de preguntarle cómo puede mantenerse tan positivo, tan alegre, tan optimista ante la vida.

—Me parece increíble que lo hayas superado con esa actitud.

—Guau, gracias. Qué halago. Tú siempre con buenos ojos.

—No, en serio. Lo digo completamente en serio.

—Soy afortunado, eso sí, Ali —me dice, y el uso de ese apodo afectivo me provoca el ya habitual cosquilleo en el pecho—. Es la primera prótesis del mundo para amputados por encima de la rodilla con retroalimentación sensorial. Tengo mucha suerte de poder llevarla.

—Es increíble. Me alegro muchísimo por ti.

—Sí, noto si me tocan el dedo gordo del pie, el talón… cualquier parte. Incluso sé cuánto se ha flexionado la rodilla. Es flipante.

—Joder —exclamo sin querer—. Qué pasada.

—Así que, señorita, si me pisas el pie, aunque estemos en el agua, lo sentiré. Nada de patadas para huir.

—Ohhh… —desvío la mirada hacia la piscina mientras noto cómo las mejillas se me encienden. A los pocos segundos, suelto una carcajada que soy incapaz de contener.

Nos reímos juntos, a pleno pulmón. Me doy cuenta de lo absurda que me siento a su lado y de lo mucho que esta pequeña charla me ayuda a relajarme, a mentalizarme para el reto que tengo por delante.

—Hablando de eso… ¿qué tal si nos metemos? —sugiere.

Suelto el aire de golpe, sin haber sido consciente de que lo contenía. Lo oigo hacer lo mismo; relaja los hombros y deja salir el aire con calma.

—No me gusta huir de las cosas, no soy ese tipo de persona… y, aun así, es lo único que he hecho desde que tengo memoria —confieso, sin apartar la vista del azul profundo del agua.

Josh desliza la mano que todavía descansa sobre mi muñeca —ni siquiera me había percatado de que seguía ahí— y entrelaza sus dedos con los míos.

Me estremezco y me retraigo un poco. Siento cómo la energía concentrada en ese único punto de contacto empieza a extenderse por todo el cuerpo, como si me derritiera por dentro.

Miro nuestras manos unidas y levanto lentamente la vista, justo cuando él clava los ojos en mi boca.

El golpe en el pecho es literal. Mi corazón decide que es buen momento para escapar.

—Como te he dicho, voy a estar aquí todo el tiempo —me asegura—. Vamos a entrar despacio. Deja que el cuerpo se acostumbre y que los músculos se relajen del todo. ¿Te parece?

Lo veo saltar a la piscina y sumergirse.

No puedo apartar la mirada. Cuando emerge, el pelo mojado le cae sobre la frente y las gotas le resbalan por las cejas.

El agua resalta aún más su piel dorada por el sol, en contraste con esos ojos verdes tan poco comunes.

Se acerca al borde donde estoy sentada y coloca las manos a cada lado de mi cuerpo, enmarcando mis piernas con su pecho.

Incluso bajo el agua, el entrelazado oscuro de la fibra de carbono absorbe la luz, recordándome la obra de ingeniería que lo sostiene. La fuerza de sus músculos es evidente.

—¿Me acompañas? —pregunta, con la respiración aún agitada .

«Puedes hacerlo. Solo salta», me ordeno. Pero no me muevo. Agarro mis rodillas con fuerza. La profundidad me paraliza. Me da miedo. Me eriza la piel.

—Salta —insiste Josh con delicadeza.

Niego con la cabeza.

—¿Qué pasa? Me dijiste que no te daban miedo las piscinas.

—No me dan —respondo, y frunzo el ceño—. Pero no estoy acostumbrada a piscinas tan profundas.

Josh mira hacia el fondo para comprender mi bloqueo. Luego se aleja un poco y coloca una mano sobre mi rodilla.

—Abre las piernas —dice. El tono, o tal vez el significado de sus palabras, hace que me sonroje y abra los ojos de par en par.

—¿Cómo?

—Flexiona las rodillas, así —me guía con suavidad.

Se coloca con el pecho entre mis piernas y se sujeta al bordillo. Su cara queda a escasos centímetros de la mía. Incluso dentro del agua, su estatura impone.

—Déjate caer en mis brazos y cruza las piernas a mi cintura.

La respiración se me dispara. Un calor extraño me recorre entera y se concentra ahí, justo donde más vergüenza me da admitirlo. Intento obedecer, aunque mis piernas parecen tener vida propia y tratan de cerrarse. Josh lo impide con los antebrazos.

—No, no. Relaja las piernas. Solo déjate caer. Yo te sostengo.

A pesar de lo reconfortante de su promesa, esa voz arrastrada y suave despierta en mí imágenes completamente inesperadas. Me deja descolocada; extrañada incluso de mí misma.

—No te voy a soltar, Ali. Déjate caer —insiste con una cadencia pausada y tierna.

—¿Estás seguro? —pregunto, aún a la defensiva.

Él sonríe y el gesto me convence. Cuando habla, es como si su voz me vibrase por dentro.

—No quiero presionarte, Ali, pero esta tarde no vas a librarte de una buena sesión conmigo. Vas a tener que confiar en mí. Y te prometo que conmigo estás segura.

Cierro los ojos, abrumada.

Y entonces, me dejo caer. Me deslizo por la pared y caigo en sus brazos, dentro del agua. Suelto un gritito y, sin pensarlo, enredo las piernas a su cintura; me abrazo a él como un koala.

¡Tierra, trágame!