Rompiendo las olas Capítulo 13
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Capítulo 13

Primeras veces

No sé cómo he conseguido llegar al complejo sin desviarme.

He conducido todo el trayecto con las manos y los pies temblorosos, apenas capaz de presionar el acelerador.

Aparco y salgo del coche. Cojo el bolso deportivo donde llevo lo imprescindible, porque no tengo claro si podré cambiarme o ducharme aquí. Lo cierto es que no sé qué esperar.

Debajo de la ropa llevo puesto un bañador de esos típicos de clase de natación; me ha parecido lo más adecuado para la ocasión.

Es de tipo pantalón corto, ideal para disimular las caderas anchas y la celulitis.

Solo pensar que voy a estar expuesta al escrutinio de Josh me mortifica.

No entiendo por qué, aunque la idea me descoloca más de lo que me gustaría admitir.

—Ya viene a por ti.

Le doy las gracias y me quedo esperando; noto cómo los nervios empiezan a treparme por las piernas como si hubieran echado raíces en mis pies y florecieran hacia arriba, invadiéndolo todo.

Entonces lo veo. Camina hacia mí y soy incapaz de apartar los ojos.

Tiene algo que me obliga a fijarme en cada uno de sus movimientos.

Madre mía, lo mucho que odiaba a los surfistas.

Llegaron como una ola a nuestras vidas. Si algo hay que agradecerle al verano es esa invasión de músculos, tablas y cabellos dorados.

No, no hemos perdido la cabeza. Es que ha comenzado la temporada de surf y, con ella, la oportunidad de disfrutar de los mejores cuerpos del mar. Y él no es la excepción.

Puede que no me guste su estilo de vida, pero sé distinguir una persona atractiva cuando la veo. Que viene siendo su caso.

—Hola. —Se acerca a saludarme con dos besos y, aunque me tenso un poco, le devuelvo el saludo deprisa.

—Hola.

—Has venido —dice, ampliando la sonrisa con una energía contagiosa.

—No suelo faltar a mis compromisos. Te dije que vendría y aquí estoy.

—Pues me alegro mucho de que hayas tomado la iniciativa.

—Te advierto desde ya que estoy hecha un manojo de nervios.

Suelta una carcajada que, curiosamente, consigue relajarme.

—No esperaba otra cosa. Pero tranquila, hoy solo vamos a conocernos y empezar con cosas muy básicas. ¿Vamos?

Me señala el camino y comenzamos a andar lado a lado.

De pronto, noto cómo se alivia el peso sobre mi hombro y me doy cuenta de que ha cogido mi bolsa deportiva sin preguntar.

Se la cuelga a la espalda con toda la naturalidad del mundo.

Qué caballeroso, hay que admitirlo. Le murmuro un «gracias» entre dientes al que no responde; sigue caminando con esa sonrisa que parece de serie.

—Menudas instalaciones tenéis. ¿Trabajas aquí? —pregunto mientras observo el complejo.

—Sí. La rehabilitación en piscina se ha convertido en una técnica muy habitual en centros especializados.

—¿Por qué es tan útil el agua para rehabilitar?

—Tiene dos propiedades clave: la flotación y la resistencia. Al sumergirte, reduces el impacto del propio peso, lo que permite mover las articulaciones sin cargar la zona lesionada.

—Suena bien —admito, interesada—. Aunque yo no tengo ninguna lesión… ¿Cómo me va a ayudar a mí?

—El agua templada también trabaja sin lesiones. Relaja la musculatura y, sobre todo, disminuye el miedo.

Sus palabras activan un resorte en mi cabeza.

Como veterinaria, conozco de sobra la teoría; he visto a decenas de animales recuperar la movilidad en tanques de agua y entiendo perfectamente la física que hay detrás de cada movimiento.

Sin embargo, nunca le había prestado verdadera atención a la parte mental.

Escucharlo hablar de esa manera, con tanta seguridad y sin tecnicismos innecesarios, me transmite curiosidad.

No necesito demostrarle lo que sé, ni competir con su terreno. Solo quiero escuchar.

Llegamos a una zona con una gran piscina al aire libre. El agua, azul y cristalina, parece bastante profunda desde donde estamos. La visión me inquieta; no me gusta que el fondo no se aprecie con total claridad.

—Nuestra nueva piscina terapéutica es un oasis para la rehabilitación y el bienestar. Es perfecta para empezar —dice, dejando mis pertenencias sobre una hamaca.

—Es un poco profunda, ¿no? — pregunto mientras lucho para que la voz no me delate.

Me siento ridícula. Admitir que me da miedo no ver el fondo de una piscina me parece una exageración. Sé que no van a aparecer tiburones, pero el pánico es real. Y absurdo.

Josh se acerca y se planta a escasos centímetros de mi cara. Me incomoda que me miren tan de cerca; el contacto visual me intimida. Sonrío con nerviosismo y parpadeo, turbada por la calma con la que sus ojos verdes me estudian. Su serenidad me desconcierta.

Entonces, sus manos se apoyan con suavidad en mis brazos.

—Alicia, voy a estar contigo todo el tiempo —dice con voz tranquila—. Quiero que la experiencia sea agradable para ti. Si en algún momento te sientes incómoda, solo tienes que decírmelo, ¿de acuerdo?

Sí, ahora mismo me siento incómoda, aunque me lo callo. Lo que me perturba es su cercanía y no sabría explicar el motivo. No tengo claro qué me provoca: si morbo, ansiedad o calma. Quizá las tres cosas a la vez. Este hombre es una contradicción con patas.

—Vale —consigo decir, apenas en un susurro.

—Si te parece bien, tengo una propuesta —continúa él con ese tono que invita a confiar—.

Podemos dar una vuelta por el complejo. A esta hora ya no queda nadie, así que no habrá interrupciones.

Después, si te apetece, nos sentamos un rato en el borde de la piscina antes de entrar y charlamos un poco. ¿Qué te parece?

—Me parece bien —respondo, aliviada al saber que tendremos un rato para adaptarnos.

Requisito número uno de su anatomía: tableta de chocolate.

Y no de las que se derriten al sol, sino de las que nos derriten a nosotras.

El talento, el esfuerzo y la decoloración extrema del pelo, producto de la mezcla de sal y sol —como todo buen surfista asegura—, son rasgos clave. Él los cumple todos.

Sin embargo, haga lo que haga, sus ojos siguen distrayéndome y me impiden centrarme en sus movimientos.

Hoy lleva pantalón corto, así que su pierna biónica queda completamente a la vista.

Es una extremidad robótica controlada por su cerebro, conectada mediante electrodos y un pequeño ordenador a las terminaciones nerviosas; un mecanismo que le permite moverla como si fuera una parte más de su cuerpo.

Está tan integrada que resulta casi natural, como si hubiera salido de una película de ciencia ficción.

Y lo sé, porque las he estudiado, de forma más bien superficial.

Recuerdo aquellas clases de la facultad en las que hablábamos de herramientas similares diseñadas para animales.

La tecnología ha avanzado una barbaridad.

Aun así, verla de cerca me provoca una mezcla extraña de fascinación, curiosidad y un recelo que no sé muy bien cómo gestionar.

A lo largo del paseo por el complejo, Josh señala las distintas zonas de rehabilitación.

Habla con tanto entusiasmo que resulta imposible no contagiarse.

Me explica las tecnologías que emplean, los métodos de fisioterapia innovadores que han integrado recientemente y cómo cada espacio está pensado para optimizar la recuperación de los pacientes.

Al pasar por un área llena de máquinas modernas, se detiene a explicarme el funcionamiento de algunos aparatos.

Me enseña una cinta de correr acuática; según me cuenta, es ideal para la rehabilitación temprana de lesiones deportivas porque reduce el impacto en las articulaciones y, al mismo tiempo, permite un entrenamiento muscular eficaz.

No puedo evitar quedarme fascinada: la ciencia e ingeniería detrás de todo esto es alucinante.

Seguimos el avance hasta la zona que él llama «la joya de la corona»: la piscina de terapia.

Mientras nos acercamos, describe cómo controlan al detalle la temperatura del agua para relajar los músculos y reducir el dolor durante los ejercicios.

Me habla de la hidroterapia y sus beneficios, y al escucharlo, me doy cuenta de que hay una entrega real en cada una de sus palabras.

En un rincón tranquilo del complejo encontramos una sala diseñada para la relajación y la meditación.

Josh me cuenta que, además de cuidar el cuerpo, el centro también se enfoca en el bienestar emocional y mental de los pacientes.

Me encanta cómo se le ilumina la cara al hablar de ayudar a la gente a encontrar paz y equilibrio.

A medida que avanzamos, noto que la fascinación inicial da paso a una admiración más profunda; no solo por la sofisticación del sitio, sino por la dedicación de Josh. Es evidente que su trabajo no es una simple profesión. Es su vocación, y eso lo cambia todo. Me obliga a mirarlo con otros ojos.

Volvemos a la piscina exterior. Josh se quita la camiseta sin decir nada y se queda solo en bañador. Me lanza una mirada que lo dice todo: «Ahora te toca a ti».

Me entra una vergüenza tremenda. Llevo un vestido finito, fácil de quitar, y el bañador debajo.

Ya me ha visto antes en la playa, pero eso no impide que me sienta expuesta.

Me doy la vuelta y subo la tela por la cintura hasta que consigo pasarla por la cabeza.

La doblo con cuidado, mientras deseo con todas mis fuerzas que él no se fije en cada una de mis inseguridades.

Me muero de la timidez. Guardo la ropa en el bolso y, con el estómago encogido por los nervios, me giro hacia él.

Sin querer, cruzo los brazos sobre el pecho. Necesito ocultarme.

—Ven, sentémonos ahí —dice él, e indica una zona de la piscina.

No hay nadie. El área está desierta, como si el mundo nos hubiera dejado a solas. No sé si eso me tranquiliza o me altera más. Lo sigo. Él se sienta con agilidad en el borde y me hace un gesto para que lo acompañe.