Rompiendo las olas Capítulo 12
23%

Capítulo 12

Desentierro

La sensación de angustia en el pecho me acompaña durante dos días exactos.

Dos días en los que no dejo de reprocharme la lamentable imagen que di al llamar a Josh.

Dos días sin hacer gran cosa, más que darle vueltas a cómo ocurrió todo.

Revivo el momento mil veces, y mil veces me pregunto cómo fue capaz de calmarme, de gestionar mi ataque de ansiedad con esa ligereza, tranquilidad y agilidad que aún me desconciertan.

¿Cómo lo logró, siendo un completo desconocido al otro lado del teléfono?

¿Cómo pudo ayudarme a controlar semejante desvarío sin recurrir a las típicas preguntas que cualquiera habría formulado?

Recuerdo bien las caras de mis amigas de la universidad o de mi familia cuando me pasaba algo así: asustadas, preocupadas, totalmente sobrepasadas. Él no.

Ese chico se cuela en mi cabeza sin permiso, y lo hace con una intensidad que no sé gestionar.

Esta noche he quedado con Delia en un pub que apenas recordaba de mis años de adolescencia.

Toca una banda que nos gusta a las dos. Blair no puede acompañarnos; tiene que entregar un proyecto importante en el curro y ha preferido quedarse en casa.

Resulta raro, porque Blair se salta el trabajo por cualquier excusa.

No voy a mentir: me viene de perlas salir un rato.

Justo cuando estoy a punto de irme, suena el móvil.

—Pensaba que no había cobertura en Malibú. Soy Eva.

Como si no quedara claro. Cierro los ojos y respiro hondo antes de contestar:

—Tienes razón y me callo. ¿Cómo estás?

—¿Cómo estoy yo? ¿Te parece normal pasar tres días sin responder mensajes ni llamadas, tía? ¡De verdad!

—Tienes razón, ya te lo he dicho. Lo siento. Se me pasó.

—¿Se te pasó llamar a tu mejor amiga para decirle que sigues viva?

—Lo sé. Han pasado cosas —no es que me apetezca contarlas ahora, aunque sé que terminaré haciéndolo.

Eva es mi mejor amiga desde primero de carrera.

Desde entonces hemos sido inseparables. Ella, Daniela y Fabio son mi gente, mi verdadero núcleo.

Sin embargo, desde que aterricé en Malibú he descuidado bastante nuestra relación.

Tenemos un grupo de WhatsApp que apenas he mirado; de hecho, lo tengo silenciado.

Mejor ni lo menciono, o me gano una hostia intercontinental.

—Explícame eso de «han pasado cosas» —puedo sentir su curiosidad vibrar a través del móvil.

—Pues eso, que han pasado cosas. ¿Te acuerdas del chico del que te hablé? El surfista, Josh.

—Sí. El buenorro.

No recuerdo haberlo descrito con esa palabra, pero bueno.

—Está en forma —suspiro—. Al final me he animado con las clases.

—¿Clases de surf? ¿Tú? —su voz casi se quiebra de la emoción.

¡Maldita sea! Por eso no quería decírselo. Ahora vendrá el bombardeo de preguntas para las que no tengo ninguna respuesta clara.

—No te hagas ilusiones. Ni siquiera me voy a acercar a las olas, de momento solo son clases en piscina para gestionar la fobia.

—Ah… ¿y eso cómo funciona?

—Ni idea. Es algo así como terapia en el agua. No me explicó mucho, solo lo justo. Ya veremos. Lo importante es que estoy dispuesta a intentarlo.

—Muy bien. ¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

—Cosas con mi padre, mi madre… y también con Engel.

—¿Con Engel? —su tono cambia al instante.

—Uff… —suelto un bufido—. Demasiadas cosas, Eva. Te las cuento mañana, ¿vale? He quedado y voy a llegar tarde. ¿Te parece si te llamo después y hablamos con calma?

—Vale, pero llámame. Lo digo en serio —asiento con un ruidito—. ¿Y cuándo empiezas?

—Mañana por la tarde.

Recuerdo entonces que Josh y yo acordamos comenzar mañana, tal como me escribió en un mensaje.

Tendremos dos horas seguidas para ponernos al día, familiarizarme con el entorno y realizar algunos ejercicios.

Eso significa atrapar el final de la tarde y adentrarnos en la noche. Una auténtica prueba de fuego.

—Pues me llamas mañana, tanto por la mañana como por la noche. Quiero saberlo todo, aunque sea por audios, ¿vale?

—Sí, señora —respondo con tono burlón.

—Así me gusta. Nos vemos, amor. Llámame.

—Que sí, pesada, te llamo. Un beso.

—Te quiero.

—Y yo a ti, marrana.

Nos despedimos. Agarro el bolso y la chaqueta para salir. Bajo las escaleras y, justo cuando voy a coger las llaves del coche —que, al final, le he pedido a mi padre—, él aparece desde la oficina improvisada que montó en una de las habitaciones.

—¿Vas a salir, cariño? —pregunta.

—Sí. —Cojo las llaves y me vuelvo hacia él—. Voy con Delia a un pequeño concierto. ¿Te importa que me lleve el coche? —Las alzo y las sacudo en el aire.

—No, es tu coche. Puedes usarlo cuando quieras, no hace falta que preguntes. Aunque ve con cuidado.

A pesar de que mi padre lo compró cuando me saqué el carné, nunca lo he sentido del todo mío. Es más bien su coche, uno que me presta cuando vengo de visita para poder moverme por aquí. No lo considero una propiedad.

—Sí, papá, tranquilo.

Me acerco para darle un beso en la mejilla. Justo cuando estoy a punto de cruzar el umbral, su mano se posa en mi espalda baja.

—Alicia —me giro y levanto las cejas—, ¿has pensado en lo que te dije de la cena? Me haría ilusión que pudiéramos concretar algo esta semana.

«Oh, mierda». Está claro que no voy a poder esquivar el tema eternamente. Qué pereza.

—¿Podemos hablar de eso en otro momento, papá? Llego tarde.

Intento avanzar, pero me detiene de nuevo.

—¿Qué te ha pasado desde que hablamos? Te noto rara. ¿Ocurre algo?

—No me pasa nada —mi tono disimula mal la frustración—. Simplemente he tenido la cabeza en mil cosas y no me he parado a pensar en ello.

En realidad, eso debería tranquilizarlo.

Si me mantengo ocupada, evitamos el conflicto.

Aunque... lo cierto es que conocer a esa mujer quizá no sea tan mala idea.

Sin embargo, mi subconsciente no está de acuerdo; solo imaginarlo me revuelve el estómago.

Si quiero salir de este embrollo, tendré que conocer bien al enemigo .

—Quiero hacer esto porque sé que es importante para nosotros. Siempre dices que debo ser yo mismo —añade él.

«También tú me enseñaste a serlo, papá. Y si soy yo misma, acabaré haciéndote daño. Igual que tú me heriste al anunciar esa maldita boda».

—Da igual, papá. Pon fecha cuando quieras.

—Aunque no es lo que tú quieres, ¿verdad? —su rostro se ensombrece. El corazón me da un vuelco.

—Eso no es del todo cierto —murmuro.

«Lo único que te importa cuando me ve la gente o tu novia es la imagen que proyectas». Y, una vez más, me lo callo. «¿Cómo voy a aceptar que te cases con otra si ni tú ni mamá habéis sido capaces de asumir que seguís sintiendo algo el uno por el otro? De eso estoy segura».

—Lo siento… Sé que esto no es lo que esperabas al venir aquí.

—No importa. Me alegro por ti. —Es el momento en el que me convierto en actriz secundaria—. Es solo que tengo mil cosas en la cabeza, de verdad. Perdona tú a mí por estar tan dispersa. Hablamos de esto otro día, ¿vale, papá?

—Ya, bueno… Yo tampoco tenía planeado esto, también me ha pillado por sorpresa.

—Sí, lo entiendo.

Mentira. En absoluto. ¿Qué le ha pillado por sorpresa? Una boda no se improvisa, a no ser que alguien le esté obligando a casarse, y no parece el caso. Ese pretexto no cuela.

—Lo único que me sorprendió fue que tu madre me llamara ayer.

—¿Ayer? —mi voz suena demasiado cantarina, delatando mi sobresalto.

—Sí. Qué raro, nunca me llama.

—Ah… ¿y qué quería? —intento sonar indiferente, aunque por dentro soy un manojo de nervios.

—Dijo que quería saber cómo estabas, si te habías adaptado y si ya habías cambiado de opinión.

Trago saliva. ¿Cambiar de opinión?

—¿Sobre qué?

—Sobre tu estancia aquí. Le dije que eras bienvenida el tiempo que quisieras. No entiendo por qué está tan preocupada. Hasta pensé que se trataba de algo grave por el tono que usó.

—Ya sabes cómo es mamá, siempre se preocupa por todo y por todos.

Mi padre suelta una risa leve.

—Por todos no. Por mí no será —apoya las manos en las caderas, con una mueca de fingida indignación.

El gesto me resulta tan inesperado como hilarante.

—¿Te gustaría que mi madre se preocupara por ti? —pregunto con picardía.

Y, sí, al parecer mi padre también sabe sonrojarse. Se pone rojo como un tomate y cambia de tema a toda prisa.

—Venga, que llegas tarde. Avísame cuando llegues.

—Vale, papá —he pillado su no tan sutil forma de desviar la conversación—. ¿Qué tengo, tres años?

—Me da igual que tengas tres o treinta. Avísame y me quedo más tranquilo.

—De acuerdo —le doy otro beso en la mejilla, que él me devuelve con afecto.

Y se esfuma, como alma que lleva el diablo. En cuanto cierra la puerta del despacho, tengo que taparme la boca para no estallar en carcajadas. Me estoy partiendo de risa al ver esa actitud casi adolescente. Estos dos… algo se traen. Y voy a descubrir qué es. Con o sin boda. Mejor sin ella.

Salgo pitando hacia el pub; Delia ya me ha mandado por lo menos tres mensajes preguntando dónde estoy. Se me ha hecho tardísimo.

Mientras conduzco rumbo al local, no dejo de pensar en la conversación con mi padre.

De pronto, como si un relámpago de negatividad cayera del cielo, mi cabeza se llena de sombras.

Toda esa calma que intento fingir se desmorona como las hojas secas en otoño.

Muchas veces he deseado hacer desaparecer la tormenta, aunque sé que forma parte de mí.

Y, al igual que los árboles renuevan su copa, yo también sabré resurgir de mis cenizas.

A menudo me siento como un equilibrista deslizándose entre los peldaños de mis emociones. Me cuesta gestionarlas sin caer en la impulsividad o la inmadurez. Necesito aprender a observar la vida desde otros ángulos antes de dejarme arrastrar por esa manía de ir siempre a cuchillo contra todo.