Capítulo 11 #3
Esa frase se instala en mi mente como un mantra. Como un ancla. Y, sin pensarlo, lo hago. Me rindo. Porque, aunque no entiendo cómo, acaba de ayudarme a superar uno de los ataques de ansiedad más bochornosos que recuerdo. No me suele ocurrir así; no con desconocidos, no de esta forma tan cruda.
—Lo siento… lo siento mucho —consigo decir, aun temblando.
La culpa me atraviesa. Me siento desnuda, expuesta. Él ha escuchado mi versión más frágil y odio eso. Odio que mi cuerpo me delate, que me arrastre y me deje en evidencia frente a un hombre al que apenas conozco. Lloro sin poder parar, sintiéndome completamente ridícula.
—Ali, vas a estar bien. Tranquila. Todo está en orden. Respira, tómate tu tiempo y permítete sentir.
Su dulzura me desarma. Lloro por mi arrogancia, por mi fragilidad, por mis deseos y mis miedos.
Lloro por los errores cometidos y por las expectativas que nunca se cumplen; por los caminos torcidos que tomo y por aquellos que no me atrevo a recorrer.
Lloro porque no sé si alguna vez dejaré de sentirme así.
Sin embargo, mientras me rompo, él sigue ahí. Y yo sigo respirando.
—Josh, tengo que colgar… —balbuceo, incapaz de encontrar una forma mejor de terminar esto.
—Lo entiendo. No es fácil mostrarse vulnerable. Es normal que quieras protegerte —responde con una calma que me deja sin defensas.
¿Puede leerme el pensamiento? ¿Quién es este hombre capaz de atravesar mis muros y detener la tormenta?
Mi impulso es colgar, esconderme bajo las sábanas y no volver a verlo nunca.
Es la reacción habitual de mi niña herida: huir cuando se asusta.
Mi psicóloga estaría orgullosa de que lo haya identificado, aunque no sepa cómo frenarlo.
—Siento que hayas tenido que escucharme así —admito con la voz rota.
—Pasarás de la tristeza a la rabia, y de ahí a la aceptación. Dejarás de llorar desde la pena. Pronto brillarás y recordarás la fuerza que siempre ha estado en ti. No te preocupes por mí, yo no te juzgo —dice, sin un ápice de duda.
Sus palabras me revuelven las entrañas. Yo sí lo juzgué a él, y él, en cambio, me ofrece una visión que me dignifica.
—¿Por qué has hecho esto? —pregunto, necesitando una lógica .
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué me has sostenido?
—Porque era la única forma de que tu cerebro me escuchara. Y necesitabas hacerlo.
—Josh... —El pecho me duele, pero siento que me han hecho un regalo inesperado. Una lágrima me recorre la mejilla sin previo aviso.
—Dime —responde. Su voz es serena, casi irreal, como si llegara desde otro plano.
—Gracias.
—De nada. Te enviaré la ubicación de las instalaciones. Si te parece bien, el martes empezamos.
Así. Directo, sin adornos. Justo como lo necesitaba para volver a tocar tierra.
—Quiero decirte algo más —titubeo. Una vez más, él respeta mi silencio. Me deja tomar aire antes de continuar—. Siento cómo te traté en la fiesta. No estuve bien. Hace tiempo que no lo estoy, y tú no tienes la culpa de nada.
Josh no responde de inmediato. Se toma su tiempo. No reacciona con prisas ni llena el espacio con palabras vacías. Reflexiona antes de hablar, y me doy cuenta de que muy pocas personas de las que he conocido saben hacer eso. Ser ponderadas. Ser presencia.
Josh lo es. Y, en medio del caos que arrastro, eso tiene un valor inmenso.
—Ali, vivimos en una sociedad que fomenta la hostilidad —continúa él—.
Nos enseñan a competir, a ver enemigos por todas partes.
«Cuidado, van a por ti», nos repiten. Es como en el océano: no sabes quiénes son «ellos», solo que están ahí.
A veces parecen rivales, otras, amenazas.
Todo nos empuja a sentirnos a la defensiva, agotados.
—Permanece callado un momento antes de seguir—.
Busca el equilibrio. Defiéndelo. Y no dejes que nadie te convenza de que estás rota porque, aunque algunas partes de ti lo estuvieran, tú no eres una parte.
Eres un todo. No importa quién lo diga. La vida no se mide por las veces que respiramos, sino por los momentos que nos dejan sin aliento.
Sus palabras me calan hondo. Esta vez reconozco la emoción; no me asusta, me abraza. Por primera vez en mucho tiempo, siento paz. Entonces, lo decido.
—Nos vemos el martes. Gracias por todo.
—Nos vemos el martes. Buenas noches, Alicia. Ojalá encuentres hoy tu país de las maravillas.
—Buenas noches —respondo, sonriendo antes de colgar.
Hacía años que nadie unía mi nombre con el cuento, excepto Engel.
Alicia en el país de las maravillas. Mi madre solía leérmelo una y otra vez cuando era niña, aunque, sinceramente, yo siempre me he sentido más como el Sombrerero Loco.
Hoy, en cambio, la Reina de Corazones no ha podido cortarme la cabeza; lo ha impedido un caballero de picas, ágil y sorprendentemente generoso.
Me estremezco. Quizá deba pedirle al conejo blanco que retrase mi reloj.
No quiero que esta sensación se desvanezca: paz, alivio, conexión.
Reflexiono sobre todo lo que me ha dicho, preguntándome si esta calma se marchará tan rápido como llegó.
Aunque, por una vez, no me importa si se queda o no. Lo importante es que ha existido.