Rompiendo las olas Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿Y soy la única persona que podría llamarte desde un número desconocido?

—Probablemente. No suelo recibir llamadas de desconocidos.

—¿No? Me diste una tarjeta profesional. Si las repartes, lo lógico es que alguien te llame.

—Sí, pero no a las once de la noche. A esta hora suelo apagar este número; las urgencias van a mi móvil personal.

—Ah, entonces… ¿este no es tu número privado?

—No. No lo es.

Lo dice con una claridad meridiana y la seguridad de quienes saben separar su vida en compartimentos estancos. Lo envidio un poco. Mentalmente, tomo nota: yo también detestaba que me llamaran al número privado por asuntos de la clínica.

—Bueno… ¿has podido pensar en lo que te propuse? —pregunto, directa.

—Sí. Y tienes suerte, porque creo que puedo sacar un par de horas a la semana que nos vendrían de perlas. Solo falta saber si a ti te convienen.

Sonrío. Aliviada. Casi infantilmente ilusionada.

—¿Qué días podrías tú? —pregunto, ansiosa .

—El martes por la tarde, sobre las siete. Podríamos quedar de siete a ocho, a esa hora ya no queda nadie en el local y estaremos tranquilos.

Suena perfecto, aunque quiero asegurarme de que no haya un doble fondo.

—¿No será que buscas tranquilidad para asesinarme?

—Ya superamos la fase en la que te aclaré que no soy un psicópata —responde con sorna.

—No todos los asesinos son psicópatas, ni todos los psicópatas, asesinos.

—Tienes razón en eso.

Asiento, satisfecha, aunque él no pueda verme. Me gusta su manera de cerrar los temas, su forma de organizar cada detalle sin dejar cabos sueltos. Es un rasgo que me resulta… atractivo. Joder. ¿Cómo que atractivo? A mí Josh no tiene por qué parecerme nada. Maldición.

—El martes me viene bien, sí —respondo, intentando sonar despreocupada.

—La otra opción sería el viernes, pero tendría que ser sobre las nueve de la noche. ¿Demasiado tarde para ti?

—¿Viernes? —La pregunta me pilla por sorpresa. ¿De verdad estaría dispuesto a darme clase un viernes noche? ¿No tiene planes, amigos o una vida más interesante que yo?—. Tarde para mí no es… pero quizá para ti sí —añado, mientras me froto la sien, cada vez más confusa.

—No te preocupes por eso, yo encantado. Además, la hora es ideal: ya anochece. Es bueno entrenar con poca luz en la piscina.

—¿Poca luz? —la pregunta me sale sola, como una alarma encendida—. ¿Cómo que poca luz? No me gusta nada cómo suena eso.

—Sí, Ali —mi apodo suena extraño en su voz y, para mi desgracia, me estremece—. A las nueve aquí ya es noche cerrada. La piscina es al aire libre y la iluminación es escasa. Es perfecto para simular condiciones reales en el mar, donde tampoco se ve mucho.

—No. No —niego de inmediato, demasiado rápido—. No puedo. Por la noche, no…

Las palabras se me atragantan. Mi mente se inunda de imágenes que no quiero ver: agua, oscuridad. Ojos negros asechando bajo la superficie. Piel grisácea. Dientes afilados. Silencio. Instinto.

No puedo.

Empiezo a temblar sin control. El aire me falta, como si la atmósfera se volviera espesa de repente.

Siento cómo el pánico me devora desde dentro.

Mi corazón se detiene un instante y luego arranca con una violencia que me ensordece.

Una presión repentina me oprime el pecho.

La idea de estar en el agua, de noche, a oscuras… Me atraviesa como una corriente helada.

—Yo… no… —Intento hablar, pero la garganta se me cierra. Un ataque de pánico me golpea de lleno: inesperado, demoledor.

«Por favor, no ahora».

—¿Ali?

Sus palabras me llegan como desde otra habitación, lejanas. Jadeo como si acabara de correr un maratón, aunque no me he movido un centímetro. Siento cómo el pecho se contrae, cómo la cabeza se me llena de ruido y la piel me arde.

—¿Ali? ¿Estás bien?

No puedo responder. Mi mente colapsa. Soy incapaz de construir un solo pensamiento lógico; solo queda el miedo: afilado, inmenso. Una parte de mí quiere colgar y desaparecer para evitar que me escuche así: frágil, expuesta, ridícula. Pero su voz sigue ahí, constante.

—Respira.

Es que no puedo. Mi respiración es errática; el pulso, descontrolado. Todo es caos. Y, sin embargo, él se mantiene firme.

—Ali, por favor. Escúchame. Déjame decirte algo…

Intento aferrarme a su tono como quien agarra una cuerda en mitad de un naufragio.

—No pasa nada… —logro decir.

—Que no esté pasando nada es algo maravilloso —dice él con una calma sobrenatural—. Me encantan los momentos en los que no ocurre nada. Son como una pausa perfecta. ¿A ti también te gusta esa calma?

No respondo, pero algo se mueve en mi interior. Esa quietud que describe empieza a instalarse en mis músculos. No pasa nada, pienso. Estoy aquí. Él está al otro lado. No pasa nada.

—Cuando no sucede nada, Ali, es cuando algo extraordinario puede empezar a ocurrir. Ese vacío no es miedo, es espacio para la paz. Y quiero que sientas que puedes acceder a eso.

Sus palabras me acarician como una brisa templada. Mi mente, que hace un segundo era una tormenta de rayos, comienza a despejarse. Los pensamientos se asientan como hojas que caen lentamente al suelo.

—Sí… —respondo al fin, con la voz baja y pastosa.

—Solo si aprendes a estar bien en la nada, podrás estar bien en el todo —añade. Su voz ya no me resulta desconocida, sino profundamente reconfortante.

A través del móvil, llega el sonido de su respiración.

Es un ritmo pausado, hondo y constante que rompe el silencio de mi línea.

Como si estuviera hipnotizada por esa cadencia al otro lado del teléfono, mis propios pulmones, por puro instinto, empiezan a imitarlo.

Inhalo cuando él inhala. Exhalo cuando él exhala.

Dejo que su aire guíe el mío, aferrándome a ese compás sonoro para anclarme a la tierra.

Y entonces lo siento. Como si emergiera desde el fondo del mar.

Mis pulmones vuelven a llenarse de aire tras haber estado demasiado tiempo bajo el agua.

Una bocanada. Un alivio. Una calma real que me recorre la columna.

Mis músculos se aflojan, la presión en el pecho cede y, aunque estoy agotada, me siento viva. No invencible, solo viva.

—Entonces, señor no psicópata… ¿estás seguro de que quieres hacer esto conmigo? —Todavía no hemos empezado y ya me estoy dejando arrastrar por el pánico. Esto no va a ser fácil.

—Solo quiero que seas tú la que esté segura. Por mi parte, espero poder transmitirte esa confianza.

Josh habla con la cadencia de alguien que ama lo que hace. Hay pasión y serenidad en su voz. Lo envidio. Siento una punzada incómoda que junta admiración con deseo. Él está en su elemento; nada lo descoloca cuando habla del agua. Está en su mar. En casa. Ojalá yo pudiera sentir lo mismo algún día.

Nos quedamos callados unos segundos. Ese silencio no es incómodo ni frío; es cálido, seguro.

—Recuerda bien esto, Ali… —murmulla Josh—. Solo estando bien en la nada puedes estar bien en el todo. ¿Te das cuenta de lo increíble que es esa verdad?

Reflexiono. Por primera vez en la noche, no soy presa del miedo. La niebla se disipa.

—Sí —respondo con firmeza.

Mi respiración se vuelve profunda, humana. El aire entra y se queda. Me calma.

—La gente necesita que sucedan cosas todo el tiempo —continúa él—. Tú ya no. Porque que no suceda nada también es algo. La nada es el espacio donde nace lo extraordinario. Ali, estoy aquí. Estás a salvo. Permítete estar en paz con lo que sientes.

Mis hombros caen. La rigidez del cuello desaparece. Mi cuerpo está volviendo a casa y, por extraño que parezca, me siento orgullosa. No estoy vencida. Es como si hubiese atravesado la tormenta y ahora pudiera mirar el cielo despejado. De pronto, las lágrimas fluyen libres, sin dolor.

—Estoy aquí, Ali. Me tienes aquí. Eres tu propio refugio. Respira.

Y lo hago. Respiro de verdad.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta finalmente.

—Mejor —murmuro entre sollozos, tratando de recuperar el aliento .

Él guarda silencio. Un silencio respetuoso, con una presencia que traspasa la línea. Sabe que, a veces, no hay nada que decir; solo estar.

—Bien. Acepta tus miedos. Compréndelos. Estoy aquí y te ayudaré a entenderlos. Déjate llevar.

Déjate llevar.