Capítulo 11
Reaprender a respirar
A pesar de todo, sea lo que sea que Josh me proponga, ya sé que aceptaré sin pensarlo.
Llevo desde las diez esperando a que den las once para llamarlo, como si marcar su número fuera el acontecimiento más importante de la década.
Me impaciento mientras la noche cae sobre Malibú y me sorprendo sintiéndome ridícula, como una adolescente esperando su primera cita.
Me río de mí misma por la trinchera de ansiedad que estoy cavando en el suelo de mi habitación, dando vueltas en círculos como si el tiempo fuera un enemigo personal al que debo batir.
Un golpe en la puerta interrumpe mi marcha militar.
—Adelante —digo, tratando de recuperar un tono neutro.
Veo primero la cabeza de mi padre asomando con cautela. Al comprobar que estoy despierta, abre un poco más y entra, dejando la puerta entornada.
—Hola —murmura e intenta sonar casual.
Hacía dos días que no lo veía. Según él, tuvo que viajar por una cirugía de urgencia, aunque no puedo evitar pensar que también aprovechó para ver a su prometida. Trago saliva con dificultad al recordarlo; todavía no he digerido la existencia de Jennifer.
—Hola, papá. ¿Ya terminaste tu banco de horas? —le suelto, con una ironía más afilada de lo que pretendía.
Se acerca y me da dos besos rápidos en la frente. Me sujeta suavemente de los brazos, como si con ese gesto quisiera asegurarse de que lo escucho de verdad.
—Cariño, sabes cómo es mi trabajo. Tú también tendrás horarios así algún día, y entonces entenderás lo que es querer estar en dos sitios a la vez y aceptar que es imposible .
Lo que él no sabe —lo que no me atrevo a decirle— es que yo no pienso como él.
No estoy segura de querer esa vida. Para mi padre, asumir los límites es una forma de rendición, como si reconocer que algo nos supera nos hiciera menos válidos.
Él tiene sus defectos y yo los míos, y ambos cargamos culpas que nunca decimos en voz alta, pero que pesan en cada gesto.
—Ya lo sé, papá —respondo y aprovecho la excusa para refugiarme en un abrazo.
Él se deja querer. Con los ojos cerrados, encuentro amparo en sus brazos, más grandes y firmes que los míos. Apoyo la mejilla en su pecho y escucho el ritmo lento y constante de su corazón. Un corazón que, lo sé, no me pertenece por completo; es un órgano entregado a la medicina. A los demás.
Mi padre es uno de los cirujanos reconstructivos más reconocidos de California.
Su nombre aparece en artículos, congresos y premios.
Mientras otros colegas de la zona se dedican a esculpir apariencias, él trabaja con víctimas de accidentes, devolviéndoles parte de lo que la vida les arrebató.
Su trabajo es meticuloso, preciso, casi artístico.
Lo admiro profundamente por ello. Lo respeto incluso cuando, en mitad de una de nuestras escasas cenas anuales, debe dejarlo todo para atender una urgencia.
Esa es la medicina: renuncia, entrega y poner al resto por delante. Saber que puedes salvar vidas, aunque no necesariamente la tuya, y aceptar ese sacrificio como parte del contrato.
Sin embargo, por mucho que lo admire, sé que no soy como él.
No tengo esa entereza ni esa distancia emocional que permite salvar a otros sin hundirse en el proceso.
Durante mis prácticas veterinarias, cada aullido de dolor se me clavaba como una espina.
La primera vez que asistí a una eutanasia lloré toda la noche.
Me sentí rota. Quise dejarlo todo y no volver jamás.
Mi madre me ayudó a verlo desde otra perspectiva; a comprender que habría días negros, pero que yo tenía un don y que esos animales me necesitaban.
Logré continuar un tiempo, pero fue un espejismo.
En menos de un mes, el vacío regresó con más fuerza.
Cada caso me drenaba hasta dejarme exhausta.
Cuando terminé las prácticas, sentí que no quedaba nada de mí.
No había fuerza, ni deseo, ni vocación suficiente para sostenerme.
Y nada, ni el ejemplo de mi padre ni los discursos de mi madre, ha logrado cambiar esa realidad.
Sinceramente, dudo que algo lo haga.
—¿Qué haces despierta a estas horas? ¿Todavía con jet lag ?
—No, aunque suelo acostarme tarde, eso sí .
—Es un mal hábito, cariño. Un médico debe dormir lo suficiente para mantener la mente despejada y evitar errores.
—Otro mal hábito es saltarse el desayuno... y mira tú por dónde —respondo, pinchándole un poco para rebajar la intensidad.
Me separo de su pecho y nos miramos. Él sostiene mi mirada con una ternura que casi me hace flaquear.
—Entonces, ¿qué? ¿Estás teniendo un mal día?
Me encojo de hombros con desgana.
—A estas alturas ya ni distingo los buenos de los malos, para ser sincera.
—Oh, no te preocupes, no estás sola. He tenido tantas jornadas de odiar mi vida que podría escribir un libro.
—Seguro que hay días en los que me encantan los arcoíris y las mariposas, pero otros… otros siento que vivo como Fermín Trujillo en La que se avecina. Bastante mal, ¿vale?
—¿Quién? —pregunta, alzando una ceja con genuino desconcierto.
—Un personaje con una suerte nefasta. Un poco como Alan Harper en Dos hombres y medio; esa seguro que la conoces, es de tu época.
—Guau. Es la segunda vez que me llamas viejo esta semana.
—Ay, papá, no seas tan susceptible. Estás estupendo para tu edad y lo sabes. Me entiendes, ¿verdad? —Intento compensar lo que le solté el otro día y el comentario que acaba de escapársele a mi lengua sin filtro.
—Así es la vida, hija. Los días malos vienen con el paquete completo. Y aunque no siempre podemos convertirlos en buenos, hay maneras de hacerlos llevaderos. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
Suspiro hondo. «Hay tanto que podrías hacer por mí, papá… Empezando por aceptar que no quiero ser médico». Pero como me falta el valor para verbalizarlo, niego con la cabeza mientras fuerzo una sonrisa suave.
—Mañana será otro día. No te preocupes.
—Esa es mi niña —dice, y vuelve a abrazarme.
«Si supieras».
Siento que no me conoce realmente, y sé que no es del todo culpa suya.
Nuestra relación siempre ha sido de veranos, festivos y estancias cortas; un escaparate que no basta para conocer la esencia de alguien.
Admito que con él no soy yo misma. Me vuelvo reservada, menos espontánea; menos «lengua suelta», como diría mi madre.
Quizá no quiero decepcionarlo ni malgastar el poco tiempo que compartimos en discusiones o verdades que podrían herirnos.
Él siempre me ha dado libertad y me ha escuchado, incluso cuando yo no decía gran cosa. Pero, aunque me ha permitido ser quien soy, aún no soy capaz de mostrarle todo lo que pienso. De hecho, la única vez que me atreví a hacerlo de verdad fue el otro día, cuando le eché en cara lo de su boda.
—¿Mañana comemos juntos? —le pregunto a media voz.
—Eh… sí. Creo que sí. No prometo nada —responde, bajando la mirada con un gesto de agotamiento. Tartamudea algo que no llego a descifrar.
—No pasa nada si no puedes. Tranquilo —añado enseguida. Se le nota exhausto y no quiero ser una carga más en su lista.
—Por cierto, Alicia… ¿has pensado en lo que te dije?
—¿Sobre qué?
—La cena. Para que conozcas a Jennifer.
—¡Ah, ya caigo! —respondo con una sonrisa forzada—. No…, no he pensado en ello. Y tampoco quiero hacerlo ahora.
Pero él me observa con una expresión expectante que me pincha la conciencia. Espera una respuesta clara, algo sincero, y yo solo quiero pedir el comodín del público. Mierda.
—Eh… papá…
Mi teléfono suena en ese instante, como si el universo me lanzara un salvavidas en mitad del naufragio.
—Tengo que atender esta llamada —digo, apartándome con rapidez.
—Pero… si es tu alarma —responde él con una ceja levantada.
—Sí, eso… es que la puse como recordatorio. Tengo que hacer una llamada urgente a España.
—¿A España? —Mira su reloj—. Pero allí serán… ¿las ocho de la mañana? ¿Tan temprano?
—Sí —confirmo, como si fuera la gestión más lógica del mundo—. Es para una clínica en la que me gustaría trabajar. Quiero llamar antes de que empiecen las consultas para ver si hay alguna vacante.
Sus ojos se iluminan y una sonrisa se dibuja en su rostro. Checkmate . He dado en el clavo.
—Claro, claro. Primero lo primero. Ya hablaremos mañana tranquilamente —se acerca, me da un beso en la frente y se gira para marcharse.
—¿Papá?
Se detiene y vuelve a mirarme desde el umbral.
—Te quiero.
Se acerca de nuevo. Me toma la cara entre las manos y me dice con voz queda:
—Y yo a ti, hija mía. Siempre te querré. Eres mi mundo, siempre lo has sido y siempre lo serás.
Siento cómo los ojos se me empañan. Asiento, tragándome el nudo que me aprieta la garganta. Sé que él también está conmovido porque desaparece rápido de la habitación; no le gusta mostrarse vulnerable frente a mí, aunque lo sea. Como todos.
Acabo de mentirle descaradamente. Otra vez.
Esto se está convirtiendo en una costumbre peligrosa.
Al final, mi vida terminará siendo una función de teatro donde yo soy la única guionista y la obra tiene como único objetivo entretener a mi padre.
El riesgo es evidente: si no empiezo a ser sincera con lo que siento, puede que el aplauso final nunca llegue y la crítica sea devastadora.
Inspiro hondo. Suelto el aire con lentitud y repito el proceso para calmar los latidos de mi corazón.
Entonces, la alarma suena de nuevo. Las once. Cojo el móvil y busco el nombre de Josh en la agenda. Vacilo con el dedo sobre la pantalla. ¿Y si me dice que no a las clases? ¿Por qué me dolería tanto un rechazo profesional?
No. No me sentiré mal. Soy una mujer adulta y puedo gestionar esto.
Pulso el botón de llamada y me llevo el teléfono a la oreja. El tono resuena y mi corazón lo acompaña: lento, fuerte. Casi violento.
—Ali, ¿eres tú? —responde al primer timbrazo.
Me desconcierta la calidez de su voz.
—Sí, soy yo. Hola.
—Hola —suena a sonrisa; una de esas que atraviesan la línea telefónica.
—¿Cómo sabías que era yo?
—No lo sabía. Lo imaginé. No tengo tu número guardado.